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MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A LA ASOCIACIÓN DE CONFERENCIAS EPISCOPALES
DE ÁFRICA CENTRAL 

 

A monseñor
FRÉDÉRIC RUBWEJANGA
Obispo de Kibungo
Presidente de la Asociación
de Conferencias episcopales
de África central


1. Mientras la Asociación de Conferencias episcopales de África central está reunida en Kigali en una asamblea extraordinaria, dirijo a todos los participantes mi saludo cordial y les expreso mis mejores deseos de fecundidad para esta semana de reflexión y oración, centrada en la búsqueda de directrices y orientaciones pastorales para la paz en la región de los Grandes Lagos. Por medio de vosotros saludo también a todas las personas confiadas a vuestra solicitud pastoral y que aspiran al establecimiento de una paz justa y duradera en África central.

No se puede olvidar el drama que, desde hace tantos años, aflige sin cesar a la África de los Grandes Lagos. Las violencias perpetradas no sólo constituyen una negación constante del proyecto de Dios de congregar en la unidad a sus hijos dispersos, sino que también niegan la vocación del hombre, al que el Creador ha confiado la responsabilidad de colaborar en su obra, trabajando sin cesar en el respeto incondicional de la vida y de la dignidad de todo ser humano. Vuestros países han pagado un pesado tributo por esta espiral de violencia y exclusión, que ha producido cada vez más pobreza y precariedad y ha provocado el desplazamiento de poblaciones enteras. Esta lógica de odio y desprecio del hermano ha erosionado sobre todo el fundamento de los valores humanos necesarios para la construcción de un mundo solidario y el establecimiento de relaciones fraternas y pacíficas entre los hombres. Hoy, quiero reafirmar con vosotros:  ¡Nunca más la guerra, que frustra el deseo de los pueblos de vivir con tranquilidad y comprensión fraterna! ¡Que se alcen en el África de los Grandes Lagos los testigos valientes de una nueva esperanza para toda la región!

Ante la situación actual, invito a los pastores y a los fieles a abrir cada vez más su corazón a Cristo resucitado, para que les ayude a tener esperanza, a fin de responder en la fe a los inmensos desafíos que la región de los Grandes Lagos debe afrontar para crear las condiciones de una paz duradera, fundada en la justicia y en el perdón. Ojalá que, comprometiéndose con ardor renovado en un verdadero camino de conversión individual y comunitaria, no dejen de aportar una contribución decisiva a la promoción del diálogo entre las personas y entre las culturas. La Iglesia debe ser para todos un lugar de auténtica reconciliación, gracias al testimonio dado por sus hijos e hijas. Así, perdonados y reconciliados, podrán llevar al mundo el perdón y la reconciliación que Cristo, nuestra paz (cf. Ef 2, 14), ofrece a la humanidad mediante su Iglesia (cf. Ecclesia in Africa, 79).

2. Durante estos últimos años, grandes acontecimientos han marcado la vida de la Iglesia en África y le han permitido profundizar la naturaleza y el sentido de su misión al servicio del desarrollo humano y espiritual de todos sus habitantes. Dando gracias por el don del Evangelio, afirmando cada vez más su fe y aceptando convertirse sin cesar, el pueblo de Dios arraiga verdaderamente su misión en un diálogo de amor con el Padre, por el Hijo y en el Espíritu, para vivir de manera renovada el servicio a Dios y el servicio al hermano. Mediante la evangelización, la Iglesia está invitada a servir con perseverancia al diálogo entre Dios y la humanidad, para reunir a todos los creyentes en la única familia de Dios. Desde esta perspectiva, no puede sustraerse al desafío del diálogo, que es el "desafío de la transformación de las relaciones entre los hombres, entre las naciones y entre los pueblos en la vida religiosa, política, económica, social y cultural. Es el desafío del amor de Cristo a todos los hombres, amor que el discípulo debe reflejar en su vida" (Ecclesia in Africa, 79).

3. Para permitir la instauración de relaciones nuevas entre los hombres y las instituciones, así como la realización de las justas aspiraciones a la paz, a la justicia y a la solidaridad, es fundamental que la Iglesia en vuestra región se interrogue con sinceridad no sólo sobre la credibilidad de vuestra presentación de su mensaje, sino también sobre la credibilidad de los que son sus heraldos, dado que el testimonio de vida es una condición esencial de la eficacia profunda de la predicación. Así pues, la credibilidad de la Iglesia en África depende del testimonio que dan sus miembros, animados por un profundo sentido evangélico y moral. Si sois siempre ejemplos para el pueblo cristiano, ayudaréis así a los fieles en su lucha incesante contra los gérmenes de división y los conflictos étnicos, que debilitan el testimonio de la Iglesia y fomentan el odio contra el hermano.

4. Para promover el respeto de los derechos fundamentales de las personas y de los grupos humanos, con vistas a su desarrollo integral, la Iglesia católica está llamada a comprometerse juntamente con todos los hombres de buena voluntad, para que llegue una nueva era de paz, de justicia y de solidaridad efectiva en la región de los Grandes Lagos. Al ser experta en humanidad, debe seguir ejerciendo su vigilancia sobre las transformaciones que se producen, invitando a todas las comunidades católicas, unidas a sus pastores, a proponer con audacia los valores morales y espirituales necesarios para un verdadero cambio de las mentalidades y de los corazones. Os animo a encontrar los medios para que los cristianos reciban una formación adecuada en los valores humanos y cristianos, sobre todo sosteniendo a las familias en su misión de educar a la juventud. Os exhorto a anunciar sin descanso la buena nueva y a hacer que penetre en las culturas, a fin de que, con vuestra palabra y vuestras obras, esa Palabra de vida suscite en el corazón de los cristianos y en el de sus compatriotas la voluntad generosa de colaborar en el desarrollo de sociedades cada vez más respetuosas del bien común de los pueblos.

5. Uniéndome en la misma esperanza a mis hermanos en el episcopado de África central y a todas las personas que les han sido encomendadas, les reafirmo mi confianza fundada en la resurrección de Cristo:  el Salvador no os abandonará jamás. Os invita a pasar cada día con él de la muerte a la vida. Sed los centinelas de la paz que necesitan vuestros pueblos. Recuerdo también en mi oración a todos los que se sienten tentados de caer en la desesperación, a causa de las numerosas divisiones, que alimentan sentimientos de odio y venganza. No olvido tampoco a las víctimas silenciosas del sida o de la desnutrición, así como a todas las personas que se han visto afectadas por la reciente y trágica erupción del  volcán Nyiragongo. Invito también a la comunidad internacional a proseguir sin cesar sus esfuerzos de concertación y colaboración con las poblaciones tan probadas del África de los Grandes Lagos.

En este mes de María, os encomiendo a vosotros, así como a todos los miembros de la Asociación de Conferencias episcopales de África central y sus diocesanos, a la solicitud materna de la Madre del Salvador, valiente en la prueba, y a todos imparto de corazón una afectuosa bendición apostólica.

Vaticano, 2 de mayo de 2002

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