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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
Queridísimos hermanos y hermanas: "La sangre de los mártires es semilla de cristianos" (Tertuliano, Apologeticus, 50; PL 1, 534). Durante mi reciente viaje apostólico a Extremo Oriente tuve la alegría de canonizar a 103 confesores de la fe católica que, al evangelizar Corea anunciando el mensaje de Cristo, tuvieron el privilegio de testimoniar con el supremo holocausto de su vida terrena la certeza de la vida eterna en el Señor resucitado. Esta circunstancia me ha sugerido algunas reflexiones que deseo presentar a la consideración de todos los fieles para la próxima Jornada mundial de las Misiones. 1. Valor redentor de la cruz Las Cartas y los Hechos de los Apóstoles confirman que el poder sufrir "pro nomine Iesu" es una gracia especial. Leemos, por ejemplo, que los Apóstoles "se fueron contentos... porque habían sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús" (Act 5, 41), en sintonía perfecta con lo que el Redentor había proclamado en el Sermón de la Montaña: "Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentira digan contra vosotros todo género de mal por mí. Alegraos y regocijaos..." (Mt 5, 11). Cristo mismo llevó a cabo su obra redentora de la humanidad sobre todo mediante la pasión dolorosa y el martirio más atroz, e indicó este camino a sus discípulos: "El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16, 24). El amor pasa pues, inevitablemente, por la cruz, y a través de ella se hace creador y fuente inagotable de energía redentora. "Sabéis —escribe San Pedro— que habéis sido rescatados de vuestro vano vivir según la tradición de vuestros padres, no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de cordero sin defecto ni mancha" (1 Pe 1, 18-19; cf. 1 Cor 6, 20). Este misterio extraordinario del Amor divino lo hemos meditado profundamente durante el Año Santo de la Redención, recientemente concluido. Lo han meditado y vivido en la interioridad de su corazón millones de fieles, muchos de los cuales vinieron a Roma para renovar su profesión de fe ante los sepulcros de los Apóstoles, los primeros que compartieron el martirio del Maestro. Fe de la que fueron ya un primer testimonio, al pie de la cruz, las palabras del centurión y de los que hacían guardia a Jesús: "Verdaderamente, éste era Hijo de Dios" (Mt 27, 54). Desde ese acontecimiento crucial para la historia humana, los Apóstoles y sus sucesores han continuado anunciando a través de los siglos la muerte y resurrección de Cristo, nuestro único Salvador: "En ningún otro hay salvación, pues ningún otro hombre nos ha sido dado bajo el cielo entre los hombres, por el cual podamos ser salvados" (Act 4, 12). Y ha sido especialmente el testimonio del sufrimiento hasta el limite extremo, dado por Cristo y sus seguidores, lo que ha movido la mente y el corazón de los hombres a convertirse al Evangelio; testimonio de amor supremo; pues "nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos" (Jn 15, 13). Este es el testimonio que multitud de mártires y confesores han dado a través de los tiempos, suscitando con su sacrificio e inmolación la génesis y desarrollo de las diversas Iglesias —como la de Corea que hemos mencionado al principio— y fecundando con su sangre nuevas tierras para transformarlas en campos ubérrimos del Evangelio; efectivamente, "si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto" (Jn 12, 24).
Estos héroes de la fe comprendieron bien y pusieron en práctica el concepto
fundamental —que expuse en mi Carta sobre el sentido cristiano del sufrimiento
humano— según el cual, si Cristo operó la redención de la humanidad con la cruz,
sufriendo en lugar del hombre y por el hombre, todo hombre "está llamado a
participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido
también redimido. Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo
ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención.
Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también
partícipe del sufrimiento redentor de Cristo" (Salvifici
doloris, 19). 2. El sufrimiento, precioso instrumento de evangelización Resultan, pues evidentes las implicaciones misioneras de lo
expuesto. En este Mensaje para el DOMUND de 1984, exhorto ardientemente a todos
los fieles a que valoren el sufrimiento en sus múltiples formas, uniéndolo al
sacrificio de la cruz en orden a la evangelización, es decir, para la redención
aquellos que no conocen todavía a Cristo. Millones de hermanos no conocen todavía el Evangelio y no se benefician de los inmensos tesoros del corazón del Redentor. Para ellos no hay explicación suficiente del dolor; es el absurdo más opresor e inexplicable que contrasta trágicamente con la aspiración del hombre a la plena felicidad. Sólo la cruz de Cristo proyecta un rayo de luz sobre este misterio; sólo en la cruz puede encontrar el hombre una respuesta válida a la angustiosa interpelación que surge de la experiencia del dolor. Los santos lo han comprendido bien y lo han aceptado, y hasta, a veces, han deseado ardientemente ser asociados a la pasión del Señor, haciendo propias las palabras del Apóstol: "Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1, 24) Exhorto pues a todos los fieles que sufren —y nadie está exento del dolor— a dar este significado apostólico y misionero a sus sufrimientos. San Francisco Javier, Patrono de las Misiones, impulsado de celo evangelizador para llevar el nombre de Jesús hasta los confines de la tierra, no dudó en afrontar todo tipo de penalidades: hambre, frío, naufragios, persecuciones, enfermedades; sólo la muerte interrumpió su marcha apostólica. Santa Teresa del Niño Jesús, Patrona de las misiones, cautiva de amor en el Carmelo de