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MENSAJE DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
 XV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

1 DE ENERO DE 1982

 

LA PAZ,
DON DE DIOS CONFIADO A LOS HOMBRES

 

A los jóvenes que, el día de mañana, tomarán las grandes decisiones en el mundo,
a los hombres y mujeres que hoy llevan el peso de la responsabilidad de la vida social,
a las familias y educadores,
a los individuos y comunidades,
a los Jefes de Naciones y Gobiernos:
a todos vosotros dirijo este mensaje en el alba del año 1982. Os invito a reflexionar conmigo sobre el tema de la nueva Jornada Mundial: la paz, don de Dios confiado a los hombres.

1. Esta verdad se alza ante nosotros en el momento de definir nuestros compromisos y de tomar nuestras decisiones. Esta verdad interpela a toda la humanidad, a todos los hombres y mujeres que se sienten responsables los unos de los otros y, solidariamente, del mundo.

Al final de la primera guerra mundial, mi Predecesor el Papa Benedicto XV ya consagró una encíclica a este tema. Alegrándose por el cese de las hostilidades e insistiendo en la necesidad de apaciguar los odios y las enemistades por medio de un espíritu de reconciliación inspirado por la caridad mutua, él iniciaba su encíclica con estas palabras: «He aquí la paz, este magnífico don de Dios que, como dice San Agustín, "es entre los bienes pasajeros de la tierra el más dulce de los que se puede hablar, el más deseable que puede codiciarse y lo mejor que se puede encontrar" (De civ. Dei, 1, XIX, c. XI» (Encíclica Pacem Dei munus: AAS 12, 1920, p. 209).

Esfuerzos en favor de la paz en un mundo conflictivo

2. Desde entonces muchas veces mis Predecesores han vuelto a evocar esta verdad en su esfuerzo constante de educación para la paz y de aliento a trabajar por una paz durable. Hoy la paz se ha hecho en todo el mundo una preocupación mayor no sólo para los responsables de los destinos de las naciones, sino, sobre todo, para amplios sectores de la población y para numerosos individuos que se consagran con generosidad y tenacidad a la labor de crear una mentalidad de paz y para instaurar una verdadera paz entre los pueblos y naciones. Ciertamente, todo esto es una realidad confortadora. Pero no se puede disimular que, a pesar de los esfuerzos empleados por todos los hombres y mujeres de buena voluntad, graves amenazas continúan pesando sobre la paz en el mundo. Entre estas, algunas toman la forma de desgarrones en el interior de muchas naciones; otras son fruto de tensiones profundas y agudas existentes entre las naciones y bloques antagonistas dentro de la comunidad mundial.

En realidad, los diversos choques de los que somos testigos se distinguen de los que narra la historia por ciertas características nuevas. En primer lugar se nota su globalidad: aun localizado, un conflicto es frecuentemente la expresión de tensiones que tienen su origen en otras partes del mundo. Así como es frecuente que un conflicto tenga resonancias profundas lejos del lugar donde ha estallado. Se puede hablar también de totalidad: las tensiones actuales movilizan todas las fuerzas de las naciones y, por otra parte, el acaparamiento en beneficio propio y la misma hostilidad se expresan hoy tanto en la dirección de la vida económica o en las aplicaciones tecnológicas de la ciencia como en el uso de los medios de comunicación social o el dominio militar. Finalmente, hay que señalar su carácter radical: está en juego la supervivencia misma de la humanidad entera, en virtud de la capacidad destructiva de los arsenales militares actuales.

En una palabra, cuando tantos factores podrían favorecer su integración, la sociedad humana aparece como un mundo que estalla en el cual, sobre las fuerzas de unión, prevalecen las divisiones este-oeste, norte-sur, amigo-enemigo.

Un problema esencial

3. Las causas de esta situación son ciertamente complejas y de diverso orden. Las causas políticas son naturalmente más fáciles de discernir. Grupos particulares abusan de su poderío para imponer su yugo a sociedades enteras. Impulsadas por un deseo inmoderado de expansión, determinadas naciones llegan a construir su prosperidad en perjuicio o aun a expensas del bien de las demás. El nacionalismo desenfrenado alimenta así proyectos de hegemonía, en el marco de los cuales las relaciones con las otras naciones parecen moverse en una alternativa inexorable: satelización y dependencia, competición y hostilidad. Un análisis trazado más a fondo permite descubrir la causa de esta situación en la aplicación de determinadas concepciones e ideologías que pretenden ofrecer el único fundamento de la verdad acerca del hombre, de la vida social y la historia.

