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CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL
CARDENAL JORGE ARTURO MEDINA ESTÉVEZ SU ENVIADO ESPECIAL PARA EL CONGRESO EUCARÍSTICO
NACIONAL DE MÉXICO
A mi venerable hermano
Jorge Arturo Medina Estévez
Cardenal de la santa Iglesia romana
Prefecto de la Congregación
para el culto divino
y la disciplina de los sacramentos
El augustísimo misterio del Cuerpo de Cristo ocupa un lugar privilegiado en
todas las Iglesias esparcidas sobre la faz de la tierra. En efecto, del
sacramento eucarístico emanan, como de una fuente y de un regazo generoso, la
salvación espiritual y la abundancia de los beneficios del Señor; por
consiguiente, los fieles que se acercan al celestial banquete, fortalecidos con
la ayuda divina, pueden cumplir con mayor vigor y empeño sus obligaciones
cotidianas.
He sabido que, en virtud de una laudable decisión, se celebrará en la Ciudad
de México, y precisamente en la renombrada basílica de Guadalupe, del 5 al 7
de mayo próximo, el Congreso eucarístico nacional mexicano. Pienso que, a la
luz del gran jubileo, serán muchísimos los fieles que acudirán a honrar y
venerar, con la piedad que corresponde, el misterio del Cuerpo y la Sangre de
Cristo.
Deseo vivamente que se robustezcan estos testimonios y que la fe se fortalezca,
de modo que los hombres de hoy gocen, con mayor abundancia y plenitud, de la
gracia del Salvador y obtengan de este divino Sacramento los más copiosos
frutos, ya que este sagrado banquete tiene gran eficacia e impulsa a realizar
obras mayores.
Por eso, y a fin de que esta celebración se realice de la forma más destacada
y notable, accediendo a la petición justa y razonable de nuestros hermanos, los
obispos mexicanos, he pensado en ti, venerable hermano, que me pareces la
persona adecuada, y al mismo tiempo distinguida, para asumir y cumplir con
esmero este encargo. Por lo tanto, a la vez que te expreso mi fraternal
benevolencia, te constituyo y nombro enviado especial al Congreso eucarístico
nacional que se va a celebrar en México.
Cuida de transmitir mis palabras y exhortaciones para que haya un culto cada vez
más fervoroso a la Eucaristía, y expresa a todos los participantes mi
benevolencia, corroborada por la poderosa intercesión de la santísima Virgen
María de Guadalupe. Quiero, finalmente, que impartas generosamente a todos los
participantes, en mi nombre y con mi autoridad, la bendición apostólica, como
prenda del amparo celestial y de tiempos mejores.
Ciudad del Vaticano, 20 de marzo del año 2000, vigésimo primero de mi
pontificado
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