Mensaje para la Jornada Mundial de Misiones 1999
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MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
PARA LA
JORNADA MUNDIAL DE MISIONES 1999

Domingo 24 de Octubre 1999

1. La Jornada Misionera Mundial constituye cada año para la Iglesia una preciosa ocasión para reflexionar sobre su naturaleza misionera. Recordando siempre el mandato de Cristo: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19), la Iglesia es consciente de ser llamada a anunciar a los hombres de todo tiempo y lugar el amor del único Padre que, en Jesucristo, quiere reúnir a sus hijos dispersos (cfr Jn 11,52).

En este último año del siglo que nos prepara al Gran Jubileo del 2000, es fuerte la invitación a alzar la mirada y el corazón hacia el Padre, para conocerlo “tal como El es, y tal como el Hijo nos lo ha revelado” (Catecismo de la Iglesia Católica –CIC- 2779). Leyendo bajo esta óptica el “Padre nuestro”, oración que el mismo Maestro Divino nos enseñó, podemos comprender más fácilmente cuál es la fuente del empeño apostólico de la Iglesia y cuáles las motivaciones fundamentales que la hacen misionera “hasta los extremos confines de la tierra”.

Padre nuestro que estás en el cielo

2. La Iglesia es misionera porque anuncia incansablemente que Dios es Padre, lleno de amor a todos los hombres. Todo ser humano y todo pueblo busca, a veces incluso inconscientemente, el rostro misterioso de Dios que, sin embargo, sólo el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, nos ha revelado plenamente (cfr Jn 1,18). Dios es “Padre de nuestro Señor Jesucristo”, y “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tim 2,4). Todos los que acogen su gracia descubren con estupor que son hijos del único Padre y se sienten deudores hacia todos del anuncio de la salvación.

En el mundo contemporáneo, sin embargo, muchos no reconocen aún al Dios de Jesucristo como Creador y Padre. Algunos, a veces también por culpa de los creyentes, han optado por la indiferencia y el ateísmo; otros, cultivando una vaga religiosidad, se han construído un Dios a su propia imagen y semejanza; otros lo consideran un ser totalmente inalcanzable.

Cometido de los creyentes es proclamar y testimoniar que, aunque “habita en una luz inaccesible” (1 Tim 6,16), el Padre celeste en su Hijo, encarnado en el seno de María Virgen, muerto y resucitado, se ha acercado a cada hombre y le hace capaz “de responderle, de conocerlo y de amarlo” (cfr CIC 52).

Santificado sea tu nombre

3. La conciencia de que el encuentro con Dios promueve y exalta la dignidad del hombre lleva a éste a orar así: “Santificado sea tu nombre”, es decir: “Se haga luminoso en nosotros tu conocimiento, para que podamos conocer la amplitud de tus beneficios, la extensión de tus promesas, la sublimidad de tu majestad y la profundidad de tus juicios” (San Francisco, Fuentes Franciscanas, 268).

El cristiano pide a Dios que sea santificado en sus hijos de adopción, así como también en todos los que no han sido alcanzados por su revelación, consciente de que es mediante la santidad que Él salva a la creación entera.

Para que el nombre de Dios sea santificado en las Naciones, la Iglesia trabaja para insertar a la humanidad y a la creación en el designio que el Creador, “en su benevolencia, se propuso de antemano”, “para ser santos e inmaculados en su presencia en la caridad” (cfr Ef 1,9.4).

Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad

4. Los creyentes invocan con tales palabras el adviento del Reino divino y el retorno glorioso de Cristo. Este deseo, sin embargo, no los aparta de la misión cotidiana en el mundo; más aún, los empeña mayormente. La venida del Reino ahora es obra del Espíritu Santo, que el Señor envió “a perfeccionar su obra en el mundo y cumplir toda santificación” (Misal Romano, Oración Eucarística IV).

En la cultura moderna es difuso un sentido de espera de una era nueva de paz, bienestar, solidaridad, respeto de los derechos, amor universal. Iluminada por el Espíritu, la Iglesia anuncia que este reino de justicia, de paz y de amor, ya proclamado en el Evangelio, se realiza misteriosamente en el curso de los siglos gracias a personas, familias y comunidades que optan por vivir de modo radical las enseñanzas de Cristo, según el espíritu de las Bienavanturanzas. Mediante su empeño, la misma sociedad temporal es estimulada a dirigirse hacia metas de mayor justicia y solidaridad.

