1. "¡Honor a María, honor y gloria,
honor a la Santísima
Virgen! (...)
Aquel que creó el mundo maravilloso
honraba en Ella
a la propia Madre (...).
La amaba como madre, vivió obedeciéndola.
Aunque
era Dios, respetaba todas sus palabras".
Queridos hermanos Sacerdotes:
No os asombréis si comienzo esta Carta, que tradicionalmente os
dirijo con ocasión del Jueves Santo, con las palabras de un canto mariano
polaco. Lo hago porque este año quiero hablaros de la importancia de la
mujer en la vida del sacerdote, y estos versos, que yo cantaba desde niño,
pueden ser una significativa introducción a esta temática.
El canto evoca el amor de Cristo por su Madre. La primera y fundamental
relación que el ser humano establece con la mujer es precisamente la de
hijo con su madre. Cada uno de nosotros puede expresar su amor a la madre
terrena como el Hijo de Dios hizo y hace con la suya. La madre es la mujer a la
cual debemos la vida. Nos ha concebido en su seno, nos ha dado a luz en medio de
los dolores de parto con los que cada mujer alumbra una nueva vida. Por la
generación se establece un vínculo especial, casi sagrado, entre
el ser humano y su madre.
Después de engendrarnos a la vida terrena, nuestros padres nos
convirtieron, por Cristo y gracias al sacramento del Bautismo, en hijos
adoptivos de Dios. Todo esto ha hecho aún más profundo el vínculo
entre nosotros y nuestros padres, y en particular, entre cada uno de nosotros y
la propia madre. El prototipo de esto es Cristo mismo, Cristo-Sacerdote, que se
dirige así al Padre eterno: "Sacrificio y oblación no
quisiste, pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios no te
agradaron. Entonces dije: ¡He ahí que vengo... a hacer, oh Dios, tu
voluntad!" (Hb 10,5-7). Estas palabras involucran en cierto modo a la
Madre, pues el Padre eterno formó el cuerpo de Cristo por obra del Espíritu
Santo en el seno de la Virgen María, gracias a su consentimiento: "Hágase
en mí según tu palabra" (Lc 1, 38).
¡Cuántos de nosotros deben también a la propia madre la
vocación sacerdotal! La experiencia enseña que muchas veces la
madre cultiva en el propio corazón por muchos años el deseo de la
vocación sacerdotal para el hijo y la obtiene orando con insistente
confianza y pro funda humildad. Así, sin imponer la propia voluntad ella
favorece, con la eficacia típica de la fe, el inicio de la aspiración
al sacerdocio en el alma de su hijo, aspiración que dará fruto en
el momento oportuno.
2. Deseo reflexionar en esta Carta sobre la relación entre el
sacerdote y la mujer, ya que el tema de la mujer merece este año una
atención especial, del mismo modo como el año pasado la tuvo el
tema de la familia. Efectivamente, se dedicará a la mujer la importante
Conferencia internacional convocada por la Organización de las Naciones
Unidas en Pequín, durante el próximo mes de septiembre. Es un tema
nuevo respecto al del año pasado, pero estrechamente relacionado con él.
A esta Carta, queridos hermanos en el sacerdocio, quiero unir otro
documento. Así como el año pasado acompañé el
Mensaje del Jueves Santo con la Carta a las Familias, del mismo modo quisiera
ahora entregaros de nuevo la Carta apostólica Mulieris dignitatem, (15 de
agosto de 1988). Como recordaréis, se trata de un texto elaborado al
final del Año Mariano 1987-1988, durante el cual publiqué la Carta
encíclica Redemptoris Mater (25 de marzo de 1987). Deseo vivamente que
durante este año se lea de nuevo la Mulieris dignitatem, haciéndola
objeto de meditación y considerando especialmente sus aspectos marianos.
