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CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CARDENAL ANGELO SODANO
PARA UNA JORNADA DE ORACION
POR LA PAZ EN TIERRA SANTA

 

Al Señor Cardenal
ANGELO SODANO
Secretario de Estado

La dramática situación en la que se halla la Tierra Santa me impulsa a dirigir de nuevo un apremiante llamamiento a toda la Iglesia, para que se intensifiquen las súplicas de todos los creyentes por aquellas poblaciones desgarradas ahora por formas de violencia inaudita.

Precisamente en este período, en el que el corazón de los cristianos se dirige a los lugares donde el Señor Jesús padeció, murió y resucitó, llegan noticias cada vez más trágicas, que contribuyen a acrecentar la preocupación de la opinión pública, suscitando la impresión de una irrefrenable espiral de crueldad inhumana.

Ante la pertinaz determinación con la que, de una parte y de otra, se sigue avanzando por el camino de la retorsión y la venganza, se abre ante el corazón angustiado de los creyentes la perspectiva del recurso a la súplica ferviente a Dios, el único que puede cambiar el corazón de los hombres, incluso el de los más obstinados.

El próximo domingo 7 de abril la Iglesia celebrará con particular fervor el misterio de la Misericordia divina, y dará gracias a Aquel que cargó con las miserias de nuestra humanidad. ¿Qué ocasión más adecuada podría encontrarse para elevar al cielo una invocación común de perdón y de misericordia, implorando del Corazón de Dios una intervención especial sobre cuantos tienen la responsabilidad y el poder de dar los pasos necesarios, aunque costosos, a fin de impulsar a las partes implicadas en la lucha hacia acuerdos justos y dignos para todos?

Por tanto, venerado hermano, le agradecería que se haga intérprete, del modo que considere oportuno, de este deseo mío ante los pastores de las diversas Iglesias particulares, invitándolos para el próximo domingo a esta súplica concorde en una hora tan grave para toda la humanidad.
Quiera Dios que así llegue a aquella Tierra, tan querida para los creyentes de las tres religiones monoteístas, un mensaje de paz estable y duradera.

Con este deseo, que brota desde lo más íntimo de mi corazón, le envío a usted, y a todos mis hermanos en el episcopado, una especial bendición apostólica.

Vaticano, 4 de abril de 2002

  

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