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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 PARA LA XIII JORNADA MUNDIAL
DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES

(DOMINGO 27 DE
MAYO DE 1979)

Tema: "Las comunicaciones sociales por la tutela y promoción de la infancia
en la familia y en la sociedad."

 

Queridísimos hermanos e hijos de la Santa Iglesia:

Con sincera fe y viva esperanza, con los mismos sentimientos que han marcado desde el comienzo mi servicio pastoral en la Cátedra de Pedro, me dirijo a vosotros y, en particular, a quienes de entre vosotros se ocupan de comunicaciones sociales, en el día que el Concilio Vaticano II ha querido consagrar a este importante sector (cf. Inter mirifica, 18).

El tema sobre el cual deseo llamar vuestra atención contiene, precisamente, una invitación implícita a la confianza y a la esperanza: porque se refiere a la infancia; por mi parte voy a tratar acerca del mismo con la mayor complacencia, ya que fue elegido para la presente circunstancia por mi amado predecesor Pablo VI. La Organización de las Naciones Unidas ha proclamado 1979 "Año Internacional del Niño" y esta ocasión ofrece la oportunidad de reflexionar sobre las exigencias concretas de esa amplia franja de "receptores" —los niños— y acerca de las responsabilidades que consiguientemente corresponden a los adultos; de modo especial a los operadores de las comunicaciones, los cuales pueden ejercer —y de hecho ejercen— un gran influjo sobre la formación o, lamentablemente, la deformación de las jóvenes generaciones. De ahí la importancia y complejidad del tema: "Las comunicaciones sociales por la tutela y el desarrollo de la infancia en la familia y en la sociedad".

Sin pretender hacer un examen y, tanto menos, agotar el tema en sus varios aspectos quiero recordar, aunque sea brevemente lo que la infancia espera y tiene derecho a obtener de estos instrumentos de comunicación. Fascinados y privados de defensas ante el mundo y ante los adultos, los niños están naturalmente dispuestos a acoger lo que se les ofrece, ya se trate del bien o del mal. Bien lo sabéis vosotros, profesionales de las comunicaciones y especialmente los que os ocupáis de los medios audiovisuales. Los niños se sienten atraídos por la "pequeña pantalla" y por la "pantalla grande": siguen todos los gestos que aparecen en ellas y perciben, antes y mejor que cualquier otra persona, las emociones y sentimientos consiguientes.

Como cera blanda, sobre la cual cualquier leve presión deja un trazo, el ánimo de los niños está expuesto a cualquier estímulo que solicite la capacidad de ideación, la fantasía, la afectividad, el instinto. Por otra parte, las impresiones en esta edad son las que penetran con mayor profundidad en la psicología del ser humano y condicionan, a menudo de manera duradera, las relaciones sucesivas consigo mismo, con los demás y con el ambiente. Precisamente, al intuir lo delicada que resulta esta primera fase de la vida, la sabiduría pagana formuló la conocida máxima pedagógica, según la cual maxima debetur puero revetentia; y bajo esta misma luz se hace evidente, en toda su motivada severidad, la advertencia de Cristo: "Al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le hundieran en el fondo del mar" (Mt 18, 6). Y ciertamente entre los "pequeños" en sentido evangélico hay que incluir y de manera especial a los niños.

El ejemplo de Cristo ha de ser normativo para el creyente, que trata de inspirar la propia vida en el Evangelio. Pues bien, Jesús se presenta como aquel que acoge amorosamente a los niños (cf. Mc 10, 16) tutela su deseo espontáneo de acercarse a él (cf. Mc 10, 14), alaba su típica y confiada sencillez, merecedora del Reino (cf. Mt 18, 3-4), subraya la transparencia interior que con tanta facilidad les dispone a la experiencia de Dios (cf. Mt 18, 10). No duda en establecer una ecuación sorprendente: "El que por mí recibiere a un niño como éste, a mí me recibe" (Mt 18, 5). Como he tenido ocasión de escribir recientemente, "El Señor se identifica con el mundo de los pequeños (...) Jesús no condiciona a los niños, no se sirve de los niños. Los llama y los hace copartícipes de su plan de salvación del mundo" (cf. Mensaje al Presidente del Consejo Superior de la Obra Pontificia de la Infancia Misionera; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 20 de mayo de 1979, pág. 7).

¿Cuál tendrá que ser, pues, la actitud de los cristianos responsables y, especialmente, de los padres y de los operadores de los mass-media conscientes de sus deberes en relación con la infancia? Deberán, sobre todo, preocuparse del crecimiento humano del niño: la pretensión de mantenerse ante él en una postura de "neutralidad' y de dejarlo "que se haga" espontáneamente esconde —bajo la apariencia del respeto hacia su personalidad— una actitud de peligroso desinterés.

