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  CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE LA IGLESIA MALANCAR
EN EL 50 ANIVERSARIO DE LA UNIÓN CON LA IGLESIA CATÓLICA

 

A propósito de este solemne acontecimiento, mi corazón se llena de alegría en el Señor. No en vano, estamos conmemorando, con profunda alegría, la fecha del 20 de septiembre de 1930, día de gracia en el que, en presencia del obispo Aloysius Maria Benziger, delegado especial de la Santa Sede, Mar Ivanios, Mar Theophilos y algunos de sus seguidores, proclamaron su fe católica, una fe que trataron de asimilar mediante la oración y el estudio bajo la guía del Espíritu Santo, el Espíritu de la unidad y del amor, el Espíritu de la paz y de la alegría. Este Espíritu de Cristo había llenado misteriosamente sus corazones tiempo atrás, despertando en ellos el sentimiento y el interés por la unidad. Fue ciertamente el Espíritu Santo el que, trabajando profundamente en el interior de los hombres, en su vida espiritual y transformando después desde dentro la historia de los acontecimientos humanos, condujo a los dos prelados siro-antioquenos a la unidad, que expresa la plenitud de la caridad y que permite una apertura sin límites a la penetración de los dones del Espíritu santificador, que renueva todo, une todo y vivifica todo.

Betania es un nombre rico en significados para la historia de la Iglesia siro-malancar. Podemos decir que indica una intimidad con Cristo en la escucha y en la meditación de su palabra; indica una fervorosa apertura a la gracia y una creyente y anhelante esperanza en la manifestación de la voluntad de Dios tras un período de profunda madurez espiritual. Merece la pena subrayar que el acontecimiento que estamos conmemorando fue, sobre todo, el resultado de hallarse anclado en Dios con seguridad a través de la contemplación, en un excepcional clima de ascetismo.

En este diálogo con Dios, ambientado en la plegaria, Mar Ivanios y Mar Theophilos se dieron cuenta de que, sólo a través de una profunda comunión con el Señor, podían conocer su voluntad y tener la valentía de seguirla. Con el espíritu de los grandes ascetas de la antigua tradición siríaca, a través del estudio de los grandes Padres de Oriente, en especial de San Basilio el Grande, y con una pobreza sólo enriquecida por el inmenso amor a Dios y a su Iglesia, se prestaron con gusto a la acción transformadora del Espíritu, confiando en que el Señor es fiel y nunca desengaña a los que han puesto su esperanza en El. Si su ulterior diálogo con la Iglesia católica, y en especial con algunos obispos, discurrió con facilidad y serenidad, fue debido a que no era más que un eco de su ferviente conversación con el Señor.

Por este motivo, el acontecimiento que estamos conmemorando resultó un característico acontecimiento espiritual. Constituyó una decisión sugerida y mantenida no por factores de teoría o práctica sociológica, sino por una acción que derivaba del Espíritu que derrama el amor en nuestros corazones y que pretendía ver el amor manifestado en la unidad tal como la desea Jesús. Lo que pidió en su gran oración sacerdotal fue la unidad de todos los que creen en El, y esta unidad debería ser una imagen de la unidad existente entre El y el Padre en el amor del Espíritu Santo, "para que el mundo crea" (Jn 17, 21).

Vuestros padres espirituales se pusieron, mediante la fe, en contacto con el Espíritu de Jesús. Le escucharon. Le siguieron. Su unión con Roma fue el resultado de su comunión con el Espíritu de Cristo. Al mismo tiempo, constituyó una actualización de lo que no puede dejar de haber en el corazón de "la imitación de Cristo": a saber, seguir al Espíritu como le siguió el Hijo Primogénito. "Porque los que son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios" (Rom 8, 14).

En este ambiente de recuerdos, con el mismo afecto con que Pío XI saludaba el 4 de mayo de 1932 a su "queridísimo Mar Ivanios" (L'Osservatore Romano. 6-7 de mayo de 1932), saludo ahora a toda la Iglesia malancar, una parte privilegiada de la Iglesia de India, esa India que, tal como el mismo Mar Ivanios pudo ver, ofrece tales riquezas a la fe a través de su cultura. Esta cultura, con sus antiguas tradiciones espirituales, tan dispuesta a respetar otras y a aceptarlas, nos ayuda a comprender y a vivir en la práctica el ecumenismo de la oración, del estudio y del trabajo de cara a la unidad de todos los que creen en Cristo y tienen una fe, un bautismo y una esperanza.