Ante el dilema paz o guerra, el hombre se encuentra, por consiguiente, enfrentado a sí mismo, a su naturaleza, a su proyecto de vida personal y comunitaria y al uso de su libertad. Las relaciones entre los hombres ¿ tendrán que desarrollarse inexorablemente en base a una ley fatal de la existencia humana? O bien —en contraposición con las especies animales que luchan entre ellos mismos según la «ley» de la jungla— ¿los hombres tienen la vocación específica y la posibilidad natural de vivir en un clima de relaciones pacíficas con sus semejantes y de participar con ellos en la creación de la cultura, de la sociedad y de la historia? En resumidas cuentas, mientras se interroga sobre la paz, el hombre es llevado a preguntarse sobre el sentido y las condiciones de su propia existencia, personal y comunitaria.

La paz, don de Dios

4. La paz no es sólo un equilibrio superficial entre intereses materiales divergentes —como si se tratara de cantidad, de técnica— sino, más bien, en su realidad profunda, un bien de tipo esencialmente humano —de los sujetos humanos— y, por consiguiente, de naturaleza racional y moral, fruto de la verdad y la virtud. Ella resulta del dinamismo de las voluntades libres, guiadas por la razón hacia el bien común a alcanzar en la verdad, la justicia y el amor. Este orden racional y moral se apoya precisamente en la decisión de la conciencia de los seres humanos de buscar la armonía en sus relaciones mutuas, respetando la justicia en todos y, por consiguiente, los derechos humanos fundamentales inherentes a toda persona. No se ve cómo este orden moral podría prescindir de Dios, fuente primera del ser, verdad esencial y bien supremo.

Ya, en este sentido, la paz procede de Dios, como fundamento; ella es un don de Dios. Apropiándose de las riquezas y recursos del universo explotados por el ingenio humano —por esta causa han surgido a menudo los conflictos— «el hombre se encuentra ante el hecho de la principal donación por parte de la naturaleza y, en definitiva, por parte del Creador» (Encíclica Laborem exercens, n. 12). Dios no es sólo el que entrega la creación a la humanidad para administrarla y desarrollarla solidariamente de forma que esté al servicio de todos los hombres sin discriminación alguna; él es también el que graba en la conciencia del hombre las leyes que le obligan a respetar, de diversos modos, la vida y la persona de su prójimo, creado como él a imagen y semejanza de Dios, hasta el punto de que Dios es el garante de estos derechos humanos fundamentales. Si, Dios es la fuente de la paz; él llama a la paz, la garantiza y la da como fruto de la «justicia».

Más aun, él ayuda interiormente a los hombres a realizarla o a volver a encontrarla. En efecto, el hombre, en su existencia limitada y sujeta al error y al mal, está a la búsqueda del bien de la paz, como a ciegas, con muchas dificultades. Sus facultades están obscurecidas por apariencias de verdad, atraídas por falsos bienes y desviadas por instintos irracionales y egoístas. De ahí, la necesidad para él de abrirse a la luz transcendente de Dios que se proyecta en su vida, la purifica del error y la libera de sus pasiones agresivas. Dios no está lejos del corazón del hombre que le reza y trata de practicar la justicia; en continuo diálogo con él, en la libertad, le presenta el bien de la paz como la plenitud de la comunión de vida con Dios y los hermanos. En la Biblia la palabra «paz» se encuentra sin cesar asociada a la idea de bienestar, armonía, dicha, seguridad, concordia, salvación, justicia, como el bien por excelencia que Dios —«el Señor de la paz» (2 Tes 3, 16)— da ya y promete en abundancia: «Voy a derramar ... la paz como río» (Is 66, 12).

Don de Dios confiado a los hombres

5. Si la paz es un don, el hombre jamás está dispensado de su responsabilidad de buscarla y de esforzarse por establecerla a través de esfuerzos personales y comunitarios a lo largo de la historia. El don divino de la paz es, pues, siempre a la vez una conquista y realización humana, porque es propuesto al hombre para ser recibido libremente y puesto en práctica progresivamente con su voluntad creadora. Por otra parte, la Providencia, en su amor por el hombre, no lo abandona nunca, sino que lo empuja o conduce misteriosamente, aun en las horas más obscuras de la historia, por el camino de la paz. Las dificultades, decepciones y tragedias del pasado y del presente deben ser consideradas como lecciones providenciales, de las cuales pertenece a los hombres sacar la cordura necesaria para abrir nuevas vías, más racionales y valientes, con el fin de construir la paz. La referencia a la verdad de Dios da al hombre el ideal y las energías necesarias para sobrellevar las situaciones de injusticia, para librarse de ideologías de poder y dominio, para emprender un camino de verdadera fraternidad universal.

