MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II PARA LA JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE
1996
Emigrantes irregulares
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. El fenómeno de las migraciones, con su compleja problemática,
interpela, hoy más que nunca, a la comunidad internacional y a todos y
cada uno de los Estados. Éstos, por lo general tienden a intervenir
mediante el endurecimiento de las leyes sobre los emigrantes y el
fortalecimiento de los sistemas de control de las fronteras, y las migraciones
pierden así la dimensión de desarrollo económico, social y
cultural que poseen históricamente. En efecto, se habla cada vez menos de
la situación de emigrantes en los países de procedencia, y
cada vez más de inmigrantes, haciendo referencia a los problemas
que crean en los países en los que se establecen.
La emigración va tomando características de emergencia social,
sobre todo por el aumento de los emigrantes irregulares, aumento que, a
pesar de las restricciones en curso, resulta inevitable. La inmigración
irregular ha existido siempre y a menudo ha sido tolerada porque favorece una
reserva de personal, con el que se puede contar en la medida en que los
emigrantes regulares suben en la escala social y se insertan de modo estable en
el mundo del trabajo.
2. Hoy el fenómeno de los emigrantes irregulares ha asumido
proporciones importantes, porque la oferta de mano de obra extranjera es
exorbitante con respecto a las exigencias de la economía, a la que ya le
resulta difícil absorber la mano de obra interna, o porque se extienden
las migraciones forzadas. La prudencia necesaria que se requiere para afrontar
una materia tan delicada como ésta no puede caer en la reticencia o la
evasión, entre otras cosas porque quienes sufren las consecuencias son
miles de personas, víctimas de situaciones que, en lugar de resolverse,
parecen destinadas a agravarse. La condición de irregularidad legal no
permite menoscabar la dignidad del emigrante, el cual tiene derechos
inalienables, que no pueden violarse ni desconocerse.
Es preciso prevenir la inmigración ilegal, pero también
combatir con energía las iniciativas criminales que explotan la
expatriación de los clandestinos. La opción más adecuada,
destinada a dar frutos consistentes y duraderos a largo plazo, es la de la
cooperación internacional, que tiende a promover la estabilidad política
y a superar el subdesarrollo. El actual desequilibrio económico y social,
que alimenta en gran medida las corrientes migratorias, no ha de verse como una
fatalidad, sino como un desafío al sentido de responsabilidad del género
humano.
3. La Iglesia considera el problema de los emigrantes irregulares en la
perspectiva de Cristo, que murió para congregar en la unidad a los hijos
de Dios dispersos (cf. Jn 11, 52), recuperar a los excluidos, acercar a
los lejanos e integrar a todos en una comunión no fundada en la
pertenencia étnica, cultural y social, sino en la voluntad común
de acoger la palabra de Dios y buscar la justicia. «Dios no hace acepción
de personas, sino que, en cualquier nación, el que le teme y practica la
justicia le es grato» (Hch 10, 34-35).
La Iglesia continúa la misión de Cristo. Se pregunta, en
particular, cómo salir al encuentro, en el respeto de la ley, de las
personas a las que se prohíbe la permanencia en el territorio nacional;
se pregunta, además, cuál es el valor del derecho a la emigración
sin el correlativo derecho de inmigración; en esta obra de solidaridad,
se plantea el problema de cómo implicar a las comunidades cristianas,
contagiadas a menudo por una opinión pública a veces hostil a los
inmigrantes.
El primer modo de ayudar a esas personas es el de escucharlas para conocer
su situación y, cualquiera que sea su posición jurídica
frente al ordenamiento del Estado, asegurarles los medios necesarios de
subsistencia.
Es importante, asimismo, ayudar al emigrante irregular a realizar los trámites
administrativos para obtener el permiso de permanencia. Las instituciones de carácter
social y caritativo pueden ponerse en contacto con las autoridades a fin de
buscar, en el respeto de la legalidad, las soluciones oportunas para los
diversos casos. Hay que hacer un esfuerzo de este tipo sobre todo en favor de
quienes, después de una larga permanencia, se han radicado en la sociedad
local hasta tal punto que el regreso a su país de origen equivaldría
a una forma de emigración en sentido contrario, con graves consecuencias,
especialmente para los hijos.
4. Cuando no se vislumbre ninguna solución, las mismas instituciones
deberķan orientar a sus asistidos, proporcionándoles eventualmente también
ayuda material, a buscar acogida en otros países o a reanudar el camino
del regreso a la patria.
