Al venerado hermano cardenal Fiorenzo Angelini, presidente del Consejo
pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios.
1. Acogiendo con favor la solicitud que me ha presentado, como presidente
del Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios, y también
como intérprete de los deseos de no pocas Conferencias episcopales y
otros organismos católicos nacionales e internacionales, deseo
comunicarle que he decidido instituir la Jornada mundial del enfermo, que
se celebrará el 11 de febrero de cada año, memoria litúrgica
de la Virgen de Lourdes. En efecto, creo muy oportuno extender a toda la
comunidad eclesial una iniciativa que se está realizando en algunos países
y regiones, con grandes frutos pastorales.
2. La Iglesia que, a ejemplo de Cristo, siempre ha sentido el deber del
servicio de los enfermos y los que sufren como parte integrante de su misión
(Dolentium hominum, 1), es consciente de que "en la aceptación
amorosa y generosa de toda vida humana, sobre todo si es débil o enferma,
la Iglesia vive hoy un momento fundamental de su misión" (Christifideles
laici, 38). Y no deja de subrayar el carácter salvífico del
ofrecimiento del sacrificio que, vivido en comunión con Cristo, pertenece
a la esencia misma de la redención (cf. Redemptoris missio, 78).
La celebración anual de la Jornada mundial del enfermo tiene,
por tanto, como objetivo manifiesto sensibilizar al pueblo de Dios y, por
consiguiente, a las varias instituciones sanitarias católicas y a la
misma sociedad civil, ante la necesidad de asegurar la mejor asistencia posible
a los enfermos; ayudar al enfermo a valorar, en el plano humano y sobre todo en
el sobrenatural, el sufrimiento; hacer que se comprometan en la pastoral
sanitaria de manera especial las diócesis, las comunidades cristianas y
las familias religiosas; favorecer el compromiso cada vez más valioso del
voluntariado; recordar la importancia de la formación espiritual y moral
de los agentes sanitarios; y, por último, hacer que los sacerdotes
diocesanos y regulares, así como cuantos viven y trabajan junto a los que
sufren, comprendan mejor la importancia de la asistencia religiosa a los
enfermos.
3. Así como escogí el 11 febrero de 1984 para publicar la
carta apostólica Salvifici doloris acerca del significado
cristiano del sufrimiento humano y para instituir, el año siguiente, este
Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios, considero
significativo fijar esa misma fecha para la celebración de la Jornada
mundial del enfermo. En efecto, "con María, Madre de Cristo, que
estaba junto a la cruz, nos detenemos ante todas las cruces del hombre de hoy"
(Salvifici doloris, 31). Y Lourdes, uno de los santuarios marianos más
queridos para el pueblo cristiano, es lugar y, a la vez, símbolo de
esperanza y de gracia en el sentido de la aceptación y el ofrecimiento
del sufrimiento salvífico.
Así, pues, le ruego dé a conocer a los responsables de la
pastoral sanitaria, en el ámbito de las Conferencias episcopales, así
como en el de los organismos nacionales e internacionales comprometidos en el
vastísimo campo de la sanidad, la institución de esa Jornada
mundial del enfermo, a fin de que, de acuerdo con las exigencias y las
circunstancias locales, en su celebración tome parte todo el pueblo de
Dios: sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos.
Con esa finalidad, ese dicasterio deberá emprender oportunas
iniciativas de promoción y animación, para que la Jornada
mundial del enfermo sea un momento fuerte de oración, participación
y ofrecimiento del sufrimiento para el bien de la Iglesia, así como de
invitación a todos para que reconozcan en el rostro del hermano enfermo
el santo rostro de Cristo que, sufriendo, muriendo y resucitando, realizó
la salvación de la humanidad.
4. Al tiempo que confío en la plena colaboración de todos para
el buen inicio y el desarrollo de esa Jornada, encomiendo su eficacia
sobrenatural a la mediación materna de María, Salus infirmorum
y a la intercesión de los santos Juan de Dios y Camilo de Lellis,
patronos de los lugares de curación y de los agentes sanitarios. Que
estos santos extiendan siempre los frutos de ese apostolado de la caridad, que
el mundo actual tanto necesita.
Confirma estos deseos la bendición apostólica que de corazón
le imparto a usted, señor cardenal, y a cuantos le ayudan en la próvida
obra al servicio de los enfermos.
Vaticano, 13 de mayo de 1992.