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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISONES

 

«Cantaré eternamente las misericordias del Señor» (Sal 89, 2).

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Con íntima alegría hemos celebrado el gran jubileo de la salvación, tiempo de gracia para la Iglesia entera. La misericordia divina, que cada fiel ha podido experimentar, nos impulsa a «remar mar adentro», recordando con gratitud el pasado, viviendo con pasión el presente y abriéndonos con confianza al futuro, convencidos de que «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13, 8; cf. Novo millennio ineunte, 1). Este impulso hacia el futuro, iluminado por la esperanza, debe ser la base de la acción de toda la Iglesia en el nuevo milenio. Este es el mensaje que deseo dirigir a todos los fieles con ocasión de la Jornada mundial de las misiones, que se celebrará el próximo día 21 de octubre.

2. Sí, es tiempo de mirar hacia adelante, manteniendo los ojos fijos en el rostro de Jesús (cf. Hb 12, 2). El Espíritu nos llama a «pensar en el futuro que nos espera» (Novo millennio ineunte, 3), a testimoniar y confesar a Cristo, dando gracias «por las "maravillas" que Dios ha realizado por nosotros. "Misericordias Domini in aeternum cantabo" (Sal 89, 2)» (ib., 2). Con ocasión de la Jornada mundial de las misiones del año pasado, quise recordar que el compromiso misionero brota de la ardiente contemplación de Jesús. El cristiano que ha contemplado a Jesucristo no puede por menos de sentirse arrebatado por su fulgor (cf. Vita consecrata, 14) a comprometerse a dar testimonio de su fe en Cristo, único Salvador del hombre. La contemplación del rostro del Señor suscita en los discípulos también la «contemplación» del rostro de los hombres y las mujeres de hoy, pues el Señor se identifica «con sus hermanos más pequeños» (cf. Mt 25, 40.45).

La contemplación de Jesús, «el primero y el más grande evangelizador» (Evangelii nuntiandi, 7), nos transforma en evangelizadores y nos hace tomar conciencia de su voluntad de dar la vida eterna a los que el Padre le ha encomendado (cf. Jn 17, 2). Dios quiere «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2, 4), y Jesús sabía que la voluntad del Padre para él era que anunciara el reino de Dios también a las demás ciudades: «para esto he sido enviado» (Lc 4, 43).

Luego, como fruto de la contemplación de los «hermanos más pequeños», se descubre que todo hombre, aunque sea de modo misterioso para nosotros, busca a Dios, pues ha sido creado y amado por él. Así lo descubrieron los primeros discípulos: «Señor, todos te buscan» (Mc 1, 37). Y los «griegos», en nombre de las generaciones futuras, exclaman: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12, 21). Sí, Cristo es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn 1, 9): todo hombre lo busca «a tientas» (Hch 17, 27), impulsado por una atracción interior, cuyo origen ni siquiera él conoce bien. Se halla escondida en el corazón de Dios, el cual quiere que todos los hombres se salven. Dios nos hace sus testigos y heraldos. Para ello nos invade, como en un nuevo Pentecostés, con el fuego de su Espíritu, con su amor y con su presencia: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

3. Así pues, también es fruto del gran jubileo la actitud que el Señor pide a cada cristiano: mirar hacia el futuro con fe y esperanza. El Señor nos hace el honor de poner en nosotros su confianza y nos llama al ministerio por su misericordia (cf. 1 Tm 1, 12.13). Esta llamada no está reservada solamente a algunos; es para todos, cada uno en su estado de vida. En la carta apostólica Novo millennio ineunte escribí al respecto: «Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos "especialistas", sino que ha de implicar la responsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí; debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que se viva como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos. (...) La propuesta de Cristo se ha de hacer a todos con confianza. Se ha de dirigir a los adultos, a las familias, a los jóvenes, a los niños, sin ocultar nunca las exigencias más radicales del mensaje evangélico, atendiendo a las exigencias de cada uno, por lo que se refiere a la sensibilidad y al lenguaje, según el ejemplo de san Pablo, que decía: "Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a alguno", (1 Co 9, 22)» (n. 40).

De modo especial, la llamada a la misión adquiere singular urgencia al mirar a la porción de la humanidad que aún no conoce o no reconoce a Cristo. Sí, queridos hermanos y hermanas, la misión ad gentes es hoy más válida que nunca. Llevo muy grabado en mi corazón el rostro de la humanidad que he podido contemplar a lo largo de mis peregrinaciones: es el rostro de Cristo reflejado en el de los pobres y los que sufren; el rostro de Cristo que resplandece en los que andan como «ovejas sin pastor» (Mc 6, 34). Todo hombre y toda mujer tienen pleno derecho a que se les enseñen «muchas cosas» (Mc 6, 34).

Ante la evidencia de la propia fragilidad e insuficiencia, el apóstol siente la tentación de despedir a la gente. En cambio, es precisamente en ese momento cuando, poniéndose a contemplar el rostro del Amado, cada uno debe volver a escuchar las palabras de Jesús: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer» (Mt 14, 16; cf. Mc 6, 37). Así se experimenta al mismo tiempo la debilidad humana y la gracia del Señor. Conscientes de la inevitable fragilidad que nos caracteriza profundamente, sentimos la necesidad de dar gracias a Dios por lo que ha realizado mediante nosotros y por lo que, con su gracia, realizará.

