Jornada Mundial del Emigrante, 1998
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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II CON MOTIVO DE LA LXXXIV JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE Y DEL REFUGIADO

Compromiso cristiano de solidaridad y promoción humana de los emigrantes

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. La Iglesia contempla con viva solicitud pastoral el aumento del flujo de emigrantes y refugiados y se interroga sobre las causas de dicho fenómeno y las condiciones particulares en que se encuentran las personas que, por diversos motivos, se ven obligadas a abandonar su patria. En efecto, la situación de los emigrantes y refugiados en el mundo se está haciendo cada vez más precaria. A menudo, la violencia obliga a poblaciones enteras a abandonar su tierra de origen para escapar de continuas crueldades; con mayor frecuencia aún son la miseria y la carencia de perspectivas de desarrollo las que impulsan a individuos y familias hacia el destierro para buscar medios de subsistencia en países lejanos, en los que no es fácil encontrar una acogida adecuada.

Muchas son las iniciativas encaminadas a aliviar las molestias y los sufrimientos de los emigrantes y refugiados. A quienes se dedican a esa labor les expreso mi vivo aprecio, así como mi cordial aliento a proseguir generosamente en la actividad de apoyo, superando las no pocas dificultades que encuentren en su camino. A los problemas relacionados con las barreras culturales, sociales y, a veces, incluso religiosas, se unen los vinculados con otros fenómenos, como el desempleo, que azota también a países que son tradicionalmente meta de inmigración, la división de la familia, la carencia de servicios y la precariedad que afecta a muchos aspectos de la vida diaria. A todo ello se añade, por parte de las comunidades de llegada, el temor a perder su propia identidad a causa del rápido aumento de estos «extraños» en virtud del dinamismo demográfico, de los mecanismos legales de la reunificación familiar y de la misma inserción clandestina en la «economía sumergida». Cuando se pierde la perspectiva de una integración armoniosa y pacífica, el repliegue sobre sí mismos y la tensión con el ambiente, la dispersión y la pérdida de las energías se convierten en peligros reales, con consecuencias negativas y a veces dramáticas. Los hombres se encuentran «más dispersos que antes, confundidos en el lenguaje, divididos entre sí, e incapaces de ponerse de acuerdo» (Reconciliatio et paenitentia, 13).

Al respecto, los medios de comunicación pueden ejercer un gran influjo, tanto positivo como negativo. Su acción puede favorecer una justa valoración y una mayor comprensión de los problemas de los «nuevos llegados», eliminando prejuicios y reacciones emotivas, o, por el contrario, alimentar cerrazones y hostilidad, impidiendo y comprometiendo una justa integración.

2. Todo ello supone urgentes desafíos para la comunidad cristiana, que considera la atención a los emigrantes y refugiados una de sus prioridades pastorales. Desde este punto de vista, la Jornada mundial del emigrante constituye una ocasión oportuna para reflexionar sobre cómo intervenir de una manera cada vez más eficaz en este delicado ámbito de apostolado.

Para el cristiano, la acogida y la solidaridad con el extranjero no sólo constituyen un deber humano de hospitalidad, sino también una exigencia precisa, que brota de su misma fidelidad a la enseñanza de Cristo. Para el creyente, ocuparse de los emigrantes significa esforzarse por asegurar a hermanos y hermanas llegados de lejos un puesto dentro de las respectivas comunidades cristianas, trabajando para que a cada uno se le reconozcan los derechos propios de todo ser humano. La Iglesia invita a todos los hombres de buena voluntad a dar su contribución para que cada persona sea respetada y se eliminen las discriminaciones que humillan la dignidad humana. Su acción, sostenida por la oración, se inspira en el Evangelio y está guiada por su secular experiencia.

La comunidad eclesial realiza, además, una acción de estímulo con respecto a los responsables de los pueblos y de la comunidad internacional, de las instituciones y de los organismos implicados, por diversos motivos, en el fenómeno de la emigración. La Iglesia, experta en humanidad, cumple esta misión suya tanto iluminando las conciencias con la enseñanza y el testimonio, como impulsando iniciativas oportunas para lograr que los emigrantes encuentren su justo puesto en las respectivas sociedades.

