|
CARTA DE JUAN PABLO II AL
EPISCOPADO DE NICARAGUA
Queridos Hermanos en el Episcopado,
Mientras, en obediencia a la misteriosa llamada que lo hizo
Sucesor de Pedro, de buena gana entrega lo que tiene y hasta se entrega a sí
mismo por el bien de todos, el Papa no olvida sus propios deberes hacia quienes,
en las Iglesias Particulares de todo el mundo desempeñan, en medio a no pocas
dificultades, el ministerio de Pastores.
A ellos los une un vínculo especial. Especial por sus raíces
evangélicas, pues a Pedro, a quien había conferido el primer puesto entre los
Doce, Jesús quiso confiar en un momento solemne de su vida, la misión de
confirmar a sus hermanos en la fe y en el servicio apostólico. Especial
también por su naturaleza teológica: el Concilio Vaticano II, profundizando la
antigua doctrina de la colegialidad episcopal, subrayó con riqueza de conceptos
y de expresiones que el Colegio episcopal “en cuanto compuesto de muchos,
expresa la variedad y la universalidad del Pueblo de Dios, y en cuanto reunido
bajo una sola cabeza, significa la unidad del Cuerpo de Cristo”.
Por razón de este vínculo, al que el aspecto dogmático no
quita nada a su dimensión profundamente afectiva, y dadas las peculiares
circunstancias en las que sois llamados a ejercer vuestro ministerio episcopal,
sabed que os estoy muy cercano. Cercano en cuanto “no ceso de dar gracias
acerca de vosotros y de hacer memoria de vosotros en mi oración”. Cercano por
la intención e interés con los que me informo constantemente sobre vuestras
actividades pastorales.
Cercano por el sostén espiritual a vuestra labor, tan devota
cuanto exigente y delicada, en favor de la promoción humana, personal y
colectiva de vuestras gentes. Cercano, finalmente, en mi fraterna solicitud por
vuestro quehacer de Pastores y Maestros en las Iglesias a vosotros confiadas.
Además, la fiesta de hoy de los Apóstoles Pedro y Pablo,
avivando en nosotros el sentido de la Colegialidad, me da la oportunidad de
escribiros, con el “vivo deseo de veros, para comunicaros algún don
espiritual con el cual seáis fortificados”.
Quisiera que encontrarais ya en las precedentes consideraciones
la primera y fundamental expresión del aliento y estímulo que deseo
comunicaros. Un Obispo nunca está solo, puesto que se encuentra en viva y
dinámica comunión con el Papa y con sus hermanos Obispos de todo el mundo. No
estáis solos: os sostiene la presencia espiritual de este hermano mayor vuestro
y os rodea la comunión afectiva y efectiva de miles de hermanos.
Pero os quiero invitar a pensar en otra, más reducida pero no
menos importante, dimensión de la comunión: la comunión entre vosotros
mismos, miembros de esa querida Conferencia Episcopal de Nicaragua.
Esta comunión, nacida de la participación en la plenitud del
sacerdocio de Jesucristo, no es meramente externa, no está hecha de
convenciones o protocolos; es una comunión sacramental y como tal debe ser
puesta en práctica.
Os confieso que no puedo tener gozo más grande que el de saber
que entre vosotros prevalece, por encima de todo lo que pudiera dividiros, esta
unidad esencial in Christo et in Ecclesia. Unidad tanto más exigente y
necesaria cuanto de ella dependerá, por un lado la credibilidad de vuestra
predicación y la eficacia de vuestro apostolado, y por otro la comunión que,
supuestas las conocidas dificultades, tenéis la misión de construir entre
vuestros fieles.
Ahora bien, esta unidad de los fieles aparece a nuestros ojos
como el don quizá más precioso – porque frágil y amenazado – de esta
Iglesia en Nicaragua vuestra y nuestra.
Lo que declaró el Concilio Vaticano II sobre la Iglesia
universal – que es señal e instrumento de la unidad a construir en el mundo y
en la humanidad – se puede aplicar, en la debida medida, a las comunidades
eclesiales a todos los niveles.
Por eso la Iglesia en Nicaragua tiene la gran responsabilidad de
ser sacramento, es decir señal e instrumento de unidad en el País. Para ello
debe ser ella misma, como comunidad, una verdadera unidad e imagen de la unidad.
A este respecto, hay que recordar que cuantos más fermentos de
discordia y desunión, de ruptura y separación existen en un ambiente, tanto
más la Iglesia debe ser ámbito de unidad y cohesión.