La relación con la Madre de Dios es fundamental para la "reflexión"
cristiana. Lo es, ante todo, a nivel teológico, por la especialísima
relación de María con el Verbo Encarnado y con la Iglesia, su
Cuerpo místico. Pero lo es también a nivel histórico,
antropológico y cultural. De hecho, en el cristianismo, la figura de la
Madre de Dios representa una gran fuente de inspiración no sólo
para la vida espiritual, sino incluso para la cultura cristiana y para el mismo
amor a la patria. Hay pruebas de ello en el patrimonio histórico de
muchas naciones. En Polonia, por ejemplo, el monumento literario más
antiguo es el canto Bogurodzica (Madre de Dios), que ha inspirado en nuestros
antepasados no sólo la organización de la vida de la nación,
sino incluso la defensa de la justa causa en el campo de batalla. La Madre del
Hijo de Dios ha sido la "gran inspiradora" para los individuos y para
naciones cristianas enteras. También esto, a su modo, dice muchísimo
por la importancia de la mujer en la vida del hombre y, de manera especial, en
la del sacerdote.
Ya he tenido oportunidad de tratar este tema en la Encíclica
Redemptoris Mater y en la Carta apostólica Mulieris dignitatem, rin
diendo homenaje a aquellas mujeres -madres, esposas, hijas o hermanas- que para
los respectivos hijos, maridos, padres y hermanos han sido una ayuda eficaz para
el bien. No sin motivo se habla de "talento femenino", y cuanto he
escrito hasta ahora confirma el fundamento de esta expresión. Sin
embargo, tratándose de la vida sacerdotal, la presencia de la mujer asume
un carácter peculiar y exige un análisis específico.
3. Pero volvamos, mientras tanto, al Jueves Santo, día en el que
adquieren especial relieve las palabras del himno litúrgico:
Ave verum Corpus natum de Maria Virgine:
Vere passum, immolatum in cruce
pro homine.
Cuius latus perforatum fluxit aqua et sanguine:
Esto nobis
praegustatum mortis in examine.
O Iesu dulcis! O Iesu pie! O Iesu, fili
Mariae!
Aunque estas palabras no pertenecen a la liturgia del Jueves Santo, están
profundamente vinculadas con ella.
Con la Ultima Cena, durante la cual Cristo instituyó los sacramentos
del Sacrificio y del Sacerdocio de la Nueva Alianza, comienza el Triduum
paschale. En su centro está el Cuerpo de Cristo. Es este Cuerpo el que,
antes de sufrir la pasión y muerte, durante la Ultima Cena se ofrece
como comida en la institución de la Eucaristía. Cristo toma en sus
manos el pan, lo parte y lo distribuye a los Apóstoles, pronunciando las
palabras: "Tomad, comed, éste es mi cuerpo" (Mt 26, 26).
Instituye así el sacramento de su Cuerpo, aquel Cuerpo que, como Hijo de
Dios, había recibido de la Madre, la Virgen Inmaculada. Después
entrega a los Apóstoles el cáliz de la propia sangre bajo la
especie de vino, diciendo: "Bebed de ella todos, porque ésta es mi
sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los
pecados" (Mt 26,27-28). Se trata aquí de la Sangre que animaba el
Cuerpo recibido de la Virgen Madre: Sangre que debía ser derramada,
llevando a cabo el misterio de la Redención, para que el Cuerpo recibido
de la Madre, pudiese -como Corpus immolatum in cruce pro homine- convertirse,
para nosotros y para todos, en sacramento de vida eterna, viático para la
eternidad. Por esto en el Ave verum, himno eucarístico y mariano a la
vez, nosotros pedimos: Esto nobis praegustatum mortis in examine.
Aunque en la liturgia del Jueves Santo no se habla de María -sin
embargo la encontramos el Viernes Santo a los pies de la Cruz con el apóstol
Juan-, es difícil no percibir su presencia en la institución de la
Eucaristía, anticipo de la pasión y muerte del Cuerpo de Cris to,
aquel Cuerpo que el Hijo de Dios había recibido de la Virgen Madre en el
momento de la Anunciación.
