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MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
FIRMADO POR EL CARD. SECRETARIO DE ESTADO
AGOSTINO CASAROLI PARA LA
JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE (1979)

 

Al Cardenal Sebastiano Baggio,
Presidente de la Pontificia Comisión
para la Pastoral de las Migraciones y del Turismo.

Señor cardenal:

Por segunda vez desde el comienzo de su ministerio en la Cátedra de Pedro, el Santo Padre quiere hacerse presente en las celebraciones del "Día del Emigrante", fijadas por las Conferencias Episcopales en todo el mundo, con la finalidad de llamar la atención de las comunidades locales frente a las necesidades de los hermanos emigrantes. Se trata —como confirman la historia antigua y contemporánea— de un fenómeno permanente que, en las diversas formas que toma, no puede dejar indiferentes a los cristianos, que deben reconocer siempre en los propios semejantes ese "valor superior" de ser todos, imagen viva de Dios.

Así, de la proclamación de la grandeza y de la dignidad del hombre, de cada uno de los hombres, criatura de Dios, destinatario del amor redentor de Cristo, hermano para los otros hombres, deriva, como consecuencia lógica, la obligada solicitud de la Iglesia y de todos sus miembros hacia los millares de hermanos implicados, por libre opción, pero más frecuentemente por dolorosas contingencias, en las vicisitudes de la emigración.

Es sabido que la Iglesia ha iniciado, desde hace tiempo, una tradición peculiar en este delicado sector. Para hablar sólo de las migraciones modernas, debemos recordar que el Papa Benedicto XV, durante el primer conflicto mundial, ordenó iniciativas particulares y nombró en Italia un Ordinario para los prófugos. Pío XI mostró sensibilidad especial por los numerosos exiliados rusos y por todos los emigrantes de rito eslavo, y animó al Episcopado polaco a acoger y asistir a los prófugos de Europa oriental, de cualquier región o religión a la que pertenecieran. ¿Y quién no recuerda la insigne página que escribió Pío XII con la imponente organización de ayuda espiritual y material, de la que se han beneficiado hombres de todo origen étnico, en los dramáticos éxodos provocados por el último conflicto? Usted mismo, señor cardenal, al inaugurar en el pasado mes de febrero el Congreso mundial de la Pastoral de la Emigración, recordó justamente la asidua labor de Pablo VI para apoyar los derechos de los emigrantes, más afectados por la necesidad.

Este año, por desgracia, un acontecimiento de especial gravedad en este sector se ha impuesto a la consideración de todo el mundo: el de la amplia y forzosa emigración, que se desarrolla todavía en el Sudeste Asiático; de modo que, en las circunstancias de dicha Jornada, es natural que el Sumo Pontífice dirija sus mayores solicitudes hacia este asunto. Aun cuando los éxodos forzosos se verifiquen casi en toda época, el trágico fenómeno que tenemos ante los ojos presenta dimensiones verdaderamente preocupantes y comporta una pesadísima carga de sufrimientos humanos, de alcance y de consecuencias incalculables. Ya durante este primer año de pontificado, el Santo Padre Juan Pablo II ha intervenido con insistencia sobre este problema dramático, reclamando con solícita diligencia la solidaridad de la opinión pública, de los Gobiernos y de los Organismos internacionales, pero sobre todo de las comunidades católicas y de sus Pastores.

Las vicisitudes presentes del Sudeste Asiático, han puesto en crisis el derecho más elemental del hombre: el derecho a vivir, el derecho a sobrevivir. Por esto, el Sumo Pontífice ha elevado su voz, haciéndola llegar a las sedes oportunas, y al mismo tiempo ha convocado para esto a la familia de los católicos.

El primer domingo de Adviento, en el encuentro de mediodía con los fieles, dirigió una calurosa invitación a la oración: "Recemos por los vietnamitas que. habiendo abandonado su tierra. sufren porque no encuentran quien los acoja con sentido de humanidad, o quien salga al encuentro de sus necesidades y sufrimientos. Deseando que la llamada dirigida por la Santa Sede, mediante las Naciones Unidas, alcance el fin pretendido, os imito a rezar para que el Señor sostenga y bendiga los esfuerzos de cuantos generosamente tratan de salir al encuentro de estos hermanos en dificultad" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 10 de diciembre 1978. pág. II).

Peregrino apostólico en Puebla, en uno de los momentos religiosos más significativos del nuevo pontificado, el Vicario de Cristo no dejó de manifestar esta preocupación suya. Dijo a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado en la ciudad de México: "Me refiero al número creciente de refugiados por todo el mundo y a la situación trágica en que se hallan los refugiados en el Sudeste Asiático. Expuestos no solamente a los riesgos de un viaje no sin peligros, éstos últimos están expuestos además a que sea rechazada su petición de asilo o, al menos, a una larga espera antes de recibir la posibilidad de comenzar una nueva existencia en un país dispuesto a acogerlos. La solución de este problema trágico —advertía el Pontífice— es responsabilidad de todas las naciones, y yo deseo que las Organizaciones internacionales apropiadas puedan contar con la comprensión de los países de todos los continentes" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 11 de febrero de 1979, pág. 3).