Pero lo será solamente si da testimonio de ser “cor unum et
anima una” gracias a principios sobrenaturales de unidad, suficientemente
enérgicos y determinantes para vencer las fuerzas de división a las cuales
ella también se encuentra sujeta.
Puesto que sois por vocación divina signos visibles de unidad,
ojalá logréis que no se dividan a causa de opuestas ideologías los cristianos
de vuestro País, a quienes congrega “un solo Señor, una sola fe, un solo
Bautismo, un solo Dios y Padre”, como ellos suelen cantar inspirándose en
palabras del Apóstol Pablo. Y ojalá que unidos por la misma fe y rechazando
todo lo que es contrario o destruye esa unidad, vuestros cristianos se
encuentren acomunados en los ideales evangélicos de justicia, paz, solidaridad,
comunión y participación, sin que los separen irremediablemente opciones
contingentes nacidas de sistemas, corrientes, partidos u organizaciones.
Crece, bajo este punto de vista, vuestra responsabilidad, pues
en torno al Obispo debe tejerse concretamente la unidad de los fieles.
Conocéis la gran importancia de las cartas de San Ignacio de
Antioquía, sea por la autoridad de quien las escribe – un discípulo del
apóstol amado –, sea por la antigüedad que hace de ellas el testimonio de un
momento vital en la historia de la Iglesia, sea por la riqueza de su contenido
doctrinal. Pues bien, con términos muy fuertes Ignacio demuestra en estas
cartas, ciertamente para responder a las primeras dificultades en este campo,
que no hay ni puede haber comunión válida y durable en la Iglesia sino en la
unión de mente y corazón, de respeto y obediencia, de sentimientos y de
acción con el Obispo. Lo de las cuerdas de la lira es una imagen hermosa y
sugestiva de una realidad más profunda: el Obispo es como Jesucristo, hecho
presente en medio de su Iglesia cual principio vivo y dinámico de unidad. Sin
él esta unidad no existe o está falseada y, por tanto, es inconsistente y
efímera.
De ahí lo absurdo y peligroso que es imaginarse como al lado
– por no decir en contra – de la Iglesia construida en torno al Obispo, otra
Iglesia concebida como “carismática” y no institucional, “nueva” y no
tradicional, alternativa y, como se preconiza últimamente, una Iglesia Popular.
No ignoro que a tal denominación – sinónimo de “Iglesia
que nace del pueblo” – se puede atribuir una significación aceptable. Con
ella se querría señalar que la Iglesia surge cuando una comunidad de personas,
especialmente de personas dispuestas por su pequeñez, humildad y pobreza a la
aventura cristiana, se abre a la Buena Noticia de Jesucristo y comienza a
vivirla en comunidad de fe, de amor, de esperanza, de oración, de celebración
y participación en los misterios cristianos, especialmente en la Eucaristía.
Pero sabéis que el documento conclusivo de la III Conferencia
Episcopal Latinoamericana de Puebla declaró “poco afortunado” este nombre
de “Iglesia Popular”. Lo hizo, después de maduro estudio y reflexión entre
Obispos de todo el Continente, porque era consciente de que este nombre encubre,
en general, otra realidad.
“Iglesia Popular”, en su acepción más común, visible en
los escritos de cierta corriente teológica, significa una Iglesia que nace
mucho más de supuestos valores de un estrato de población que de la libre y
gratuita iniciativa de Dios. Significa una Iglesia que se agota en la autonomía
de las llamadas bases, sin referencia a los legítimos Pastores o Maestros; o al
menos sobreponiendo los “derechos” de las primeras a la autoridad y a los
carismas que la fe hace percibir en los segundos.
Significa – ya que al término pueblo se da fácilmente un
contenido marcadamente sociológico y político – Iglesia encarnada en las
organizaciones populares, marcada por ideologías, puestas al servicio de sus
reivindicaciones, de sus programas y grupos considerados como no pertenecientes
al pueblo. Es fácil percibir – y lo indica explícitamente el documento de
Puebla – que el concepto de “Iglesia Popular” difícilmente escapa a la
infiltración de connotaciones fuertemente ideológicas, en la línea de una
cierta radicalización política, de la lucha de clases, de la aceptación de la
violencia para la consecución de determinados fines, etc.
Cuando yo mismo en mi discurso de inauguración de la Asamblea
de Puebla, hice serias reservas sobre la denominación “Iglesia que nace del
pueblo”, tenía en vista los peligros que acabo de recordar. Por ello, siento
ahora el deber de repetir, valiéndome de vuestra voz, la misma advertencia
pastoral, afectuosa y clara. Es una llamada a vuestros fieles por medio de
vosotros.
