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MENSAJE DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
 XVI JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

1 DE ENERO DE 1983

 

EL DIÁLOGO POR LA PAZ,
UNA URGENCIA PARA NUESTRO TIEMPO

 

1. En el umbral del año nuevo 1983, para la decimosexta Jornada Mundial de la Paz, os presento este Mensaje sobre el tema «El diálogo por la paz, una urgencia para nuestro tiempo». Lo dirijo a todos los que son de algún modo responsables de la paz, a los que dirigen el destino de los pueblos, a los funcionarios internacionales, a los hombres políticos, a los diplomáticos, y también a los ciudadanos de cada país. Todos son, en efecto, interpelados por la necesidad de preparar una verdadera paz, de mantenerla o de restablecerla, sobre bases sólidas y justas. Ahora bien, estoy profundamente convencido de que el diálogo —el verdadero diálogo— es una condición esencial para esa paz. Sí, este diálogo es necesario, no solamente oportuno; es difícil, pero es posible, a pesar de los obstáculos que la realidad nos obliga a considerar. Representa pues una verdadera urgencia que os invito a tener en cuenta. Lo hago sin otro objetivo que el de contribuir, yo mismo y la Santa Sede, a la paz, tomando con vivo empeño el destino de la humanidad, como heredero y primer responsable del Mensaje de Cristo, que es ante todo un Mensaje de Paz para todos los hombres.

Aspiración de los hombres a la paz y al diálogo

2. Estoy seguro de que coincido en ello con la aspiración fundamental de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Este deseo de la paz ¿no ha sido afirmado por todos los Gobernantes en las felicitaciones a su nación, o en sus declaraciones referentes a otros países? ¿Qué partido político osaría abstenerse de incluir en su programa la búsqueda de la paz? En cuanto a las Organizaciones internacionales, éstas han sido creadas para promover y garantizar la paz, y mantienen ese objetivo a pesar de los fracasos. La misma opinión pública, cuando no es exacerbada artificialmente por algún sentimiento apasionado de orgullo o de injusta frustración, opta por soluciones de paz; más aún, movimientos cada vez más numerosos trabajan —aun con lucidez o sinceridad que a menudo pueden dejar que desear— para hacer tomar conciencia de la necesidad de eliminar no solamente la guerra, sino todo lo que podría llevar a la guerra. Los ciudadanos, en general, desean que un clima de paz garantice su búsqueda de bienestar, particularmente cuando se encuentran —como en nuestros días— enfrentados a una crisis económica que amenaza a los trabajadores.

Pero habrá que llegar hasta el final de esta aspiración por fortuna muy extendida: la paz no se establecerá ni se mantendrá, sin que se pongan los medios. Y el medio por excelencia es adoptar una actitud de diálogo, es introducir pacientemente los mecanismos y las fases de diálogo donde quiera que la paz está amenazada o ya comprometida, en las familias, en la sociedad, entre los países o entre los bloques de países.

La experiencia pasada demuestra la importancia del diálogo

3. La experiencia histórica, incluso la más reciente, atestigua en efecto que el diálogo es necesario para la verdadera paz. Sería fácil aducir casos en los que el conflicto parecía fatal, pero en los que la guerra ha sido evitada o abandonada, porque las partes en litigio han creído en el valor del diálogo y lo han practicado a través de largas y leales negociaciones. Al contrario, cuando ha habido conflictos —y en contra de una opinión bastante difundida, se pueden por desgracia citar más de ciento cincuenta conflictos armados después de la segunda guerra mundial—, era porque el diálogo no había tenido lugar verdaderamente o que había sido falseado, desvirtuado o restringido voluntariamente. El año que acaba de terminar ha ofrecido una vez más el espectáculo de la violencia y de la guerra; los hombres han demostrado que preferían servirse de sus armas, más que tratar de entenderse. Sí, al lado de signos de esperanza, el año 1982 dejará en muchas familias humanas un recuerdo de desolación y de ruinas, un sabor amargo de lágrimas y de muerte.