Para nosotros, como sacerdotes, la Ultima Cena es un momento particularmente
santo. Cristo, que dice a los Apóstoles: "Haced esto en recuerdo mío"
(1 Co 11,24), instituye el sacramento del Orden. En nuestra vida de presbíteros
este momento es esencialmente cristocéntrico: en efecto, recibimos el
sacerdocio de Cristo-Sacerdote, único Sacerdote de la Nueva Alianza. Pero
pensando en el sacrificio del Cuerpo y de la Sangre que, in persona Christi,
es ofrecido por nosotros, nos es difícil no entrever en este Sacrificio
la presencia de la Madre. María dio la vida al Hijo de Dios, así
como han hecho con nosotros nuestras madres, para que El se ofreciera y nosotros
también nos ofreciésemos en sacrificio junto con El mediante el
ministerio sacerdotal. Detrás de esta misión está la vocación
recibida de Dios, pero se esconde también el gran amor de nuestras
madres, de la misma manera que tras el sacrificio de Cristo en el Cenáculo
se ocultaba el inefable amor de su Madre. ¡De qué manera tan real, y
al mismo tiempo discreta, está presente la maternidad y, gracias a ella,
la femineidad en el sacramento del Orden, cuya fiesta renovamos cada año
el Jueves Santo!
4. Jesucristo es el hijo único de María Santísima.
Comprendemos bien el significado de este misterio: convenía que fuera así,
ya que un Hijo tan singular por su divinidad no podía ser más que
el único hijo de su Madre Virgen. Pero precisamente esta unicidad se
presenta, de algún modo, como la mejor "garantía" de una
"multiplicidad" espiritual. Cristo, verdadero hombre y a la vez eterno
y unigénito Hijo del Padre celestial, tiene, en el plano espiritual, un número
inmenso de hermanos y hermanas. En efecto, la familia de Dios abarca a todos los
hombres: no solamente a cuantos mediante el Bautismo son hijos adoptivos de
Dios, sino en cierto sentido a la humanidad entera, pues Cristo ha redimido a
todos los hombres y mujeres, ofreciéndoles la posibilidad de ser hijos e
hijas adoptivos del Padre eterno. Así todos somos hermanos y hermanas en
Cristo.
He aquí cómo surge en el horizonte de nuestra reflexión
sobre la relación entre el sacerdote y la mujer, junto a la figura de la
madre, la de la hermana. Gracias a la Redención, el sacerdote participa
de un modo particular de la relación de fraternidad ofrecida por Cristo a
todos los redimidos.
Muchos de nosotros, sacerdotes, tienen hermanas en la familia. En todo caso,
cada sacerdote desde niño ha tenido ocasión de encon trarse con
muchachas, si no en la propia familia, al menos en el vecindario, en los juegos
de infancia y en la escuela. Un tipo de comunidad mixta tiene una gran
importancia para la formación de la personalidad de los muchachos y
muchachas.
Nos referimos aquí al designio originario del Creador, que al
principio creó al ser humano "varón y mujer" (cf. Gn
1,27). Este acto divino creador continúa a través de las
generaciones. El libro del Génesis habla de ello en el contexto de la
vocación al matrimonio: "Por eso deja el hombre a su padre y a su
madre y se une a su mujer" (2,24). La vocación al matrimonio supone
y exige obviamente que el ambiente en el que se vive esté compuesto por
hombres y mujeres.
