A nuestro venerable hermano
Anastasio Ballestrero,
cardenal de la Santa Iglesia
Romana,
arzobispo de Turín (Italia).
Desde mi infancia me he sentido tan estrechamente vinculado a los hijos de la
admirable Santa Teresa de Jesús, la virgen abulense, madre del Carmelo teresiano
e hija siempre fiel de la Iglesia, que he podido conocer muy bien a los insignes
santos y santas de esta familia religiosa, comprender profundamente las
grandes enseñanzas y la vida de los mismos, y nutrirme de la espiritualidad
carmelitana. Por eso quise ser incluso Terciario carmelita y dediqué la tesis
doctoral en teología a exponer y explicar la doctrina de San Juan de la Cruz.
Así se comprenderá fácilmente el interés y los sentimientos de ferviente amor y
de íntima piedad con que pensaba, desde hace tiempo, emprender un viaje
apostólico a la patria de Santa Teresa, para estar presente e inaugurar con mi
palabra —a mediados de octubre— las grandes celebraciones que, tan eficaz y
diligentemente preparadas durante estos años por la Orden de los carmelitas
descalzos y por el Episcopado de toda España con la participación de toda la
nación, tendrán lugar con sumo esplendor en el IV centenario del glorioso
tránsito de la Santa a las celestes moradas de Cristo.
Pero lo que me ha ocurrido no me impide que, con sentimientos de afecto fraterno
hacia la familia del Carmelo teresiano y con profundísima devoción hacia Santa
Teresa, su fundadora y legisladora, tome parte en las celebraciones que tendrán
lugar en Alba y luego en Ávila, es decir, en la cuna misma de Teresa de Jesús y
de la Orden reformada. Y para que se manifieste de forma más evidente mi afecto
a todos los que participan en dicha celebración, para hacerme yo mismo presente
aun estando lejos y para dar a conocer de forma más clara mis pensamientos,
deliberada y gustosamente te confío a ti, venerable hermano mío, la misión de
representarme en calidad de Enviado Extraordinario, presidiendo en mi nombre las
celebraciones de la apertura de la conmemoración teresiana, que tendrán lugar en
las referidas ciudades los días 14 y 15 del próximo mes de octubre.
Sé muy bien que, durante doce años consecutivos, has gobernado acertadamente el
Carmelo teresiano, y que no sólo has estudiado asiduamente la doctrina teresiana
y en escritos y conferencias la has expuesto muy frecuentemente con autoridad y
claridad, sino que la has inculcado con admirable eficacia al pueblo católico y,
finalmente, siempre te has gloriado de ser hijo espiritual de Santa Teresa y
miembro del Carmelo teresiano.
Por lo tanto, deseo ardientemente que, por medio de ti, fiel intérprete de
mis pensamientos, esta celebración centenaria comience muy bien y que, cuando se
concluya a su debido tiempo, haya podido cumplir todos los propósitos y
finalidades que se le han propuesto, de forma que conserve su carácter primordialmente
religioso y espiritual y, como acontecimiento de la Iglesia universal, renueve a toda la comunidad eclesial; haga prosperar en todas partes la obra
misionera, tan entrañable para Santa Teresa; ilumine el camino de las nuevas
generaciones de jóvenes y de familias a la luz del patrimonio espiritual de los
tiempos pasados; promueva las letras y el humanismo, en que se destacó
eminentemente Teresa; descubra la oración teresiana y el camino interior de
santificación a todos los hombres, y, finalmente que el centenario, que ahora
comienza, contribuya decididamente al crecimiento y servicio del Reino de Cristo
en la tierra, de El que es el camino, la verdad y la vida, y que "sólo basta",
según la famosísima expresión de Teresa.
Así, pues, venerable hermano, que esta carta sea testimonio, en primer lugar
para ti, del gran afecto con que te acompaño y con que abrazo a cada uno de los
hermanos y hermanas de la familia carmelitana. Sea también mensajera del amor y
estima a los hermanos obispos allí presentes en las celebraciones, a los
sacerdotes y miembros de las comunidades religiosas, y a todos los fieles que
afluirán estos días de júbilo a los lugares teresianos. Sirva, finalmente, de
estímulo para que todos los hijos de la Iglesia den testimonio público de vida
católica y de fe apostólica, y sirva también para que las obras cristianas que
de ello surjan sean cada vez más abundantes y vigorosas.
Signo de mi afecto y prenda de las gracias celestiales necesarias para celebrar
fructuosamente esta conmemoración, sea para todos la bendición apostólica que
muy amplia y afectuosamente os imparto.
Castelgandolfo, 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, del
año del Señor 1981, III de mi pontificado.
IOANNES PAULUS PP. II
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