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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II A LA MADRE CAROLA
THOMANN, PRESIDENTA DE TURNO DE LA CONFERENCIA DE LA FAMILIA FRANCISCANA
A la reverenda madre
CAROLA THOMANN
Presidenta de turno de la Conferencia de la familia franciscana
1. Me alegra saludar cordialmente a toda la familia franciscana, reunida en
la basílica del Santísimo Salvador, en Roma, para celebrar el gran jubileo. Me
uno a ella espiritualmente, alabando al Señor por el testimonio que dan a la
Iglesia cuantos han elegido seguir con fidelidad el ejemplo de san Francisco.
Al dirigirme a usted, reverenda madre, deseo hacer llegar la expresión de mis
sentimientos de estima y afecto a los responsables de las tres órdenes que
forman la gran familia de los seguidores del "Poverello" de Asís, así
como a los muchos que, de diferentes maneras, se inspiran en él a pesar de la
multiplicidad de los hábitos y las obras. A todos deseo manifestar mi aprecio
por haber querido celebrar unidos el gran jubileo, congregados en la catedral
del Obispo de Roma como signo de comunión con él. ¡Cómo no recordar que
precisamente en ese lugar sagrado san Francisco recibió la aprobación de su
Regla, la cual se convirtió en guía hacia la santidad para las generaciones de
hermanos y hermanas que han formado parte del movimiento franciscano!
2. Quiera Dios que el espíritu de fe que alimentó las palabras y el
testimonio de san Francisco, de santa Clara, de san Luis, de santa Isabel de
Hungría, así como de todos los santos y beatos de la gran familia franciscana,
reviva en el corazón de sus hijos que realizan, con fe y devoción, su
peregrinación jubilar. Es un camino de conversión y renovación que los lleva
a adorar el misterio que el Año santo conmemora solemnemente: el
nacimiento del Hijo de Dios, su pasión, muerte y resurrección gloriosa.
Cristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para que nos hiciéramos ricos
por medio de su pobreza (cf. 2 Co 8, 9); se hizo hombre en el seno de la
Virgen María, sierva, tienda, casa y palacio del Hijo del hombre (cf. Fuentes
Franciscanas, 259). Cristo es la verdadera "Puerta santa" del
jubileo que es preciso cruzar con espíritu penitente y gozoso, para reavivar el
don de la fe y el compromiso de la misión.
3. San Francisco acogió en sí mismo sin reservas a Jesús, Verbo hecho
carne, única Palabra que revela plenamente al Dios altísimo. Él es el
único camino que lleva al Padre, en el Espíritu, a cada hombre,
mediante la observancia fiel y coherente del Evangelio. El Señor crucificado se
convirtió para el "Poverello" de Asís en un paradigma insustituible
de pensamientos, deseos y acciones. Por esto, se dedicó al seguimiento exigente
de su vida humilde, pobre, casta y obediente a la voluntad del Padre hasta la
muerte de cruz. San Francisco se dejó marcar íntimamente con la tau de
los redimidos (cf. Ez 9, 4) y, peregrinando por pueblos y ciudades, señaló
a todos en la cruz de Cristo el apoyo indispensable para atravesar sin miedo el
mar tempestuoso de la existencia.
Al Padre de los penitentes se unió pronto santa Clara, primera plantita y madre
de la orden de las Damas Pobres (cf. Fuentes Franciscanas, 1074). Alma
ardientemente enamorada del Esposo celeste, quiso que su vida fuera espejo
fiel del Hijo de Dios y de su santísima Madre, para cantar en el humilde
claustro de San Damián la inefable caridad de Dios, sin olvidar nunca que el
alma creyente debe corresponder a tan gran condescendencia con intensos
sentimientos de amor (cf. ib., 2904). A imitación de san Francisco,
también para ella Cristo se convirtió en el camino, la puerta y el vehículo
para entrar en el reino de los cielos y habitar en él para siempre.
4. La innumerable legión de hermanos y hermanas, que hasta hoy han seguido
las huellas de Cristo a imitación de san Francisco y santa Clara, constituye el
luminoso testimonio de la fecundidad del carisma franciscano. Este es el tesoro
de santidad con el que los hijos e hijas de los dos mendicantes de Asís han
enriquecido a la Iglesia. Han pasado por el mundo haciendo el bien a muchísimas
personas, a las que han ofrecido la propuesta sugestiva de su original
experiencia evangélica. Ojalá que no sean solamente una gloria del pasado,
sino también un ejemplo para el presente, de forma que preparen un futuro en el
que resuene cada vez más claramente el anuncio del amor de Dios en Cristo.
En la sociedad actual, en la que resuena con especial fuerza la invitación a
asumir lo efímero como tesoro del propio corazón, es más necesario que nunca
recordar y testimoniar de modo creíble que sólo Dios, único y sumo Bien, es
la verdadera riqueza que llena de sentido nuestra existencia. Dios es la
verdadera esperanza, el gozo y la alegría profunda que los atractivos y las
promesas mundanos no pueden dar (cf. ib., 261).
5. Quisiera dirigirme ahora expresamente a cada uno de vosotros, queridos
miembros de la gran familia franciscana. Que el jubileo sea un paso decisivo del
amor salvífico de Dios en vuestra vida y un acontecimiento extraordinario de
gracia, que os impulse a llevar a los hombres de toda nación y de toda raza la
misericordia y la paz que el Padre seráfico enseñó y vivió. Estad dispuestos
a acoger a toda persona que busque el sentido último de la existencia; no dudéis
en recorrer los caminos y los senderos de todos los continentes para anunciar el
Evangelio "sin glosa"; ofreced a cada uno el saludo de paz y bien, que
caracteriza a la familia franciscana desde los tiempos del
"Poverello".
La protección de María, Reina de los ángeles y de la orden de Frailes
Menores, y la intercesión de los santos y beatos franciscanos, os ayuden a ser
apóstoles fervorosos de la nueva evangelización. "El Señor os conceda la
paz": que este sea el deseo y el programa de vuestro apostolado.
Proclamad a todos que Cristo es la paz e invocadlo con incesantes plegarias.
Mientras os aseguro mi recuerdo en la oración por el éxito de este
acontecimiento espiritual, invoco abundantes gracias sobre cada uno de los
presentes y a todos imparto de corazón una bendición apostólica especial.
Vaticano, 8 de abril de 2000
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