MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA 19a JORNADA MUNDIAL
DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES
19 de mayo de 1985
¡Queridísimos hermanos y hermanas en Cristo, hombres y mujeres
que sentís profundamente la causa de la dignidad de la persona humana y,
sobre todo, vosotros jóvenes del mundo entero, que tenéis que
escribir una nueva página de historia para el 2000!
1. La Iglesia, como todos los años, se prepara a celebrar la Jornada
mundial de las Comunicaciones Sociales. Una cita de oración y de reflexión,
a la cual debe sentirse convocada toda la comunidad eclesial, llamada al anuncio
y testimonio del Evangelio (cf. Mc 16, 15), a fin de que los mass-media,
con la colaboración de todos los hombres de buena voluntad, puedan
contribuir verdaderamente a la "actuación de la justicia, de la paz,
de la libertad y del progreso humano" (Communio et progressio,
100).
El tema de la Jornada -"Las comunicaciones sociales para una promoción
cristiana de la juventud"- está en sintonía con la iniciativa
de las Naciones Unidas, que han proclamado 1985 "Año Internacional
de la Juventud". Los medios de comunicación social, "capaces de
extender casi hasta el infinito el campo de escucha de la Palabra de Dios"
(Evangelii nuntiandi, 45), pueden en efecto ofrecer a los jóvenes
una notable contribución para realizar, mediante una elección
libre y responsable, su vocación personal de hombres y de cristianos,
preparándose de este modo a ser los constructores y los protagonistas de
la sociedad de mañana.
2. La Iglesia, con el Concilio Vaticano II, del que celebramos este año
el XX aniversario de la clausura, y después con el Magisterio sucesivo,
ha reconocido claramente el gran relieve de los mass-media en el
desarrollo de la persona humana: en el plano de la información, de la
formación, de la maduración cultural, además de la diversión
y del empleo del tiempo libre. Pero ésta ha precisado también que
se trata de instrumentos al servicio del hombre y del bien común;
medios y no fines.
El mundo de la comunicación social se encuentra hoy sometido a un
desarrollo tan vertiginoso cuanto complejo e imprevisible -se habla ya de época
tecnotrónica, para indicar la creciente interacción entre
tecnología y electrónica- y afectado por no pocos problemas,
conexos con la elaboración de un nuevo orden mundial de la
información y de la comunicación, en relación con las
perspectivas abiertas mediante el empleo de los satélites y la superación
de las barreras del éter.
Se trata de una revolución que, no sólo comporta un cambio en
los sistemas y las técnicas de comunicación, sino que afecta a
todo el universo cultural, social y espiritual de la persona humana. Esta, en
consecuencia, no puede responder simplemente a unas propias reglas internas,
sino que debe obtener los propios criterios de fondo de la verdad del hombre
y sobre el hombre, formado a imagen de Dios.
Según el derecho a la información, que todo hombre
posee, la comunicación debe responder siempre, en su contenido, a la
verdad y, en el respeto de la justicia y de la caridad, debe ser íntegra.
Lo cual es válido, con mayor razón, en el momento de dirigirse a
los jóvenes, a aquellos que se están abriendo a las experiencias
de la vida. Sobre todo, en este caso, la información no puede quedar
indiferente respecto a valores que tocan en profundidad la existencia humana,
tales como la primacía de la vida desde el momento de su concepción,
la dimensión moral y espiritual, la paz, la justicia. La información
no puede ser neutra ante problemas y situaciones que, a nivel nacional e
internacional, desbaratan el tejido conjuntivo de la sociedad, como la guerra,
la violación de los derechos humanos, la pobreza, la violencia, la droga.
