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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 1985


 

Queridísimos hermanos y hermanas:

En la festividad de Pentecostés, la Iglesia vive cada año, con júbilo indecible, los albores de la propia existencia y de la obra evangelizadora destinada a todos los pueblos del mundo. Y, en esta fecha de tan hondo significado, hago público, como de costumbre, mi "Mensaje para la Jornada mundial de las Misiones" del próximo mes de octubre.

La Iglesia nació, por impulso del Espíritu Santo, el día de Pentecostés

1. Los Apóstoles, fieles al mandato de Cristo, se reunieron en el Cenáculo, junto con María, para hacer oración y reflexionar. A aquellos hombres privilegiados les embargaba un sentimiento de trepidación en relación con el mandato que el Maestro les había confiado: "Id... enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo..." (Mt 28, 19). Trepidación por las recientes amenazas de los judíos, porque no comprendían muchas afirmaciones del Señor y, sobre todo, por la experiencia de la propia insuficiencia y limitación para responder al mandato divino. Aquellos primeros Apóstoles, ni eruditos ni audaces, se reunieron en torno a Aquella que todos sentían como Madre propia y como fuente de esperanza y de confianza.

De repente, se operó la "transformación" bajo el impulso poderoso del Espíritu Santo. Una transformación radical de mente y corazón. Los Apóstoles sintieron entonces como si se les abriera la inteligencia y se vieron como animados de un incontenible fervor dinámico, y dominados por una sola fuerza impelente: anunciar, comunicar a los otros lo que aparecía ya a sus ojos como una luz nueva, solar. El Espíritu recompuso en ellos, como en un maravilloso mosaico, todo lo que Cristo les había dicho.

Así nació la Iglesia, el día de Pentecostés. "Nació —como recordé en mi homilía de clausura del XX Congreso Eucarístico nacional de Milán, el 22 de mayo de 1983— por el impulso poderoso del Espíritu Santo, que es quien ordenó a los Apóstoles que salieran del Cenáculo y emprendieran su misión. Y ellos partieron al encuentro de los hombres, iniciando su marcha por el mundo para anunciar la Buena Nueva a todos los pueblos".

2. La Iglesia aparece, pues, desde su origen, como la comunidad de los discípulos que tiene su razón de ser en la realización, a través de los tiempos, de la misión de Cristo mismo: la evangelización del mundo (cf. Lumen gentium, 17 a; Ad gentes, 2 a; 5 a; 6 f; 10). La Iglesia es por lo tanto una comunidad en perenne estado de misión, es comunidad misionera, y sus miembros están unidos en un solo Cuerpo para ser enviados a los pueblos (cf. Ad gentes, 36); esta comunidad tiene diversos cometidos, funciones y "carismas" (cf. 1 Cor 12, 4 ss.), pero todos sus miembros poseen la vocación misionera (cf. Lumen gentium, 17 b; Ad gentes, 35-36): los obispos, los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y los laicos.

La Iglesia, comunidad en perenne estado de misión

A todos, indistintamente, corresponde llevar a cabo, dentro de la propia vocación específica y de las propias condiciones y posibilidades, la misión del Redentor (cf. Ad gentes, 28). Todos se deben sentir comprometidos en el único mandato misionero: difundir por el mundo la Buena Nueva que Cristo nos trajo, para que se cumpla la profecía del Salmista: "Su pregón sale por toda la tierra, y sus palabras llegan hasta los confines del orbe" (Sal 19/18, 5).

Deben sentirse, pues, comprometidos, no sólo los "misioneros" propiamente dichos que trabajan en las avanzadas de la evangelización, sino también cada uno de los sacerdotes y de las personas de vida consagrada, los cuales, en el ámbito de la propia actividad, deben inculcar en los fieles la conciencia del deber misionero.

También a los laicos atañe la ardua tarea de evangelizar a fondo las componentes sociales y culturales en que viven, tanto en los países a donde no ha llegado todavía el anuncio de la fe, como en aquellos países en los que el cristianismo necesita una urgente revitalización para recobrar una nueva y más incisiva fuerza de penetración.