Un desinterés así ante los niños no es aceptable; la infancia, en realidad, tiene necesidad de ser ayudada en su desarrollo hacia la madurez. Hay una gran riqueza de vida en el corazón del niño; pero él no está en condiciones de discernir, por sí mismo, las voces que oye en su interior. Son los adultos —padres, educadores, operadores de las comunicaciones sociales— quienes tienen el deber y están en condiciones de ayudarles a descubrir esa riqueza. ¿Acaso todo niño no se parece, de alguna manera al pequeño Samuel del que habla la Sagrada Escritura? Incapaz de interpretar la llamada de Dios, él pedía ayuda a su maestro, que al principio le respondió: "No te he llamado; vuelve a acostarte" (1 Sam 3, 5-6). ¿Será igual nuestra actitud, que sofoca los ímpetus y las vocaciones mejores, o bien seremos capaces de hacer comprender las cosas al niño, al igual que hizo al fin el sacerdote Elí con Samuel: "Si vuelven a llamarte di: 'Habla, Yavé, que tu siervo escucha'?" (1 Sam 3, 9).

Las posibilidades y los medios de que vosotros, los adultos, disponéis al respecto son enormes: estáis en condiciones de despertar el espíritu del niño para que escuche o de adormecerlo o, Dios no lo quiera, de intoxicarlo irremediablemente. Se necesita en cambio actuar de manera que el niño capte, gracias también a vuestro empeño educativo, no mortificante sino siempre positivo y estimulante, las amplias posibilidades de educación personal, que le consentirán inserirse creativamente en el mundo. Secundadlo, especialmente vosotros que os ocupáis de los mass-media, en su búsqueda cognoscitiva, proponiendo programas recreativos y culturales, en los cuales el niño encuentre respuesta a la búsqueda de su identidad y de su gradual "ingreso" en la comunidad humana. Es también importante que el niño no sea, en vuestros programas, una simple comparsa, como para enternecer los ojos cansados y desencantados de espectadores u oyentes apáticos; sino un protagonista de modelos válidos para las jóvenes generaciones.

Soy bien consciente de que al reclamaros un tal esfuerzo humano y "poético" (en el verdadero sentido de la capacidad creadora propia del arte), os pido implícitamente que renunciéis a ciertos planes de búsqueda calculada del mayor "índice de atención" de cara a un éxito inmediato. La verdadera obra de arte, ¿acaso no es aquella que se impone sin ambiciones de éxito y que nace de una auténtica habilidad y de una segura madurez profesional? Tampoco queráis excluir de vuestra producción —os lo pido como un hermano— la oportunidad de ofrecer un estímulo espiritual y religioso al corazón de los niños: y esto quiere ser una llamada confiada de colaboración por vuestra parte en la tarea espiritual de la Iglesia.

Igualmente me dirijo a vosotros, padres y educadores, catequistas y responsables de las diversas asociaciones eclesiales a fin de que queráis considerar responsablemente el problema de la utilización de los medios de comunicación social, en relación con los niños, como una cosa de importancia capital, no solamente en función de una iluminada formación que, además de desarrollar el sentido crítico y —podría decirse— la auto-disciplina en la elección de programas, les promueva realmente en un plano humano, sino también en orden a la evolución de toda la sociedad en la línea de la rectitud, de la verdad y de la fraternidad.

Queridísimos hermanos e hijos: La infancia no es un período cualquiera de la vida humana, del cual sea posible aislarse artificialmente: como un hijo es carne de la carne de sus padres, así el conjunto de los niños es parte viva de la sociedad. Por esta razón en la infancia está en juego la suerte misma de toda la vida, de la "suya" y de la "nuestra" esto es de la vida de todos. Tenemos, pues que servir a la infancia valorizando la vida y optando "en favor" de la vida a todos los niveles, y la ayudaremos presentando a los ojos y al corazón delicado y sensible de los pequeños aquello que en la vida hay de más noble y más elevado.

Dirigiendo la mirada hacia este ideal, a mi me parece encontrar el rostro dulcísimo de la Madre de Jesús, la cual, totalmente dedicada a servir a su divino Hijo, "conservaba todo esto en su corazón" (Lc 2, 51). A la luz de su ejemplo, rindo homenaje a la misión que a todos vosotros os corresponde en el terreno pedagógico y, con la confianza de que la realizaréis con un amor parejo a su dignidad, os bendigo de corazón.

Vaticano, 23 de mayo del año 1979, I del pontificado.

 

 

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