Los cristianos, fieles a Cristo que ha predicado el «Evangelio de paz» y que ha fundado la paz en los corazones reconciliándolos con Dios, tienen —como lo indicaré al final de este mensaje— unas razones aún más decisivas para mirar la paz como un don de Dios y contribuir valientemente a su implantación en este mundo, en la medida misma en la que desean su cumplimiento total en el Reino de Dios. Ellos saben que están invitados a unir sus esfuerzos a los de los creyentes de las otras religiones que denuncian incansablemente el odio y la guerra y que —de diferentes maneras— se esfuerzan por promover la justicia y la paz.

Hay que considerar bien, ante todo, en sus fundamentos naturales esta visión llena de esperanza para la humanidad encaminada hacia la paz, y subrayar la responsabilidad moral en respuesta al don de Dios; esto ilumina y estimula la actividad de los hombres en el campo de la información, de los estudios y de los compromisos en favor de la paz: tres sectores que quiero ahora ilustrar con algunos ejemplos.

La información

6. La paz del mundo depende, en cierto modo, del mejor conocimiento que los hombres y las sociedades tienen de sí mismos. Este conocimiento naturalmente depende de la información y de su calidad. Son promotores de paz los que, en un clima de respeto a los demás y con espíritu de caridad, buscan y proclaman la verdad. Trabajan por la paz los que se esfuerzan por atraer la atención acerca de los valores de las diferentes culturas, lo privativo de cada sociedad y las riquezas humanas de cada pueblo. Hacen obra de paz los que, a través de la información, suprimen distancias de tal modo que nos sintamos verdaderamente afectados por la suerte de esos hombres y mujeres que, lejos de nosotros, son víctimas de la guerra o de las injusticias.

Ciertamente, la acumulación de tales informaciones, sobre todo si narran catástrofes en las cuales no se puede hacer nada, podría terminar por convertir en indiferente o hastiar al que permanece como mero oyente, sin emprender jamás la acción que está a su alcance; pero, de suyo, el papel de los medios de comunicación social conserva su lado positivo: cada uno de nosotros está incitado a convertirse en el prójimo de todos los hombres hermanos (cfr. Lc 10, 29-37).

La información calificada tiene también un influjo directo en la educación y en la decisión política. Si se quiere que los jóvenes se sensibilicen ante el problema de la paz y que se preparen a convertirse en obreros de la paz, es indispensable que los programas educativos dejen lugar a la información sobre las situaciones concretas donde la paz está amenazada y sobre las condiciones necesarias para su promoción. Construir la paz no puede ser, en efecto, el resultado del mero poder de los dirigentes. No puede construirse sólidamente la paz, si ella no corresponde a la inquebrantable determinación de todas las buenas voluntades. Hace falta que los dirigentes se sientan sostenidos e iluminados por una opinión pública que les anime y, llegado el caso, manifieste su reproche. En consecuencia, es normal también que los gobernantes expliquen a la opinión pública todo lo que concierne a los problemas de la paz.

Estudios que contribuyen a la edificación de la paz

7. La edificación de la paz depende igualmente del progreso de las investigaciones que le atañen. Los estudios científicos consagrados a la guerra, a su naturaleza, causas, medios, finalidades y riesgos, están llenos de enseñanzas sobre las condiciones de la paz. Desde el momento en que ellos ponen de relieve las relaciones entre guerra y política, se concluye de estos estudios que, para el arreglo de los conflictos, la negociación tiene más porvenir que las armas.

Síguese de ahí que la importancia del derecho en el mantenimiento de la paz está llamada a ampliarse. Se sabía ya cómo en cada Estado la promoción de la justicia y el respeto de los derechos humanos se benefician ampliamente del trabajo de los juristas. Pero su importancia no es inferior, cuando se trata de buscar los mismos objetivos en el plano internacional y de disponer, a este nivel, de los instrumentos jurídicos que construyen la paz y la mantienen.