3. El destino del hombre se decide, desde siempre, en el frente de la
verdad, de la elección que, en virtud de la libertad que le ha concedido
el Creador, el hombre realiza entre el bien y el mal, entre la luz y las
tinieblas. Pero resulta impresionante y doloroso ver, hoy, un número
siempre mayor de hombres impedidos de realizar libremente esta elección,
ya sea porque están subyugados por regímenes autoritarios,
sofocados por sistemas ideológicos, manipulados por una ciencia y una técnica
totalizantes, o condicionados por los mecanismos de una sociedad fomentadora de
comportamientos cada vez más despersonalizados.
La libertad parece ser el gran desafío que la comunicación
social deberá afrontar, para conquistar espacios de suficiente autonomía,
allí donde ésta se encuentre todavía sometida a las censuras
de regímenes totalitarios o a las imposiciones de poderosos
grupos de presión culturales, económicos, políticos.
Factores de comunión y de progreso, los mass-media
deben superar las barreras ideológicas y políticas, acompañando
a la humanidad en su camino hacia la paz y favoreciendo el proceso de integración
y de solidaridad fraterna entre los pueblos, en la doble dirección
Este-Oeste y Norte-Sur. Vehículos de formación y de cultura,
los mass-media deben contribuir a la renovación de la sociedad y,
en particular, al desarrollo humano y moral de los jóvenes, haciéndoles
tomar conciencia de los compromisos históricos que les esperan en vísperas
del tercer milenio. A tal fin, los mass-media deben abrir a la juventud
nuevos horizontes, educándola en el deber, en la honestidad, en el
respeto de los propios semejantes, en el sentido de la justicia, de 1a amistad,
del estudio, del trabajo.
4. Estas consideraciones ponen en clara evidencia el inmenso potencial de
bien que los medios de comunicación social pueden hacer desencadenar.
Pero al propio tiempo, dejan también intuir las graves amenazas que los
mass-media -si se doblegan a la lógica de poderes o de intereses,
si son utilizados con fines torcidos, contra la verdad, contra la dignidad de la
persona humana, contra su libertad- pueden llevar a la sociedad. Y en primer
lugar a los miembros de la misma más frágiles e indefensos.
El periódico, el libro, el disco, el filme, la radio, sobre todo la
televisión y, ahora, el videorregistrador, hasta llegar a la cada día
más sofisticada computadora, representan hoy en día una fuente
importante, si no la única, a través de la cual el joven entra en
contacto con la realidad externa y vive la propia cotidianidad. Por otra parte,
el joven acude cada vez más frecuentemente a la fuente de los mass-media,
ya sea porque dispone de más tiempo libre, ya porque los ritmos convulsos
de la vida moderna han acentuado la tendencia al ocio como pura evasión.
Además, debido a la ausencia de ambos padres, cuando la madre se
encuentra obligada a un trabajo extra doméstico, se ha debilitado el
tradicional control educativo acerca del uso que se hace de tales medios.
De este modo, los jóvenes son los primeros y más inmediatos
receptores de los mass-media, pero son también los más
expuestos a la multiplicidad de informaciones y de imágenes que, a
través de éstos, llegan directamente a casa. Por otra parte, no se
puede ignorar la peligrosidad de ciertos mensajes, transmitidos incluso en las
horas de mayor audiencia de público juvenil, camuflados en una publicidad
cada vez más al descubierto y agresiva, o propuestos en espectáculos
en los que parece que la vida del hombre está regulada solamente por las
leyes del sexo y de la violencia.
Se habla de "videodependencia", un término que ha entrado
ya en el uso común, para indicar una cada vez más vasta influencia
que los medios de comunicación social, con su carga de sugestión y
de modernidad, tienen sobre los jóvenes. Se hace necesario examinar este
fenómeno a fondo, verificar sus reales consecuencias sobre los receptores
que todavía no han madurado una suficiente conciencia crítica. No
es, de hecho, solamente cuestión de condicionamiento del tiempo libre, es
decir, de una restricción de los espacios a reservar cotidianamente a
otras actividades intelectuales y recreativas, sino también de un
condicionamiento de la misma sicología, de la cultura, de los
comportamientos de la juventud.