La urgencia y la amplitud de las consecuencias de la cruel tragedia han impulsado al Sumo Pontífice a dirigirse a la humanidad, con el intento de estimular directamente la conciencia de todos y de cada uno. Su grito paterno está encerrado en las vibrantes palabras que pronunció en la plaza de San Pedro durante la audiencia general del 20 de junio: "Apelo a la conciencia de la humanidad, a fin de que todos, pueblos, y gobernantes, asuran la parte de responsabilidad en nombre de una solidaridad que rebasa fronteras, razas e ideologías" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 24 de junio de 1979, pág. 4). Dirigiéndose el mismo día a la Iglesia, el Papa, ponía de relieve la notable obra de caridad ya realizada e invitaba a una acción más amplia y capilar: "En sus diócesis los Pastores no dejarán de animar a los fieles, recordándoles en el nombre del Señor que todo hombre, mujer o niño necesitados son nuestro prójimo. Las parroquias, organizaciones católicas, comunidades religiosas y también las familias cristianas. encontrarán modo de manifestar su caridad con los refugiados. Que cada uno se comprometa a tener un gesto concreto según la medida de su generosidad y creatividad inspirada por el amor".

Desde la tribuna de la asamblea más representativa y alta de los pueblos, durante la histórica visita a las Naciones Unidas, el Sumo Pontífice ha afirmado vigorosamente que el camino fundamental de la paz "pasa a través de cada hombre, a través de la definición, el reconocimiento y el respeto de los derechos inalienables de las personas y de las comunidades de los pueblos". Y repitió estas palabras en el encuentro para el Ángelus con los fieles, el domingo 28 de octubre, dirigiendo un recuerdo especial a las "probadísimas gentes de Camboya, un país en el que los acontecimientos de los últimos tiempos han provocado centenas de millares de víctimas y. de prófugos, mientras el hambre y las enfermedades se ensañan en una población ya pavorosamente mermada en número. Han sido lanzadas —ha manifestado el Papa— llamadas internacionales para socorrer a los refugiados que se amontonan en la zona de frontera entre Tailandia y Camboya. Las Organizaciones católicas de caridad continúan enviando generosas e importantes ayudas, según sus posibilidades. Oremos para que cesen los estragos y se puedan aliviar las calamidades que afectan a esos hermanos nuestros, que, si en su mayor parte no son cristianos. todos son hermanos nuestros e hijos de Dios como nosotros" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 4 de noviembre de 1979, pág. 1).

El impulso que mueve a la Iglesia había sido presentado por el mismo Romano Pontífice el día anterior en el discurso a los participantes en la asamblea plenaria de Cor Unum: la acción caritativa de la Iglesia —afirmó— tiene su fuente en el Evangelio, en la caridad de Cristo, en la compasión de Cristo que sufre por todos los sufrimientos humanos. Los que se dedican al cuidado de los emigrantes en los diversos organismos eclesiales conocen diariamente, en términos de precio humano, toda forma de emigración forzosa, debida a motivos ideológicos o económicos. Ellos, más que nadie, están en disposición de medir el peso que se abate duramente sobre los más humildes, sobre sus familias, especialmente sobre las mujeres y los niños.

El Santo Padre, por tanto, confía en la exquisita sensibilidad de cuantos trabajan en estos organismos, seguro de encontrar en ellos la más amplia y plena correspondencia para hacer frente —en cuanto sea posible— a este doloroso fenómeno del Asia Sudoriental, donde el concepto de emigrante coincide trágicamente con el de prófugo.

Así, con el impulso de las Conferencias y de las comisiones Episcopales, las celebraciones litúrgicas y las diversas iniciativas con que se celebra el "Día del Emigrante", adquirirán este año un carácter de actualidad más viva y podrán suscitar nuevas respuestas concretas al anhelo del Señor que, especialmente por boca de los desterrados del Sudeste Asiático, repite la antigua palabra: "Era forastero y me habéis hospedado" (Mt 25, 35).

Con esta confianza Su Santidad expresa desde ahora gratitud a cuantos escuchen su insistente invitación y, mientras dirige su recuerdo afectuoso a los emigrantes, especialmente a los más necesitados, imparte de corazón a todos la confortadora bendición apostólica.

Aprovecho la oportunidad para reiterarme con sentimientos de profunda veneración.

De Vuestra Eminencia Reverendísima,

Cardenal Agostino CASAROLI

Ciudad del Vaticano. 22 de noviembre de 1979.

 

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