Sin embargo, desde que el cuidado de la paz ha penetrado en lo más íntimo del ser humano, los progresos sobre el camino de la paz están igualmente sometidos a las investigaciones dirigidas por los psicólogos y los filósofos. Es verdad que la polemología se ha enriquecido ya con los estudios realizados sobre la agresividad humana, sobre el instinto de muerte, sobre el espíritu gregario que puede inhibir repentinamente sociedades enteras. Queda aún mucho por decir sobre el terror que tiene el hombre de asumir su libertad, sobre su inseguridad cara a sí mismo y a los demás. Un mejor conocimiento de los estímulos de vida, del instinto de simpatía, de la disposición al amor y a la participación contribuye indudablemente a penetrar mejor en los mecanismos psicológicos que favorecen la paz.

A través de estas investigaciones, la psicología está llamada por lo tanto a iluminar y a completar la reflexión de los filósofos. En todas las épocas, ellos se han preguntado acerca de la guerra y la paz. Nunca la filosofía ha dejado de tener responsabilidad en este terreno, y queda el recuerdo desgraciadamente vivo de aquellos filósofos célebres que han visto en el hombre «un lobo para el hombre», y en la guerra, una necesidad histórica. Sin embargo, es verdad también que muchos han querido poner las bases de una paz duradera y a la vez perpetua, proponiendo, por ejemplo, unos sólidos fundamentos teóricos al derecho internacional.

Estos esfuerzos merece la pena que sean continuados e intensificados, y los pensadores que a ello se consagran podrán beneficiarse del aporte tan rico de una corriente de la filosofía contemporánea que da una importancia única al tema de la persona, y contribuye de modo singular a ahondar los temas de la libertad y de la responsabilidad. La reflexión sobre los derechos del hombre, la justicia y la paz podrá ser, merced a ello, clarificada.

La acción indirecta

8. Si la promoción de la paz depende, en un cierto sentido, de la información y de la investigación se funda sobre todo en la acción que los hombres emprenden en favor de la misma. Algunas formas de acción, consideradas aquí, tienen solamente una relación indirecta con la paz. Sin embargo sería una equivocación considerarlas como despreciables y, como sugeriremos brevemente por medio de algunos ejemplos, casi todos los sectores de la actividad humana ofrecen ocasiones insospechadas para promover la paz.

Tal es el caso de los intercambios culturales, en el pleno sentido de la palabra. Así, todo lo que permite a los hombres el conocerse mejor por medio de la actividad artística rompe barreras. Donde fracasa la palabra y donde la diplomacia es un auxilio aleatorio, la música, la pintura, el teatro, el deporte pueden acercar a los hombres. Lo mismo puede decirse de la investigación científica: por lo demás la ciencia, igual que el arte, suscita y congrega una sociedad universal donde se encuentran, sin división, todos los hombres atraídos por la verdad y la belleza. La ciencia y el arte anticipan así, a su propio nivel, la formación de una sociedad universal pacificada.

También la vida económica está llamada a acercar a los hombres, haciéndoles tomar conciencia de su interdependencia y complementariedad. Sin duda las relaciones económicas crean a menudo un campo de enfrentamiento despiadado, de competencia sin misericordia y de explotación desvergonzada. Pero estas mismas relaciones, ¿no podrían transformarse en relaciones de servicio, de solidaridad, y eliminar con ello una de las causas más frecuentes de discordia?

Justicia y paz dentro de las naciones

9. Si la paz debe ser una preocupación de todos los hombres, su construcción es una tarea que corresponde, directa y principalmente, a los dirigentes políticos. Desde este punto de vista, el lugar principal de la edificación de la paz es siempre la Nación, como sociedad políticamente organizada. Si la formación de una sociedad política tiene por objetivo la instauración de la justicia, la promoción del bien común y la participación de todos, la paz de esta sociedad sólo se realiza en la medida en que se respetan estos tres imperativos. La paz aparece solamente donde se salvaguardan las exigencias elementales de la justicia.

El respeto incondicional y efectivo de los derechos imprescriptibles e inalienables de cada uno es la condición sine qua non para que la paz reine en una sociedad. Con relación a estos derechos fundamentales, todos los demás son, de alguna manera, derivados y secundarios. En una sociedad donde estos derechos no son protegidos, la misma idea de universalidad está muerta, desde el momento en que solamente algunos individuos instauran, para exclusivo provecho propio, un principio de discriminación por medio del cual los derechos y la existencia misma de los demás están supeditados al arbitrio de los más fuertes. Una sociedad así no puede estar jamás en paz consigo misma; lleva en sí un principio de división y de explosión. Por la misma razón, una sociedad política no puede colaborar efectivamente en la construcción de la paz internacional si ella misma no está pacificada, es decir, si en ella no se toma en serio la promoción de los derechos del hombre. En la medida en que los dirigentes de una nación determinada se dediquen a edificar una sociedad plenamente justa, dan ya una aportación decisiva a la edificación de una paz auténtica, sólida y duradera (cfr. Encíclica Pacem in terris, II).

Justicia y paz entre las naciones

10. Pero si la paz dentro de cada nación es la condición necesaria para que pueda desarrollarse la paz verdadera, no es sin embargo la condición suficiente. La construcción de la paz a escala mundial no puede ser el resultado de voluntades dispersas, con frecuencia ambiguas y a menudo contradictorias, de las naciones. Por otra parte, para remediar esta carencia los Estados se han dotado de organizaciones internacionales apropiadas, uno de cuyos objetivos principales es armonizar las voluntades y hacerlas converger hacia la salvaguardia de la paz y hacia una mayor justicia entre las naciones.

Las Organizaciones internacionales, por la autoridad que han adquirido y por sus realizaciones, han llevado a cabo una obra notable en favor de la paz. Sin duda ha habido fracasos; no se han podido prevenir ni ataj ar rápidamente todos los conflictos. Pero esas Organizaciones han contribuido a demostrar a los ojos del mundo que la guerra, la sangre y las lágrimas no allanan las tensiones. Han dado la prueba, que podríamos llamar experimental, de que, también a nivel mundial, los hombres son capaces de unir sus esfuerzos y buscar juntos la paz.

Dinámica cristiana de la paz

11. Quiero dirigirme ahora más especialmente a mis hermanos y hermanas en la Iglesia. Ella da su apoyo y aliento a todos los esfuerzos serios de cara a la paz. No duda en proclamar que la acción de todos los que consagran lo mejor de sus energías a la paz está inscrita en el plan de salvación de Dios en Jesucristo. Pero recuerda a los cristianos que tienen razones más poderosas para ser testigos activos del don divino de la paz.

Ante todo, Cristo, con su palabra y ejemplo, suscitó nuevos comportamientos de paz. Puso la ética de la paz muy por encima de las actitudes corrientes de justicia y armonía. Al inicio de su ministerio, él proclama: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9). El envía a sus discípulos a llevar la paz de casa en casa, de pueblo en pueblo (ibid. 10, 11-13). Los invita a preferir la paz a toda venganza e incluso a ciertas reclamaciones legítimas, queriendo así arrancar del corazón del hombre la raíz de la agresividad (ibid. 5, 38-42). Les pide que amen a quienes las barreras de todo tipo han transformado en enemigos (ibid. 5, 43-48). Cita el ejemplo de los extranjeros que han tomado la costumbre de despreciar a los Samaritanos (cfr. Lc 10, 33; 17, 16). Invita a permanecer siempre humildes y a perdonar sin límites (cfr. Mt 18, 21-22). La actitud de compartir con los que están desprovistos de lo esencial —que pone como clave del juicio final (cfr. Mt 25, 31-46)— debe contribuir radicalmente a instaurar relaciones de fraternidad.

Estas indicaciones de Jesús y su ejemplo han tenido ya por sí mismos una vasta resonancia en la actitud de sus discípulos, como lo atestigua la historia de dos milenios. Pero la obra de Cristo se sitúa a un nivel mucho más profundo: el de una transformación misteriosa de los corazones. El ha traído verdaderamente «paz en la tierra a los hombres de buena voluntad», según el anuncio hecho desde su nacimiento (cfr. Lc 2, 14), y esto, no sólo revelándoles el amor del Padre, sino sobre todo reconciliándolos con Dios por medio de su sacrificio. Porque eran el Pecado y el Odio los que obstaculizaban la Paz con Dios y con los demás: él los destruyó con la ofrenda de su vida en la cruz; reconcilió en un solo cuerpo a los que eran enemigos (cfr. Ef 2, 16; Rom 12, 5). Desde entonces, sus primeras palabras a los Apóstoles, ya Resucitado, fueron «La paz sea con vosotros» (Jn 20, 19). Quienes aceptan la fe forman en la Iglesia una comunidad profética; con el Espíritu Santo enviado por Cristo, después del bautismo que los introduce en el Cuerpo de Cristo, realizan la experiencia de la paz dada por Dios en el sacramento de la reconciliación y en la comunión eucarística; anuncian «el evangelio de la paz» (Ef 6, 15); aprenden a vivir cada día en lo concreto; esperan el día de la reconciliación integral en el que, por una nueva intervención de Dios viviente que resucita a los muertos, el hombre será todo transparencia ante Dios y sus hermanos. Tal es la visión de fe que sostiene la acción de los cristianos en favor de la paz.

