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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON OCASIÓN DE LA JORNADA MUNDIAL DE LA ALIMENTACIÓN*


A su excelencia el señor Edouard Saouma,
director general de la Organización de las Naciones Unidas
para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Me siento feliz de expresarle mi adhesión y mi estímulo con motivo de la celebración anual de la Jornada mundial de la Alimentación, promovida por la organización que usted dirige, en el marco de su misión institucional de lucha contra el hambre y la desnutrición.

El tema elegido este año, «Los víveres para el mañana», pone el acento sobre los derechos de toda persona a nutrirse, en la medida de sus necesidades, y es necesario resaltar los problemas ligados a la alimentación actual y futura de la población mundial.

No se puede desconocer la gravedad de la insuficiencia alimentaria que se manifiesta en algunos países y en determinadas zonas donde, como subrayé en el discurso que pronuncié con ocasión del décimo aniversario de mi llamamiento en favor del Sahel, «la desnutrición es crónica para decenas de millones de seres humanos» y «la muerte arrebata a demasiados niños» (Uagadugu, 29 de enero de 1990, n. 3).

Pero también es oportuno reiterar —como la Santa Sede ha hecho con frecuencia, fundándose en los datos oficiales de las Naciones Unidas y de la FAO— que los alimentos producidos en el mundo y disponibles actualmente son suficientes para responder a las necesidades de nutrición de la población mundial. Por tanto, no se podría considerar como justificada una política que sólo tendiera a aumentar globalmente la producción mundial o, por el contrario, a imponer límites al crecimiento demográfico. Más bien, es menester asegurar una distribución equitativa de los bienes de producción, cuidando que sean efectivamente disponibles, de manera que se pueda poner remedio a los graves desequilibrios locales y regionales entre los recursos alimentarios y el número de habitantes en los diversos países.

Urge afrontar el problema del hambre y de forma eficaz. Pero para esto es indispensable situarlo en el contexto más amplio del desarrollo económico y social de cada nación considerada en sus relaciones con la comunidad internacional. En primer lugar, hay que proceder de manera que cada uno de los países acreciente sus propios recursos para alcanzar la autosuficiencia alimentaria, adoptando políticas de ayuda alimentaria que no agraven la situación de los países menos desarrollados o su dependencia.

Para lograr este fin, convendrá poner directamente a disposición de ciertos organismos —incluso mediante acuerdos internacionales explícitos— reservas alimentarias especiales almacenadas de antemano en las zonas ya en crisis o que corren un grave riesgo, a fin de que sea posible recurrir a ellas con prontitud, conforme a criterios de justicia y equidad.

Esto presupone la eliminación de cualquier tipo de obstáculo en los intercambios y la adopción de principios claros de solidaridad, por medio de acuerdos internacionales que permitan también a los países económicamente más débiles tener acceso al mercado.

Los países ricos deberán mostrar, a través de gestos concretos, su solidaridad con los que poseen menos, evitando las reducciones artificiales de su producción y preocupándose de que lleguen al mercado las grandes reservas acumuladas. Es deber de los países en vías de desarrollo poner en práctica políticas de saneamiento económico y financiero, recurriendo a una administración interna prudente y a la aplicación de los criterios sugeridos para enderezar la economía de los diversos países.

Desearía de todo corazón que la presente Jornada mundial de la Alimentación contribuyera a renovar los esfuerzos para lograr una cooperación eficaz entre los gobiernos y las organizaciones internacionales, encaminada a resolver progresivamente el problema del hambre y de la desnutrición.

No hay que descorazonarse o ser pesimista frente a las dificultades actuales. Tampoco hay que permitir que la brecha existente entre la magnitud de los problemas y lo que se ha hecho hasta el momento en la lucha contra el hambre y la desnutrición aparezca como un motivo de desconfianza creciente frente a la comunidad internacional.

Por el contrario, cada uno, especialmente los responsables, hallará en ella un motivo de aliento para intensificar la acción emprendida, para organizarla mejor y para volverla más operante, adoptando y coordinando las intervenciones, ya sean bilaterales, ya multilaterales, y resaltando los logros significativos ya obtenidos, con vistas a una cooperación mundial cada vez más eficaz y duradera.

Estos son los votos que formulo. Los confío a Dios todopoderoso, invocando para todos su ayuda benévola.

Vaticano, 10 de octubre de 1990.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 47 p.9.


© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 

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