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MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II Al Señor La celebración, en el día de hoy, de la Jornada Mundial de la Alimentación es
una buena ocasión para renovar mi aprecio por la actividad que lleva a cabo la
Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, cuyo
esfuerzo para combatir la pobreza en el mundo rural es bien conocido, sobre todo
favoreciendo el desarrollo de aquellos que en ese ambiente realizan su cotidiano
y a menudo duro trabajo. El tema de esta Jornada: "La biodiversidad al servicio de la seguridad alimentaria", señala un medio concreto para la lucha contra el hambre y la
desnutrición de tantos hermanos y hermanas nuestros. 2. Por desgracia hay todavía muchos obstáculos que se oponen a la acción
internacional encaminada a tutelar la biodiversidad. A pesar de la existencia de
reglas cada vez más adecuadas, otros intereses parecen obstaculizar el justo
equilibrio entre la soberanía de los Estados sobre los recursos presentes en su
territorio y la capacidad de las personas y de las comunidades para preservar o
gestionar tales recursos en función de las necesidades reales. Es preciso, pues,
que entre las bases de la cooperación internacional se reafirme el principio de
que la soberanía sobre los recursos genéticos presentes en los diversos
ecosistemas no puede ser exclusiva ni convertirse en causa de conflictos, sino
que se ha de ejercer según las reglas naturales de humanidad que rigen la
convivencia entre los diversos pueblos que forman la familia humana. Son estas bases ideales las que orientan la acción de la FAO y han permitido,
entre otras cosas, promover las normas del Tratado sobre los recursos fitogenéticos para la alimentación y la agricultura, instrumento válido para
lograr sus efectos tan esperados. Éste tutela también los derechos de los
agricultores, garantizando su participación en los procesos de decisión y
animándolos a preocuparse especialmente no sólo por la cantidad de alimentos,
sino también por su calidad. En este contexto, es preciso recordar, en particular, a las comunidades y los
pueblos indígenas, cuyo vasto patrimonio de cultura y de conocimientos ligados a
la biodiversidad corre el riesgo de desaparecer por la ausencia de una tutela
adecuada. En efecto, se percibe el peligro real de una explotación abusiva de
sus tierras y la destrucción de su habitat tradicional, como también la
no protección de su propiedad intelectual, cuya importancia se reconoce para la
salvaguardia de la biodiversidad. 3. Desde muchas partes se subraya la urgencia de replantear el esquema
seguido hasta ahora para tutelar los inmensos e insustituibles recursos del
planeta, procurando un desarrollo no sólo sostenible, sino también y sobre todo
solidario. La solidaridad, entendida correctamente como modelo de unidad capaz
de inspirar la acción de los individuos, de los gobiernos, de los organismos e
instituciones internacionales y de todos los miembros de la sociedad civil,
trabaja por un justo crecimiento de los pueblos y de las naciones, y tiene como
objetivo el bien de todos y de cada uno (cf. Enc.
Sollicitudo rei socialis,
40). Esta solidaridad, pues, superando también actitudes egoístas en
relación con el orden de la creación y sus frutos, tutela los diferentes
ecosistemas y sus recursos, a las personas que viven en ellos y sus derechos
fundamentales a nivel individual y comunitario. Bien fundamentada en esta
referencia a la persona humana, a su naturaleza y a sus exigencias, la
solidaridad es capaz de consolidar proyectos, normas, estrategias y acciones
plenamente sostenibles. Un desarrollo solidario puede ofrecer también respuestas a los objetivos de
la sostenibilidad, teniendo presente no sólo una simple defensa del ambiente o
una referencia abstracta a las necesidades de las generaciones futuras, sino más
bien las exigencias de la justicia, de la equitativa distribución de los
recursos y de la obligación de cooperar. Son exigencias esencialmente humanas
hacia las cuales la Iglesia católica está siempre atenta para apoyarlas y
favorecer su puesta en practica de modo correcto y completo. El mandato del Creador dirigido a la humanidad para que domine la tierra y
use de sus frutos (cf. Gn 1,28), considerado a la luz de la virtud de la
solidaridad, conlleva el respeto por el proyecto de la creación misma, mediante
una acción humana que no suponga desafíos al orden de la naturaleza y sus leyes
con tal de alcanzar siempre nuevos horizontes, sino que al contrario preserve
los recursos garantizando su continuidad y también su uso por parte de las
generaciones sucesivas. 4. Son estas algunas reflexiones que deseo ofrecer a cuantos en cualquier
parte del mundo celebran la Jornada de la Alimentación y a todos aquéllos que,
con diferentes cometidos y responsabilidades, trabajan para contribuir a liberar
la humanidad del azote del hambre y de la desnutrición. Es de esperar que la
celebración de hoy ayude a favorecer, a nivel global y local, el progreso de un
renovado "compartir" los frutos de la tierra. Sobre Usted, Señor Director General, y sobre cuantos con empeño y entrega
colaboran en llevar a cabo los fines de la FAO, invoco abundantes bendiciones
del Altísimo. Vaticano, 15 de octubre de 2004 IOANNES PAULUS II *L'Osservatore Romano 16.10.2004 p.5. L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.43 p.14. © Copyright 2004 - Libreria Editrice Vaticana
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