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  MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A MONS. JULIÁN BARRIO
CON OCASIÓN DE LA APERTURA DE LA PUERTA SANTA
DE SANTIAGO DE COMPOSTELA

 

A mons. Julián BARRIO BARRIO
Arzobispo de Santiago de Compostela

1. Al celebrarse el rito de apertura de la Puerta santa, que señala el comienzo del Año santo jacobeo, me uno espiritualmente a los pastores y fieles de esa archidiócesis de Santiago de Compostela, así como a los peregrinos provenientes de los más variados lugares de Galicia y de todo el orbe cristiano que acuden al Pórtico de la gloria con la esperanza de cruzar el dintel de la gracia. Quieren así dar cumplimiento a sus anhelos de reconciliación, de encontrarse con el Señor y fortalecer su fe, a ejemplo y por intercesión del apóstol Santiago, testigo y mártir del Evangelio. El jubileo que ahora se inaugura, y que tiene como lema «El Año jubilar compostelano, pórtico del Año santo del 2000», adquiere un significado particular por celebrarse en las postrimerías de un siglo y en los albores del tercer milenio, en el cual la Iglesia y la humanidad esperan nuevos retos y nuevas intervenciones divinas en las vicisitudes humanas (cf. Tertio millennio adveniente, 17).

2. A lo largo de los siglos las diversas rutas del «camino de Santiago» se han poblado de peregrinos que caminaban hacia el entonces llamado «finis terrae» para alcanzar la tan ansiada «perdonanza» y, al mismo tiempo, acoger de nuevo en su corazón la luz del Evangelio transmitido por los Apóstoles. Como Abraham, dejaban la propia casa para ir en busca de la tierra que el Señor habría de mostrarles (cf. Gn 12, 1), abandonaban las seguridades engañosas de su pequeño mundo para ponerse en manos del don de Dios. Al final del trayecto encontraban la luz de Cristo, que es la auténtica esperanza para la humanidad y la patria verdadera de todo ser humano. Recorrido con este espíritu, el camino de Santiago llega a ser un verdadero proceso de conversión y un progresivo desprendimiento del hombre viejo, para revestirse del hombre nuevo, «creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Ef 4, 24).

3. Teniendo muy presentes los imborrables recuerdos de mis anteriores visitas a Santiago, pienso en estos momentos en los hombres y mujeres, jóvenes y adultos, que de Galicia y España, de Europa y allende los mares, se pondrán en marcha hacia Compostela. Seguirán un camino secular, jalonado de magníficas obras de arte y de cultura, en las que tantas generaciones han dejado esculpido el testimonio de su fe robusta. Encontrarán otras gentes y tendrán la oportunidad de apreciar las variadas costumbres y culturas en que el ser humano puede expresar lo mejor de sí mismo, abriéndose así a una visión más universal y a una mejor compresión de los diversos pueblos. Los gestos de cordialidad y acogida fraterna harán que adquieran un realce especial aquellas palabras de Jesús: «a mí me lo hicisteis» (cf. Mt 25, 40). La meditación y la oración acompasada ayudarán al peregrino a entrar dentro de sí mismo para encontrar la verdad más profunda de su ser, haciendo así un camino interior que prepara su corazón para recibir las gracias jubilares y abrazar al Santo, ese gesto tradicional que simboliza la acogida gozosa de la fe en Cristo, que el mayor de los Apóstoles predicó sin desmayo hasta dar su vida por ella (cf. Hch 4, 33; 12, 1).

4. Este Año santo ofrece al noble pueblo español, que ha echado hondas raíces cristianas bajo la protección del apóstol Santiago, a las Iglesias particulares, y muy especialmente a esa querida archidiócesis compostelana, una ocasión propicia para impulsar con renovado vigor su compromiso con los valores del Evangelio, proponiéndolos persuasivamente a las nuevas generaciones e impregnando con ellos la vida personal, familiar y social. A ello se orientan las diversas actividades pastorales programadas para el jubileo, entre las que cabe destacar el Encuentro europeo de jóvenes y el Congreso eucarístico nacional. Son acontecimientos que manifiestan la vitalidad de la fe y el espíritu evangelizador característicos de toda comunidad fundada en la predicación apostólica. De este modo el jubileo compostelano, a la vez que imparte el pan de la «perdonanza» y de la gracia, se convierte en foco luminoso de vida cristiana y en reserva de energía para las nuevas vías de evangelización (cf. Discurso en la plaza del Obradoiro, 19 de agosto de 1989, n. 2).

5. Pido al Todopoderoso por todos los que acudirán a Santiago, precisamente este año que la Iglesia universal, preparándose al gran jubileo del 2000, dedica a Dios, nuestro «Padre celestial». Le ruego que les haga sentir el inmenso amor que él tiene por todos y cada uno de los hombres, y que les dé el valor necesario para volver a la casa paterna para recibir el paternal abrazo de acogida y de perdón. Esta experiencia de la inefable misericordia divina les hará también testigos infatigables, que saben hacer presente la bondad de Dios y hacerse eco de ella en opciones concretas de amor y solidaridad con los hermanos (cf. Tertio millennio adveniente, 50-51).

Encomiendo los frutos de este año jacobeo a nuestra Madre del cielo, que acompañará a los peregrinos en su itinerario penitencial y les acogerá sonriente a su llegada al Pórtico de la gloria. Que con su ayuda, y por la poderosa intercesión del apóstol Santiago, los queridos hijos de Galicia y de España, así como los venidos de otras tierras, progresen material y espiritualmente, en un clima de solidaridad para con los más necesitados y de paz con todos.

Con tales deseos, y en señal de benevolencia, les imparto complacido la bendición apostólica.

Vaticano, 29 de noviembre de 1998, primer domingo de Adviento.

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