La educación transmitida por los formadores tradicionales, y en
particular por los padres, tiende a ser sustituida por una educación
unidireccional, que ignora la fundamental relación dialoguística,
interpersonal. Una cultura establecida sobre los valores-contenidos, sobre la
cualidad de las informaciones, queda sustituida por una cultura de lo
provisional que conduce a rechazar los compromisos a largo plazo, por una
cultura masificante que induce a rehuir las elecciones personales
inspiradas en la libertad. A una formación orientada al acrecentamiento
del sentido de responsabilidad individual y colectivo, se contrapone una actitud
de aceptación pasiva de las modas y de las necesidades impuestas
por un (1)materialismo que, al incentivar los consumos, vacía las
conciencias. La imaginación, que es propia de la edad juvenil, expresión
de su creatividad, de sus impulsos generosos, se torna árida en la dependencia
de la imagen, es decir, en un hábito que se torna indolencia y apaga
estímulos, deseos, compromisos y proyectos.
5. Se trata de una situación que, aun evitando generalizaciones, debe
inducir a cuantos operan en la comunicación social a una seria y profunda
reflexión. Estos tienen una tarea exaltante y, al propio tiempo,
tremendamente comprometida; además, según el empleo que hagan de
sus recursos de ingenio y de profesionalidad, depende en gran medida la formación
de aquellos que, en el mañana, deberán mejorar esta sociedad
nuestra empobrecida en sus valores humanos y espirituales y amenazada de
autodestrucción.
Los padres y educadores tienen una tarea todavía más
comprometida. Su testimonio, sostenido por una conducta cultural y moralmente
coherente, puede de hecho representar la más eficaz y creíble de
las enseñanzas. El diálogo, el discernimiento crítico, la
vigilancia son condiciones indispensables para educar al joven en un
comportamiento responsable respecto al uso de los mass-media,
restableciendo en él el justo equilibrio, tras el posible impacto
negativo con estos medios.
El Año Internacional de la Juventud, también en este campo
significa una interpelación al mundo de los adultos en su
totalidad. Es para todos un deber ayudar a los jóvenes a que entren en la
sociedad como ciudadanos responsables, hombres formados, conscientes de su
propia dignidad.
6. Es aquí precisamente donde la XIX Jornada mundial de las
Comunicaciones Sociales asume plena significación. El tema de la próxima
celebración va al corazón de la misión de la Iglesia, que
debe llevar la salvación a todos los hombres, predicando el Evangelio "sobre
los tejados" (Mt 10, 27; Lc 12, 3). Hoy se ofrecen grandes
posibilidades a la comunicación social, en la cual la Iglesia reconoce el
signo de la obra creadora y redentora de Dios, que el hombre debe continuar.
Estos instrumentos pueden, por tanto, ser poderosos canales para la
transmisión del Evangelio, ya sea a nivel de preevangelización, ya
de profundización ulterior de la fe, para favorecer la promoción
humana y cristiana de la juventud.
Esto pide evidentemente:
- una profunda acción educativa, en la familia, en la escuela, en la
parroquia, a través de la catequesis, para instruir y guiar a los jóvenes
a un uso equilibrado y disciplinado de los mass-media, ayudándoles
a formarse un juicio crítico, iluminado por la fe, sobre las cosas
vistas, oídas y leídas (Inter mirifica 10, 16; Communio
et progressio 67-70, 107);
- una cuidada y específica formación teórica y práctica
en los seminarios, en las asociaciones de apostolado seglar, en los nuevos
movimientos eclesiales, especialmente los juveniles, no sólo para
conseguir un conocimiento adecuado de los medios de comunicación social,
sino también para realizar las indudables potencialidades en orden a
reforzar el diálogo en la caridad y los vínculos de comunión
(Communio et progressio 108, 110, 115-117);
- la presencia activa y coherente de los cristianos en todos los sectores de
la comunicación social, para aportar no sólo la contribución
de su preparación cultural y profesional, sino también un
testimonio vivo de su fe (Communio et progressio 103);
- el compromiso de la comunidad católica a fin de que, cuando se haga
necesario, denuncie espectáculos y programas que atenten al bien moral de
los jóvenes, reivindicando la exigencia de una información más
verdadera sobre la Iglesia y de transmisiones inspiradas más
positivamente en los valores auténticos de la vida (Inter mirifica
14);
- la presentación del mensaje evangélico en su integridad:
preocupándose de no traicionarlo, de no alterarlo, de no reducirlo
instrumentalmente a visiones socio-políticas; y en cambio, según
el ejemplo de Cristo perfecto comunicador, adecuándose a los
receptores, a la mentalidad de los jóvenes, a su modo de hablar, a su
estado y condición (Catechesi tradendae 35, 39, 40).
