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Mensaje del Santo Padre 
para la Jornada Mundial del Emigrante 1999


Amadísimos hermanos y hermanas:

1. El Jubileo, al que nos estamos acercando a grandes pasos, representa para todos un momento extraordinario de gracia y reconciliación. Compromete de manera singular también al mundo de los emigrantes por las grandes analogías existentes entre su condición y la de los creyentes: “Toda la vida cristiana -escribí en la carta apostólica Tertio millennio adveniente- es como una gran peregrinación hacia la casa del Padre” (n. 49). En esta Jornada mundial del emigrante, que se celebra en el tercer año de preparación para el Jubileo, quisiera hacer algunas reflexiones a la luz de esa constatación, para contribuir también de este modo a “ampliar los horizontes del creyente según la visión misma de Cristo: la visión del Padre celestial, por quien fue enviado y a quien volvió” (ib.).

2. “La tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes” (Lv 25, 23). Estas palabras del Señor, que recoge el libro del Levítico, contienen la motivación fundamental del Jubileo bíblico, al que corresponde, en los descendientes de Abraham, la conciencia de que son huéspedes y peregrinos en la tierra prometida.

El Nuevo Testamento extiende esa convicción a todos los discípulos de Cristo que, al ser ciudadanos de la patria celestial y conciudadanos de los santos (cf. Ef 2, 19), no tienen morada permanente en la tierra y viven como nómadas (cf. 1 P 2, 11), siempre en busca de la meta definitiva.

Estas categorías bíblicas vuelven a ser significativas en el actual contexto histórico, fuertemente marcado por notables flujos migratorios y por un creciente pluralismo étnico y cultural. Asimismo, subrayan que la Iglesia, presente en todos los lugares de la tierra, no se identifica con ninguna etnia o cultura, dado que, como recuerda la Carta a Diogneto, los cristianos “viven en su patria, pero como forasteros; participan en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros. Toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. (...) Viven en la tierra, pero son ciudadanos del cielo” (V, 1-9).

La Iglesia, por su naturaleza, es solidaria con el mundo de los emigrantes, los cuales, con su variedad de lenguas, razas, culturas y costumbres, le recuerdan su condición de pueblo peregrino desde todas las partes de la tierra hacia la patria definitiva. Esta perspectiva ayuda a los cristianos a evitar toda lógica nacionalista y a huir de los esquemas ideológicos demasiado estrechos. La Iglesia les recuerda que es preciso encarnar el Evangelio en la vida, para que se convierta en su levadura y alma, entre otras cosas gracias al constante esfuerzo por librarlo de esas incrustaciones culturales que frenan su dinamismo íntimo.

3. El Antiguo Testamento manifiesta que Dios se pone de parte del extranjero, es decir, de parte del pueblo de Israel esclavo en Egipto. En la Nueva Ley, Dios se revela en Jesús, que nace en un establo, en los márgenes de la ciudad, “porque no había sitio para ellos en la posada” (Lc 2, 7), y no tiene un lugar donde reposar la cabeza durante su ministerio público (cf. Mt 8, 20; Lc 9, 58). Además, la cruz, centro de la revelación cristiana, constituye el momento culminante de esta radical condición de extranjero: Cristo muere “fuera de la puerta de la ciudad” (Hb 13, 12), rechazado por su pueblo. Sin embargo, el evangelista san Juan recuerda las palabras proféticas de Jesús: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”           (Jn 12, 32) y subraya que precisamente mediante su muerte comenzará a “reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11, 52). Siguiendo el ejemplo del Maestro, también la Iglesia vive su presencia en el mundo con la actitud de peregrina, esforzándose por ser promotora de comunión, casa acogedora en la que a todo hombre se le reconozca la dignidad que le otorgó el Creador.

4. Las diferencias étnicas y culturales que existen en el seno de la Iglesia podrían constituir una fuente de división o dispersión si no existiera en ella la fuerza unificadora de la caridad, virtud que todos los cristianos están invitados a vivir de modo especial en este último año de preparación inmediata al Jubileo. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente escribí: “Será oportuno, especialmente en este año, resaltar la virtud teologal de la caridad, recordando la sintética y plena afirmación de la primera carta de Juan: 'Dios es amor' (1 Jn 4, 8.16). La caridad, en su doble faceta de amor a Dios y a los hermanos, es la síntesis de la vida moral del creyente. Ella tiene en Dios su fuente y su meta” (n. 50).

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19, 18). En el libro del Levítico esta afirmación aparece dentro de una serie de mandamientos que prohíben la injusticia. Uno de ellos prescribe: “Cuando un forastero resida junto a ti, en vuestra tierra, no le molestéis. Al forastero que reside junto a vosotros, lo miraréis como a uno de vuestro pueblo; y lo amarás como a ti mismo; pues forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto. Yo soy el Señor, vuestro Dios” (Lv 19, 33‑34).

