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CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL OBISPO DE FULDA EN EL 750 ANIVERSARIO
DE LA MUERTE DE SANTA ISABEL

 

 

Al venerable hermano
Eduard Schick,
obispo de Fulda.

"La piedra preciosa es la caridad..., si sólo ella tuvieres, te basta" (S. Aug. In Ep. Io ad Parth, 5, 3, 7; PL 35. 20-16): a estas palabras de San Agustín, que explican claramente la doctrina del Evangelio, parece que Santa Isabel conformó su vida, ya que esta altísima virtud fue su singular ornamento; por ella se le tributa en la Iglesia elogio perenne. Esta mujer, excepcionalmente ejemplar, se presenta ahora a las almas con luz más brillante, puesto que va a clausurarse el 750 aniversario desde que ella, terminado el breve curso de su vida, siendo digna de Dios, voló al cielo. Con este motivo tendrán lugar solemnes celebraciones en la diócesis de Fulda, que estuvo muy relacionada con su vida terrena y conserva con la mayor fidelidad su recuerdo. A Fulda vuelve de nuevo muy gustosamente mi espíritu, al presentarse esta ocasión, pues allí estuve el año pasado ejerciendo el supremo ministerio apostólico.

En realidad, fue propio y característico de Santa Isabel haber comprendido plenamente, con un ardor de fuego místico, el Evangelio de Cristo, "en un mundo que se enfriaba", y haberlo traducido cuidadosamente a su vida cotidiana, sin términos medios, con toda fortaleza.

Siguiendo, pues, la caridad, que es la suma de la ley cristiana y completamente distinta de la benevolencia humana y de la liberalidad, que proceden de las solas cualidades de la naturaleza, Isabel fue "consoladora de los pobres" (cf. Conradus de Marburg ad Gregorium PP. IX), a los cuales ayudaba repartiéndoles generosamente sus bienes, fue servidora de los enfermos, a quienes atendía con sus manos y para los que edificó hospitales, "dio de comer a los hambrientos" (cf. ib.), sobre todo cuando las gentes se veían oprimidas por la escasez; en una palabra, aliviaba a cuantos sufrían miserías, olvidándose de sí misma, sin perdonar trabajo, convertida en madre de todos.

Pero Isabel unió a la perla preciosa de la caridad otras joyas de virtudes: contemporánea de San Francisco de Asís y émula en el amor a la pobreza que en él ardía, "renunció a la propia voluntad, a todas las pompas del mundo y a cuanto el Salvador aconsejó en el Evangelio , abandonar" (Conradus de Marburg, loc. ment.). Podía verse, así, a una mujer nobilísima usar pobres vestidos, desempeñar los oficios más humildes e incluso mendigar de puerta en puerta.

No hay quien pueda ensalzar su fortaleza de espíritu, porque, totalmente unida a Cristo, no pudieron apartarla de su santo propósito ni los ataques que recibió, ni las gravísimas amarguras que constantemente soportó, arrastrando con su ejemplo hacia la verdadera virtud a los hombres de aquella época.

Pero parece que Isabel también habla a los hombres de hoy; en el rapidísimo correr de la historia, entre tantos tumultos y futilidades, ella recuerda los valores primarios y eternos. Al sentirse los hombres atormentados también ahora por tantas adversidades y desórdenes, al haber multitudes que se debaten con el hambre en algunas regiones aún en vías de desarrollo, y al hallarse en gran discriminación muchos emigrantes —por no citar otras miserias—, jamás se recomendarán bastante los deberes de la caridad.

También exhorta Isabel a quienes llevan el nombre de cristianos para que no se apeguen demasiado a las cosas pasajeras y para que "respeten en la acción temporal la recta jerarquía de valores, con fidelidad a Cristo y a su Evangelio, a fin de que toda su vida... quede impregnada con el espíritu de las bienaventuranzas, y particularmente con el espíritu de pobreza" (Gaudium et spes, 72).

Siéntanse también éstos impelidos a profesar la fortaleza cristiana en la fe, dando un testimonio de vida que actúe de acuerdo con los preceptos divinos, y aunando sus fuerzas para el progreso de la Iglesia.

Deseando, pues, que las solemnidades previstas den abundantes frutos espirituales, esto es, que tengan fuerza para la conversión individual y social, a ti, venerable hermano, a tu obispo auxiliar, a los sacerdotes, religiosos y a todos los fieles encomendados a tu cuidado pastoral, gustosamente imparto la bendición apostólica, prenda de los dones celestes y prueba de mi sincero afecto.

Vaticano, 20 de agosto del año 1981, III de mi pontificado

IOANNES PAULUS PP. II

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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