De este modo la Iglesia, por su misma existencia, se presenta al mundo como una sociedad de hombres reconciliados y pacificados por la gracia de Cristo, en comunión de amor y de vida con Dios y con todos los hermanos, por encima de las barreras humanas de todo tipo; ella es, ya en sí misma, y trata de serlo cada vez más en la práctica, un don y un fermento de paz ofrecidos por Dios a la humanidad entera. Ciertamente, los miembros de la Iglesia son bien conscientes de ser muy frecuentemente pecadores, también en este campo; pero sienten al menos la grave responsabilidad de poner en práctica este don de la paz. Por eso, ante todo deben superar las propias divisiones para encaminarse sin tardanza hacia la plenitud de la unidad en Cristo; así colaborarán con Dios para ofrecer su paz al mundo. Deben también evidentemente unir sus esfuerzos a los de todos los hombres de buena voluntad que trabajan por la paz en los diversos sectores de la sociedad y de la vida internacional. La Iglesia desea que sus hijos, con su testimonio e iniciativas, sean los primeros entre los que preparan y hacen reinar la paz. Al mismo tiempo, tiene muy en cuenta que en la práctica se trata de una obra difícil, —que exige mucha generosidad, discernimiento y esperanza—, y de un verdadero desafío.

La paz, un desafío permanente para el cristiano

12. El optimismo cristiano, basado en la cruz gloriosa de Cristo y en la efusión del Espíritu Santo, no justifica en efecto hacerse ilusiones. Para el cristiano, la paz en la tierra es siempre un desafío, a causa de la presencia del pecado en el corazón del hombre. Movido por su fe y esperanza, el cristiano se dedica pues a promover una sociedad más justa; lucha contra el hambre, la miseria y la enfermedad; se preocupa de la suerte de los emigrantes, prisioneros y marginados (cfr. Mt 25, 35-36). Pero sabe que si todas sus iniciativas manifiestan algo de la misericordia y perfección de Dios (cfr. Lc 6, 36; Mt 5, 48), son siempre limitadas en su alcance, precarias en sus resultados y ambiguas en su inspiración. Solamente Dios, que da la vida, cuando recapitule todo en su Hijo (cfr. Ef 1, 10), colmará la esperanza ardiente de los hombres llevando El mismo a cumplimiento todo lo que se haya emprendido en la historia según su Espíritu, en materia de justicia y de paz.

Desde entonces el cristiano, aun esforzándose con un renovado ardor en prevenir la guerra o en poner término a la misma, no se engaña ni sobre su capacidad de hacer triunfar la paz, ni sobre el alcance de las iniciativas que toma al respecto. Por consiguiente, se interesa por todas las realizaciones humanas en favor de la paz, participa en ellas muy a menudo, mirándolas siempre con realismo y humildad. Casi se podría decir que las «relativiza» doblemente, relacionándolas con la condición pecadora del hombre y situándolas a la luz del plan salvífico de Dios. Ante todo, el cristiano, no ignorando que las tendencias de agresividad, de hegemonía y de manipulación de los demás anidan en el corazón de los hombres e incluso algunas veces alimentan secretamente sus intenciones, —a pesar de ciertas declaraciones o manifestaciones de tipo pacifista— sabe que, sobre la tierra, una sociedad humana pacificada totalmente y para siempre es desgraciadamente una utopía y que las ideologías que la dejan entrever como si pudiera fácilmente ser alcanzada, mantienen esperanzas irrealizables, cualesquiera que sean las razones de su actitud: visión errónea de la condición humana, falta de aplicación al considerar el conjunto del problema, evasión para calmar el miedo, o, en otros, cálculo interesado. El cristiano está igualmente persuadido —aunque no sea más que por una dolorosa experiencia— de que estas falsas esperanzas llevan directamente a la pseudopaz de los regímenes totalitarios. Pero esta visión realista no debe frenar absolutamente a los cristianos en sus esfuerzos por la paz; al contrario, ésta estimula su ardor, porque ellos saben también que la victoria de Cristo sobre la mentira, el odio y la muerte da a los hombres amantes de paz un motivo para actuar más decisivamente que la ofrecida por las antropologías más generosas, y una esperanza más fundada que la que brota de las quimeras más audaces.