La Iglesia proclama también que la voluntad del Padre es “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tim 2,4) mediante la adhesión a Cristo, cuyo mandamiento, “que resume todos los demás y que nos manifiesta toda su voluntad, es que nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado” (CIC 2822).

Jesús nos invita a orar por ésto y nos enseña que se entra en el Reino de los cielos no diciendo “Señor, Señor”, sino haciendo “la voluntad de su Padre que está en el cielo” (Mt 7,21).

Dános hoy nuestro pan de cada día

5. En nuestro tiempo es muy fuerte la conciencia de que todos tienen derecho al “pan cotidiano”, es decir, a lo necesario para vivir. Se siente igualmente la exigencia de una debida equidad y de una solidaridad compartida que una entre sí a los seres humanos. No obstante, muchísimos de ellos viven aún de modo no conforme su dignidad de personas. Baste pensar en los ambientes de miseria y de analfabetismo existentes en algunos Continentes, en la carencia de alojamientos y en la falta de asistencia sanitaria y de trabajo, en las opresiones políticas y en las guerras que destruyen pueblos de enteras regiones de la tierra.

¿Cuál es el cometido de los cristianos frente a tales escenarios dramáticos? ¿Qué relación tiene la fe en el Dios vivo y verdadero con la solución de los problemas que atormentan a la humanidad? Como escribí en la Redemptoris missio, “el desarrollo de un pueblo no deriva primariamente ni del dinero, ni de las ayudas materiales, ni de las estructuras técnicas, sino más bien de la formación de las conciencias, de la madurez de la mentalidad y de las costumbres. Es el hombre el protagonista del desarrollo, no el dinero ni la técnica. La Iglesia educa las conciencias revelando a los pueblos el Dios que buscan, pero que no conocen; la grandeza del hombre creado a imagen de Dios y amado por él; la igualdad de todos los hombres como hijos de Dios…” (n. 58). Anunciando que los hombres son hijos del mismo Padre, y por consiguiente hermanos, la Iglesia ofrece su contribución a la construcción de un mundo caracterizado por la fraternidad auténtica.

La comunidad cristiana está llamada a cooperar en el desarrollo y la paz con obras de promoción humana, con instituciones de educación y de formación al servicio de los jóvenes, con la constante denuncia de las opresiones e injusticias de todo tipo. La aportación específica de la Iglesia es, sin embargo, el anuncio del Evangelio, la formación cristiana de cada persona, de las familias, de las comunidades, siendo ella muy consciente de que su misión “no es actuar directamente en el plano económico, técnico, político o contribuir materialmente al desarrollo, sino que consiste esencialmente en ofrecer a los pueblos no un “tener más”, sino un “ser más”, despertando las conciencias con el Evangelio. El desarrollo humano auténtico debe echar sus raíces en una evangelización cada vez más profunda” (ibid,, n. 58).

Perdona nuestras ofensas

6. El pecado está presente en la historia de la humanidad, desde los inicios. Resquebraja la vinculación originaria de la creatura con Dios, con graves consecuencias para su vida y para la de los demás. Y hoy, además, ¿cómo no subrayar que las múltiples expresiones del mal y del pecado encuentran con frecuencia un aliado en los medios de comunicación social? ¿Y cómo no observar que “para muchos son el principal instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración para los comportamientos individuales, familiares y sociales” (Redemptoris Missio, n. 37/c), está constituído precisamente por los diversos mass media?

La actividad misionera no puede no llevar a individuos y pueblos el gozoso anuncio de la bondad misericordiosa del Señor. El Padre que está en el cielo, como demuestra claramente la parábola del hijo pródigo, es bueno y perdona al pecador arrepentido, olvida la culpa y restituye serenidad y paz. He aquí el auténtico rostro de Dios, Padre lleno de amor, que da fuerza para vencer el mal con el bien y hace capaz a quien recambia su amor de contribuir a la redención del mundo.

Como nosotros perdonamos a los que nos ofenden

7. La Iglesia es llamada, con su misión, a hacer presente la confortante realidad de la paternidad divina no sólo con palabras, sino sobre todo con la santidad de los misioneros y del pueblo de Dios. “El renovado impulso hacia la misión ad gentes –escribí en la Redemptoris Missio- exige misioneros santos. No basta renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe: es necesario suscitar un nuevo ‘anhelo de santidad’ entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana” (n. 90).