Los jóvenes, esperanza de la evangelización

3. Aunque, como hemos dicho, este compromiso afecta a todas las componentes de la Iglesia, concierne especialmente a los jóvenes y a las jóvenes. Por eso, en este Año Internacional de la Juventud, reclamo la aportación de sus energías, de su generosidad, de su entrega inteligente, que sabe responder siempre a la cita cuando se trata de sostener una causa justa.

A la vista ya del tercer milenario y en este momento crucial de la historia humana, cuando sobre nuestro mundo se cierne una densa amenaza de destrucción y aniquilamiento, me dirijo a vosotros exhortándoos, en nombre de Cristo Señor, a que os hagáis anunciadores del Evangelio, a difundir con todas vuestras fuerzas la Palabra salvadora, la Verdad de Dios. Y esto, dando con vuestra vida un testimonio del reino escatológico de verdad y de amor y, al mismo tiempo, esforzándoos concretamente en transformar, con el espíritu del Evangelio, todas las realidades temporales (cf. Carta a los jóvenes y a las jóvenes del mundo, n. 9), venciendo la tentación del desaliento que conduce a dar marcha atrás o a la renuncia.

No es momento de ceder al miedo o delegar a otros esta misión, difícil pero sublime. Cada uno, como miembro de la Iglesia, ha de asumir su parte de responsabilidad. Cada uno de vosotros debe hacer comprender a los que están a su alrededor, en la familia, en la escuela, en el mundo de la cultura, del trabajo, que Cristo es el camino, la verdad y la vida; que sólo Él puede desvanecer la desesperación y la alienación del hombre, dando razón de su existencia como criatura dotada de altísima dignidad, hecha a imagen y semejanza de Dios. Es necesario proclamar y hacer conocer la verdad salvadora a todos los hombres, pues no podemos hacernos insensibles ante millones y millones de personas que no conocen todavía o conocen mal los tesoros inestimables de la redención.

Estamos ya a dos mil años del "euntes, docete" de Cristo, y parece como si aquel mandato apremiante hubiera sufrido en algunas partes una interrupción y en otras se llevara a cabo con gran lentitud. Por eso, me dirijo a vosotros, jóvenes de todo el mundo, y os envío como Cristo envió a los Apóstoles, con la fuerza que dimana de la palabra de Cristo mismo: ¡De vosotros depende el futuro de la Iglesia, la evangelización del mundo en los próximos decenios depende de vosotros!

¡Sed Iglesia! Haced joven a la Iglesia, conservadla joven con vuestra fervorosa presencia, dándole por doquier vitalidad y vigor profético!

Cristo os necesita para proclamar la verdad, para llevar el nuncio de la salvación por los caminos del mundo, tiene necesidad de vuestro corazón generoso y disponible para manifestar a todos los hombres su amor infinito y misericordioso. Animad, sensibilizad a vuestros coetáneos, a vuestras comunidades, encended por doquier la llama de la fe; ¡sólo así es posible vencer al demonio de la droga, sólo así se podrá acabar definitivamente con las plagas de la violencia, del secularismo y del hedonismo que desvirtúan y desvían tantas preciosas energías juveniles!

Únicamente así, el ánimo de tantos hermanos miembros de otras religiones se abrirá a un diálogo fecundo y constructivo. Y en esta noble empresa, como los Apóstoles a partir del día de Pentecostés, dejaos guiar siempre dócilmente por el Espíritu, "agente principal de la evangelización" (Evangelii nuntiandi, 75), que sostiene, ilumina, fortalece y perfecciona todo.

La cooperación misionera, tarea inmensa y apremiante de todo el Pueblo de Dios

4. Exhorto fervientemente a todos los fieles a reflexionar con mucha atención sobre lo que acabo de exponer. En efecto, todos los fieles, todos los miembros de la Iglesia, "misionera por su misma naturaleza" (Ad gentes, 2 a), son "enviados", corresponsables de la dilatación del reino de Dios.

Además, si consideramos las necesidades de la actividad misionera y la situación alarmante de tan gran parte de la humanidad a la que no ha llegado todavía el anuncio evangélico, no podemos menos de experimentar en la intimidad de la propia conciencia el apremio del mandato de Cristo; no podemos dejar de advertir el grave deber que incumbe a todo cristiano de apoyar el progreso de la evangelización.

