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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS ALEMANES SOBRE LA FUNCIÓN
DE LOS CONSULTORIOS CATÓLICOS
A los venerados hermanos en el episcopado de Alemania
salud y bendición apostólica
1. En la carta del 11 de enero de 1998, cumpliendo mi responsabilidad de
supremo Pastor de la Iglesia, os di algunas orientaciones para vuestro camino
futuro en la difícil cuestión de la correcta inserción de los consultorios
católicos en la asesoría prevista por los reglamentos del Estado, a tenor de
la ley del 21 de agosto de 1995 sobre el embarazo y la familia. No sólo os
invité a continuar sin vacilaciones, sino también a reforzar ulteriormente,
en la medida de lo posible, la asesoría y la ayuda a las mujeres embarazadas
que atraviesan dificultades. Al mismo tiempo, con vistas a la claridad de
nuestro testimonio sobre la intangibilidad de toda vida humana, os invité a
tomar medidas para que en los consultorios eclesiásticos o dependientes de la
Iglesia ya no se entregara el certificado que, según la ley, constituye el
requisito necesario para la realización despenalizada del aborto. Monseñor
Karl Lehmann, presidente de vuestra Conferencia episcopal, el 6 de febrero de
1998 me comunicó, en vuestro nombre, que teníais el firme propósito de
cumplir esta insistente petición mía. Como hice entonces, también hoy
quisiera agradeceros una vez más esta decisión, que es expresión de vuestra
profunda unidad con el Sucesor de Pedro, y de vuestro compromiso incondicional
en defensa de la vida por nacer.
Para armonizar de modo correcto los dos aspectos de mi petición, habéis
instituido un grupo de trabajo, cuyos resultados se presentaron los días 22 y
23 de febrero de 1999 a la asamblea plenaria de los obispos. Monseñor
Lehmann, con carta del 12 de marzo de este año, me comunicó los resultados
del grupo de trabajo y me informó de las conclusiones de la asamblea
plenaria. De buen grado, os manifiesto mi gratitud por el gran empeño con que
vosotros, en colaboración con muchos expertos, habéis buscado soluciones. Os
doy las gracias por el hecho de que muchas veces os habéis referido
claramente a la importancia de la unidad entre vosotros y con la Santa Sede,
para encontrar una solución aceptable y superar la polarización que se ha
creado entre los fieles. Durante las semanas pasadas, mediante el estudio y la
oración en presencia del Señor, he sopesado los puntos de vista contenidos
en vuestra respuesta, y quisiera presentaros ahora mi decisión.
2. La propuesta de solución preferida por la mayoría de vuestra
Conferencia episcopal une un amplio «plan de asesoría y ayuda» a una nueva
formulación del certificado de consulta, para la que el grupo de trabajo
propone tres variantes a elección. El plan ofrece una serie de elementos
ordenados claramente al bien de las mujeres embarazadas y a la defensa de los
hijos por nacer. La integración de asesoría y ofrecimiento de ayuda, así
como sobre todo las obligaciones contraídas con respecto al apoyo, ayuda y
mediación, hacen que la finalidad de la actividad de asesoría eclesial —apoyo
a las mujeres en situación de conflicto y defensa del derecho a la vida de
los hijos por nacer— sea aún más clara que hasta ahora en la sociedad de
vuestro país. Los múltiples ofrecimientos de asesoría y ayuda deben
contribuir a que un número cada vez mayor de mujeres que atraviesan
dificultades se dirijan a los consultorios eclesiales o dependientes de la
Iglesia, y que la Iglesia siga estando presente de manera eficaz en la
asesoría a las mujeres embarazadas.
3. Sin embargo, la inserción del «plan de asesoría y ayuda» en el
asesoramiento de los casos conflictivos prevista por la ley plantea serias
cuestiones. El certificado que se entrega a las mujeres al final de la
consulta ha adquirido ciertamente una función ulterior: documenta que la
asesoría eclesiástica está orientada a la vida y constituye una garantía
para la asignación de las ayudas prometidas. Para la valoración de la
propuesta es decisiva la cuestión de si el texto conclusivo permite aún la
utilización del certificado como acceso al aborto. Si fuera así, estaría en
contraste con mi carta antes mencionada y con la decla ración común del 26
de enero de 1998 del Consejo permanente de vuestra Conferencia episcopal, que
se propone cumplir mi petición de que en adelante ya no se entregue un
«certificado de esa naturaleza».
