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MENSAJE DE JUAN PABLO II
 AL CARDENAL WALTER KASPER,
CON MOTIVO DEL CONGRESO JUDÍO EUROPEO

 

Al cardenal Walter KASPER
Presidente de la Comisión
para las relaciones religiosas
con el judaísmo


Informado del encuentro organizado los días 28 y 29 de enero en París por el Congreso judío europeo, en el que usted va a participar junto con el cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París, quiero unirme mediante la oración a todos los que se han reunido para tratar el tema:  "Después del Vaticano II y la declaración Nostra aetate:  la profundización de las relaciones entre judíos y católicos en Europa bajo el pontificado de Su Santidad Juan Pablo II".

Me alegra esta iniciativa, llamada a contribuir al diálogo y que se basa en la actitud de la Iglesia católica querida por el Concilio. ¡Shalom, paz! Con esta expresión bíblica, quisiera dirigir mi saludo cordial a todos los participantes en el encuentro. Esta iniciativa es particularmente oportuna como prolongación de la reciente Jornada de oración por la paz en el mundo, que se celebró en Asís el 24 de enero. Todas las religiones se han comprometido a trabajar por la paz, ofreciendo así un signo de esperanza para el mundo y recordando que la índole espiritual y trascendente del hombre invita a promover la paz y el respeto de la dignidad de todo ser humano. Judíos y cristianos mantienen relaciones particulares. El mensaje que nos viene del Dios de la alianza con Moisés, con los patriarcas y los profetas pertenece a nuestro patrimonio común y nos invita a colaborar juntos en la vida del mundo, puesto que el Altísimo nos llama a la vez a ser santos como él mismo es santo y a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Me alegra que, después de la declaración Nostra aetate del concilio Vaticano II, se hayan dado numerosos pasos en favor de una mejor comprensión mutua y de una reconciliación entre nuestras dos comunidades. Ese texto constituye un punto de partida, una base y una brújula para las relaciones futuras. Tras los dolorosos sucesos que han marcado la historia de Europa, sobre todo durante el siglo XX, es conveniente dar nuevo impulso a nuestras relaciones, para que la tradición religiosa que ha inspirado la cultura y la vida del continente siga formando parte de su alma, permitiéndole así ponerse al servicio del crecimiento de todo el hombre y de todo hombre.

En virtud de su identidad respectiva, los judíos y los cristianos están unidos entre sí y tienen que proseguir la cultura del diálogo, como lo planteó el filósofo Martín Buber. A nosotros corresponde transmitir a las nuevas generaciones nuestras riquezas y nuestros valores comunes, para que nunca más el hombre menosprecie a su hermano en la humanidad y nunca más se desencadenen guerras o conflictos en nombre de una ideología que desprecia a una cultura o una religión; al contrario, las diferentes tradiciones religiosas están llamadas a poner su patrimonio al servicio de todos, para edificar juntos la casa común europea, unida en la justicia, la paz, la equidad y la solidaridad.
Entonces comenzará a cumplirse la palabra de Dios anunciada por el profeta (cf. Is 11, 6-9). La juventud necesita nuestro testimonio y nuestro compromiso comunes para creer, para santificar el nombre de Dios con toda su vida y para esperar en un futuro del mundo rico en promesas. Así, se dedicará a fortalecer los vínculos de fraternidad, para constituir una humanidad renovada.

Pido al Todopoderoso que inspire los trabajos del encuentro de París y haga fructificar los esfuerzos de los participantes. Que la paz de Dios habite en el corazón de cada uno.

Vaticano, 25 de enero de 2002

 

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