El diálogo por la paz es necesario

4. Ahora bien, ¿quién osaría prestar poca atención a tales guerras, algunas de las cuales duran todavía, a estados de guerra, o a las frustraciones profundas que dejan las guerras? ¿Quién podría imaginar sin temblar guerras todavía más extendidas y terribles, que siguen amenazando? ¿No es necesario hacer todo para evitar la guerra, incluso la «guerra limitada» llamada así con eufemismo por los que están directamente implicados en ella, teniendo en cuenta el mal qué representa toda guerra, su precio a pagar en vidas humanas, en sufrimientos, en devastación de lo que sería necesario para la vida y el desarrollo de los hombres, sin tener en cuenta el trastorno de la tranquilidad necesaria, el deterioro del tejido social, el endurecimiento de la desconfianza y del rencor que las guerras provocan hacia el prójimo? Y hoy día en que incluso las guerras convencionales resultan mortíferas; cuando se conocen las consecuencias dramáticas que tendría la guerra nuclear, es tanto más imperiosa la necesidad de parar la guerra o de alejar su amenaza. Y por consiguiente aparece como más fundamental la necesidad de recurrir al diálogo, a su fuerza política, que debe evitar el recurso a las armas.

El diálogo por la paz es posible

5 . Pero algunos, hoy día, que se consideran realistas, dudan de la posibilidad del diálogo y de su eficacia, al menos cuando las posturas son tan tensas e inconciliables que parece que no dejan lugar a ningún acuerdo. ¡Cuántas experiencias negativas, fracasos repetidos, parecerían apoyar esta visión desencantada!

Y no obstante, el diálogo por la paz es posible, siempre posible. No es una utopía. Por otra parte, incluso cuando no ha parecido posible, y se ha llegado al enfrentamiento bélico, ¿no ha sido indispensable de todos modos —después de la devastación de la guerra que ha puesto de manifiesto la fuerza del vencedor, pero no ha solucionado nada en lo que concierne a los derechos reivindicados— volver a la búsqueda del diálogo? A decir verdad, la convicción que expreso ahora no se basa en esa fatalidad sino en una realidad: en la consideración de la naturaleza profunda del hombre. Quien comparte la fe cristiana estará más fácilmente persuadido de ello, aun creyendo en la debilidad congénita y en el pecado, que dejan huellas en el corazón humano desde el principio. Pero todo hombre, creyente o no, aun siendo muy prudente y lúcido respecto al endurecimiento posible de su hermano, puede y debe mantener suficientemente la confianza en el hombre, en su capacidad de ser razonable, en su sentido del bien, de la justicia, de la equidad, en su posibilidad de amor fraterno y de esperanza, jamás pervertidos del todo, para apostar por el recurso al diálogo y su reanudación posible. Sí, al final los hombres son capaces de superar las divisiones, los conflictos de interés, incluso los contrastes que parecen radicales, sobre todo cuando cada parte está convencida de defender una justa causa, si creen en la fuerza del diálogo, si aceptan encontrarse para buscar una solución pacífica y razonable a los conflictos. Pero hace falta que no se dejen desanimar por los fracasos reales o aparentes. Hace falta que se avengan a reanudar sin cesar un verdadero diálogo —quitando los obstáculos y desmontando los vicios del diálogo de que hablaré más adelante— a recorrer hasta el extremo este único camino que lleva a la paz, con todas sus exigencias y condiciones.

Las virtualidades del verdadero diálogo

6. Creo útil recordar aquí las cualidades del verdadero diálogo. Estas se aplican ante todo al diálogo entre personas; pero pienso también y sobre todo en el diálogo entre grupos sociales, entre fuerzas políticas dentro de una nación, entre Estados en el seno de la comunidad internacional. Se aplican también al diálogo entre los grandes grupos humanos que se distinguen y contraponen en campo étnico, cultural, ideológico o religioso; porque los especialistas en cuestiones bélicas reconocen que la mayoría de los conflictos tienen en ello sus raíces, aun estando a la vez relacionados con los grandes antagonismos actuales Este-Oeste, por una parte, o Norte-Sur, por la otra.

El diálogo es un elemento central e indispensable del pensamiento ético de todos los hombres. Bajo forma de un intercambio, de esa comunicación entre seres humanos que el lenguaje permite, se trata en realidad de una búsqueda común.

— Fundamentalmente supone la búsqueda de lo verdadero, bueno y justo para todo hombre, para todo grupo y sociedad, tanto en la parte con la que se es solidario como con la que, por el contrario, se presenta como adversaria.

— Exige ante todo la apertura y acogida, es decir, que cada parte exponga sus puntos de vista, pero escuche también la exposición de la situación que presenta la otra, que siente sinceramente; con sus verdaderos problemas, derechos, injusticias de las que es consciente, soluciones razonables que propone. ¿Cómo podría establecerse la paz cuando una de las partes no se ha preocupado de considerar las condiciones de existencia de la otra?

