A su excelencia Javier Pérez de Cuéllar,
secretario general de la
Organización de las Naciones Unidas
con ocasión de la Cumbre mundial para
los Niños.
“Tus hijos serán como renuevos de olivo alrededor de tu mesa”
(Sal 128, 3).
Estas sencillas palabras del salmista se refieren a los niños
como una gran bendición de Dios y una fuente de gran alegría para la familia.
Inspirada por esta visión de la vida humana, la Santa Sede apoya
la Cumbre mundial para los Niños como una importante expresión y
consolidación del creciente interés que la opinión pública y los Estados han
mostrado sobre la necesidad de hacer mucho más aún para salvaguardar el
bienestar de los niños del mundo, proclamar los derechos del niño y proteger
estos mismos derechos mediante acciones culturales y legislativas que respeten
la vida humana como un valor en sí, independientemente del sexo, origen étnico,
nivel social o cultural, de la convicción política o religiosa. No pudiendo
participar personalmente en la Cumbre, deseo hacer llegar un saludo caluroso a
usted, señor secretario general, y a los distinguidos jefes de Estado y de
Gobierno presentes. Con la convicción de que los avances de la raza humana son
signo de la grandeza de Dios y de la realización de su designio misterioso,
invoco ardientemente el auxilio divino sobre sus deliberaciones.
Me complace manifestar el aprecio de la Iglesia católica por
todo lo que se ha hecho y se hace bajo los auspicios de las Naciones Unidas y
sus agencias especializadas para garantizar la supervivencia, la salud, la
protección y el desarrollo integral de los niños, los más indefensos de nuestros
hermanos y hermanas, los más inocentes y dignos hijos e hijas de nuestro único
Padre celestial. La pronta adhesión de la Santa Sede a la Convención sobre
los derechos del niño, adoptada por la Asamblea general de las Naciones
Unidas el 20 de noviembre de 1989, concuerda con la tradición bimilenaria de la
Iglesia católica de servicio a los necesitados material o espiritualmente, en
particular a los miembros más débiles de la familia humana, entre los cuales los
niños han recibido siempre una atención especial. En el Niño de Belén los
cristianos contemplan la unicidad, la dignidad y el anhelo de amor de cada niño.
En el ejemplo y la enseñanza de su Fundador la Iglesia percibe el mandato de
dedicar un cuidado especial a las necesidades de los niños (cf. Mc 10,
14); además, en la visión cristiana, nuestro modo de tratar a los niños viene a
ser como una medida de nuestra fidelidad a Dios mismo (cf. Mt 18, 5).
La Iglesia tiene una viva percepción de la enorme carga de
sufrimiento e injusticia que pesa sobre los niños del mundo. En el desempeño de
mi ministerio y durante mis peregrinaciones pastorales, he sido testigo de la
desgarradora tragedia de millones de niños en los diversos continentes. Ellos
son los más vulnerables porque son los que menos pueden hacer oír su voz. Mi
contribución a esta Cumbre, señor secretario general, se propone reforzar, ante
esta magna asamblea, la insistente súplica, con frecuencia sin palabras, pero no
menos legítima, que los niños del mundo dirigen a quienes tienen los medios y la
responsabilidad de proporcionarles un futuro mejor.
Los niños del mundo piden amor. En este caso el amor
representa la verdadera preocupación de un ser humano por el otro, por el bien
que cada uno le debe al otro en el vínculo de nuestra común humanidad. Un niño
no puede sobrevivir física, psicológica y espiritualmente sin la solidaridad que
nos hace responsables de todos, una responsabilidad que asume una intensidad
particular en el amor abnegado de los padres para con sus hijos. La Santa Sede
atribuye un significado particular al hecho de que la Convención reconoce
el papel insustituible de la familia en fomentar el desarrollo y el
bienestar de sus miembros. La familia es la célula primera y vital de la
sociedad por su servicio a la vida y porque es la primera escuela de las
virtudes sociales, que son el principio animador de la existencia y el
desarrollo de la sociedad misma. El bienestar de los niños del mundo, por lo
tanto, depende mucho de las medidas que tomen los Estados para apoyar y ayudar a
las familias a cumplir sus funciones de transmitir la vida y dar formación.
Los niños del mundo piden un mayor respeto hacia su
inalienable dignidad individual y su derecho a la vida desde el primer
momento de su concepción, incluso ante circunstancias difíciles o taras
personales. Cada individuo —prescindiendo de que sea pequeño o aparentemente
insignificante en términos utilitarios— lleva la huella de la imagen y semejanza
del Creador (cf. Gn 1, 26). Las políticas y las acciones que no reconocen
esa condición única de dignidad innata no pueden conducir a un mundo más justo y
humano, ya que se oponen a los verdaderos valores que determinan las categorías
morales objetivas y que forman la base de razonables juicios morales y de
acciones correctas.
La Convención internacional sobre los derechos del niño
constituye una declaración de prioridades y obligaciones que pueden servir como
punto de referencia v estímulo para una acción en pro de los niños en todas
partes. La Santa Sede complacida adhirió a la Convención y la apoya en el
supuesto de que los fines, los programas y las acciones que resulten de ella
respetarán las convicciones morales y religiosas de aquellos a quienes están
dirigidas, en particular las convicciones morales de los padres respecto a la
transmisión de la vida, sin forzarles a recurrir a medios moralmente
inaceptables, así como su libertad en lo referente a la vida religiosa y a la
formación de sus hijos. Los niños, que deberán aprender a ayudar al prójimo,
deben aprender la realidad de las relaciones de ayuda mutua en la familia misma,
en donde ha de haber un respeto profundo por toda vida humana, tanto no nacida
como nacida, y donde ambos, la madre y el padre, toman conjuntamente decisiones
responsables en el ejercicio de su paternidad.
Durante el Año Internacional del Niño en 1979 tuve la
oportunidad de dirigirme a la Asamblea general de las Naciones Unidas. Hoy
repito, con mayor énfasis, la convicción y la esperanza que manifesté en aquella
ocasión:
“Ningún país del mundo, ningún sistema político puede pensar en
el propio futuro de modo diverso, si no es a través de la imagen de estas nuevas
generaciones que tomarán de sus padres el múltiple patrimonio de los valores, de
los deberes, de las aspiraciones de la nación a la que pertenecen, junto con el
de toda la familia humana. La solicitud por el niño, incluso antes de su
nacimiento, desde el primer momento de su concepción y, a continuación, en los
años de la infancia y de la juventud es la verificación primera y fundamental de
la relación del hombre con el hombre. Por esto, ¿qué más se podría desear a cada
nación y a toda la humanidad, a todos los niños del mundo sino un futuro mejor
en el que el respeto de los derechos del hombre llegue a ser una realidad
plena?” (Discurso ante las Naciones Unidas, 2 de octubre de 1979, n. 21).
Que Dios todopoderoso guíe a esta Cumbre a establecer un sólido
fundamento jurídico para el logro de esta realidad.
Vaticano, 22 de septiembre de 1990.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 41 p.11.
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