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VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA 

MENSAJE ESCRITO DEL PAPA JUAN PABLO II 
A LOS SEMINARISTAS DE ESPAÑA

 

Queridos hijos que os preparáis al sacerdocio: 

1. Cada día presento al Señor la urgente necesidad que la Iglesia de nuestro tiempo, también en España, tiene de encontrar jóvenes como vosotros, generosos y dispuestos a asumir la gozosa tarea de hacer ministerialmente presente a Cristo ante la generación que prepara o que verá el tercer milenio de la era cristiana; y en una “época particularmente hambrienta de Espíritu” (Redemptor hominis, 18). 

A vosotros os toca vivir un momento especial e irrepetible de la vida de la Iglesia. ¿Os dais cuenta de la gracia que el Señor os ha concedido ya? Ha hecho resonar en vosotros la llamada para dejarlo todo y seguirle (Cfr. Matth. 4, 19-20); para estar con El y para ser enviados a predicar (Cfr. Marc. 3, 14); a la espera de comunicaros su Espíritu con la imposición de las manos, que hará de vosotros sus sacerdotes, su signo personal en un mundo que necesita ver huellas claras del Evangelio. De modo especial sois para los obispos de esta querida tierra y para las comunidades eclesiales que ellos presiden, la esperanza del porvenir de la Iglesia en España. El Papa comparte esa esperanza, os manifiesta su confianza y afecto, y reza por vosotros a diario.

Son muchos los santos, hijos de esta bendita tierra, que han sentido en el corazón la llamada a colaborar en la formación integral de los sacerdotes, o futuros sacerdotes, según el modelo del Buen Pastor y de los Apóstoles. Santa Teresa de Jesús quiso dar a la renovación del Carmelo esta dimensión también aportando la oración y el sacrificio, especialmente para la santificación de los sacerdotes. San Juan de Ribera dedicó sus mejores esfuerzos a la formación y renovación sacerdotal. San Juan de Avila, gran promotor de seminarios en su tiempo y patrono del clero secular español, afirmaba: “Si la Iglesia quiere buenos ministros, ha de promover que haya educación” (S. Juan de Ávila, Memorial I, n. 10). 

Esta tarea de preparación es la que ahora os ocupa, con la solícita ayuda de vuestros obispos, superiores y formadores. Se trata de un camino que requiere tiempo y una larga maduración, para transformarse en hombres nuevos, que sepan responder a las exigencias de una nueva etapa de evangelización. 

No voy a recordar ahora todos los aspectos de esta preparación, perfilada desde hace siglos también en vuestra tradición eclesial, y de modo más reciente con el Concilio Vaticano II; sobre todo en el Decreto Optatam Totius y los diversos documentos que le han seguido, trazando las líneas a las que debe ajustarse la formación sacerdotal. Me limitaré a recordar que os preparáis para ser “ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Cor. 4-1). Y es bien sabido que, en los administradores, lo primero que “se busca es que sean fieles” (Ibid. 4, 2). ¡Sedlo vosotros, de veras y con todo el corazón! 

2. Ya desde ahora sois invitados a preparar y a asumir una opción libre e irrevocable de fidelidad total a Cristo, a su Iglesia y a vuestra propia vocación y misión. 

La fidelidad tiene un carácter dialogal, interpersonal, esponsalicio y comprometido. Significa una mutua donación, una amistad profunda, una confianza plena, un compromiso permanente. Para entender lo que significa ser fieles, hemos de mirar a Cristo, el Hijo de Dios hecho nuestro hermano, que afirma: “No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Io. 5, 30). Hemos de dirigir nuestra mirada a Jesús, “a quien el Padre consagró y envió al mundo” (Ibid. 10, 35) como “Buen Pastor que da la vida por sus ovejas” (Ibid. 10, 11), como Redentor que “aprendió de sus padecimientos la obediencia” (Hebr. 5, 8). La fidelidad no es, pues, una actitud estática, sino un seguimiento amoroso, que se concreta en donación personal a Cristo, para prolongarlo en su Iglesia y en el mundo.

