1. "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para
siempre" (Jn 6, 51). Así habla Jesús a la multitud después del milagro de
la multiplicación de los panes. Se presenta a sí mismo como el verdadero maná,
dado por el Padre celestial para que los hombres tengan la vida eterna (cf.
Jn 6, 26-58). Sus palabras anticipan, en cierto sentido, el gran don de la
Eucaristía, sacramento que instituirá en el Cenáculo, durante la última Cena.
En la Pascua se realizará el misterio de su muerte y resurrección. Es un
misterio que se actualiza constantemente en la Eucaristía, banquete místico, en
el que el Mesías se entrega a sí mismo como alimento a los convidados, para
unirlos a sí con un vínculo de amor y de vida más fuerte que la muerte.
2. Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
amadísimos hermanos y hermanas, el tema del banquete mesiánico guía nuestra
reflexión en esta celebración, durante la cual recordamos a nuestros hermanos
cardenales y obispos fallecidos recientemente.
Cada vez que celebramos la Eucaristía, participamos en la cena del Señor que
anticipa el banquete de la gloria celestial. En la primera lectura, que se acaba
de proclamar, el profeta Isaías nos ha invitado a pensar en ese glorioso
banquete. Tendrá lugar en el monte santo de Jerusalén y eliminará para siempre
la muerte y el luto (cf. Is 25, 6. 8). También el salmo 22 lo evoca en la
confortadora visión del orante acogido por Dios mismo, que prepara la mesa para
él y unge con óleo su cabeza (cf. Sal 22, 5).
3. ¡Cuánta luz irradia la palabra de Dios sobre esta liturgia, mientras, unidos
en oración en torno al altar, ofrecemos el sacrificio eucarístico en sufragio de
los venerados cardenales y obispos que han pasado de este mundo al Padre durante
este año!
Con afecto me complace recordar, de modo especial, a los señores cardenales:
Paulos Tzadua, Opilio Rossi, Franz König, Hyacinthe Thiandoum, Marcelo González
Martín, Juan Francisco Fresno Larraín, James Aloysius Hickey y Gustaaf Joos.
Oremos por ellos y por los arzobispos y obispos difuntos, encomendándolos con
confianza filial a la misericordia divina.
4. Pensando en ellos, recordando su servicio generosamente prestado a la
Iglesia, nos parece que repiten con el Apóstol: "La esperanza no defrauda" (Rm
5, 5).
Sí, amadísimos hermanos y hermanas, Dios es fiel y nuestra esperanza en él no
queda defraudada. Demos gracias al Señor por todos los beneficios otorgados a la
Iglesia mediante el ministerio sacerdotal de estos pastores difuntos.
Invoquemos para ellos la intercesión maternal de María santísima, a fin de que
obtengan participar en el banquete eterno. El mismo banquete que con fe y amor
gustaron anticipadamente durante la peregrinación terrena. Amén.
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