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CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL ARZOBISPO DE HANOI
CON OCASIÓN DEL SEGUNDO CENTENARIO
DE LAS APARICIONES DE LA VIRGEN MARÍA EN LA VANG

 

 

Al señor cardenal Paul Joseph Pham Dình Tung
arzobispo de Hanoi
presidente de la Conferencia episcopal de Vietnam

Al comenzar la celebración jubilar del segundo centenario de las apariciones de la Virgen María en La Vang, me uno afectuosamente a la alegría y a la acción de gracias de los obispos de Vietnam y de sus diocesanos.

En este santuario tan amado por los católicos de vuestro país, la Madre del Señor, en 1798, dirigió a sus hijos un mensaje de esperanza en medio de sus tribulaciones espirituales y corporales, anunciándoles: «Tened confianza, soportad con resignación las penas y los sufrimientos. Yo ya he escuchado vuestras súplicas. Desde ahora, escucharé los ruegos de todos los que vengan a implorarme en este lugar». Al cabo de dos siglos, en La Vang se acoge con fervor este mensaje, que sigue siendo siempre actual. Ese centro mariano, que se ha convertido en santuario nacional, a pesar de las grandes pruebas que lo han marcado a lo largo de su historia ha sabido mantener viva la tradición de las peregrinaciones. En el secreto del corazón, numerosas personas de diferentes orígenes y condiciones, van a confiar a su Madre celestial sus tristezas y esperanzas. Obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos suelen encontrar allí la presencia acogedora de María, que les infunde valentía para dar un admirable testimonio de vida cristiana en circunstancias a menudo difíciles. Bendigo a Dios, que jamás abandona al pueblo de los que lo buscan y que, con la asistencia materna de la Virgen María, sigue guiándolo tanto en los días de felicidad como en los de adversidad.

A los fieles que durante este año jubilar vayan a implorar a Nuestra Señora de La Vang en su santuario o que la invoquen en otros lugares, les deseo que encuentren un nuevo impulso apostólico para su vida cristiana y reciban consuelo y fuerza a fin de afrontar los afanes de la existencia. Los invito a ver en María, la Madre que Jesús mismo dio a los hombres, a la mujer que los guía hacia su divino Hijo. Ella, que vivió de manera perfecta la condición de discípula del Señor, impulsa a los cristianos a avanzar por el camino de una vida evangélica ferviente. Que ella los estimule a ser peregrinos firmes en la fe en la persona de Cristo, único Salvador de la humanidad; peregrinos de la esperanza, que esperan la hora de Dios para recoger la cosecha de las semillas ya depositadas en la tierra; y peregrinos de la caridad, que viven su vocación de unidad, de fraternidad y de servicio en medio de sus hermanos y hermanas, cuya existencia comparten.

Al entrar en el segundo año de preparación para el gran jubileo del año 2000, dedicado al Espíritu Santo, exhorto a los católicos de Vietnam a contemplar en María a una humilde mujer de nuestra humanidad, que se dejó guiar por la acción interior del Espíritu. En unión intensa y profunda con Dios, obedeció a su llamada con total fidelidad. Ojalá que todos descubran en ella a una mujer del silencio y de la escucha, que meditaba en su corazón lo que el Espíritu del Señor le hacía percibir de su presencia amorosa y de su acción santificadora. Sin permitir jamás que las dificultades la desanimaran, pudo realizar plenamente la aspiración de los pobres del Señor y es modelo resplandeciente para quienes ponen toda su confianza en las promesas de Dios (cf. Tertio millennio adveniente, 48).

Uniéndome con el corazón y la oración a los numerosos peregrinos de La Vang, pido ardientemente a la Madre de Cristo, Madre de los hombres, por todo el pueblo vietnamita y por las comunidades de cristianos originarios de ese país que viven en el extranjero. Ojalá que pongan su confianza en la santísima Virgen, que los acompaña maternalmente en su peregrinación terrena. Ojalá que, dondequiera que vivan, sean discípulos de Cristo fieles y generosos, testimoniando el amor infinito de Dios en medio de sus hermanos y hermanas.

En esta feliz ocasión del bicentenario de las apariciones de la Virgen en La Vang le envío a usted, señor cardenal, mi afectuosa bendición apostólica, que extiendo de buen grado a los obispos, a los sacerdotes y a los que se preparan para el sacerdocio, a los religiosos y a las religiosas, así como a todos los fieles de Vietnam y de la diáspora.

Vaticano, 16 de diciembre de 1997

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana 

 

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