Para la solución del problema de las migraciones en general, o de los
emigrantes irregulares en particular desempeña un papel relevante la
actitud de la sociedad a la que llegan. En esta perspectiva es muy importante
que la opinión pública esté bien informada sobre la condición
real en que se encuentra el país de origen de los emigrantes, los dramas
que viven y los riesgos que correrían si volvieran. La miseria y la
desdicha que les afectan son un motivo más para salir generosamente al
encuentro de los inmigrantes.
Es necesario vigilar ante la aparición de formas de neorracismo o de
comportamiento xenófobo, que pretenden hacer de esos hermanos nuestros
chivos expiatorios de situaciones locales difíciles.
A causa de las notables proporciones que ha cobrado el fenómeno de
los emigrantes irregulares, es preciso que las legislaciones de los países
interesados, en la medida de lo posible, se armonicen, entre otras cosas para
distribuir mejor las cargas de una solución equilibrada. Hay que evitar
recurrir al uso de reglamentos administrativos encaminados a restringir el
criterio de pertenencia familiar, y que, como consecuencia, impulsan
injustificadamente fuera de la legalidad a personas a las que ninguna ley puede
negar el derecho a la convivencia familiar.
Se ha de asegurar una protección adecuada a las personas que, aunque
hayan huido de sus países por motivos no previstos en las convenciones
internacionales, de hecho pondrían seriamente en peligro su vida si
fueran obligados a volver a su patria.
5. Exhorto a las Iglesias particulares a estimular la reflexión, dar
directrices y proporcionar informaciones, para ayudar a los agentes pastorales y
sociales a proceder con discernimiento en esta materia tan delicada y compleja.
Cuando la comprensión del problema esté condicionada por
prejuicios y actitudes xenófobas, la Iglesia no debe dejar de hacer oír
la voz de la fraternidad, acompañándola con gestos que testimonien
el primado de la caridad.
La gran importancia que tienen los aspectos asistenciales en esa situación
de precariedad no debe llevar a poner en segundo plano el hecho de que también
entre los emigrantes irregulares se encuentran numerosos cristianos católicos
que muchas veces, en nombre de la misma fe, buscan pastores de almas y lugares
donde rezar, escuchar la palabra de Dios y celebrar los misterios del Señor.
Es deber de las diócesis salir al encuentro de esas expectativas.
En la Iglesia nadie es extranjero, y la Iglesia no es extranjera para ningún
hombre y en ningún lugar. Como sacramento de unidad y, por tanto, como
signo y fuerza de agregación de todo el género humano, la Iglesia
es el lugar donde también los emigrantes ilegales son reconocidos y
acogidos como hermanos. Corresponde a las diversas diócesis movilizarse
para que esas personas, obligadas a vivir fuera de la red de protección
de la sociedad civil, encuentren un sentido de fraternidad en la comunidad
cristiana.
La solidaridad es asunción de responsabilidad ante quien se halla en
dificultad. Para el cristiano el emigrante no es simplemente alguien a quien hay
que respetar según las normas establecidas por la ley, sino una persona
cuya presencia lo interpela y cuyas necesidades se transforman en un compromiso
para su responsabilidad. «¿Qué has hecho de tu hermano?»
(cf. Gn 4, 9). La respuesta no hay que darla dentro de los límites
impuestos por la ley, sino según el estilo de la solidaridad.
6. El hombre, especialmente si es débil, indefenso y marginado, es
sacramento de la presencia de Cristo (cf. Mt 25, 40. 45). «Esa
gente que no conoce la ley son unos malditos» (Jn 7, 49), habían
sentenciado los fariseos refiriéndose a quienes Jesús ayudaba más
allá de los límites establecidos por sus prescripciones. En
efecto, él vino a buscar y salvar a los que estaban perdidos (cf. Lc
19, 10), a recuperar a los excluidos, a los abandonados y a los rechazados
por la sociedad.
«Era forastero, y me acogisteis» (Mt 25, 35). Es tarea de
la Iglesia no sólo volver a proponer ininterrumpidamente esta enseñanza
de fe del Señor, sino también indicar su aplicación
apropiada a las diversas situaciones que sigue creando el cambio de los tiempos.
Hoy el emigrante irregular se nos presenta como ese forastero en quien
Jesús pide ser reconocido. Acogerlo y ser solidario con él es un
deber de hospitalidad y fidelidad a la propia identidad de cristianos.
Con estos sentimientos, imparto a cuantos están comprometidos en el
campo de las migraciones mi bendición apostólica, como prenda de
abundantes recompensas celestiales.
Vaticano, 25 de julio de 1995, decimoséptimo año de mi
pontificado.
|