4. ¡Cómo no recordar, en esta circunstancia, a todos los misioneros y misioneras, sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos, que han hecho de la misión ad gentes y ad vitam la razón de su ser! Con su vida proclaman sin cesar las misericordias del Señor (cf. Sal 89, 2). A veces este «sin cesar» ha llegado hasta el derramamiento de la sangre. ¡Cuántos han sido los «testigos de la fe» en el siglo pasado! También gracias a su entrega generosa ha podido extenderse el reino de Dios. Les expresamos nuestra gratitud, acompañada por la oración. Su ejemplo estimula y sostiene a todos los fieles, los cuales pueden sacar valentía al verse «rodeados de tan gran nube de testigos» (Hb 12, 1), que con su vida y su palabra han hecho y hacen resonar el Evangelio en todos los continentes.

Sí, amadísimos hermanos y hermanas, no podemos por menos de comunicar lo que hemos visto y oído (cf. Hch 4, 20). Hemos visto manifestarse en la debilidad la obra del Espíritu y la gloria de Dios (cf. 2 Co 12; 1 Co 1). También hoy numerosos hombres y mujeres, con su entrega y su sacrificio, son para nosotros manifestación elocuente del amor de Dios. Nos han transmitido la fe y nos estimulan a ser, también nosotros, heraldos y testigos del misterio.

5. La misión «es anuncio gozoso de un don para todos, y que se propone a todos con el mayor respeto a la libertad de cada uno: el don de la revelación del Dios-Amor, que iutanto amó al mundo que le dio su Hijo unigénitolo (Jn 3, 16). (...) La Iglesia, por tanto, no puede sustraerse a la actividad misionera hacia los pueblos, y una tarea prioritaria de la missio ad gentes sigue siendo anunciar que en Cristo, ircamino, verdad y vidali (Jn 14, 6), los hombres encuentran la salvación» (Novo millennio ineunte, 56). Para todos es una invitación, una llamada urgente, a la que es preciso dar una respuesta pronta y generosa. ¡Hay que ponerse en marcha! Hay que ponerse en camino, sin dilación, como María, la Madre de Jesús; como los pastores, que se despertaron con el primer anuncio del ángel; como la Magdalena al ver al Resucitado. «Nuestro paso, al principio de este nuevo siglo, debe hacerse más ágil al recorrer los senderos del mundo. (...) Cristo resucitado nos convoca de nuevo al Cenáculo, donde al atardecer del día iíprimero de la semanalr (Jn 20, 19) se presentó a los suyos para iaexhalarl. sobre ellos el don vivificante del Espíritu e iniciarlos en la gran aventura de la evangelización» (ib., 58).

6. Queridos hermanos y hermanas, la misión exige oración y compromiso concreto. Son muchas las necesidades que implica la difusión capilar del Evangelio.

Este año se celebra el 75° aniversario de la institución de la Jornada misionera, realizada por el Papa Pío XI, que acogió la petición de la Obra pontificia para la Propagación de la fe de «establecer "una jornada de oración y promoción de las misiones", la cual se ha de celebrar en el mismo día en todas las diócesis, parroquias e institutos del mundo católico (...) y a fin de solicitar donativos para las misiones» (Sagrada Congregación de Ritos: Institución de la Jornada mundial de las misiones, 14 de abril de 1926: AAS 19 [1927] 23 s). Desde entonces, la Jornada mundial de las misiones constituye una ocasión especial para recordar a todo el pueblo de Dios la validez permanente del mandato misionero, ya que «la misión atañe a todos los cristianos, a todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales» (Redemptoris missio, 2). Al mismo tiempo, es una circunstancia oportuna para reafirmar que «las misiones no piden solamente ayuda, sino compartir el anuncio y la caridad para con los pobres. Todo lo que hemos recibido de Dios -tanto la vida como los bienes materiales- no es nuestro» (ib., 81). Esta Jornada es importante en la vida de la Iglesia, también «porque enseña cómo se ha de dar: en la celebración eucarística, esto es, como ofrenda a Dios, y para todas las misiones del mundo» (ib.). Así pues, ojalá que este aniversario constituya una ocasión propicia para reflexionar sobre la necesidad de que todos realicen un esfuerzo mayor para promover el espíritu misionero y conseguir las necesarias ayudas materiales, que tanta falta hacen a los misioneros.

7. En la homilía de conclusión del gran jubileo, el pasado 6 de enero, dije: «Es necesario recomenzar desde Cristo, con el impulso de Pentecostés, con entusiasmo renovado. Recomenzar desde él ante todo en el compromiso diario por la santidad, poniéndonos en actitud de oración y escucha de su palabra. Recomenzar desde él para testimoniar el Amor» (n. 8).

Por ello:

Recomienza desde Cristo, tú que has encontrado misericordia.
Recomienza desde Cristo, tú que has perdonado y aceptado el perdón. 
Recomienza desde Cristo, tú que conoces el dolor y el sufrimiento. 
Recomienza desde Cristo, tú que sientes la tentación de la tibieza: 
el año de gracia es un tiempo ilimitado. 
Recomienza desde Cristo, Iglesia del nuevo milenio. 
Canta y camina (cf. Ritos de conclusión en la santa misa de la Epifanía del Señor del año 2001).

María, Madre de la Iglesia, Estrella de la evangelización, nos acompañe en este camino, como permaneció junto a los discípulos en el día de Pentecostés. A ella recurrimos con confianza para que, por su intercesión, el Señor nos conceda el don de la perseverancia en la tarea misionera, que atañe a toda la comunidad eclesial. Con estos sentimientos, os bendigo a todos.

Vaticano, 3 de junio de 2001, solemnidad de Pentecostés

 

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