De frente a las terribles y múltiples consecuencias del pecado, los creyentes tienen el cometido de ofrecer signos de perdón y de amor. Sólo si en su vida han experimentado ya el amor de Dios pueden ser capaces de amar a los demás de manera generosa y transparente. El perdón es alta expresión de la caridad divina, dada en don a quien la pide con insistencia.

No nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal

8. Con estas últimas peticiones, en el “Padre nuestro” pedimos a Dios que no permita que emprendamos el camino del pecado y que nos libre de un mal inspirado con frecuencia por un ser personal, Satanás, que quiere obstaculizar el designio de Dios y la obra de salvación por El realizada en Cristo.

Conscientes de ser llamados a llevar el anuncio de la salvación a un mundo dominado por el pecado y por el Maligno, los cristianos son invitados a encomendarse a Dios, pidiéndole que la victoria sobre el Príncipe del mundo (cfr Jn 14,30), conquistada una vez para siempre por Cristo, sea experiencia cotidiana de su vida.

En contextos sociales fuertemente dominados por lógicas de poder y de violencia, la misión de la Iglesia es testimoniar el amor de Dios y la fuerza del Evangelio, que rompen el odio y la violencia, el egoísmo y la indiferencia. El Espíritu de Pentecostés renueva al pueblo cristiano, rescatado por la sangre de Cristo. Esta pequeña grey es enviada por doquier, pobre de medios humanos pero libre de condicionamientos, cual fermento de una nueva humanidad.

Conclusiones finales

9. Queridísimos Hermanos y Hermanas: la Jornada Misionera ofrece a cada uno la oportunidad de evidenciar mejor esta común vocación misionera, que impulsa a los discípulos de Cristo a hacerse apóstoles de su Evangelio de reconciliación y de paz. La misión de salvación es universal: para cada hombre y para todo el hombre. Es cometido de todo el pueblo de Dios, de todos los fieles. La misionariedad debe, por tanto, constituir la pasión de cada cristiano; pasión por la salvación del mundo y ardiente empeño por instaurar el Reino del Padre.

Para que esto se verifique es necesario una oración incesante que alimente el deseo de llevar a Cristo a todos los hombres. Es necesario el ofrecimiento del propio sufrimiento, en unión con el del Salvador. Se necesita asimismo empeño personal en sostener a los organismos de cooperación misionera. Entre éstos, exhorto a tener en particular consideración a las Obras Misionales Pontificias, que tienen el cometido de solicitar oraciones por las misiones, promover su causa y procurar los medios para su actividad de evangelización. Ellas trabajan en estrecha colaboración con la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, que coordina el esfuerzo misionero en unidad de intentos con las Iglesias particulares y con las varias Instituciones misioneras presentes en la entera Comunidad eclesial.

El próximo 24 de octubre celebramos la última Jornada Misionera Mundial de un milenio, en el que la obra evangelizadora de la Iglesia ha producido frutos verdaderamente extraordinarios. Damos gracias al Señor por el inmenso bien realizado por los misioneros y, dirigiendo la mirada hacia el futuro, esperamos con confianza el alba de un nuevo Día.

Todos los que trabajan en las avanguardias de la Iglesia son como centinelas en las murallas de la Ciudad de Dios, a los que preguntamos: “Centinela, ¿qué hay de la noche? (Is 21,11), recibiendo la respuesta: “¡Una voz! Tus vigías alzan la voz, a una dan gritos de júbilo, porque con sus propios ojos ven el retorno de Yahvéh a Sión” (Is 52,8). Su testimonio generoso en cada ángulo de tierra anuncia que, “en la proximidad del tercer milenio de la Redención, Dios está preparando una gran primavera cristiana, de la que ya se vislumbra su comienzo” (Redemptoris Missio, n. 86).

María, la “Estrella Matutina”, nos ayude a repetir con ardor siempre nuevo el “Fiat” al designio de salvación del Padre, para que todos los pueblos y todas las lenguas puedan ver su gloria (cfr Is 66,18).

Con tales auspicios, envío de corazón a los misioneros y a todos lo que promueven la causa misionera una especial Bendición Apostólica.

En el Vaticano, 23 de mayo de 1999, Solemnidad de Pentecostés.

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