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MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A LA SUPERIORA GENERAL
DE LAS MISIONERAS DE LA CARIDAD 

 

A la hermana Mary Nìrmala Joshi
Superiora general
de las Misioneras de la Caridad

Con gran afecto en el Señor Jesús, y con la seguridad de mis oraciones, le envío mi saludo a usted y a todas las Misioneras de la Caridad con ocasión de su VIII capítulo general. En efecto, esta es una asamblea especial, porque miembros de todo el mundo se reúnen por primera vez desde la muerte de vuestra querida fundadora, madre Teresa. Fortalecidas por el ejemplo de la Madre al llevar paz y consuelo a los necesitados del mundo, os sentís animadas a mirar al futuro, conociendo la importancia de vuestra respuesta al anhelo de pan, de amor y de aceptación de la gente.

La Iglesia de Cristo en la tierra proclama el Evangelio a todos, pero se dirige a los pobres con ternura y compasión especial. Lo hace porque sabe que "la opción por los pobres es inherente a la dinámica misma del amor vivido según Cristo" (Vita consecrata, 82). El amor cristiano no es simplemente un acto de caridad; es también un encuentro con Cristo mismo en los pobres. Por tanto, el amor a Cristo significa amor a los pobres. Para las personas consagradas, esto significa abrazar una vida de pobreza, adoptando un estilo de vida, tanto personal como comunitaria, sencillo y austero (cf. ib.). En un mundo dominado a menudo por la avidez, vuestra vida humilde, marcada por la pobreza evangélica, proclama elocuentemente que Dios es la verdadera riqueza del corazón humano.

Esta verdad es de suma importancia en medio de las dificultades materiales y espirituales de la vida diaria en toda sociedad, sea rica o sea pobre. Vuestro testimonio radical del amor de Cristo habla con fuerza tanto a quienes servís como a todos los que buscan un sentido más profundo en la vida.
Os aliento, pues, a perseverar en la vivencia fiel de vuestro carisma de servicio a los más pobres de entre los pobres. Al hacerlo, seguiréis siendo un ejemplo luminoso para la gente de hoy, especialmente para las generaciones más jóvenes, que no sólo se encuentran en situaciones de necesidad material, sino también de empobrecimiento espiritual.

Al emprender el trabajo de vuestro VIII capítulo general, deseo recordaros también la importancia de la formación permanente, que cobra cada vez mayor relieve para los institutos como el vuestro, que ejercen su apostolado en una vasta gama de situaciones culturales y sociales. La iniciativa, la creatividad y el celo de las Misioneras de la Caridad deben guiarse siempre por la inspiración original del instituto, como se ha encarnado en contextos muy variados. Un programa bien elaborado de formación permanente, que esté atento a la palabra de Dios y a las inspiraciones del Espíritu, es esencial si se quiere reconocer a Cristo y responderle adecuadamente en las numerosas y diferentes situaciones en las que servís a los pobres. Así pues, esforzaos por asegurar que se proporcione una formación permanente a todos vuestros miembros; de este modo profundizarán su consagración al Señor y crecerá su amor a Jesús y a los demás.

Queridas hermanas, cuando murió vuestra fundadora, recordé que estaba siempre llena de la ilimitada fuerza interior del amor de Cristo. Esto le permitió ser una Misionera de la Caridad, tanto de nombre como de hecho. Sostenida por el silencio de la contemplación, llevó incansablemente el amor de Cristo a las personas en las que encontró a Cristo. Vosotras sois sus herederas espirituales, sus hijas amadas. Siguiendo su ejemplo, os fortaleceréis en vuestra llamada a servir a Dios en los más pobres de entre los pobres. La Virgen María, Madre de la esperanza y Madre de los pobres, que nos exhorta a hacer lo que Jesús nos dice (cf. Jn 2, 5), os guíe e inspire a discernir cómo responder mejor con amor a la humanidad que sufre. Como signo de mi unión espiritual con vosotras, y como prenda de abundantes gracias en el Señor, imparto de buen grado a los miembros del capítulo y a todas las Misioneras de la Caridad mi bendición apostólica.

Vaticano, 3 de febrero de 2003

 

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