Por esto el cristiano, incluso cuando se entrega a combatir y prevenir todas las formas de guerra, no duda en recordar, en nombre de una exigencia elemental de justicia, que los pueblos tienen el derecho y aun el deber de proteger, con medios adecuados, su existencia y su libertad contra el injusto agresor (cfr. Const. Gaudium et spes, 79). Sin embargo, teniendo en cuenta la diferencia por así decir de naturaleza entre las guerras clásicas y las nucleares o bacteriológicas, así como el escándalo de la carrera a los armamentos ante las necesidades del Tercer Mundo, este derecho, muy real en su principio, no hace más que subrayar para la sociedad mundial la urgencia de encontrar unos medios eficaces de negociación. Así el terror nuclear que amenaza nuestro tiempo puede apremiar a los hombres a enriquecer su patrimonio común con un descubrimiento muy sencillo que está a su alcance, a saber, que la guerra es el medio más cruel e ineficaz para resolver los conflictos. La sociedad humana, hoy más que nunca, está pues obligada a dotarse de instrumentos de concordia y diálogo que necesita para sobrevivir, y por consiguiente, de las instituciones indispensables para la construcción de la justicia y de la paz.

¡Ojalá tome también conciencia de que esta obra excede las fuerzas humanas!

Oración por la paz

13. A lo largo de este mensaje he interpelado la responsabilidad de los hombres de buena voluntad, especialmente de los cristianos, ya que Dios ha confiado la paz a los hombres. Con el realismo y esperanza que la fe permite, he querido llamar la atención de ciudadanos y gobernantes sobre un cierto número de realizaciones o actitudes ya posibles y capaces de edificar solidariamente la paz. Pero, más allá o más bien, dentro de esta acción necesaria que podría parecer que depende en primer lugar de los hombres, la paz es ante todo un don de Dios —no hay que olvidarlo jamás— y siempre debe ser implorada de su misericordia.

Tal convicción parece haber animado a los hombres de todas las civilizaciones que han puesto la paz en el primer lugar de sus oraciones. Referencias de ello se encuentran en todas las religiones. ¡Cuántos hombres, teniendo la experiencia de combates mortales y de campos de concentración, cuántas mujeres y niños desamparados a causa de las guerras, se han vuelto antes que a nosotros hacia el Dios de la paz! Hoy, cuando las amenazas adquieren una gravedad particular por su extensión y su carácter radical, cuando las dificultades para construir la paz presentan un cariz nuevo y a menudo confuso, muchas personas, incluso poco familiares con la oración, pueden encontrar espontáneamente el camino hacia ella.

Sí, nuestro futuro está en las manos de Dios, el único que nos da la verdadera paz. Y mientras los corazones humanos proyectan sinceramente acciones de paz, es la gracia de Dios la que inspira y fortalece sus sentimientos. Todos están invitados a repetir en este sentido la oración de San Francisco de Asís, del que estamos celebrando el octavo centenario de nacimiento: Señor, haz de nosotros artífices de paz; donde domina el odio, que nosotros proclamemos el amor; donde hay ofensas, que nosotros ofrezcamos el perdón; donde abunda la discordia, que nosotros construyamos la paz.

A los cristianos, por su parte, les gusta implorar la paz, elevando como oración tantos salmos llenos de súplicas de paz y repetidos con el amor universal de Jesús.

Es este un punto ya común y profundo en todas las iniciativas ecuménicas. Los otros creyentes del resto del mundo esperan también del Todopoderoso el don de la paz, y, más o menos conscientemente, muchos otros hombres de buena voluntad están dispuestos a hacer la misma oración en lo íntimo de su corazón. ¡Suba así al Señor una súplica ferviente desde los cuatro ángulos de la tierra! Esto será ya una hermosa unanimidad en el camino de la paz. ¡Y quién podrá dudar de que Dios no dejará de escuchar este grito de sus hijos: Señor, danos la paz ¡Danos tu paz!

Vaticano, 8 de diciembre de 1981.

JOANNES PAULUS PP. II

 

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