Una “Iglesia Popular” opuesta a la Iglesia presidida por los
legítimos Pastores es – desde el punto de vista de la enseñanza del Señor y
de los Apóstoles en el Nuevo Testamento y también en la enseñanza antigua y
reciente del Magisterio solemne de la Iglesia – una grave desviación de la
voluntad y del plan de salvación de Jesucristo. Es además un principio de
resquebrajamiento y ruptura de aquella unidad que El dejó como señal
característica de la misma Iglesia, y que El quiso confiar precisamente a los
que “el Espíritu Santo estableció para regir la Iglesia de Dios”.
Os confío pues, amados Hermanos en el Episcopado, el encargo y
tarea de hacer a vuestros fieles, con paciencia y firmeza, esa llamada de
fundamental importancia.
Tenemos todos presente en el espíritu el dramático concepto de
mi Predecesor Pablo VI, cuando escribía en su memorable Exhortación
Apostólica “Evangelii Nuntiandi” que los peligros más insidiosos y los
ataques más mortíferos para la Iglesia no son los que vienen desde fuera –
éstos sólo pueden afianzarla en su misión y en su labor – sino los que
vienen desde dentro.
Traten pues todos los hijos de la Iglesia, en este momento
histórico para Nicaragua y para la Iglesia en este País, de contribuir a
mantener sólida la comunión en torno a sus Pastores, evitando cualquier germen
de fractura o división.
Llegue sobre todo tal llamada a la conciencia de los
Presbíteros, sean oriundos del País, misioneros que desde hace años consagran
sus vidas al ministerio pastoral en esa Nación o voluntarios deseosos de dar su
contribución a los hermanos nicaragüenses, en una hora de suma trascendencia.
Sepan que si quieren de veras servir al pueblo como sacerdotes, este pueblo
hambriento y sediento de Dios y lleno de amor a la Iglesia, espera de ellos el
anuncio del Evangelio, la proclamación de la paternidad de Dios, la
dispensación de los misterios sacramentales de la salvación. No es con un
papel político, sino con el ministerio sacerdotal con el que el pueblo los
quiere tener cercanos.
Llegue tal llamada a la conciencia de los religiosos y
religiosas, nativos o venidos del exterior. La gente de este País los quiere
ver unidos a los Obispos en una inquebrantable comunión eclesial, portadores de
un mensaje no paralelo, menos aún contrapuesto, sino armónico y coherente con
el de los legítimos Pastores.
Llegue tal llamada a cuantos se encuentran por algún título al
servicio sincero de la misión de la Iglesia, especialmente si están en puestos
de particular responsabilidad como en la Universidad, los Centros de estudio e
investigación, los medios de comunicación social, etc. Ofrezcan su
disponibilidad a servir en conformidad con la disposición igualmente generosa y
decidida de sus Obispos y de la grandísima porción del pueblo que, con los
Obispos, quieren el bien del País inspirándose en las orientaciones de la
Iglesia.
Os exhorto en fin, queridos Hermanos, a proseguir aun en medio a
no leves dificultades, en vuestra labor incansable, para asegurar la presencia
activa de la Iglesia en este momento histórico que vive el País.
Bajo vuestra dirección de solícitos Pastores, ojalá que los
fieles católicos de Nicaragua den constantemente un claro y convincente
testimonio de amor y capacidad de servicio a su País, no menor ni menos eficaz
que el de los demás. Un testimonio de clarividencia frente a los hechos y
situaciones. De plena disponibilidad a servir la auténtica causa del pueblo. De
valentía en proponer, en cada situación, el pensamiento y orientaciones – lo
que muchas veces he llamado el camino – de la Iglesia, aun cuando éstos no
estén en concordancia con otros caminos propuestos.
Deseo, espero y os pido que hagáis todo lo posible para que en
vosotros y en vuestras gentes la fidelidad a Cristo y a la Iglesia, lejos de
disminuirla, confirme y enriquezca la lealtad hacia la Patria terrena.
Con esta oportunidad me complazco en daros fraternalmente, en
prenda de abundantes gracias divinas para vuestras personas y vuestro
ministerio, mi cordial Bendición Apostólica, que extiendo a todos vuestros
fieles.
Vaticano, 29 de junio de 1982.
IOANNES PAULUS PP. II
© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana |