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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS LÍDERES DE LAS COMUNIDADES DE BASE DE BRASIL

 

Amados hermanos:

1. Vuestro deseo de poder encontraros con el Papa durante su visita a Brasil coincidía con el deseo que yo mismo tenía de reunirme con vosotros. Pero no ha sido posible, con gran pena para mí, tomar contacto con todas las realidades y experiencias de la Iglesia en Brasil. Respecto a algunas he tenido que limitarme a conversar con personas ligadas a ellas. Eso me ha sucedido con vosotros, miembros y responsables de comunidades eclesiales de base. La lectura de las relaciones quinquenales de los obispos de Brasil y mis conversaciones con ellos durante la actual visita confirman algo que yo ya conocía por anteriores informaciones: la enorme importancia que tienen las comunidades eclesiales de base en la pastoral de la Iglesia en Brasil. Por eso, no habiendo tenido ocasión de encontrarme con vosotros, no quisiera dejaros sin unas palabras mías, como signo de interés.

2. Me alegra, ante todo, poder renovar ahora la confianza que mi añorado predecesor el Papa Pablo VI, quiso manifestar en relación con las comunidades eclesiales de base. A ellas consagró un párrafo denso, rico de contenido, luminoso en sus conceptos y altamente significativo en su magistral Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi (núm. 58). Recogía en ese texto todo cuanto sobre esas comunidades se había discutido en el transcurso del Sínodo de los Obispos de 1974, en el cual la Divina Providencia quiso que yo asumiese tareas de gran responsabilidad. Ya durante el viaje pastoral a México, tres meses después de la elección para el supremo pontificado, tuve ocasión de declarar que las comunidades eclesiales de base pueden ser un valioso instrumento de formación cristiana y de penetración capilar del Evangelio en la sociedad (cf. L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 11 de febrero de 1979, pág. 16). Y lo serán en la medida en que se mantuvieren fieles a esa identidad fundamental tan bien descrita por Pablo VI en el citado párrafo de la Evangelii nuntiandi.

3. Entre las dimensiones de las comunidades eclesiales de base, juzgo conveniente llamar la atención sobre la que más profundamente las define y sin la cual se desvanecería su identidad: la eclesialidad.

Subrayo esa eclesialidad porque está explícita ya en la designación que, sobre todo en América Latina, han recibido las comunidades de base. Ser eclesiales es su marca original y su modo de existir y actuar. Son comunidades orgánicas para mejor ser Iglesia. Y la base a que se refieren es de carácter claramente eclesial y no meramente sociológico o de otra índole. Subrayo también esa eclesialidad, porque el peligro de atenuar esa dimensión, cuando no de condenarla a desaparecer en beneficio de otras, no es ni irreal ni remoto, sino que sigue siendo actual. Especialmente insistente resulta el riesgo de intromisión de lo político. Esa intromisión puede darse en la propia génesis y formación de las comunidades, cuando se crean no partiendo de una visión de Iglesia, sino con criterios y objetivos de ideología política. Tal intromisión, por otra parte, puede darse también bajo la forma de instrumentalización política de comunidades que habían nacido con perspectiva eclesial.

Una exquisita atención y un serio y animoso esfuerzo para mantener en toda su pureza la dimensión eclesial de esas comunidades es un eminente servicio que se presta, por una parte, a las comunidades mismas y, por otra, a la Iglesia. A las comunidades, porque las conserva en su identidad eclesial y les garantiza la libertad, la eficacia y la propia supervivencia. A la Iglesia, porque sólo cumplirán su misión esencial de evangelización las comunidades que vivan auténticamente la inspiración eclesial sin dependencias de otro tipo. Esa atención y ese esfuerzo son un deber sagrado del Sucesor de Pedro, en virtud de "su solicitud por todas las Iglesias" (cf. 2 Cor 2, 28). Son un deber de cada obispo en su diócesis y de los obispos colegialmente unidos en el ámbito de una nación. Son un deber también de quienes tienen alguna responsabilidad dentro de las propias comunidades.

La ocasión de este viaje me parece momento adecuado para exhortar a las comunidades de base de Brasil a que conserven intacta su dimensión eclesial, pese a las tendencias , o impulsos que vengan del exterior, o del propio país, en un sentido diverso. Si en los anos pasados las comunidades eclesiales de base latinoamericanas, y en particular las brasileñas, manifestaron enorme vitalidad y fueron acogidas como valiosísimo elemento pastoral, si tuvieron además notable repercusión en el exterior, fue justamente porque supieron mantener, sin desviaciones ni alteraciones, la dimensión eclesial huyendo de la contaminación ideológica.

Creo que no hace falta definir de nuevo los elementos de una verdadera eclesialidad; aparecen todos con suficiente claridad en la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi. Baste recordar que esa eclesialidad se concretiza en una sincera y leal vinculación de la comunidad a sus legítimos Pastores, en una fiel adhesión a los objetivos de la Iglesia, en una total apertura a otras comunidades y a la gran comunidad de la Iglesia universal, apertura que evitará toda tentación de sectarismo.

4. Es sabido también que una comunidad eclesial ha de ser forzosamente una comunidad de caridad o de amor fraterno. No en balde el Señor, queriendo señalar el rasgo característico de sus discípulos y seguidores, proclamaba: "En esto reconocerán todos si sois mis discípulos: si tenéis caridad unos para con otros" (Jn 13, 35).

Es comunidad de caridad en cuanto que sus miembros tratan de conocerse más y más, hacer vida común, compartir alegrías y penas, riquezas y necesidades. Por lo demás, ¿cuál es el primer motivo de formación de comunidades de base sino la necesidad y el deseo de crear grupos, no multitudinarios sino a medida humana, capaces de constituir espacios de verdadero diálogo y vida en común?

La comunidad de base será comunidad de caridad sobre todo en cuanto se manifiesta instrumento de servicio: servicio mutuo en el interior de la misma comunidad y servicio a los otros hermanos, en especial a los más necesitados. Una comunidad que se muestra verdaderamente eclesial, —porque nace de un impulso eclesial, porque sigue los objetivos de la Iglesia, porque está vinculada a los Pastores de la Iglesia y porque está dispuesta a la escucha de la Palabra de Dios, al crecimiento de la fe, a la oración— no deja de ser eclesial porque viva la caridad. Al contrario, crece y se consolida con la práctica concreta de la caridad, siempre que esa práctica no resulte comprometida, como puede suceder, con proyectos políticos.

La caridad vivida por una comunidad podrá tomar formas muy diversas: en primer lugar ayudar a alguien a profundizar la propia fe; después, también puede manifestarse en gestos de promoción humana de personas o grupos deprimidos, o gestos de integración de marginados; defensa de derechos humanos conculcados; búsqueda de justicia en situaciones de injusticia; ayuda a superar las condiciones infrahumanas; fomento de mayor solidaridad en una sociedad determinada, etc. Todo esto, por otra parte, debe llevar la marca de una verdadera caridad tal y como la describe San Pablo: paciente, benigna, olvidada de sí misma para cuidar solamente de los demás, incapaz de alegrase con el mal (cf. 1 Cor 13, 4 ss.) o San Juan: "Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos" (Jn 15, 13).

5. En este breve mensaje, vaya una última consideración respecto a quienes ejercen en las comunidades eclesiales de base una función de animación espiritual.

La historia, breve pero ya bastante rica, de las comunidades eclesiales de base en Brasil, como en América Latina, parece demostrar que en ellas, siempre bajo la responsabilidad pastoral de los legítimos Pastores —desde el obispo en la diócesis y de los presbíteros debidamente autorizados por el obispo— numerosos laicos encuentran la posibilidad de servir a la Iglesia mediante esa animación espiritual, que garantiza a dichas comunidades dinamismo y eficacia. En vuestras regiones, donde los sacerdotes son escasos y están absorbidos muchas veces hasta el límite de sus fuerzas, esa colaboración de los laicos en una tarea determinada extiende y multiplica maravillosamente la acción del sacerdote.

Es importante la función de estos líderes de comunidades eclesiales de base, pues de ellos, en estrecha unión con los Pastores responsables, depende mucho la orientación de las comunidades. Por eso, tiene exigencias que deben ser siempre tenidas en cuenta. No estará de más recordar algunas:

Por su importancia, la primera es la necesidad, ya señalada, de que los líderes estén ellos mismos, en primer lugar, en comunión con los Pastores, si se desea que las comunidades eclesiales de base se mantengan en esta comunión.

En segundo lugar, el líder, llamado a orientar la marcha de la comunidad y probablemente a ayudar a sus miembros a crecer en la fe, debe tener un serio interés en formarse, primero él, en la fe. El líder no transmite su propio pensamiento o su doctrina sino lo que aprende y recibe de la Iglesia. De ahí, su obligación de acoger, con diligencia, de boca de la Iglesia lo que ella quiere decirle: la recta interpretación de la Revelación divina en la Biblia y en la Tradición, los medios de salvación, las normas de comportamiento moral, la vida de oración y la liturgia, etc.

Añadiré que, en todos los casos, un líder de comunidades eclesiales de base es, mucho más que un maestro, un testimonio: la comunidad tiene derecho a recibir de él ejemplo persuasivo de vida cristiana, de fe operante e irradiadora, de esperanza trascendente, de amor desinteresado. Que sea además un hombre que cree en la oración y que reza.

6. Dentro de la sencillez y modestia de estas palabras, sé que va brevemente delineado, amados hermanos, todo un programa. Lo confío a vuestra reflexión y, rezando por vosotros, lo encomiendo a la asistencia divina. Que no falten a vuestras comunidades y a vosotros que las representáis los dones que el Espíritu concede para edificación de la Iglesia (cf. 1 Cor 14, 12). Que este Espíritu haga brotar y crecer en vosotros, como principio vital de vuestra auténtica eclesialidad, un gran amor a la misma Iglesia, amor filial, maduro y sencillo al mismo tiempo, amor tierno y resuelto, capaz de alegrías y de sacrificios. Que sea este amor la inspiración de vuestra vida.

 


El texto de este Mensaje se hizo público el día 11 de julio, durante la estancia del Santo Padre en Manaus.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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