Lisieux, habría querido recorrer todo el mundo para plantar por doquier la cruz de Cristo. "Quisiera ser misionera, —escribe—, no sólo algunos años; quisiera haberlo sido desde la creación del mundo hasta la consumación de los siglos" (Historia de un Alma Manuscrito B, f. 3 r). Y concretó el carácter universal y apostólico de sus deseos con el sufrimiento pedido a Dios y en el precioso ofrecimiento de sí misma como víctima voluntaria del Amor misericordioso. Sufrimiento que alcanzó su cenit y a la vez el más alto grado de fecundidad apostólica en el martirio del espíritu, en las tribulaciones de la oscuridad de la fe, ofrecidos heroicamente para hacer llegar la luz de la fe a tantos hermanos sumergidos todavía en las tinieblas. La Iglesia nos recomienda estos dos fúlgidos modelos, exhortándonos a la reflexión y a su imitación. Podemos, pues, colaborar activamente a la dilatación del reino
de Cristo y al desarrollo de su Cuerpo Místico en una triple dirección: — aprendiendo a dar a nuestro propio sufrimiento su finalidad
más auténtica, que tiene su raíz en el dinamismo de la participación de la
Iglesia en la obra redentora de Cristo; — invitando a nuestros hermanos que sufren en su espíritu y en su cuerpo a comprender esta dimensión apostólica del dolor y a hacer rendir consiguientemente a sus pruebas, sus penas, en el plano misionero; — haciendo nuestro, con caridad inagotable, el sufrimiento que diariamente aflija a tan gran parte de la humanidad, atribulada por enfermedades, hambre, persecuciones, privada de derechos fundamentales e inalienables, como la libertad, humanidad doliente, en la que se debe discernir el rostro de Cristo "Hombre del dolor", y a la que hemos de aliviar todo cuanto nos sea posible, 3. Valoración del sufrimiento: un plan de acción de las Obras
Misionales Pontificias Este plan de acción, amplio y completo, requiere generosa disponibilidad en todos los fieles. Deseo proponerlo a todos los cristianos, recordando nuevamente que todo bautizado es y debe ser, aunque en diversa medida y manera, misionero (cf. Ad gentes, 36; Código de Derecho Canónico, canon 781). Lo confío de modo especial a las Obras Misionales Pontificias, instrumento preferido del dinamismo misionero de la Iglesia, las cuales deben promover el espíritu misionero —elemento no marginal sino esencial de la naturaleza del Cuerpo Místico— no sólo en la especial Jornada mundial de las Misiones, sino durante todo el año. La Obra de la Propagación de la Fe, la Obra de San Pedro Apóstol para los seminarios y las vocaciones sacerdotales y religiosas en los territorios de misión, la Obra de la Santa Infancia, la Unión Misional de los Sacerdotes, Religiosos, Religiosas e Institutos Seculares, constituyen otros tantos instrumentos, avalados por decenios de experiencias, para la promoción misional en los diversos sectores. Sé muy bien que estas beneméritas Obras además de recoger los
medios económicos ofrecidos por la generosidad de los fieles —medios
indispensables para la erección de iglesias, seminarios, escuelas, asilos,
hospitales— llevan a cabo una intensa obra de animación misionera. También la
valoración del sufrimiento para fines misioneros, que he querido proponer a la
consideración especial de todo el Pueblo de Dios con ocasión de la Jornada
mundial de las Misiones de 1984, constituye una de las expresiones más nobles
del apostolado de dichas Obras que ha suscitado inmediata adhesión entre los
enfermos, ancianos, abandonados, marginados, así como entre los encarcelados. Pero hay que hacer todavía más. Hay, en efecto, tantos
sufrimientos humanos que no han encontrado todavía su finalidad sublime y su
enfoque apostólico, que pueden reportar un bien inmenso al progreso de la
evangelización, y a la dilatación del Cuerpo Místico de Cristo. Es, quizás, ésta la más valiosa forma de cooperación misionera,
porque alcanza su máxima eficacia precisamente en la unión de los sufrimientos
de los hombres con el sacrificio de Cristo en el Calvario, renovado
incesantemente en los altares. Queridísimos hermanos y hermanas que sufrís en el alma y en el
cuerpo: Sabed que la Iglesia tiene puesta su confianza en vosotros, el Papa
cuenta con vosotros para que el nombre de Jesús sea proclamado hasta los
confines de la tierra. Quiero recordar también a este propósito lo que escribí
en la Carta sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano: "El Evangelio del
sufrimiento se escribe continuamente, y continuamente habla con las palabras de
esta extraña paradoja. Los manantiales de la fuerza divina brotan precisamente
en medio de la debilidad humana. Los que participan en los sufrimientos de
Cristo conservan en sus sufrimientos una especialísima partícula del tesoro
infinito de la redención del mundo, y pueden compartir este tesoro con los
demás.: El hombre, cuanto más se siente amenazado por el pecado, cuanto más
pesadas son las estructuras del pecado que lleva en sí el mundo de hoy, tanto
más grande es la elocuencia que posee en sí el sufrimiento humano. Y tanto más
la Iglesia siente la necesidad de recurrir al valor de los sufrimientos humanos
para la salvación del mundo" (Salvifici
doloris, 27). María "Regina Martyrum" y "Regina Apostolorum" despierte en
todos el deseo de ser asociados a la pasión de Cristo Redentor universal. En este domingo de Pentecostés, que toda la Iglesia debe vivir en espíritu misionero, imparto complacido mi especial bendición apostólica a todos los que, directa o indirectamente, ofrecen sus energías y dolores para comunicar a la humanidad la luz del Evangelio. Vaticano, 10 de junio, solemnidad de Pentecostés de 1984, año
VI de mi pontificado. JUAN PABLO PP. II
© Copyright 1984 - Libreria Editrice Vaticana
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