El hecho de que el texto, sobre todo en las variantes 2 y 3, siga siendo
por lo menos poco claro desde este punto de vista, es ciertamente también el
motivo por el que no ha obtenido aún el consenso unánime de los obispos. La
variante 1 de la propuesta se acerca más que todas las demás a vuestra
voluntad y a la mía de dar «otro certificado». Para que la índole
jurídica y moral de este documento quede libre de cualquier forma de
ambigüedad, os pido que aclaréis en el texto mismo que el certificado, que
atestigua la asesoría eclesiástica y da derecho a las ayudas prometidas, no
puede utilizarse para la realización despenalizada del aborto en conformidad
con el código penal, § 218 a, 1. Por consiguiente, en el certificado escrito
que se entrega a las mujeres en el marco del «plan de asesoría y ayuda», de
acuerdo con la variante 1, debe mencionarse exclusivamente la finalidad de la
consulta y de las ayudas, y al final de la frase se debe añadir: «Este
certificado no puede utilizarse para la realización despenalizada del
aborto».
Con este añadido necesario, las consultoras católicas y la Iglesia, por
cuyo mandato trabajan las consultoras, se ven libres de una situación que
está en conflicto con su visión de fondo en la cuestión de la defensa de la
vida y con la finalidad de su asesoría. El compromiso incondicional en favor
de toda vida por nacer, que la Iglesia asume ya desde el comienzo, no permite
ninguna ambigüedad o componenda. Acerca de este punto, la Iglesia debe
hablar, siempre y en todo lugar, con palabras y obras, con un lenguaje único
e idéntico. Espero que esta solución contribuya también a restablecer, por
lo que respecta a este importante problema, la unidad en vuestra Conferencia
episcopal y a superar las tensiones que han surgido en la opinión pública
católica.
4. Queridos hermanos en el episcopado, sé que todos vosotros defendéis
desde hace años el derecho a la vida de los hijos por nacer, y con el
espíritu del Evangelio no escatimáis ningún esfuerzo para poder ayudar, con
el consejo y con las obras, a las mujeres que atraviesan situaciones
difíciles. Os agradezco esta profesión del evangelio de la vida. Quisiera
subrayar una vez más que conozco y aprecio vuestra buena voluntad, y espero
que sigáis presentando públicamente y sin temor los valores en que se funda
esta actitud de la Iglesia. Al mismo tiempo, por la dignidad de la vida y la
claridad del testimonio eclesial, os ruego que aceptéis unánimemente mi
decisión sobre el problema y que la pongáis en práctica durante este año.
Además, encontraréis el modo de ofrecer el «plan de asesoría y ayuda» no
sólo a las mujeres que, a causa de su situación, difícilmente o de ningún
modo pueden imaginar su vida con un hijo, sino también a las demás mujeres
embarazadas que atraviesan dificultades y necesitan ayuda.
En esta ocasión, deseo dar las gracias a las numerosas personas que en
vuestro amado país contribuyen de diversas maneras a hacer valer el derecho a
la vida, garantizado por vuestra Constitución. Un servicio particularmente
valioso prestan las consultoras, que asisten a las mujeres embarazadas que
atraviesan dificultades y defienden la vida de los hijos por nacer. A ellas, y
a todos los que en público o en privado están al servicio de la vida, les
expreso mi sincera gratitud. Confío en que los fieles católicos, junto con
muchos otros cristianos y hombres de buena voluntad, en unión con los obispos
y conmigo como supremo Pastor de la Iglesia, prosigan valientemente la lucha
por la vida de todos los hombres, nacidos y por nacer, ancianos y jóvenes,
enfermos y sanos, y no escatimen ningún esfuerzo «para que se instaure
finalmente en nuestro tiempo, marcado por tantos signos de muerte, una cultura
nueva de la vida, fruto de la cultura de la verdad y del amor» (Evangelium
vitae, 77).