La motivación: “pues forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto”, que acompaña constantemente el mandamiento de respetar y amar al emigrante, no pretende únicamente recordar al pueblo elegido su condición pasada; también quiere llamar su atención sobre el comportamiento de Dios, que con generosa iniciativa libró a su pueblo de la esclavitud y le dio gratuitamente una tierra. “Eras esclavo y Dios intervino para librarte; por tanto, has visto cómo Dios se comportó con el emigrante; haz tú lo mismo”, es la reflexión implícita que brota de ese mandamiento.

5. En el Nuevo Testamento todas las distinciones entre los seres humanos desaparecen al derribar Cristo el muro de división entre el pueblo elegido y los paganos. “Él -escribe san Pablo- es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad” (Ef 2, 14). Con la Pascua de Cristo no existen ya el vecino y el lejano, el judío y el pagano, el aceptado y el excluido.

El cristiano considera a todo hombre como el “prójimo”, al que es preciso amar. No se pregunta a quién debe amar, porque preguntarse “¿quién es mi prójimo?” ya implica poner límites y condiciones. Un día dirigieron esa pregunta a Jesús y él respondió dándole la vuelta: la pregunta legítima no es “¿quién es mi prójimo?”, sino “¿de quién debo hacerme prójimo?”. Y la respuesta es: “cualquiera que sufra necesidad, aunque me sea desconocido, se convierte para mí en prójimo, al que debo ayudar”. La parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 30-37) invita a cada uno a superar los confines de la justicia con la perspectiva del amor gratuito y sin límites.

Además, para el creyente, la caridad es don de Dios, carisma que, como la fe y la esperanza, ha sido derramado en nosotros por el Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5): en cuanto don de Dios, no es utopía, sino realidad concreta; es buena nueva, Evangelio.

6. La presencia del emigrante interpela la responsabilidad de los creyentes como individuos y como comunidad. Por lo demás, la expresión privilegiada de la comunidad es la parroquia. Como recuerda el concilio Vaticano II, ésta “ofrece un modelo preclaro de apos­tolado comunitario al congregar en unidad todas las diversidades humanas que en ella se encuentran, inser­tándolas en la universalidad de la Iglesia” (Apostolicam actuositatem, 10). La parroquia es lugar de encuentro e integración de todos los miembros de una comunidad. Hace visible y sociológicamente perceptible el proyecto de Dios de invitar a todos los hombres a la alianza sellada en Cristo, sin excepción o exclusión alguna.

La parroquia, que etimológicamente designa una habitación en la que el huésped se encuentra a gusto, acoge a todos y no discrimina a nadie, porque nadie le es ajeno. Conjuga la estabilidad y la seguridad de quien se encuentra en su propia casa con el movimiento o la precariedad de quien está de paso. Donde es vivo el sentido de la parroquia, se debilitan o desaparecen las diferencias entre autóctonos y extranjeros, pues prevalece la convicción de la común pertenencia a Dios, único Padre.

De la misión propia de toda comunidad parroquial y del significado que reviste dentro de la sociedad brota la importancia que la parroquia tiene en la acogida del extranjero, en la integración de los bautizados de culturas diferentes y en el diálogo con los creyentes de otras religiones. Para la comunidad parroquial no se trata de una actividad facultativa de suplencia, sino de un deber propio de su misión institucional.

La catolicidad no se manifiesta solamente en la comunión fraterna de los bautizados, sino también en la hospitalidad brindada al extranjero, cualquiera que sea su pertenencia religiosa, en el rechazo de toda exclusión o discriminación racial, y en el reconocimiento de la dignidad personal de cada uno, con el consiguiente compromiso de promover sus derechos inalienables.

En este ámbito desempeñan un papel destacado los sacerdotes, llamados a ser en la comunidad parroquial ministros de unidad. A ellos “Dios les da su gracia para que sean servidores de Cristo entre los pueblos con el ejercicio del ministerio sagrado del Evangelio. Así, Dios aceptará la ofrenda de los pueblos santificada por el Espíritu Santo” (Presbyterorum ordinis, 2).

Encontrando en la celebración diaria del sacrificio divino el misterio de Jesús que dio su vida para reunir en la unidad a los hijos dispersos, los sacerdotes son impulsados a ponerse, cada vez con mayor fervor, al servicio de la unidad de todos los hijos del único Padre celestial, esforzándose para que cada uno ocupe su lugar en la comunión fraterna.

7. “Recordando que Jesús vino a evangelizar a los pobres ¿cómo no subrayar más decididamente la opción preferencial de la Iglesia por los pobres y los marginados?” (Tertio millennio adveniente, 51). Esta pregunta, que interpela a toda comunidad cristiana, pone de relieve el laudable compromiso de tantas parroquias en los barrios donde existen fenómenos como el desempleo, la concentración en espacios insuficientes de hombres y mujeres de diversa procedencia, la degradación vinculada con la pobreza, la escasez de servicios y la inseguridad. Las parroquias constituyen puntos visibles de referencia, fácilmente perceptibles y accesibles, y son un signo de esperanza y fraternidad a menudo entre laceraciones sociales notables, tensiones y explosiones de violencia. La escucha de la misma palabra de Dios, la celebración de las mismas liturgias, la participación en las mismas fiestas y tradiciones religiosas ayudan a los cristianos del lugar y a los de reciente inmigración a sentirse todos miembros de un mismo pueblo.

