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 MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
AL SR. DON GAMANI COREA, SECRETARIO GENERAL
DE LA CONFERENCIA DE LAS NACIONES UNIDAS
SOBRE EL COMERCIO Y EL DESARROLLO (CNUCYD)*



Al Excmo. Sr. Don Gamani Corea,
Secretario General de la Conferencia de las Naciones Unidas
sobre el Comercio y el Desarrollo.


La VI Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo se reúne en unos momentos en los que numerosas cuestiones de gran importancia requieren la atención de responsables y especialistas en materia de política, problemas sociales, economía y desarrollo. En este clima, en el que los problemas son múltiples y las soluciones no son fáciles, resulta a menudo bastante difícil reunir los recursos y las energías suficientes combinadas con el compromiso político necesario para hacer frente de manera apropiada a los numerosos desafíos específicos que serán examinados en vuestra Conferencia. Consciente de la realidad del factor humano y conociendo la historia de las anteriores Conferencias, me dirijo a usted, Señor Secretario General, para ofrecer a esta importante reunión mis palabras de apoyo y aliento nacidas de mi profundo deseo de que esta Conferencia pueda contribuir a mejorar las condiciones de vida, y por tanto al bienestar presente y futuro de los países en vías de desarrollo, en particular de aquellos que tienen una mayor necesidad de ayuda concreta.

Como usted sabe, la tarea de la Iglesia es de naturaleza espiritual y religiosa. Animada por el mensaje evangélico de Jesucristo y en conformidad con su misión espiritual, la Iglesia no duda jamás en decir una palabra y ofrecer su ayuda con el fin de participar de esta manera en las responsabilidades con las cuales debemos todos enfrentarnos para elevar el nivel de vida y asegurar un futuro mejor a todos los pueblos, en especial a aquellos que están más necesitados.

En mi Encíclica Laborem exercens, he hablado de la importancia de las Organizaciones internacionales en el terreno de la colaboración internacional, señalando que «es necesario que se dejen guiar por un diagnóstico exacto de las complejas situaciones y de los condicionamientos naturales, históricos, civiles, etc.: es necesario, además, que tengan, en relación con los planes de acción establecidos conjuntamente, mayor operatividad, es decir, más eficacia en cuanto a la realización» (n.18).

En el transcurso de los últimos veinte años, diversos Gobiernos y Organizaciones han llevado a cabo numerosos y variados estudios y análisis sobre el desarrollo y el comercio, en el mundo y en el interior de cada país. Estos trabajos han sido utilizados con mayor o menos éxito por los responsables. Sin embargo, desearía insistir hoy en la necesidad de dar un paso adelante a partir de los estudios ya disponibles y de los que podrían estarlo sin tardanza, con el fin de alcanzar así una nueva meta. Conscientes de su dependencia mutua y en un espíritu de solidaridad, las Organizaciones internacionales y las naciones deberían dirigir sus esfuerzos en esta VI Conferencia de la UNCTAD para lograr un plan de acción conjunta, a fin de decidir qué se debe hacer para promover eficazmente el bienestar de las naciones y de los pueblos que han acudido a esta Conferencia con la esperanza de encontrar ayuda en la misma.

Para ello, es necesario —creo yo— relanzar el diálogo entre el Norte y el Sur con nuevas perspectivas y con una voluntad política renovada de llevar a cabo programas que sean ventajosos para todos. Todo el mundo sabe que el mundo entero se enfrenta —sin excepción—, desde hace ya tiempo, con problemas internos. Por muy grandes que éstos sean, sería lamentable que un país en desarrollo presentase sus dificultades internas como excusa para eludir sus responsabilidades en la esfera internacional. Vemos, así, que el primer paso a dar en el campo del desarrollo es el de iniciar un diálogo en el que el otro sea aceptado como un socio igual, y en el que se intenten encontrar, con ayuda de negociaciones sinceras y honestas, los medios para resolver los problemas reales y concretos. Nada puede reemplazar a este diálogo. Ninguna nación tiene derecho a eximirse de las exigencias presentadas por este diálogo.

Si el diálogo Norte-Sur puede ser reanudado sobre nuevas bases y cobrar un nuevo ímpetu, una nueva dirección —y esta Conferencia puede desempeñar un papel importante en tal empeño—, entonces el primer fruto de este proceso será el descubrimiento de una nueva calidad de interdependencia. Esta interdependencia entre los países se expresa de diferentes formas, que van desde el más simple intercambio, a los acuerdos internacionales económicos y comerciales más complejos. Sin embargo, son éstos simples factores de interdependencia los que nos muestran que ninguna nación puede vivir únicamente por sí misma, buscando tan sólo sus propios intereses. No obstante, uno puede descubrir en estos factores una realidad aún más importante, es decir, la calidad de interdependencia o de intercambio que debe expresarse y desarrollarse más allá de los simples hechos. Esto debería fomentarse mediante un nuevo diálogo Norte-Sur, diálogo cuya calidad debe ser mejorada.

Es preciso insistir en la imagen de un mundo que vive unido y en armonía. Es preciso profundizar la estima recíproca por los valores de cada cultura. Es preciso, ante todo proteger y fomentar la dignidad plena y el valor de la persona humana en la sociedad. El diálogo que ustedes mantendrán en esta Conferencia sobre la economía y el comercio, sobre el desarrollo y las tecnologías adecuadas, deberá estar guiado —y así reflejarlo— por el respeto que ustedes sienten por los pueblos y los países con los cuales se relacionan. Se trata, debo añadir, de un descubrimiento mutuo y de una obligación recíproca: se trata de desarrollar un diálogo entre el Norte y el Sur que encarne y exprese esta interdependencia en la cual todos los interesados encuentren su verdadera dignidad; de esta manera se podrá llegar a etapas concretas que permitan asegurar el sentido de la dignidad humana y del bien común de todos.

Deseo de todo corazón que la VI Conferencia de la UNCTAD contribuya de manera real y perdurable a este diálogo, contribución que se actualizará en programas que superen las desigualdades existentes y den una nueva esperanza a los pueblos y a los países más necesitados; una contribución que haga avanzar hacia un mundo donde la dignidad de los individuos y de los países sea plenamente respetada y honrada.

Ruego a Dios, nuestro Padre común, que bendiga esta Conferencia, vuestras deliberaciones y el fruto de vuestro trabajo.

Vaticano, 25 de mayo de 1983.

IOANNES PAULUS PP. II


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 29, p.12.

 

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 

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