— El diálogo supone pues que cada uno acepte esta diferencia y especificidad del otro; que mida bien lo que le separa del otro; que lo asuma, aun con el riesgo de tensiones que de ahí derivan, sin renunciar por cobardía o por coacción a aquello que reconoce como verdadero y justo, lo cual podría conducir a un compromiso falso; y, a la inversa, sin pretender tampoco reducir al otro a la condición de objeto, sino considerándolo como sujeto inteligente, libre y responsable.

— El diálogo es al mismo tiempo búsqueda de todo aquello que ha sido y sigue siendo común a los hombres, aun en medio de tensiones, oposiciones y conflictos. En este sentido, es hacer del otro un prójimo. Es aceptar su colaboración, es compartir con él la responsabilidad frente a la verdad y la justicia. Es proponer y estudiar todas las fórmulas posibles de honesta conciliación, sabiendo unir a la justa defensa de los intereses y del honor de la propia parte una no menos justa comprensión y respeto hacia las razones de la otra parte, así como las exigencias del bien general, común a ambas.

¿No es cada vez más evidente que todos los pueblos de la tierra se hallan en situación de interdependencia mutua en campo económico, político y cultural? Quien pretendiera liberarse de esta solidaridad no tardaría en pagar las consecuencias.

— Finalmente, el verdadero diálogo es la búsqueda del bien por medios pacíficos; es voluntad obstinada de recurrir a todas las fórmulas posibles de negociación, de mediación, de arbitraje, esforzándose siempre para que los factores de acercamiento prevalezcan sobre los de división y de odio. Es un reconocimiento de la dignidad inalienable del hombre. Tal diálogo se fundamenta en el respeto a la vida humana. Es una apuesta en favor de la sociabilidad de los hombres, de su vocación a caminar juntos de manera estable, mediante un encuentro convergente de inteligencias, voluntades y corazones hacia el objetivo que les ha fijado el Creador: el de hacer la tierra verdaderamente habitable para todos y digna de todos.

La virtualidad política de tal diálogo no puede menos de dar frutos en favor de la paz. Mi venerado predecesor el Papa Pablo VI ha consagrado al diálogo una gran parte de su primera encíclica Ecclesiam suam. El escribía: «La apertura de un diálogo desinteresado, objetivo y leal ... lleva consigo la decisión en favor de una paz libre y honrosa; excluye fingimientos, rivalidades, engaños y traiciones» (Cf. AAS 56, 1964, 654). Esa virtualidad exige de parte de los responsables políticos de hoy una gran lucidez, lealtad y valentía, no sólo frente a los otros pueblos, sino también frente a la opinión pública de su propio pueblo. Supone con frecuencia una verdadera conversión. Pero no hay otra posibilidad ante la amenaza de la guerra. Y digámoslo una vez más: no se trata de una quimera. A este respecto podríamos citar a contemporáneos nuestros que se han cubierto de honor poniéndolo en práctica.

Obstáculos al diálogo. Los falsos diálogos

7. Creo conveniente denunciar aquí, en cambio, algunos obstáculos particulares al diálogo en favor de la paz.

No hablo de las dificultades inherentes al diálogo político, como la que se da con frecuencia al tratar de conciliar intereses concretos opuestos o de hacer prevalecer condiciones demasiado precarias de existencia, aun sin que se pueda invocar una verdadera injusticia por parte de otros. Pienso en lo que endurece o impide los procesos normales del diálogo. Ya he dejado entender que el diálogo queda bloqueado por la voluntad apriorística de no conceder nada, por la falta de escucha, por la pretensión de ser uno mismo y sólo él el patrón para medir la justicia. Esta actitud puede ocultar simplemente el egoísmo ciego y sordo de un pueblo, o más frecuentemente el deseo de poder de sus dirigentes. A veces éste coincide con una concepción extremista y pasada de moda de la soberanía y de la seguridad del Estado. Este corre entonces el peligro de convertirse en objeto de un culto, que podríamos llamar indiscutible, para justificar las empresas más discutibles. Orquestado por los poderosos medios de los que dispone la propaganda, tal culto —que no hay que confundir con el patriotismo bien entendido— puede inhibir el sentido crítico y moral aun de los ciudadanos más precavidos y empujar a la guerra.