3. En particular, exhorta concretamente a los emigrantes y refugiados cristianos a no encerrarse en sí mismos, aislándose del camino pastoral de la diócesis o de la parroquia que los acoge. Sin embargo, al mismo tiempo, pone en guardia al clero y a los fieles contra la tentación de buscar simplemente su asimilación, que anularía sus características peculiares. Más bien, favorece la gradual inserción de estos hermanos, valorando sus diferencias para construir una auténtica familia de creyentes, acogedora y solidaria.

Para este fin, conviene que la comunidad local, en la que se insertan los emigrantes y refugiados, ponga a su disposición organismos que les ayuden a asumir activamente las responsabilidades que les competen. En esta perspectiva, al sacerdote a quien se encarga específicamente el cuidado pastoral de los emigrantes se le pide que sirva de puente entre culturas y mentalidades diversas. Eso supone que tiene conciencia de desempeñar un verdadero ministerio misionero «con el mismo afecto con que Cristo por su encarnación se unió a las condiciones sociales y culturales concretas de los hombres con los que convivió» (Ad gentes, 10).

El hecho de que a veces la acción apostólica en favor de los emigrantes se realice entre desconfianzas, e incluso hostilidad, no debe convertirse en motivo para renunciar al compromiso de solidaridad y promoción humana. La exigente afirmación de Jesús: «Era forastero y me acogisteis» (Mt 25, 35) conserva en cualquier circunstancia toda su fuerza e interpela la conciencia de los que quieren seguir su ejemplo. Para el creyente, acoger a los otros no es sólo filantropía o atención natural a sus semejantes. Es mucho más, porque en todo ser humano sabe encontrar a Cristo, que espera ser amado y servido en los hermanos, especialmente en los más pobres y necesitados.

4. Jesús, el Hijo unigénito hecho hombre, es la imagen viviente de la solidaridad de Dios con los hombres. «Siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (2 Co 8, 9). Sólo una comunidad cristiana atenta realmente a los demás acoge y realiza el testamento que dejó Jesús a los Apóstoles en el cenáculo, la víspera de su muerte en la cruz: «Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). El Redentor pide un amor que sea don de sí, gratuito y desinteresado.

Son proféticas, al respecto, las palabras de Santiago, que escribía así a las «doce tribus de la diáspora», es decir, probablemente a los cristianos de origen judío dispersos en el mundo grecorromano: «¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: "Tengo fe", si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: "Id en paz, calentaos y hartaos", pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (St 2, 14-17).

5. Me complace señalar aquí el luminoso ejemplo de un apóstol que supo testimoniar de manera viva y profética el amor de Cristo a los emigrantes. Me refiero a monseñor Juan Bautista Scalabrini, a quien precisamente hoy, 9 de noviembre, he tenido la alegría de proclamar beato.

Vivió desde dentro el drama del éxodo de los emigrantes que, en los últimos decenios del siglo pasado, se dirigían en gran número desde Europa hacia los países del nuevo mundo, y vio con claridad la necesidad de una atención pastoral específica, mediante una adecuada red de asistencia social. En esta perspectiva, mostrando una fina intuición espiritual, así como un gran sentido práctico, fundó las congregaciones de los Misioneros y las Misioneras de San Carlos. Asimismo, patrocinó con energía la creación de instrumentos legislativos e institucionales para la protección humana y jurídica de los emigrantes contra cualquier forma de explotación.

Hoy, en situaciones sociales ciertamente diversas, los hijos e hijas espirituales de monseñor Scalabrini, a los que se han unido sucesivamente, como herederos del mismo carisma, las Misioneras laicas escalabrinianas, siguen sus huellas, testimoniando el amor de Cristo a los emigrantes y proponiéndoles su Evangelio, mensaje universal de salvación. Que monseñor Scalabrini sostenga con su ejemplo y con su intercesión a todos los que, en cualquier parte del mundo, trabajan al servicio de los emigrantes y los refugiados.

