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CARTA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO
II AL ARZOBISPO DE L'AQUILA (ITALIA) EN EL VI CENTENARIO DEL NACIMIENTO DEL
BEATO ANDREA DE MONTEREALE
Al venerado hermano
monseñor MARIO PERESSIN Arzobispo de L’Aquila (Italia)
1. Esta archidiócesis,
junto con la orden de san Agustín, se prepara para celebrar solemnemente el 600
aniversario del nacimiento del beato Andrea de Montereale, originario de
Mascioni (L’Aquila), quien, siendo adolescente, entró en la orden de los
agustinos con el deseo de abrir totalmente su corazón a la misteriosa presencia
de Dios.
A pesar de los siglos pasados, en los Abruzos se ha mantenido vivo el
recuerdo de este venerado religioso, a quien muchos siguen invocando como
valioso intercesor ante Dios. Su testimonio constituye una invitación concreta a
una vida de auténtica fe, de profunda contemplación y de adhesión fiel a la
voluntad del Señor.
2. Ya durante su vida terrena, el beato Andrea gozaba de
fama de santidad: la gente lo veneraba por su profunda espiritualidad y su vida
penitente. También hoy, época de rápidas transformaciones que a menudo corren el
riesgo de arrollar los valores genuinos de la persona y de su interioridad
auténtica, el ejemplo del beato Andrea se propone como singularmente oportuno y
significativo. En efecto, cuando el hombre no cultiva la dimensión íntima de la
existencia, pierde su verdadera identidad personal. La ascesis y el anhelo
incesante de comunión con Dios educan al creyente para que no se deje seducir
por las apariencias efímeras del mundo, y le ayudan a liberarse de todos los
falsos mitos.
Estas convicciones guiaron al pastorcito Andrea, aún muy joven, a
la elección de la vida consagrada, siguiendo las huellas de Cristo, que invita a
sus discípulos a tomar su propia cruz y a seguirlo, abandonando todo. Así, se
dedicó al estudio y a la oración, cultivando una relación constante con el
Señor, que, a veces, se le manifestaba con signos extraordinarios. Ordenado
sacerdote, después de haber perfeccionado los estudios en Rímini, Padua y
Ferrara, llegó a ser un experto en filosofía y en derecho, y maestro de
teología. Desempeñó luego otros cargos, granjeándose el aprecio y la estima,
tanto en la comunidad agustina como entre los fieles.
Impulsado por el amor a
Cristo (cf. 2 Co 5, 14), y con adhesión fiel al espíritu de servicio
heredado de san Agustín, el beato Andrea se dedicó con gran pasión y provecho a
predicar al pueblo en varias ciudades de Italia y de Francia. Su palabra se
alimentaba no sólo del estudio de las sagradas Escrituras, sino también de la
oración contemplativa y de la práctica constante de la penitencia.
3. Al invocar
la intercesión del beato Andrea sobre cuantos se encomiendan a su protección,
quisiera invitar a todos a que aprovechen oportunamente esta conmemoración para
renovar su fe en el Señor, que enriquece a la Iglesia con tantos ejemplos de
santidad. Que su ejemplo y su intercesión ayuden a los fieles de esta antigua
Iglesia y a la entera familia agustina a servir con generosa y fiel entrega a
Cristo, como él trató de hacer en cada circunstancia de su existencia. Con estos
deseos, le imparto de corazón a usted, al venerado arzobispo coadjutor, a toda
la diócesis de L’Aquila, así como a la orden agustina y a los ciudadanos de
Montereale, una especial bendición apostólica.
Castelgandolfo, 11 de agosto de 1997
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
 
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