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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL ADMINISTRADOR APOSTÓLICO DEL CÁUCASO
CON MOTIVO DE LA CONSAGRACIÓN
DE UNA IGLESIA EN GEORGIA

  

Al reverendísimo padre GIUSEPPE PASOTTO, c.s.s.
Administrador apostólico del Cáucaso

En la comunión de la Iglesia y desde las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, que sellaron su testimonio con su sangre en esta ciudad de Roma, lo saludo a usted y a la comunidad católica del Cáucaso: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2 Co 13,13).

Estáis reunidos con mi íntimo colaborador en la Secretaría de Estado, el arzobispo Giovanni Battista Re, para consagrar una iglesia que durante mucho tiempo ha formado parte de la historia de Georgia, y que es un monumento significativo de la presencia católica en esa amada tierra. El edificio recuerda el dolor de Georgia y los sacrificios de su pueblo católico. Pero la iglesia de la Asunción de la Virgen surge ahora de nuevo como un símbolo de la esperanza recién recobrada de Georgia y como una proclamación de Cristo resucitado, en quien las tinieblas se convierten en luz.

Se trata de un edificio construido por hombres, pero por hombres que son también «piedras vivas en la construcción de un edificio espiritual» (1 P 2, 5). El edificio es, pues, un icono del misterio de la Iglesia, «santificada por la sangre de Cristo, esposa radiante de su gloria, virgen esplendente de la plenitud de su fe, madre bendecida por la fuerza del Espíritu» (cf. Plegaria para la dedicación de una iglesia). Representa el templo del sacrificio eterno de Cristo, que acoge el altar, «símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima ofrecida por nuestra reconciliación y como alimento celestial que se nos da» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1383).

Oro fervientemente para que esa iglesia y la comunidad de fieles de Cristo que se reúne allí, lleguen a ser cada vez más un signo y un instrumento de salvación y nueva vida para todos los católicos georgianos, en el umbral del tercer milenio de la era cristiana. Encomiendo a toda la comunidad católica georgiana a la intercesión gloriosa de la Virgen María elevada al cielo: que «una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12, 1), guíe a la Iglesia en Georgia hacia la luz imperecedera de su Hijo. Como prenda de gloria en él, le imparto cordialmente a usted, y a todos los que comparten la alegría de este acontecimiento, mi bendición apostólica.

Vaticano, solemnidad de la Asunción de la Virgen María del año 1999

  

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