Con mayor razón hay que mencionar la mentira táctica y deliberada, que abusa del lenguaje, recurre a las técnicas más sofisticadas de propaganda, enrarece el diálogo y exaspera la agresividad.

Finalmente, cuando algunas partes son alimentadas con ideologías que, a pesar de sus declaraciones, se oponen a la dignidad de la persona humana, a sus justas aspiraciones según los sanos principios de la razón, de la ley natural y eterna (cf. Pacem in terris, AAS 55, 1963, 300) —ideologías que ven en la lucha el motor de la historia, en la fuerza la fuente del derecho, en la clasificación del enemigo el abecé de la política— el diálogo resulta difícil y estéril, o, si continúa, es una realidad superficial y falseada. Se hace tan difícil que en la práctica es imposible. De ahí se sigue la casi incomunicabilidad entre países y bloques; se paralizan las mismas instituciones internacionales; y el fracaso del diálogo corre el riesgo de favorecer la carrera a los armamentos.

Sin embargo, incluso ante lo que puede ser considerado como un callejón sin salida en la medida en la que las personas se adhieren a tales ideologías, es necesario intentar de nuevo un diálogo lúcido para desbloquear la situación y abrir dentro de lo posible los caminos de la paz en puntos determinados, apoyándose en el sentido común, en las perspectivas del peligro generalizado y en las justas aspiraciones a las que se adhiere la gran parte de los pueblos.

El diálogo a nivel nacional

8. El diálogo por la paz debe instaurarse ante todo a nivel nacional, para resolver los conflictos sociales y buscar el bien común. Por lo tanto, teniendo en cuenta los intereses de los diferentes grupos, la concertación pacífica puede hacerse constantemente, a través del diálogo, en el ejercicio de las libertades y de los deberes democráticos para todos, merced a las estructuras de participación y a las múltiples instancias de conciliación entre los empleados y los trabajadores, en el modo de respetar y asociar a los grupos culturales, étnicos y religiosos que forman una nación. Desgraciadamente, cuando el diálogo entre los gobernantes y el pueblo no existe, la paz social está amenazada o ausente; es como si se viviera en estado de guerra. Pero la historia y la observación actual muestran que muchos países han conseguido o consiguieron establecer una verdadera concertación permanente para resolver los conflictos que surgieron en su interior, o igualmente para prevenirlos, dotándose de unos instrumentos de diálogo verdaderamente eficaces. Ante todo se dan ellos una legislación en evolución constante, que hace respetar unas jurisdicciones apropiadas para corresponder al bien común.

El diálogo por la paz a nivel internacional

9. Si el diálogo se muestra capaz de producir resultados positivos a nivel nacional ¿por qué razón no será así a nivel internacional? Es cierto que cada vez los problemas son más homogéneos. Pero el medio por excelencia sigue siendo el diálogo leal y paciente. Cuando éste falta entre las naciones, hay que hacer todo para instaurarlo. Cuando es deficiente, hay que perfeccionarlo. Jamás se deberá descartar el diálogo, recurriendo a la fuerza de las armas como medio para resolver los conflictos. La grave responsabilidad que aquí está comprometida, no es sólo la de las partes adversarias presentes, cuya pasión es difícil de dominar, sino también y más aún la de los países más poderosos que se abstienen de ayudarles a renovar el diálogo, abocándoles a la guerra, o tentándoles con el comercio de las armas.

El diálogo entre las naciones debe fundarse en la fuerte convicción de que el bien de un pueblo no puede obtenerse a costa del bien de otro pueblo. Todos tienen los mismos derechos y las mismas reivindicaciones de una vida digna para sus ciudadanos. Es esencial también progresar en la superación de rupturas artificiales, herencia del pasado, y de los antagonismos de bloques. Más aún es necesario reconocer la interdependencia creciente entre las naciones.

El objeto del diálogo internacional

10. Si se quiere precisar el objeto del diálogo internacional, hay que decir que debe basarse en concreto sobre los derechos del hombre, sobre la justicia entre los pueblos, la economía, el desarme y el bien común internacional.

Debe tender a que los hombres y los grupos humanos sean reconocidos en su especificidad, en su originalidad, con su necesario espacio de libertad, y, concretamente, en el ejercicio de sus derechos fundamentales. A este respecto, se puede esperar un sistema jurídico internacional más sensible a las llamadas de aquellos cuyos derechos son violados, y unas jurisdicciones que dispongan de unos medios eficaces propios, para hacer respetar su autoridad.