Al contemplar a Cristo, advertiréis su obediencia de caridad pastoral, su fidelidad a los designios salvíficos del Padre, como signo o expresión de la fidelidad del Dios-Amor a sus promesas de salvación.

Vuestra entrega debe ir marcada por este compromiso total. El “sí” del sacerdote se da de una vez por todas, aunque se renueva todos los días; y tiene su modelo en el “sí” pronunciado por Cristo mismo (Cfr. 2 Cor. 1, 18-19; Hebr. 10, 7). El seminario debe ser escuela de esta fidelidad. Os pido que meditéis conmigo estos tres aspectos que ya he mencionado: Fidelidad a Cristo, a la Iglesia y a la propia vocación y misión.

3. Fidelidad, en primer lugar, a Cristo. Su llamada es una declaración de amor. Vuestra respuesta es entrega, amistad, amor manifestado en la donación de la propia vida, como seguimiento definitivo y como participación permanente en su misión y en su consagración. Ser fiel a Cristo es proclamarlo como Señor resucitado presente en la Iglesia y en el mundo, centro de la creación y de la historia, razón de ser de nuestra propia existencia.

Ser fiel a Cristo es amarlo con toda el alma y con todo el corazón, de forma que ese amor sea la norma y el motor de todas nuestras acciones. Esta fidelidad a Cristo reclama, por tanto, que seamos hombres de una caridad pastoral aprendida en la oración o diálogo con el Señor. Entonces aceptaremos vivencialmente su persona, su doctrina, su acción santificadora y su misión.

Es en la oración, especialmente litúrgica, donde se aprende el misterio de la fidelidad de Cristo y a Cristo. Por eso en el seminario se ha de cultivar, ante todo, la amistad con Cristo, centrada en la Eucaristía y alimentada en la contemplación y en el estudio de la Palabra de Dios. No se puede ejercer bien el ministerio, si no se vive en unión con Cristo. Sin El no podemos nada (Cfr. Io. 15, 5). Al trabajar por El (per ipsum), es preciso hacerlo con El (cum ipso); más aún, en El (et in ipso). La unión y amistad con Cristo será la clave del equilibrio necesario entre la vida interior y la acción apostólica (Cfr. Presbyterorum Ordinis, 13). 

La Iglesia espera hallar en los sacerdotes personas espirituales, es decir, que con su vida y conducta testimonien, de modo creíble y convincente, la presencia de Dios y de los valores del espíritu en nuestra sociedad; que en gran parte se caracteriza por el materialismo teórico o práctico, pero también por una inextinguible sed de Dios y de valores espirituales. Esto ha de vivirse ya desde los años del seminario. Se necesitan testigos de la experiencia de Dios.

Permitidme, pues, que os repita a vosotros lo que, hace unos meses, decía a un grupo de seminaristas croatas: “Vivid desde ahora plenamente la Eucaristía; sed personas para quienes el centro y culmen de toda la vida es la Santa Misa, la comunión y la adoración eucarística. Sin una profunda fe y amor por la Eucaristía, no se puede ser verdadero sacerdote... Ofreced a Cristo vuestro corazón joven en la meditación y en la oración personal. La oración es el fundamento de la vida espiritual... Orad con alegría y plena convicción, no sólo por deber y costumbre. Que vuestra oración sea la expresión concreta de vuestro amor a Cristo. Esforzaos en llegar a ser buenos maestros de oración, para que mañana podáis guiar dignamente a las comunidades cristianas en el servicio divino” (Allocutio ad seminaristas et iuvenes croatas habita, die 27 apr. 1982: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, V, 1 (1982) 1332 ss). 