En este contexto no nacen solamente las vocaciones al matrimonio, sino también
al sacerdocio y a la vida consagrada. Estas no se forman aisladamente. Cada
candidato al sacerdocio, al entrar en el seminario, tiene a sus espaldas la
experiencia de la propia familia y de la escuela, donde ha encontrado a muchos
coetáneos y coetáneas. Para vivir en el celibato de modo maduro y
sereno, parece ser particularmente importante que el sacerdote desarrolle
profundamente en sí mismo la imagen de la mujer como hermana. En Cristo,
hombres y mujeres son hermanos y hermanas, independientemente de los vínculos
familiares. Se trata de un vínculo universal, gracias al cual el
sacerdote puede abrirse a cada ambiente nuevo, hasta el más diverso bajo
el aspecto étnico o cultural, con la conciencia de deber ejercer en favor
de los hombres y de las mujeres a quienes es enviado un ministerio de auténtica
paternidad espiritual, que le concede "hijos" e "hijas" en
el Señor (cf. 1 Ts 2,11; Gál 4,19).
5. "La hermana" representa sin duda una manifestación específica
de la belleza espiritual de la mujer; pero es, al mismo tiempo, expresión
de su "carácter intangible". Si el sacerdote, con la ayuda de
la gracia divina y bajo la especial protección de María Virgen y
Madre, madura de este modo su actitud hacia la mujer, en su ministerio se verá
acompañado por un sentimiento de gran confianza precisamente por parte de
las mujeres, consideradas por él, en las diversas edades y situaciones de
la vida, como hermanas y madres.
La figura de la mujer-hermana tiene notable importancia en nuestra
civilización cristiana, donde innumerables mujeres se han hecho hermanas
de todos, gracias a la actitud típica que ellas han tomado con el prójimo,
especialmente con el más necesitado. Una "hermana" es garantía
de gratuidad: en el escuela, en el hospital, en la cárcel y en otros
sectores de los servicios sociales. Cuando una mujer permanece soltera, con su "entrega
como hermana" mediante el compromiso apostólico o la generosa
dedicación al prójimo, desarrolla una peculiar maternidad
espiritual. Esta entrega desinteresada de "fraterna" femineidad
ilumina la existencia humana, suscita los mejores sentimientos de los que es
capaz el hombre y siempre deja tras de sí una huella de agradecimiento
por el bien ofrecido gratuitamente.
Así pues, las dos dimensiones fundamentales de la relación
entre la mujer y el sacerdote son las de madre y hermana. Si esta relación
se desarrolla de modo sereno y maduro, la mujer no encontrará
particulares dificultades en su trato con el sacerdote. Por ejemplo, no las
encontrará al confesar las propias culpas en el sacramento de la
Penitencia. Mucho menos las encontrará al emprender con los sacerdotes
diversas actividades apostólicas. Cada sacerdote tiene pues la gran
responsabilidad de desarrollar en sí mismo una auténtica actitud
de hermano hacia la mujer, actitud que no admite ambigüedad. En esta
perspectiva, el Apóstol recomienda al discípulo Timoteo tratar "a
las ancianas, como a madres; a las jóvenes, como a hermanas, con toda
pureza" (1 Tm 5,2).
Cuando Cristo afirmó -como escribe el evangelista Mateo- que el
hombre puede permanecer célibe por el Reino de Dios, los Apóstoles
quedaron perplejos (cfr. 19,10-12). Un poco antes había declarado
indisoluble el matrimonio, y ya esta verdad había suscitado en ellos una
reacción significativa: "Si tal es la condición del hombre
respecto de su mujer, no trae cuenta casarse" (Mt 19,10). Como se ve, su
reacción iba en dirección opuesta a la lógica de fidelidad
en la que se inspiraba Jesús. Pero el Maestro aprovecha también
esta incomprensión para introducir, en el estrecho horizonte del modo de
pensar de ellos, la perspectiva del celibato por el Reino de Dios. Con esto
trata de afirmar que el matrimonio tiene su propia dignidad y santidad
sacramental y que existe también otro camino para el cristiano: camino
que no es huida del matrimonio sino elección consciente del celibato por
el Reino de los cielos.