A vosotros, y a todos los fieles confiados a vuestra solicitud pastoral, os
encomiendo a María, la Madre del Señor, y os imparto de corazón mi
bendición apostólica.
Vaticano, 3 de junio de 1999, solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo.
Nota explicativa del mensaje pontificio
El Papa Juan Pablo II, por tercera vez, ha dirigido a los obispos alemanes
una carta sobre la difícil cuestión de la correcta inserción de los
consultorios católicos en la asesoría prevista por los reglamentos del
Estado a tenor de la ley sobre el embarazo y la familia, del 21 de agosto de
1995.
1.Esta carta, fechada el pasado 3 de junio, debe leerse en el
contexto de las dos anteriores intervenciones del Papa. Ya en su carta del 21
de septiembre de 1995 el Santo Padre tomó posición con respecto a la nueva
reglamentación legislativa sobre el aborto. En ella expresaba algunas dudas
con relación a la implicación de los consultorios eclesiales en la
realización despenalizada de abortos e invitaba a los obispos a redefinir el
compromiso eclesial en la consulta. En los dos años siguientes, a través de
un intenso diálogo entre la Santa Sede y la Conferencia episcopal alemana, se
trató de hallar una solución a ese arduo problema.
Con la carta del 11 de enero de 1998, Su Santidad se dirigió nuevamente a
sus hermanos en el episcopado de Alemania, invitándolos con insistencia a
seguir presentes de modo eficaz en la asesoría a las mujeres que buscan
ayuda, pero también a no permitir que se dieran certificados que, según la
ley, constituyen el requisito necesario para el aborto despenalizado. Con la
firme intención de cumplir esa petición del Santo Padre, la Conferencia
episcopal alemana instituyó un grupo de trabajo que elaborara soluciones para
su puesta en práctica. Las propuestas del grupo de trabajo fueron atentamente
examinadas en la asamblea plenaria de los obispos celebrada los días 22 y 23
de febrero de 1999. Al término de la misma, mons. Karl Lehmann, presidente de
la Conferencia, transmitió al Papa la relación del grupo de trabajo,
juntamente con los resultados de las deliberaciones de los obispos. En la
carta del 3 de junio pasado, el Romano Pontífice presenta su decisión,
después de haber sopesado cuidadosamente una vez más, mediante el estudio y
la oración en presencia del Señor, los diversos puntos de vista del
problema.
2. La Conferencia episcopal alemana no había llegado a una valoración
unánime de la cuestión. La mayoría de los obispos se declaró a favor de un
nuevo «plan de asesoría y de ayuda», que integre consulta y compromisos
vinculantes con respecto a los apoyos, ayudas y mediaciones, y añada una
nueva formulación del certificado de consulta. Con todo, un número no
pequeño de obispos opinaba que esa propuesta no correspondía plenamente a la
petición del Papa y, por ello, prefería una consulta que renunciara a la
entrega de un certificado en el sentido previsto por la ley.
En su carta Juan Pablo II tiene en cuenta las exigencias esenciales de las
dos posturas existentes en el seno de la Conferencia episcopal y propone una
decisión que, en armonía con las dos intervenciones anteriores, constituye
una síntesis de conciliación. Es evidente que también en este problema el
Santo Padre está muy interesado en promover la unidad en la verdad y en el
amor. En efecto, su misión de Sucesor de Pedro consiste esencialmente en ser
principio y fundamento visible de la unidad en la Iglesia católica.