En un ambiente nivelado e igualado por el anonimato, la parroquia constituye un lugar de participación, de convivencia y de reconocimiento recíproco. Contra la inseguridad, ofrece un espacio de confianza, en el que se aprende a superar los propios temores; ante la falta de referencia donde encontrar luz y estímulos para vivir juntos, presenta, a partir del Evangelio de Cristo, un camino de fraternidad y reconciliación. Puesta en el centro de una realidad marcada por la precariedad, la parroquia puede llegar a ser un verdadero signo de esperanza. Canalizando las mejores energías del barrio, ayuda a la población a pasar de una visión fatalista de la miseria a un compromiso activo, encaminado a cambiar todos juntos las condiciones de vida.

Numerosos miembros de las comunidades parroquiales están activamente comprometidos también en organismos y asociaciones que pretenden mejorar las condiciones de vida de las poblaciones. A la vez que expreso mi sincero aprecio por esas significativas realizaciones, exhorto a las comunidades parroquiales a perseverar con valentía en la labor iniciada en favor de los emigrantes, para ayudar a promover en el territorio una calidad de vida más digna del hombre y de su vocación espiritual.

8. Cuando se habla de emigrantes, no se puede por menos de tener en cuenta las condiciones sociales de los países de los que proceden. Son naciones donde generalmente se vive en situación de gran pobreza, que la deuda externa tiende a agravar. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente recordé que “en el espíritu del libro del Levítico (Lv 25, 8‑28), los cristianos deberán hacerse voz de todos los pobres del mundo, proponiendo el Jubileo como un tiempo oportuno para pensar entre otras cosas en una notable reducción, si no en una total condonación, de la deuda internacional, que grava sobre el destino de muchas naciones” (n. 51). Se trata de uno de los aspectos que vinculan más directamente las migraciones con el Jubileo, no sólo porque de esos países proceden los flujos migratorios más intensos, sino sobre todo porque el Jubileo, al proponer una visión de los bienes de la tierra que condena su posesión exclusiva (cf. Lv 25, 23), lleva al creyente a abrirse al pobre y al extranjero.

En los tiempos pasados, la creciente brecha entre ricos y pobres, al hacer imposible la convivencia social, exigía periódicas formas de nivelación para permitir una reanudación ordenada de la vida social. Así, aboliendo la hipoteca sobre las personas reducidas a esclavitud por deudas, se restablecía una nueva forma de igualdad. Las prescripciones del Jubileo bíblico representan una de las muchas formas de remedio del equilibrio social, producido por la espiral perversa que envuelve a los que se ven obligados a endeudarse para sobrevivir.

Ese fenómeno, que entonces concernía a las relaciones de los ciudadanos de una misma nación, resulta más dramático a causa de la actual globalización de la economía y del comercio, que afecta a las relaciones entre los Estados y las regiones del mundo. Para que el desequilibrio entre pueblos ricos y pueblos pobres no llegue a ser irreversible, con trágicas consecuencias para la humanidad entera, es preciso también hoy traducir el mandato bíblico en formas concretas y eficaces que permitan oportunas revisiones de la deuda que tienen los países pobres con respecto a los países ricos.

Formulo votos para que el próximo Jubileo, como desean tantos, constituya una ocasión propicia para encontrar las soluciones oportunas y ofrecer a los países pobres nuevas condiciones de dignidad y de desarrollo ordenado.

9. “El Jubileo podrá, además, ofrecer la oportunidad de meditar sobre otros desafíos (...) como, por ejemplo, la dificultad de diálogo entre culturas diversas” (Tertio millennio adveniente, 51).

El cristiano está llamado a evangelizar a los hombres, llegando a ellos donde se encuentren, a tratarlos con simpatía y con amor, a interesarse por sus problemas, a conocer y apreciar su cultura, a ayudarlos a superar los prejuicios. Esta forma concreta de cercanía a tantos hermanos que sufren necesidad los preparará para el encuentro con la luz del Evangelio y, estableciendo lazos de sincera estima y amistad, los llevará a formular la petición: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). El diálogo es esencial para una convivencia serena y fecunda.

Frente a los desafíos cada vez más urgentes del indiferentismo y la secularización, el Jubileo exige que se intensifique este diálogo. Con relaciones diarias, los creyentes están llamados a manifestar el rostro de una Iglesia abierta a todos, atenta a las realidades sociales y a cuanto permite a la persona humana afirmar su dignidad. En particular, los cristianos, conscientes del amor del Padre celestial, deberán reavivar su atención con respecto a los emigrantes para desarrollar un diálogo sincero y respetuoso, con vistas a la construcción de la “civilización del amor”.

María santísima, “que acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina y protege sus pasos hacia la patria celeste, hasta la venida gloriosa del Señor” (Misal romano, III Prefacio de la santísima Virgen) esté siempre presente en el corazón de los creyentes en este amplio horizonte de compromisos.

Con estos deseos, imparto a todos con afecto mi bendición.

Vaticano, 2 de febrero de 1999

JUAN PABLO II

 

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