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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 1979

 

A todos mis hermanos e hijos en Cristo:

Al inaugurar el ministerio apostólico, el domingo 22 de octubre del año pasado —en feliz coincidencia con la Jornada Misionera Mundial en la Iglesia católica— no pude menos de tener presente entre las intenciones principales que bullían en mi ánimo en aquella solemne circunstancia, la referente al problema siempre actual y urgente de la extensión del Reino de Dios en los pueblos no-cristianos. Y, dirigiéndome a todos los fieles esparcidos por el mundo recordé cómo aquel día la Iglesia oraba, meditaba y trabajaba para que las palabras de vida de Cristo llegaran a todos los hombres, y éstos las acogieran como mensaje de esperanza, de salvación, de liberación total (cf. AAS 70, 1978 pág. 947; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española 29 de octubre de 1978, pág. 4).

Aquella intención surgió en mí de nuevo al redactar la primera Encíclica y tratar el tema de la misión de la Iglesia al servicio del hombre; y ahora vuelve a vibrar más insistente aún, a la vista de la Jornada Misionera del próximo otoño. A este propósito, considero oportuno recordar y desarrollar una afirmación que apenas pude enunciar en la citada Encíclica, al decir que "la misión no es nunca una destrucción, sino una reasunción de valores y una nueva construcción" (Redemptor hominis, 12). Una expresión, ésta, que nos ofrece tema adecuado para nuestra común reflexión.

1. La misión no es destrucción de valores

¿Cuántos y cuáles son los valores presentes en el hombre? Recuerdo rápidamente los específicos de su naturaleza, como la vida, la espiritualidad, la libertad, la sociabilidad, la capacidad de donación y de amor; los que provienen del contexto cultural en que está situado, como el lenguaje, las formas de expresión religiosa, ética, artística; los que proceden de su compromiso y de su experiencia en la esfera personal y en las de la familia, del trabajo y de las relaciones sociales.

El misionero, en su obra de evangelización, entra en contacto precisamente con este mundo de valores, más o menos auténticos y desiguales: en presencia de ellos deberá adoptar una actitud de atenta y respetuosa reflexión, preocupándose de no sofocar nunca, sino por el contrario de salvar y desarrollar tales bienes acumulados a lo largo de tradiciones seculares. Hay que reconocer el estudio constante en que se inspira y debe inspirarse la actividad misionera al asumir estos valores del mundo en el que se lleva a cabo: la actitud básica en los mensajeros de la Buena Nueva del Evangelio a los pueblos consiste en proponer, y no en imponer la verdad cristiana.

Esto lo requiere ante todo la dignidad de la persona humana, que la Iglesia, a ejemplo de Cristo, ha defendido siempre contra toda forma errónea de coerción. La libertad es, en efecto, presupuesto fundamental e irrenunciable de tal dignidad (cf. Dignitatis humanae, 2). Y lo requiere también la misma naturaleza de la fe, la cual puede brotar solamente de un consentimiento libre (cf. ib., 10).

El respeto al hombre y la estima "por lo que él mismo, en lo íntimo de su espíritu, ha elaborado respecto a los problemas más profundos e importantes" (Redemptor hominis, 12), continúan siendo principios basilares para toda recta actividad misionera, entendida como prudente, oportuna, activa siembra evangélica, y no como desarraigo de aquello que, por ser auténticamente humano, tiene valor intrínseco y positivo.

2. La misión es reasunción de valores

"Las nuevas Iglesias —dice el Decreto Ad gentes reciben de las costumbres y tradiciones, de la sabiduría y doctrina, de las artes e instituciones de sus pueblos, todo lo que puede servir para confesar la gloria del Creador, para ensalzar la gracia del Salvador y para ordenar debidamente la vida cristiana" (22). La actividad evangelizadora debe tender por lo tanto a destacar y a desarrollar los elementos válidos y sanos presentes en el hombre evangelizado y en el contexto socio-cultural a que pertenece. Con un método atento y discreto de educación (en el sentido etimológico de sacar fuera), dicha actividad hará resaltar y madurar, después de haberlos purificado de las incrustaciones y de los posos acumulados con el tiempo, los auténticos valores de espiritualidad, de religiosidad, de caridad que como "semillas del Verbo" y "signos de la presencia de Dios", abren el camino a la aceptación del Evangelio.

La Iglesia, haciendo propias "las riquezas de las naciones que han sido dadas a Cristo en herencia" (cf. Ad gentes, 22), e iluminando con la palabra del Maestro el conjunto de costumbres, tradiciones y modos de pensar que constituyen el patrimonio espiritual de los pueblos, contribuirá a construir una civilización nueva y universal, la cual, sin alterar la fisonomía y los aspectos típicos de los diversos contextos étnico-sociales, se perfeccionará adquiriendo el más elevado contenido evangélico. ¿No es quizás éste el testimonio que nos viene de tantos países de misión (pienso, por ejemplo, en las Iglesias de África), donde la fuerza del Evangelio libre y conscientemente aceptado, lejos de anular, ha potenciado las tendencias y los aspectos mejores de las culturas locales y ha favorecido su ulterior desarrollo?

"El Evangelio de Cristo —recuerda también el Concilio en una hermosa página de la Constitución Gaudium et spes— renueva constantemente la vida y la cultura del hombre caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la amenazadora seducción del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos. Con las riquezas sobrenaturales les fecunda como desde sus entrañas las cualidades espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las consolida, perfecciona y restaura en Cristo. Así, la Iglesia, cumpliendo su misión propia, contribuye por lo mismo a la cultura humana y la impulsa..." (59).

