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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II,
FIRMADO POR EL CARDENAL JEAN VILLOT,
AL CARDENAL SEBASTIANO BAGGIO
PRESIDENTE DE LA COMISIÓN PONTIFICIA PARA LA PASTORAL
DE LAS MIGRACIONES Y DEL TURISMO

 

Señor cardenal:

El Papa Juan Pablo II, siguiendo la costumbre establecida por su llorado predecesor Pablo VI, tiene la satisfacción de impulsar las celebraciones del "Día del Emigrante", fijadas por los Episcopados en épocas diversas del Año litúrgico. El Santo Padre realiza este gesto también en memoria del Papa Juan Pablo I, hijo de emigrantes y muy especialmente sensible a las necesidades de todos los emigrantes, a quienes manifestó su profundo afecto, a pesar de que la brevedad de su ministerio pontificio no le permitió testimoniarlo mediante actos oficiales.

l Santo Padre conoce muy bien la condición de cuantos se ven obligados a buscar pan y trabajo fuera de la propia patria. Durante su ministerio episcopal, ha visitado frecuentemente las comunidades de polacos emigrados, comunidades católicas muy florecientes, a pesar de las muchas dificultades que encuentran. La emigración al extranjero es, ahora ya, un hecho permanente. Generaciones enteras, que conservan una admirable adhesión a sus raíces étnicas de origen, son prueba evidente de ello.

Repasando la apreciable serie de intervenciones de los Romanos Pontífices y de la Sede Apostólica en materia de emigración, es obligado poner de relieve la clarividencia de la Iglesia, preocupada por favorecer una buena inteligencia entre los pueblos y los grupos de diverso origen cultural, de acuerdo con el concepto fundamental de la unidad en la pluralidad y de la pluralidad en la unidad.

Este principio básico inspira siempre la acción eclesial en todas sus dimensiones, y debe orientar a todos los que son llamados a ejercer el apostolado entre los emigrantes: los sacerdotes y los laicos, los religiosos y las religiosas. En un mundo que marcha hacia su unificación y advierte cada vez más la necesidad de hacer caer las barreras de raza, cultura y nacionalidad, la obra evangelizadora de la Iglesia, en toda la realidad del fenómeno emigratorio, adquiere un valor cada vez más grande. Pero este aspecto, por cierto muy importante, contribuye a poner de relieve la naturaleza profunda de la misión de la Iglesia, y a hacerla avanzar cada vez más en transparencia y autenticidad.

La pastoral de los emigrantes ha hecho madurar en estos últimos tiempos un notable patrimonio de experiencias que han hallado su expresión, de cierta manera, en la Instrucción De pastorali migratorum cura, de la Sagrada Congregación para los Obispos (AAS 61, 1969, págs. 614-643), y en la reciente Carta a las Conferencias Episcopales, "Iglesia y movilidad humana", de la Pontificia Comisión para las Pastoral de las Migraciones y del Turismo (AAS 70, 1978, págs. 357-378).

Se trata de una pastoral de la Iglesia y de toda la Iglesia. Los elementos peculiares, exigidos por las situaciones concretas, no sólo no eximen a ninguna de las comunidades eclesiales de sus deberes, sino que acentúan su responsabilidad común.

Este año parece útil insistir en la necesidad de un progreso cualitativo y cuantitativo del ministerio sacerdotal entre los emigrantes.

Muy oportunamente se había asignado al Congreso mundial, que debía haberse celebrado a primeros del pasado mes de octubre, si la prematura muerte de Juan Pablo I no lo hubiera aplazado, la tarea de estudiar las responsabilidades de los obispos y de los sacerdotes en la situación actual de la emigración.

Como anticipando la alegría del encuentro con los futuros congresistas, en el Vaticano el Santo Padre propone, desde ahora, a la reflexión del Pueblo de Dios, algunas sencillas consideraciones sobre el tema del Congreso.

"La mies es mucha, pero los obreros son pocos": si el número de los sacerdotes del clero regular y secular, dedicados al servicio de los emigrantes, se ha incrementado providencialmente, no corresponde todavía a las necesidades pastorales. Es necesario hacer más fértil el terreno del apostolado con los emigrantes. Y por eso es necesario que las comunidades cristianas afectadas por el éxodo, aumenten su sensibilidad hacia quienes han debido alejarse. Es importante que las comunidades cristianas de acogida busquen misioneros y les abran sus brazos con generosidad. En todos debe hacerse más profunda la convicción de que no se puede privar a los emigrantes de quienes tienen la misión de repartirles el pan de la Palabra de Dios, teniendo en cuenta las costumbres y el lenguaje que responden a su mentalidad.

En los misioneros de los emigrantes debe crecer cada vez más la conciencia de su misión sacerdotal específica. Son enviados por Cristo, mediante la llamada de la Iglesia. Su tarea es muy difícil.

Exige una profunda y continua atención a su identidad sacerdotal y a la peculiaridad de sus actividades pastorales. La consigna de San Gregorio Magno, recordada por Juan Pablo I al clero romano, se aplica de lleno a estos misioneros: el Pastor de almas dialoga con Dios sin olvidar a los hombres, y dialoga con los hombres sin olvidar a Dios.

Este es el secreto también para compartir profunda y eficazmente todas las angustias y todas las aspiraciones de nuestros hermanos emigrantes, para servirles de consuelo, apoyo, guía segura, y para contribuir a su promoción social.

El Santo Padre asegura que se siente afectuosamente cercano, con sentimientos de profundo amor, a todos los emigrantes del mundo, especialmente a los niños y a los ancianos. Ruega por ellos, esperando que ellos también rueguen por él y por su ministerio de Pastor Supremo de la Iglesia. A todos imparte de corazón su bendición paternal.

Gozoso de transmitirle este mensaje, le ruego, señor cardenal, reciba mis sentimientos cordiales y devotos en el Señor.

Cardenal Jean VILLOT
Secretario de Estado

 

© Copyright - Libreria Editrice Vaticana

 

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