7. En la conclusión de este Mensaje, deseo dirigirme especialmente a
los jóvenes que han encontrado ya a Cristo, a los que han acudido a Roma,
al inicio de la Semana Santa, en comunión espiritual con millones de sus
coetáneos, para proclamar, junto al Papa, que "Cristo es nuestra paz";
pero también a todos los jóvenes que, si bien de manera confusa,
entre incertidumbres, angustias y pasos en falso, aspiran a encontrar este "Jesús
llamado Cristo" (Mt 1, 16) para dar un sentido, una finalidad a su
vida.
¡Queridísimos jóvenes! Hasta ahora me he dirigido al
mundo de los adultos. Pero en realidad sois vosotros los primeros destinatarios
de este Mensaje. La importancia y el significado último de los medios de
comunicación social dependen, en definitiva, del uso que de ellos hace la
libertad humana. Dependerá por tanto de vosotros, del uso que hagáis
de ellos, de la capacidad crítica con la que sepáis utilizarlos,
el que estos medios sirvan a vuestra formación humana y cristiana o si,
en cambio, éstos se tornarán contra vosotros, sofocando vuestra
libertad y apagando vuestra sed de autenticidad.
Dependerá de vosotros, jóvenes, a quienes corresponde la
construcción de la sociedad del mañana, en la cual la
intensificación de informaciones y comunicaciones multiplicará las
formas de vida asociativa, y el desarrollo tecnológico abatirá las
barreras entre los hombres y las naciones; dependerá de vosotros el que
la nueva sociedad sea una sola familia humana, en la que hombres y pueblos
puedan vivir en una más estrecha colaboración e integración
mutuas o si, en cambio, en la sociedad futura se agudizarán aquellos
conflictos y aquellas divisiones que laceran el mundo contemporáneo.
Con las palabras del Apóstol Pedro, repito aquí el deseo que
he expresado en mi Carta a los jóvenes y a las jóvenes del mundo:
que estén "siempre dispuestos a dar razón a quien lo pida de
la esperanza que está en vosotros" (1 Pe 3, 15). "Sí,
precisamente vosotros, porque de vosotros depende el futuro, de vosotros
depende el final de este milenio y el comienzo del nuevo. No permanezcáis
pues pasivos; asumid vuestras responsabilidades en todos los campos abiertos a
vosotros en nuestro mundo" (n. 16).
Queridísimos jóvenes: Mi invitación a la
responsabilidad, al compromiso es, antes que nada, una invitación a la búsqueda
de "la verdad que os hará libres" (Jn 8, 32), y la
verdad es Cristo (cf. Jn 14, 6). Se trata por tanto de una invitación
a poner la verdad de Cristo en el centro de vuestra vida; a testimoniar esta
verdad en vuestra historia cotidiana, en las elecciones decisivas que tendréis
que cumplir para ayudar a que la humanidad se encamine por los senderos de la
paz y de la justicia.
Con estos sentimientos imparto a todos, propiciadora de luces celestiales,
mi bendición apostólica.
Vaticano, 15 de abril de 1985, VII año de mi pontificado.
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