Si la injusticia bajo todas sus formas es la fuente primera de la violencia y de la guerra, es evidente que, de manera general, el diálogo por la paz es inseparable del diálogo por la justicia, en favor de los pueblos que sufren frustración y dominio por parte de los restantes pueblos.

El diálogo por la paz comporta necesariamente también una discusión sobre las reglas que rigen la vida económica. Porque la tentación de la violencia y la guerra estará presente siempre en aquellas sociedades donde la avidez, la carrera a los bienes materiales impulsan a una minoría satisfecha a rehusar a la gran masa la satisfacción de los derechos más elementales a la alimentación, a la educación, a la sanidad, a la vida (cfr. Gaudium et spes, 69). Esto es cierto a nivel nacional, pero también a nivel internacional, sobre todo si las relaciones bilaterales siguen siendo preponderantes. Es ahí donde la apertura a las relaciones multilaterales, particularmente en el marco de las Organizaciones internacionales, aporta una posibilidad de diálogo, menos cargado de desigualdades y, por lo tanto, más favorables a los criterios de justicia.

Evidentemente, el objeto del diálogo internacional llevará también al tema de la peligrosa carrera a los armamentos, con vistas a reducirla progresivamente, como ya sugerí en mi mensaje leído en la ONU, el pasado mes de junio, y con arreglo al mensaje que los sabios de la Academia Pontificia de las Ciencias llevaron de mi parte a los responsables de las potencias nucleares. En vez de estar al servicio de los hombres, la economía se está militarizando. El desarrollo y el bien común están subordinados a la seguridad. La ciencia y la tecnología se degradan, convirtiéndose en unos auxiliares de la guerra. La Santa Sede no dejará de insistir sobre la necesidad de frenar la carrera a los armamentos mediante negociaciones progresivas, llamando a la reciprocidad. Seguirá alentando todos los pasos, aun los más pequeños, de diálogo razonable en este fundamental terreno.

Pero el objeto del diálogo para la paz no deberá reducirse a una mera denuncia de la carrera armamentista; se trata de buscar un orden internacional más justo, un consenso sobre una repartición más equitativa de los bienes, de los servicios, del saber, de la información y una decidida voluntad de encaminarlos hacia el bien común. Sé que tal diálogo, del que forma parte el diálogo Norte-Sur, es muy complejo; debe resueltamente proseguir con el fin de preparar las condiciones de la verdadera paz ante la proximidad del tercer milenio.

Llamada a los responsables

11. Después de estas consideraciones, mi Mensaje querría ser sobre todo una llamada destinada a recoger el desafío al diálogo por la paz.

Ante todo, lo dirijo a vosotros Jefes de Estado y de Gobierno. Ojalá que vosotros, para que vuestro país conozca una verdadera paz social, facilitéis todas las condiciones de diálogo y de concertación que, justamente establecidas, no comprometerán, antes bien favorecerán, a largo término, el bien común de la nación, en la libertad e independencia. Ojalá que vosotros practiquéis este diálogo de igual a igual con los demás países, y ayudéis a las partes en conflicto a que encuentren los caminos del diálogo, de la conciliación razonable y de la justa paz.

Me dirijo igualmente a vosotros, diplomáticos, cuya noble profesión es, entre otras, la de afrontar los puntos conflictivos y buscar su solución por medio del diálogo y la negociación, para evitar que se recurra a las armas, o para sustituir a los beligerantes. Trabajo de paciencia y perseverancia, que la Santa Sede aprecia tanto más cuanto que ella misma está comprometida en las relaciones diplomáticas, con las que se esfuerza por hacer adoptar el diálogo como medio más apto para superar las discordias.