En este horizonte, la mujer no puede ser para el sacerdote más que
una hermana, y esta dignidad de hermana debe ser considerada conscientemente por
él. El apóstol Pablo, que vivía el celibato, escribe así
en la Primera Carta a los Corintios: "Mi deseo sería que todos los
hombres fueran como yo; mas cada cual tiene de Dios su gracia particular: unos
de una manera, otros de otra" (7,7). Para él no hay duda: tanto el
matrimonio como el celibato son dones de Dios, que hay que custodiar y cultivar
con cuidado. Subrayando la superioridad de la virginidad, de ningún modo
menosprecia el matrimonio. Ambos tienen un carisma específico; cada uno
de ellos es una vocación, que el hombre, con la ayuda de la gracia de
Dios, debe saber discernir en la propia vida.
La vocación al celibato necesita ser defendida conscientemente con
una vigilancia especial sobre los sentimientos y sobre toda la propia conducta.
En particular, debe defender su vocación el sacerdote que, según
la disciplina vigente en la Iglesia occidental y tan estimada por la oriental,
ha elegido el celibato por el Reino de Dios. Cuando en el trato con una mujer
peligrara el don y la elección del celibato, el sacerdote debe luchar
para mantenerse fiel a su vocación. Semejante defensa no significaría
que el matrimonio sea algo malo en sí mismo, sino que para el sacerdote
el camino es otro. Dejarlo sería, en su caso, faltar a la palabra dada a
Dios.
La oración del Señor: "No nos dejes caer en la tentación
y líbranos del mal", cobra un significado especial en el contexto de
la civilización contemporánea, saturada de elementos de hedonismo,
egocentrismo y sensualidad. Se propaga por desgracia la pornografía, que
humilla la dignidad de la mujer, tratándola exclusivamente como objeto de
placer sexual. Estos aspectos de la civilización actual no favorecen
ciertamente la fidelidad conyugal ni el celibato por el Reino de Dios. Si el
sacerdote no fomenta en sí mismo auténticas disposiciones de fe,
de esperanza y de amor a Dios, puede ceder fácilmente a los reclamos que
le llegan del mundo. ¿Cómo no dirigirme pues a vosotros, queridos
hermanos Sacerdotes, hoy Jueves Santo, para exhortaros a permanecer fieles al
don del celibato, que nos ofrece Cristo? En él se encierra un bien
espiritual para cada uno y para toda la Iglesia.
En el pensamiento y en la oración están hoy presentes de forma
especial nuestros hermanos en el sacerdocio que encuentran dificultades en este
campo y quienes precisamente por causa de una mujer han abandonado el ministerio
sacerdotal. Confiamos a María Santísima, Madre de los Sacerdotes,
y a la intercesión de los numerosos Santos sacerdotes de la historia de
la Iglesia el difícil momento que están pasando, pidiendo para
ellos la gracia de volver al primitivo fervor (cf. Ap 2, 4-5). La experiencia de
mi ministerio, y creo que sirve para cada Obispo, confirma que se dan casos de
vuelta a este fervor y que incluso hoy no son pocos. Dios permanece fiel a la
alianza que establece con el hombre en el sacramento del Orden sacerdotal.
6. Ahora quisiera tratar el tema, aún más amplio, del papel
que la mujer está llamada a desempeñar en la edificación de
la Iglesia. El Concilio Vaticano II ha recogido plenamente la lógica del
Evangelio, en los capítulos II y III de la Constitución dogmática
Lumen gentium, presentando a la Iglesia en primer lugar como Pueblo de Dios y
después como estructura jerárquica. La Iglesia es sobre todo
Pueblo de Dios, ya que quienes la forman, hombres y mujeres, participan -cada
uno a su manera- de la misión profética, sacerdotal y real de
Cristo. Mientras invito a releer estos textos conciliares, me limitaré
aquí a algunas breves reflexiones partiendo del Evangelio.