3. La misión es una nueva construcción

La acción evangelizadora, con el propósito de transformar "desde dentro" a toda criatura humana, introduce en las conciencias un fermento renovador capaz de "alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación" (cf. Evangelii nuntiandi, 19). Estimulado por tal impulso interior, el individuo se siente movido a tomar cada vez más precisa y viva conciencia de su realidad de "cristiano ", es decir de su dignidad propia en cuanto ser humano creado a imagen y semejanza de Dios, ennoblecido en su misma naturaleza por el evento de la Encarnación del Verbo, destinado a un ideal de vida superior.

Aquí encontramos las bases del "humanismo cristiano", en el que los valores naturales se compenetran con los de la Revelación: la gracia de la filiación adoptiva divina, de la fraternidad con Cristo, de la acción santificadora del Espíritu.

Así hace posible el nacimiento de la "nueva creatura", rica al mismo tiempo en valores humanos y divinos: es el "hombre nuevo", elevado a una dimensión trascendente, de la que recibe la ayuda indispensable para dominar las pasiones y para practicar las virtudes más arduas, como el perdón y el amor al prójimo, convertido en hermano.

Crecido en la escuela del Evangelio, el "hombre nuevo" se siente comprometido a sostener la justicia, la caridad y la paz en el contexto socio-político al que pertenece, y se hace artífice o, al menos, colaborador de esa "civilización nueva" que tiene su Carta Magna en el Sermón de la Montaña. Es claro, por tanto, cómo la renovación promovida por la actividad evangelizadora, aun siendo esencialmente espiritual, afecta directamente al meollo de la cuestión grave y apremiante de las injusticias y de los desequilibrios económicos y sociales, que atormentan a tanta parte de la humanidad, y puede contribuir a su solución. Evangelización y promoción humana, en una palabra, aun permaneciendo netamente diversas (cf. Evangelii nuntiandi, 35), están unidas entre sí con un lazo indisoluble, que encuentra muy significativamente su soldadura en la más excelsa virtud cristiana: la caridad. "A donde llega el Evangelio, llega la caridad", afirmaba mi predecesor Pablo VI en el Mensaje para la Jornada Misionera de 1970. Y, de hecho, los misioneros no faltaron nunca a este empeño fundamental, esforzándose siempre en integrar su específico servicio "pro causa salutis" con una decidida y constructiva acción por el desarrollo. Espléndida demostración de esto es el florecimiento, en todos los países de misión, de escuelas, hospitales, institutos, a los que acompañan toda una serie de iniciativas en el campo técnico, asistencial, cultural, que son fruto de duros sacrificios personales de los mismos misioneros y de las renuncias desconocidas de tantos hermanos suyos que viven en otras partes.

La actividad misionera, animada del Espíritu de Cristo, al mismo tiempo que edifica la humanidad nueva, se presenta como el instrumento idóneo y eficaz para resolver no pocos de los males del mundo contemporáneo: injusticia, opresión, marginación, explotación, soledad. Es una obra —a la vista de todos está— inmensa y exaltadora, a la que cada uno de los cristianos está llamado a dar su propia contribución

4. La cooperación y las Obras Misionales Pontificias

En realidad, la difusión del anuncio de la salvación, lejos de ser prerrogativa de los misioneros, es un deber grave que incumbe a todo el Pueblo de Dios, como lo recordó autorizadamente el Concilio: "Todos los fieles, como miembros del Cristo vivo, tienen la estricta obligación de cooperar a la expansión (...) de su Cuerpo" (Ad gentes, 36). Por eso, no puedo terminar mi mensaje sin hablar de este deber.

Aquellos que, habiendo recibido el don de la fe, se beneficien de las enseñanzas de Cristo y participan en los sacramentos de su Iglesia, en virtud precisamente del mandamiento del amor y —diría— por la solidaridad de la caridad, no pueden desinteresarse de los millones de hermanos, a los que no se ha llevado todavía la Buena Nueva. Estos deben participar en la acción misionera, en primer lugar con la oración y con el ofrecimiento de los propios sufrimientos: es, éste, el modo de colaboración más eficaz, desde el momento que, precisamente mediante el calvario y la cruz, Cristo llevó a cabo su obra redentora. Deben, además, sostenerla con generosas ayudas concretas, porque en las tierras de misión son inmensas e innumerables las necesidades de orden material. Tales ayudas, recogidas a través de las Obras Misionales Pontificias —órgano central y oficial de la Santa Sede para la animación y la cooperación misionera— serán sucesivamente distribuidas, con justicia y oportunidad, entre las Iglesias jóvenes. "Estas Obras —advierte el Concilio— deben ocupar con todo derecho el primer lugar, pues son medios para infundir a los católicos desde la infancia el sentido verdaderamente universal y misionero..." (Ad gentes, 38). Son ellas las que aseguran una coordinación eficiente en la visión global de las necesidades y peticiones; de ellas parte, ramificándose, la red capilar de la caridad misionera. Paro su razón de ser no se reduce a una función organizadora; en realidad, están llamadas a ejercitar un servicio de activa mediación y de comunicación intereclesial, favoreciendo un contacto frecuente y fraternal entre las distintas Iglesias locales, las de vieja tradición cristiana y las de reciente fundación. Y esta es función mucho más alta, porque refleja y promueve directamente la circulación de la caridad.

Expresando desde ahora viva gratitud a cuantos acojan con corazón abierto este mensaje, invoco la plenitud de los dones celestiales para los venerados hermanos en el Episcopado, para sus comunidades diocesanas, así como y sobre todo para cada uno de los misioneros y misioneras y sus Institutos, y en prenda de afecto agradecido imparto a todos la bendición apostólica.

Vaticano, 14 de junio, solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, del año 1979, I de Pontificado.

JUAN PABLO PP. III


© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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