Me complazco en el tema escogido para la celebración del jubileo, que es en sí mismo un programa de acción: "Que todos sean perfectos en la unidad". El tema concuerda con la preocupación de la Iglesia por la unidad. Sabéis muy bien lo que dice el Concilio Vaticano II: "La restauración de la unidad entre todos los cristianos, es uno de los principales propósitos del Concilio Vaticano II" (Unitatis redintegratio, 1), y "se ruega encarecidamente a todos los cristianos, orientales y occidentales, que eleven a Dios fervorosas plegarias, frecuentes y aun diarias, para que, con el auxilio de la Santísima Madre de Dios, todos sean una sola cosa" (Orientalium Ecclesiarum, 30). Y hablando incluso más directamente a quienes pertenecéis a las Iglesias orientales, el Concilio dijo solemnemente: "Corresponde a las Iglesias orientales, en comunión con la Sede Apostólica Romana, la especial misión de promover la unión de todos los cristianos, especialmente de los orientales, según los principios del decreto de este Santo Sínodo sobre el ecumenismo: en primer lugar con la oración, con el ejemplo de vida, con la religiosa fidelidad a las antiguas tradiciones orientales, con un mutuo y mejor conocimiento, con la colaboración y la fraternal estima de instituciones y mentalidades" (ib., 24).

Al mirar a vuestra Iglesia malancar, tan abierta al Espíritu, tan floreciente en buenas obras, no puedo olvidarme de dar las gracias a quienes, siguiendo los pasos de Mar Ivanios y Mar Theophilos, han trabajado con tanta dedicación para que esta Iglesia sea cada vez más "santa y sin mancha", resplandeciente en esas obras de santidad apostólica que reflejan el verdadero rostro de Cristo en el mundo. Conozco el celo y la dedicación de sus Pastores, tanto por los Informes quinquenales que envían como por mi encuentro personal con ellos durante su visita ad Limina del presente año. Conozco la generosa labor de sus sacerdotes y la celosa contribución de los religiosos y religiosas (tan queridos al corazón de su fundador Mar Ivanios) mediante su vida de oración y su actividad apostólica. Conozco la abnegada colaboración de su laicado, cada vez más consciente del misterio de la Iglesia, tanto universal como local, y de sus problemas.

A todos hago extensivo mi saludo, mis oraciones y mi exhortación a vivir cada vez con mayor profundidad la unidad que brota del Espíritu de Cristo y extrae energía y fortaleza de una vida de profunda oración contemplativa, apuntando con generoso compromiso a la meta a la que todos aspiráis: "Que todos sean uno" (Jn 17, 21).

Como signo de mi particular participación en tan feliz aniversario y, como quien dice, para poner un sello a las solemnes ceremonias que habéis organizado, envío como representante mío a Su Eminencia el Cardenal Wladyslaw Rubin, Prefecto de la Sagrada Congregación para las Iglesias Orientales, con el fin de que honre vuestras celebraciones y anime vuestros esfuerzos por actualizar la "verdad en el amor: veritatem facientes in caritate" (Ef 4, 15).

Al invocar la bendición de Dios sobre vosotros, venerables hermanos, y sobre vuestra Iglesia, tan llena de fervor, os encomiendo a la protección de la Santa Madre de Dios, la Madre de la unidad y la caridad. Que os una cada vez con más fuerza a Dios, que os siga comunicando el sentido de comunión con toda la Iglesia y que sea para vosotros fuente de alegría y vínculo de paz. Más aún, usando una fórmula que os es familiar, que mi bendición descienda, plena y propicia, sobre toda vuestra Iglesia congregada en Cristo, y que la misericordia de Dios esté siempre con vosotros "mediante las oraciones de la Bendita Madre María, Madre de Dios, y de toda la compañía de los santos que han amado al Señor y guardan sus mandamientos. Amén".

Vaticano, 1 de diciembre de 1980.

IOANNES PAULUS PP. II

 

 © Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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