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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
MONS. TAGLIAFERRI, OBISPO EMÉRITO DE VITERBO Y PRESIDENTE DE LA FEDERACIÓN
ITALIANA DE EJERCICIOS ESPIRITUALES
Al venerado hermano FIORINO TAGLIAFERRI Obispo
emérito de Viterbo Presidente de la Federación italiana de ejercicios
espirituales
1. Me ha complacido saber que la Federación italiana
de ejercicios espirituales ha convocado, para los días 13 a 15 del corriente
mes de febrero, su asamblea nacional, con el fin de interrogarse sobre los
«tiempos del Espíritu para una fuerte experiencia de la misericordia del
Padre».
Lo saludo cordialmente a usted, venerado hermano, a
quien la Conferencia episcopal italiana ha llamado a presidir esta asociación
eclesial, y, a la vez, quiero saludar afectuosamente a los prelados, a los
ilustres oradores y a los congresistas que, en representación de los institutos
de vida consagrada, las sociedades de vida apostólica, las asociaciones y los
movimientos, participan en el encuentro. Deseo manifestar a cada uno mi sincero
aprecio por la obra realizada a nivel regional y diocesano en el campo de la
pastoral de la espiritualidad, promoviendo, acogiendo y dirigiendo las
iniciativas de ejercicios espirituales, retiros e itinerarios de oración y de
orientación vocacional.
2. El objetivo principal de vuestra asociación, como
afirma el primer artículo de su Estatuto, es «dar a conocer y promover los
ejercicios espirituales, considerados como una fuerte experiencia de Dios,
suscitada por la escucha de su palabra, comprendida y acogida en la vida
personal bajo la acción del Espíritu Santo que, en un clima de silencio y
oración, y con la mediación de un guía espiritual, da la capacidad de
discernimiento con vistas a la purificación del corazón, la conversión de
vida y el seguimiento de Cristo, para el cumplimiento de la propia misión en la
Iglesia y en el mundo».
Aunque se trate de una reunión de estudio, vuestro
actual congreso, en sus contenidos y en su método, se inspira en la fisonomía
que caracteriza a las jornadas de los «tiempos del Espíritu»: queréis hacer
una experiencia del amor del Padre que os permita ser «revestidos de poder
desde lo alto» (Lc 24, 49). Esta experiencia de la intimidad con Dios, a
través de momentos de intensa espiritualidad, de confrontación provechosa y de
afectuosa fraternidad, no puede menos de reforzar en cada uno el propósito de
ser testigo auténtico de las exigencias de la fe. En efecto, se advierte cada
vez más el anhelo de una espiritualidad que se convierta en vida. De poco sirve
meditar y rezar si la existencia no se transforma íntimamente y la oración no
suscita comportamientos en sintonía con las exigencias de la verdad y el amor.
El creyente, iluminado e impulsado por la misericordia
divina, comprende su vocación a ser «sal de la tierra» y «luz del mundo»
(cf. Mt 5, 13-16). De aquí proviene la invitación permanente a la
conversión que resuena en la Iglesia: «El tiempo se ha cumplido y el reino de
Dios está cerca; convertíos y creed en la buena nueva» (Mc 1, 15).
3. Las características de los tres años de
preparación para el gran jubileo se reflejan bien en el camino propio de los
ejercicios espirituales, poniendo de relieve el valor permanente que tienen para
la existencia cristiana de todos los tiempos. En efecto, el trienio de
preparación para el aniversario jubilar del misterio de la Encarnación tiene
como fundamento e itinerario la llamada a la conversión, vivida como
«peregrinación» de toda la existencia cristiana y ordenada a «ampliar los
horizontes del creyente según la visión misma de Cristo: la visión del Padre
celestial» (Tertio millennio adveniente, 49). Cristo, encontrado en la
escucha de su palabra, en la celebración atenta de los santos misterios y en la
fraternidad de la comunión eclesial, revela el misterio del Padre y de su amor
y manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, descubriéndole la grandeza
de su vocación (cf. Gaudium et spes, 22). Ante el esplendor del misterio
del Verbo encarnado, cada uno está llamado a ser sincero consigo mismo si
quiere recorrer, adhiriéndose a él, Redentor del hombre, un camino de
auténtica conversión, camino que es, al mismo tiempo, liberación del pecado y
elección positiva del bien.
4. Este itinerario comienza con un acto de valor, como
el del hijo pródigo que, después de recapacitar, dijo: «Me levantaré e iré
a mi padre» (Lc 15, 18). Este camino interior requiere una necesaria
«higiene del espíritu», que se realiza en el silencio exterior e interior,
permitiendo la iniciativa del Paráclito, médico de las almas. La experiencia
de los ejercicios espirituales, gracias a un tiempo oportuno de oración y
reflexión, y con un estilo de templanza, autodisciplina y sacrificio, fortalece
la adhesión personal a Cristo.
La «peregrinación del corazón», fruto de la gracia
del Señor, radica en la docilidad al soplo del Espíritu. «Es el Espíritu el
que empuja a cada uno a entrar en sí mismo y a sentir la necesidad de volver a
la casa del Padre» (Incarnationis mysterium, 11). Sumergido en las luces
y sombras de esta transición histórica, el hombre advierte la necesidad de una
«sacudida de la conciencia» que no sea una emoción momentánea, sino un
itinerario progresivo hacia la realización plena de sí. Y el creyente está
llamado a contribuir, con un testimonio evangélico iluminado, a la
construcción de una sociedad realmente atenta a las expectativas más íntimas
del corazón humano.
El abrazo misericordioso del Padre adquiere una
connotación particular en el sacramento que expresa concretamente la
conversión y, con la gracia del perdón, devuelve al penitente la vida de hijo
de Dios. Habiendo elegido habitar en la «casa» del Padre, vuelve a ser hermano
de todos, se sienta a la mesa eucarística común y es impulsado a poner en
práctica el dulce mandamiento de la caridad: amor a Dios y a los hermanos.
5. Venerado hermano, es grande la importancia que
tiene esta asamblea de la Federación italiana de ejercicios espirituales dentro
del conjunto de la pastoral en Italia. Deseo de corazón que, fiel a su
vocación, contribuya a aumentar en el pueblo cristiano la acogida de la llamada
universal a la santidad. Ojalá que los trabajos de este congreso pongan de
relieve la armonía profunda que existe entre los ejercicios espirituales o,
más en general, entre los «tiempos del Espíritu» y el acontecimiento del
jubileo. Preparan su acogida y, a la vez, suscitan en los corazones una
respuesta oportuna al don de gracia presente en él. En particular, desde el
punto de vista de la peregrinación jubilar, los ejercicios ayudan a comprender
que toda la existencia cristiana debe ser un «camino» sin marcha atrás.
«Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino
de Dios» (Lc 9, 62).
Al mismo tiempo que invoco una abundante efusión del
Espíritu Santo sobre usted y sobre cuantos participan en los trabajos del
congreso, encomiendo a cada uno a la protección de la Virgen María, Reina de
los santos, que durante toda su existencia supo acoger la gracia y la majestad
divinas. Que ella sea para cada uno maestra y guía de vida evangélica y de
perfección cristiana.
Con estos sentimientos, asegurando mi constante
recuerdo en la oración, imparto de corazón a todos una bendición apostólica
especial.
Vaticano, 11 de febrero de 1999
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