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CARTA DEL PAPA JUAN PABLO II
AL CARDENAL PAUL POUPARD

   

A nuestro venerado hermano PAUL POUPARD
Cardenal de la santa Iglesia romana
Presidente del Consejo pontificio para la cultura

La población de Aurillac y toda la comunidad eclesial de Saint-Flour experimentan gran alegría ante la proximidad del milenario de la elevación al sumo pontificado de Gerberto, hijo de esa nación, monje, obispo de Reims y de Rávena, que, elegido en el año 999, tomó el nombre de Silvestre II. Ese Pontífice, primer hijo de Francia en acceder a esa dignidad, cultivó la literatura, las ciencias, la doctrina eclesiástica y la política, con gran beneficio para la Iglesia de su tiempo.

Para conmemorar ese aniversario, la diócesis de Saint-Flour ha organizado unas jornadas de estudio y ceremonias religiosas del 9 al 11 de abril en Aurillac, en las que participarán ilustres profesores de varias universidades y muchos obispos.

Con el deseo de dar a esas celebraciones toda la solemnidad que merecen, nuestro venerado hermano René Séjourné, obispo de Saint-Flour, me ha pedido que envíe, como representante mío personal, a un hombre de Iglesia constituido en dignidad. Acogiendo ese deseo, he pensado en usted, venerable hermano, pues, por su cargo específico, creo que es la persona más adecuada para desempeñar esa misión.

Por eso, con afecto fraterno, lo nombro mi enviado especial para celebrar esa conmemoración milenaria. En mi nombre, asistirá y presidirá los ritos sagrados. Testimonariá mi paternal benevolencia a esa comunidad eclesial tan floreciente, así como a todos los presentes. Ilustrará de palabra, de acuerdo con mi pensamiento, la importancia de armonizar, como hizo Silvestre II, la cultura y las ciencias humanas con la fe cristiana, «para que se perciba con mayor profundidad cómo la fe y la razón convergen en una sola verdad» (Gravissimum educationis, 10).

A los participantes en esos encuentros en Aurillac, a los que me siento muy unido, les deseo vivamente que tanto las jornadas de estudio como la participación en la eucaristía constituyan un impulso espiritual hacia una vida cristiana cada vez más auténtica.

Por último, a usted, venerable hermano, a todos los obispos, las autoridades civiles, los profesores, al clero y a todos los fieles que participen en ese acontecimiento gozoso, les imparto de corazón mi bendición apostólica en prenda de los favores celestiales y como testimonio de mi benevolencia.

Vaticano, 10 de marzo de 1999, vigésimo primer año de mi pontificado

 

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