En el momento de la ascensión a los cielos, Cristo manda a los Apóstoles:
"Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación"
(Mc 16,15). Predicar el Evangelio es realizar la misión profética,
que en la Iglesia tiene diversas modalidades según el carisma dado a cada
uno (cf. Ef 4,11-13). En aquella circunstancia, tratándose de los Apóstoles
y de su peculiar misión, este mandato es confiado a unos hombres; pero,
si leemos atentamente los relatos evangélicos y especialmente el de Juan,
llama la atención el hecho de que la misión profética,
considerada en toda su amplitud, es concedida a hombres y mujeres. Baste
recordar, por ejemplo, la Samaritana y su diálogo con Cristo junto al
pozo de Jacob en Sicar (cf. Jn 4,1-42): es a ella, samaritana y además
pecadora, a quien Jesús revela la profundidad del verdadero culto a Dios,
al cual no interesa el lugar sino la actitud de adoración "en espíritu
y verdad".
Y ¿qué decir de las hermanas de Lázaro, María y
Marta? Los Sinópticos, a propósito de la "contemplativa"
María, destacan la primacía que Jesús da a la contemplación
sobre la acción (cf Lc 10, 42). Más importante aún es lo
que escribe san Juan en el contexto de la resurrección de Lázaro,
su hermano. En este caso es a Marta, la más "activa" de las
dos, a quien Jesús revela los misterios profundos de su misión: "Yo
soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera,
vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás"
(Jn 11,25-26). En estas palabras dirigidas a una mujer está contenido el
misterio pascual.
Pero sigamos con el relato evangélico y entremos en la narración
de la Pasión. ¿No es quizás un dato incontestable que fueron
precisamente las mujeres quienes estuvieron más cercanas a Jesús
en el camino de la cruz y en la hora de la muerte? Un hombre, Simón de
Cirene, es obligado a llevar la cruz (cf. Mt 27,32); en cambio, numerosas
mujeres de Jerusalén le demuestran espontáneamente compasión
a lo largo del "vía crucis" (cf. Lc 23,27). La figura de la Verónica,
aunque no sea bíblica, expresa bien los sentimientos de la mujer en la vía
dolorosa.
Al pie de la cruz está únicamente un Apóstol, Juan de
Zebedeo, y sin embargo hay varias mujeres (cf. Mt 27,55-56): la Madre de Cristo,
que según la tradición lo había acompañado en el
camino hacia el Calvario; Salomé, la madre de los hijos del Zebedeo, Juan
y Santiago; María, madre de Santiago el Menor y de José; y María
Magdalena. Todas ellas son testigos valientes de la agonía de Jesús;
todas están presentes en el momento de la unción y de la deposición
de su cuerpo en el sepulcro. Después de la sepultura, al llegar el final
del día anterior al sábado, se marchan pero con el propósito
de volver apenas les sea permitido. Y serán las primeras en llegar
temprano al sepulcro, el día después de la fiesta. Serán
los primeros testigos de la tumba vacía y las que informarán de
todo a los Apóstoles (cf. Jn 20, 1-2). María Magdalena, que
permaneció llorando junto al sepulcro, es la primera en encontrar al
Resucitado, el cual la envía a los Apóstoles como primera
anunciadora de su resurrección (cf. Jn 20,11-18). Con razón, pues,
la tradición oriental pone a la Magdalena casi a la par de los Apóstoles,
ya que fue la primera en anunciar la verdad de la resurrección, seguida
después por los Apóstoles y los demás discípulos de
Cristo.
De este modo las mujeres, junto con los hombres, participan también
en la misión profética de Cristo. Y lo mismo puede decirse sobre
su participación en la misión sacerdotal y real. El sacerdocio
universal de los fieles y la dignidad real se conceden a los hombres y a las
mujeres. A este respecto ilustra mucho una atenta lectura de unos fragmentos de
la Primera Carta de san Pedro (2, 9-10) y de la Constitución conciliar
Lumen gentium (nn. 10-12; 34-36).
