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CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRESIDENTE DEL CONSEJO PONTIFICIO
PARA LA PROMOCIÓN DE LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS
SOBRE EL DIÁLOGO CON LOS ORTODOXOS

4 de junio de 1999

   

Al venerado hermano
Cardenal EDWARD IDRIS CASSIDY
Presidente del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos

«La caridad no acaba nunca» (1 Co 13, 8). Esta afirmación, clara y convencida, del apóstol Pablo anima y sostiene el compromiso de la Iglesia católica en sus relaciones con las Iglesias ortodoxas y constituye, además, una orientación de fondo para el mismo diálogo teológico.

Por desgracia, a causa de la guerra en los Balcanes, no ha sido posible celebrar la deseada sesión plenaria de la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto, prevista para el mes de junio en Baltimore. Con profunda pena, se ha llegado, de común acuerdo, a la decisión de aplazar el encuentro hasta el próximo año; en efecto, un momento tan importante del diálogo debe poder contar con la presencia de todos los interesados y desarrollarse en un clima que permita crear las condiciones para una búsqueda serena de la verdad.

Aunque, por una parte, el aplazamiento de la sesión plenaria de la Comisión ha puesto de relieve que las vicisitudes de la historia pueden imponer condicionamientos incluso al diálogo teológico, por otra impulsa a reforzar la voluntad de proseguir por ese camino, fieles a la voluntad del Señor y contando con el apoyo constante del Espíritu Santo.

En el umbral del tercer milenio de la era cristiana, el compromiso ecuménico no puede menos de estar animado por un renovado y ardiente vigor. Quien lo asume está llamado a ponerlo en práctica con decisión, sin detenerse ante las dificultades.

Durante los años más recientes, el diálogo entre los miembros de la Comisión mixta ha examinado una cuestión difícil, surgida de situaciones históricas y divisiones que se produjeron durante el segundo milenio cristiano.

Deseo invitarlo a usted, venerado hermano, y a los miembros de la Comisión a reflexionar con atenta sensibilidad y comprensión sobre las relaciones existentes entre las Iglesias ortodoxas y las Iglesias orientales católicas, conscientes de que estas últimas tienen ante la Iglesia católica la misma dignidad que todas las demás Iglesias en plena comunión con el Obispo de Roma, gozan de los mismos derechos y tienen las mismas obligaciones (cf. Orientalium Ecclesiarum, 3).

Será necesario llegar a la conclusión de esta fase tan delicada del diálogo, esforzándose por buscar con paciencia, espíritu fraterno y amor a la verdad un entendimiento común, que permita a la Comisión reanudar su programa teológico originario. El diálogo no sólo no puede detenerse; debe continuar con renovada intensidad, para que resplandezca con mayor brillo el testimonio de los seguidores de Cristo en el mundo contemporáneo, en el umbral del nuevo milenio.

Por tanto, exhorto a ese Consejo pontificio a buscar los modos y los medios para procurar que las relaciones con cada una de las Iglesias ortodoxas sean cada vez más cordiales y constructivas, creando las condiciones que permitan al diálogo teológico sacar las conclusiones eclesiológicas y canónicas que derivan de la estructura sacramental de la Iglesia.

Deseo que este esfuerzo supere progresivamente las dificultades aún presentes y ayude a los discípulos de Cristo a caminar con decisión hacia la comunión plena.

Al encomendarle estos deseos a usted, en calidad de presidente del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, quiero expresar, una vez más, la firme voluntad de la Santa Sede de continuar el diálogo católico-ortodoxo con perseverancia, caridad y verdad. Que el Espíritu Santo ilumine y guíe el camino, y alimente la esperan- za que se funda en la misma oración del Señor por sus discípulos: «Ut unum sint».

Invocando la intercesión materna de la «Theotókos», para que sostenga la obra emprendida, de buen grado le envío la bendición apostólica.

Vaticano, 20 de mayo de 1999.

  

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