Deseo sobre todo renovar mi confianza en vosotros, responsables y miembros de las Organizaciones internacionales, y en vosotros, funcionarios internacionales. Durante el último decenio vuestras Organizaciones han sido muy a menudo objeto de intentos de manipulación por parte de naciones deseosas de aprovecharse de tales instancias. Sin embargo la multiplicidad actual de los enfrentamientos violentos, divisiones y bloqueos con los que tropiezan las relaciones bilaterales, ofrecen a las grandes Organizaciones internacionales la ocasión de poner en marcha un cambio cualitativo en sus actividades, aun tratando de reformar ciertos puntos de sus propias estructuras para tener en cuenta las realidades nuevas y gozar de un poder eficaz. Sean regionales o mundiales, vuestras Organizaciones tienen una ocasión excepcional a aprovechar: adecuarse de nuevo, en toda su plenitud, a la misión que les corresponde en virtud de su origen, de su carta y mandato; llegar a ser los lugares e instrumentos por excelencia del verdadero diálogo por la paz. Lejos de dejarse invadir por el pesimismo y por el desaliento que paralizan, ellas tienen la posibilidad de afirmarse todavía más como lugares de encuentro, en los que podrían ser reexaminadas las más audaces prácticas que prevalecen actualmente en los intercambios políticos, económicos, monetarios y culturales.

Dirijo igualmente una llamada particular a vosotros que trabajáis en los medios de comunicación social. Los acontecimientos dolorosos que el mundo ha conocido en estos últimos tiempos han confirmado la importancia de una opinión iluminada para que un conflicto no degenere en guerra. La opinión pública, en efecto, puede frenar las tendencias belicosas o, al contrario, apoyar esas mismas tendencias hasta la ofuscación. Ahora bien, como artífices de emisiones de radio, televisión, prensa, tenéis un papel cada vez más preponderante en este terreno. Os animo a sopesar vuestra responsabilidad y a hacer que se pongan de relieve con la máxima objetividad los derechos, problemas y mentalidades de cada una de las partes, a fin de promover la comprensión y el diálogo entre los grupos, los países y las civilizaciones.

Finalmente, debo dirigirme a cada hombre y a cada mujer y también a vosotros los jóvenes: vosotros tenéis múltiples ocasiones para derribar las barreras del egoísmo, de la incomprensión y de la agresividad con vuestro modo de dialogar, cada día, en vuestra familia, vuestro pueblo, vuestro barrio, en las asociaciones de vuestra ciudad, de vuestra región, sin olvidar las Organizaciones no gubernamentales. El diálogo por la paz es un quehacer de todos.

Motivos particulares de los cristianos para recoger el desafío al diálogo

12. Ahora os exhorto especialmente a vosotros, cristianos, a tomar la parte que os incumbe en este diálogo, de acuerdo con las responsabilidades que os atañen, a proseguirlo con la peculiaridad de acogida, franqueza y justicia que exige la caridad de Cristo, a tomarlo sin cesar con la tenacidad y la esperanza que os permite la fe. Conocéis también la necesidad de la conversión y la oración, porque el obstáculo por excelencia para la instauración de la justicia y la paz se encuentra dentro del corazón del hombre, en el pecado (cfr. Gaudium et spes, 10), como ocurría en el corazón de Caín, al rechazar el diálogo con su hermano Abel (cfr. Gén 4, 6-9). Jesús nos ha enseñado el modo de escuchar, compartir, hacer por los demás lo que se quiere para uno mismo, arreglar las diferencias mientras se camina juntos (cfr. Mt 5, 25) y perdonar. Sobre todo, por su muerte y resurrección, ha venido a liberarnos del pecado que nos opone, a darnos su paz, a derribar el muro que separa los pueblos. Este es el motivo por el que la Iglesia ora sin cesar al Señor que conceda a los hombres el don de su paz, como lo indicaba el Mensaje del año pasado. Los hombres no están destinados a no entenderse ni a estar divididos como en Babel (cfr. Gén 11, 7-9). En Jerusalén, el día de Pentecostés, el Espíritu Santo hizo encontrar a los primeros discípulos del Señor, por encima de la diversidad de lenguas, el camino real de la paz en la fraternidad. La Iglesia sigue siendo testigo de esta grande esperanza.

* * *

Ojalá los cristianos puedan ser siempre más conscientes de su vocación de ser, contra viento y marea, los humildes guardianes de la paz que, en la noche de Navidad, Dios ha confiado a todos los hombres.

Y ojalá, con ellos, todos los hombres de buena voluntad puedan recoger este desafío para nuestro tiempo, aun en medio de las circunstancias más difíciles, es decir, haciendo todo lo posible por evitar la guerra y comprometerse para ello, con mayor convicción, en el camino que aleja su amenaza: el diálogo por la paz.

Vaticano, 8 de diciembre de 1982.

JOANNES PAULUS PP. II

 

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