Dice, en efecto, San Pablo: "¿Cómo creerán sin haber oído de Él? ¿Y cómo oirán si nadie les enseña? ¿Y cómo predicarán si no son enviados?" (Rom 10, 14-15).

Como comunidad, como Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia acompaña y sostiene el esfuerzo misionero de sus miembros, indicando los modos mas apropiados de la cooperación para que cada uno pueda dar su aportación.

Entre los múltiples modos e innumerables medios, con ocasión de la próxima Jornada mundial de las Misiones, deseo hacer notar la importancia específica de unos medios avalados por la experiencia, no exclusivos, pero privilegiados por su estrecha conexión con la Sede de Pedro: las Obras Misionales Pontificias.

Las Obras Misionales Pontificias, instrumento privilegiado de la cooperación

5. Las Obras Misionales Pontificias son, como dicen sus estatutos, "el instrumento oficial y principal de todas las Iglesias para la cooperación misionera" (Estatutos de las O.M.P., Roma 1980, cap. I, n. 2). A estas Obras —afirma el Concilio—, "se debe reservar con todo derecho el primer lugar, pues son medios para infundir en los católicos desde la infancia el sentido verdaderamente universal y misionero, y para estimular la recogida eficaz de subsidios en favor de todas las misiones, según las necesidades de cada una " (Ad gentes, 38). Son, en efecto, los instrumentos activos, modernos, dinámicos, para sostener, en todos los aspectos, la acción directa de los misioneros que trabajan en las avanzadas, y para asegurar el apoyo indispensable a las poblaciones confiadas a su cuidado pastoral.

Las Obras Misionales Pontificias son el instrumento de la caridad del Pueblo de Dios, del milagro del amor fraterno que se renueva cada año en beneficio de tantos, aunque desafortunadamente aquellas no puedan dar satisfacción a todos.

Una de las cuatro Obras Misionales Pontificias, la Unión Misional de los sacerdotes, religiosos y religiosas, es precisamente la que mantiene viva en los fieles la conciencia del deber de la cooperación misionera a través de los guías del Pueblo de Dios, formados y "educados" oportunamente en la misionariedad, intrínseca a su vocación, por medio del constante trabajo de animación que esta benemérita Obra lleva a cabo.

Invito, pues, una vez más a todos los sacerdotes, religiosos, religiosas, miembros de institutos seculares, a aquellos que tienen la suerte de vivir una vida consagrada, a trabajar no ya aisladamente, sino íntimamente unidos, bajo el signo del mismo ideal y de la misma dedicación común.

La Pontificia Unión Misional os ofrece esta oportunidad, formándoos en el espíritu misionero, sosteniéndoos y ayudándoos en vuestro camino.

Confío que este Mensaje, recibido por todos los fieles de cada una de las Iglesias locales, reavivará en cada uno la conciencia del deber de sostener las Obras Misionales Pontificias, todavía lamentablemente no conocidas y organizadas en todas partes.

Dando su apoyo a las Obras Misionales Pontificias, el cristiano se sentirá parte viva y vital de la Iglesia universal y experimentará el sentido más auténtico de su catolicidad; porque las Obras Misionales Pontificias son el medio más eficaz para que todos los cristianos, cooperando al esfuerzo misionero de la iglesia misma, se sientan y sean en todo sentido las "piedras vivas" (cf. 1 Pe 2, 5) que edifican el Cuerpo místico.

Actuemos de modo que aquellos que en tantas partes del mundo nos tienden ahora sus manos, implorando nuestro socorro, puedan decir un día con el Apóstol: "Tengo ya de todo, vivo en abundancia y estoy al colmo después que recibí de Epafrodito lo que de vosotros me trajo: olor de suavidad, hostia acepta y grata a Dios" (Flp 4, 18).

¡María Santísima, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, os asista en este generoso empeño misionero!

Imparto a todos mi bendición apostólica, propiciadora de abundantes gracias del cielo.

Vaticano, solemnidad de Pentecostés, 26 de mayo de 1985, VII año de mi pontificado.


JUAN PABLO PP. II


© Copyright 1985 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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