El Papa da expresamente las gracias a los obispos alemanes por haber hecho
referencia en varias ocasiones a la importancia de la unidad entre ellos y con
la Santa Sede, a fin de encontrar una solución aceptable y superar las
polarizaciones que se han creado entre los fieles. También manifiesta su
esperanza de que la decisión adoptada por él ayude a restablecer la unidad
en la Conferencia episcopal sobre este importante problema y a superar las
tensiones surgidas en la opinión pública católica. Como ya había hecho con
anterioridad, expresa inequívocamente que aprecia el hecho de que los obispos
alemanes desde hace años defienden el derecho a la vida de los hijos por
nacer y, según el espíritu del Evangelio, no escatiman ningún esfuerzo para
poder ayudar con su consejo y asistencia a las mujeres que atraviesan
situaciones difíciles.
3. La decisión comunicada por Juan Pablo II toma como punto de partida el
amplio reconocimiento del «plan de asesoría y ayuda». Ese plan, que,
además de la asesoría orientada a la vida, ofrece una serie de propuestas de
ayuda, hace más claramente comprensible el fin de la actividad eclesial de
consulta; se trata de apoyar de forma efectiva a las mujeres en situación de
conflicto y defender incondicionalmente el derecho a la vida de los hijos por
nacer.
Por otra parte, el certificado, que se entrega a las mujeres según «el
plan de asesoría y ayuda», adolece de una notable ambigüedad. Ciertamente
documenta que la consulta se ha orientado a la vida y constituye una garantía
para la concesión de las ayudas prometidas; pero, al mismo tiempo, se puede
utilizar también para la realización despenalizada del aborto de acuerdo con
el § 218, a,1, del código penal. El Papa explica que precisamente por este
motivo no existió unanimidad entre los obispos con respecto al «plan de
asesoría y ayuda».
Para que no se pueda utilizar el certificado como acceso al aborto, el
Santo Padre establece que en adelante se recurra a la primera de las variantes
propuestas por el grupo de trabajo, en la que sólo se menciona el fin de la
consulta y de la ayuda eclesial, y no se hace referencia explícita a los
reglamentos de la ley, mientras que se añade la anotación: «Este
certificado no puede utilizarse para la realización despenalizada del
aborto». Con esa añadidura se trata realmente de un certificado de otra
naturaleza, cuya función consiste sólo en atestiguar la asesoría eclesial y
dar derecho a las ayudas prometidas. Esta clarificación contribuye a librar a
la Iglesia católica de una situación que ofusca la nitidez y la firmeza de
su testimonio en favor de la intangibilidad de toda vida humana. El Papa se
refiere al hecho de que la Iglesia siempre debe permanecer firme en su
compromiso incondicional en favor de toda vida por nacer y hablar por doquier
sobre este importante problema, con palabras y obras, con un lenguaje único e
idéntico, sin ambigüedades ni componendas.
4. Juan Pablo II pide a los obispos alemanes que acojan unánimemente y
pongan en práctica dentro del año su decisión. En consecuencia, la Iglesia
ofrece su asesoría específica para los casos de conflicto y se aparta en un
punto concreto de la línea del legislador. Lo que debe impulsar a las
mujeres, que difícilmente o de ningún modo pueden imaginar su vida con un
hijo, a acudir a los consultorios eclesiásticos o dependientes de la Iglesia
no debe ser el certificado, que puede utilizarse para el aborto, sino el
ofrecimiento de la asesoría y las múltiples ayudas. La calidad del «plan de
asesoría y ayuda» debe garantizar la presencia eficaz de la Iglesia en el
asesoramiento de las mujeres que atraviesan una situación de conflicto.
Además de eso, el Papa espera que los obispos ofrezcan el «plan de asesoría
y ayuda» también a todas las demás mujeres que por su difícil situación
necesitan asistencia.
En la conclusión, el Santo Padre agradece a las consultoras y a todos los
que, en público o en privado, trabajan en favor de la vida no nacida. Expresa
su confianza en que los fieles católicos, en unidad con los obispos y con el
Papa, así como en colaboración con muchos otros cristianos y hombres de
buena voluntad, sigan sirviendo con valentía a la vida. De la carta se deduce
claramente que en esta cuestión no debe haber lugar para polémicas, y que se
trata exclusivamente de comprometerse con amor y con verdad en favor de la
madre y del hijo. Los únicos vencedores deben ser las mujeres que atraviesan
dificultades y los hijos por nacer.
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