7. En ésta última, al capítulo sobre el Pueblo de Dios
sigue el de la estructura jerárquica de la Iglesia. En él se habla
del sacerdocio ministerial, al que por voluntad de Cristo se admite únicamente
a los hombres. Hoy, en algunos ambientes, el hecho de que la mujer no pueda ser
ordenada sacerdote se interpreta como una forma de discriminación. Pero, ¿es
realmente así?
Ciertamente la cuestión podría plantearse en estos términos,
si el sacerdocio jerárquico conllevara una situación social de
privilegio, caracterizada por el ejercicio del "poder". Pero no es así:
el sacerdocio ministerial, en el plan de Cristo, no es expresión de
dominio sino de servicio. Quien lo interpretase como "dominio", se
alejaría realmente de la intención de Cristo, que en el Cenáculo
inició la Ultima Cena lavando los pies a los Apóstoles. De este
modo puso fuertemente de relieve el carácter "ministerial" del
sacerdocio instituido aquella misma tarde. "Tampoco el Hijo del hombre ha
venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos"
(Mc 10, 45).
Sí, el sacerdocio que hoy recordamos con tanta veneración como
nuestra herencia especial, queridos Hermanos, ¡es un sacerdocio
ministerial! ¡Servimos al Pueblo de Dios! ¡Servimos su misión!
Nuestro sacerdocio debe garantizar la participación de todos -hombres y
mujeres- en la triple misión profética, sacerdotal y real de
Cristo. Y no sólo el sacramento del Orden es ministerial: ministerial es,
ante todo, la misma Eucaristía. Al afirmar: "Esto es mi cuerpo que
es entregado por vosotros (...) Esta es la copa de la Nueva Alianza en mi
sangre, que es derramada por vosotros" (Lc 22,19-20), Cristo manifiesta su
servicio más sublime: el servicio de la redención, en la cual el
unigénito y eterno Hijo de Dios se convierte en Siervo del hombre en su
sentido más pleno y profundo.
8. Al lado de Cristo-Siervo no podemos olvidar a Aquella que es "la
Sierva", María. San Lucas nos relata que, en el momento decisivo de
la Anunciación, la Virgen pronunció su "fiat" diciendo: "He
aquí la esclava del Señor" (Lc 1,38). La relación del
sacerdote con la mujer como madre y hermana se enriquece, gracias a la tradición
mariana, con otro aspecto: el del servicio e imitación de María
sierva. Si el sacerdocio es ministerial por naturaleza, es preciso vivirlo en
unión con la Madre, que es la sierva del Señor. Entonces, nuestro
sacerdocio será custodiado en sus manos, más aún, en su
corazón, y podremos abrirlo a todos. Será así fecundo y
salvífico, en todos sus aspectos.
Que la Santísima Virgen nos mire con particular afecto a todos
nosotros, sus hijos predilectos, en esta fiesta anual de nuestro sacerdocio. Que
infunda sobre todo en nuestro corazón un gran deseo de santidad. Escribí
en la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis: "la nueva
evangelización tiene necesidad de nuevos evangelizadores, y éstos
son los sacerdotes que se comprometen a vivir su sacerdocio como camino específico
hacia la santidad" (n. 82). El Jueves Santo, acercándonos a los orígenes
de nuestro sacerdocio, nos recuerda también el deber de aspirar a la
santidad, para ser "ministros de la santidad" en favor de los hombres
y mujeres confiados a nuestro servicio pastoral. En esta perspectiva parece como
muy oportuna la propuesta, hecha por la Congregación para el Clero, de
celebrar en cada diócesis una "Jornada para la Santificación
de los Sacerdotes" con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón,
o en otra fecha más adecuada a las exigencias y costumbres pastorales de
cada lugar. Hago mía esta propuesta deseando que esta Jornada ayude a los
sacerdotes a vivir conformándose cada vez más plenamente con el
corazón del Buen Pastor.
Invocando sobre todos vosotros la protección de María, Madre
de la Iglesia y Madre de los Sacerdotes, os bendigo con afecto.
Vaticano, 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor,
del año 1995.