6. Para dar un firme testimonio cristiano en este exigente y complejo sector, es importante «descubrir al Espíritu como aquel que construye el reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo» (Tertio millennio adveniente, 45).

¿Cómo olvidar que el año 1998 está dedicado al Espíritu Santo, cuya acción se manifestó de manera extraordinariamente eficaz en el acontecimiento de Pentecostés? En el Mensaje para la XVI Jornada mundial de la paz escribí: la venida del «Espíritu Santo hizo encontrar a los primeros discípulos del Señor, por encima de la diversidad de lenguas, el camino real de la paz en la fraternidad» (n. 12: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 26 de diciembre de 1982, p. 6).

En la antigua Babel la soberbia destruyó la unidad de la familia humana. El Espíritu de Pentecostés vino a reconstituir con sus dones esa unidad perdida, rehaciéndola según el modelo de la comunidad trinitaria, en la que las tres Personas subsisten distintas en la indivisa unidad de la naturaleza divina. Quienes escuchaban a los Apóstoles, sobre los que había bajado el Espíritu Santo, quedaban asombrados al entender la palabra cada uno en su lengua (cf. Hch 2, 7-11). La unanimidad de esa escucha, hoy como entonces, no va en detrimento de la diversidad de las culturas, pues «toda cultura es un esfuerzo de reflexión sobre el misterio del mundo y, en particular, del hombre: es un modo de expresar la dimensión trascendente de la vida humana». Más allá «de todas las diferencias que caracterizan a los individuos y a los pueblos, hay una fundamental dimensión común, ya que las varias culturas no son en realidad sino modos diversos de afrontar la cuestión del significado de la existencia personal» Discurso a la 50¬ Asamblea general de las Naciones Unidas, 5 de octubre de 1995, n. 5: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 13 de octubre de 1995, p. 8).

El año del Espíritu Santo invita, por consiguiente, a los creyentes a vivir más profundamente la virtud teologal de la esperanza, que les proporciona motivaciones sólidas y profundas para el compromiso en favor de la nueva evangelización y en favor de los que, procedentes de países y culturas diversos, esperan nuestra ayuda para realizar plenamente sus propias potencialidades humanas.

7. Evangelizar es dar razón a todos de la esperanza que hay en nosotros (cf. 1 P 3, 15). En ese deber, los primeros cristianos, a pesar de ser una minoría dentro de la sociedad, eran audazmente emprendedores. Sostenidos por la parresía, que les infundía el Espíritu Santo, sabían dar con arrojo testimonio de su fe.

También hoy «los cristianos están llamados a prepararse al gran jubileo del inicio del tercer milenio renovando su esperanza en la venida definitiva del reino de Dios, preparándolo día a día en su corazón, en la comunidad cristiana a la que pertenecen y en el contexto social donde viven» (Tertio millennio adveniente, 46).

El fenómeno de la movilidad humana evoca la imagen misma de la Iglesia, pueblo peregrinante en la tierra, pero constantemente orientado hacia la patria celestial. A pesar de las innumerables molestias que implica, este camino nos recuerda el mundo futuro cuya imagen impulsa a la transformación del presente, en el que se deben eliminar las injusticias y las opresiones con vistas al encuentro con Dios, meta última de todos los hombres.

Encomiendo el compromiso apostólico de la comunidad cristiana en favor de los emigrantes y refugiados a «María, que concibió al Verbo encarnado por obra del Espíritu Santo y se dejó guiar después en toda su existencia por su acción interior (...). Ella ha llevado a su plena expresión el anhelo de los pobres de Yahveh, y resplandece como modelo para quienes se fían con todo el corazón de las promesas de Dios» (ib., 48). Que ella, con su maternal solicitud, acompañe a todos los que trabajan en favor de los emigrantes y refugiados, enjugue las lágrimas y consuele a los que se han visto obligados a abandonar su tierra y sus afectos.

A todos imparto mi confortadora bendición.

Vaticano, 9 de noviembre del año 1997, vigésimo de mi pontificado.

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