La fidelidad de Cristo a los designios salvíficos del Padre en bien de toda la humanidad, alcanza en la cruz su máxima y culminante expresión. De ahí que, para llegar a ser testigo personal del Buen Pastor, sea imprescindible la renuncia y la mortificación; sin una saludable ascética y disponibilidad de servicio, profundamente enraizada en vuestros corazones, ya desde los años de preparación, no llegaréis a ser transparencia de Cristo ni buenos sacerdotes. El hábito del olvido de sí, es condición indispensable para amar de veras y preocuparse sólo por los intereses de Cristo. Este esfuerzo por renunciar al hombre viejo, de que habla el Apóstol, os convertirá en “el máximo testimonio del amor” (Presbyterorum Ordinis, 11). 

En vuestra futura vida sacerdotal encontraréis momentos difíciles, contradicciones y soledad.“No es el discípulo más que el maestro”, nos advirtió el Señor (Matth. 10, 24). Son ocasiones privilegiadas para crecer en el amor, en la donación a los demás y para transformar la soledad sensible en una soledad llena de Dios. 

No olvidéis, además, que fue desde la cruz desde donde Jesús entregó como Madre, al discípulo amado, su propia Madre; y en él, especialmente a todos los futuros sacerdotes y apóstoles. No podréis llegar a ser verdaderos sacerdotes según el Corazón de Jesús, si no tomáis como Madre a María que, precisamente al pie de la cruz, corrobora definitivamente su fidelidad virginal y materna.

4. Fidelidad, en segundo lugar, a la Iglesia. “Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (Eph. 5, 25). Toda vuestra formación debe estar impregnada del “misterio de la Iglesia” (Optatam Totius, 9). 

En la Iglesia habéis nacido como cristianos; ella os ha seguido después al despuntar vuestra vocación sacerdotal, y os prepara amorosamente al sacramento del orden.

Todo eso os invita a ser fieles a la Iglesia, penetrando y amando su “misterio”. La Iglesia no es una realidad meramente humana, sino el Pueblo de Dios, el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu Santo, el “sacramento universal de salvación” (Ad Gentes, 1). La fidelidad a Cristo se prolonga así en fidelidad a la Iglesia, en la que Cristo vive, se hace presente, se acerca a todos los hermanos y se comunica al mundo.

La fidelidad a la Iglesia equivale a aceptarla en toda su integridad carismática e institucional, como “misterio” o expresión del amor de Dios, que cautiva el corazón de los amigos de Cristo. La Iglesia peregrina está constituida por signos pobres que pueden producir escándalo en los hombres de poca fe; pero para todo buen cristiano, y más para vosotros, lo importante es descubrir en ella a Cristo resucitado, que está presente y actúa a través de estos signos eclesiales.

Muchas son las facetas de la fidelidad a la Iglesia: amor filial, responsabilidad misionera, obediencia, sentido de Iglesia, espíritu de comunidad, servicio a la Iglesia particular como miembro del presbiterio, unidad con el propio obispo y con la totalidad del orden episcopal. De entre todas ellas, voy a detenerme ahora en una que toca un aspecto muy importante de vuestra formación.

La Iglesia escucha la Palabra en toda su integridad y es fiel al entregarla a los hombres en cada circunstancia concreta. También el sacerdote debe dar con fidelidad la Palabra divina que él ha recibido y asimilado previamente. No se trata de una ideología o de una opinión personal, sino de la Palabra revelada por Dios, predicada por la Iglesia, celebrada en la liturgia, asimilada en la contemplación, vivida por los santos, profundizada por los doctores. El futuro sacerdote necesita, pues, una sólida formación doctrinal en las diferentes ramas del saber teológico y filosófico. No insisto, porque estáis convencidos y sé que os empeñáis en adquirirla.

En algunas ocasiones tal vez no advirtáis en seguida la relación directa entre esos estudios y el futuro ministerio. Hay que tener paciencia. Es éste el momento de enriquecer vuestra mente con unos conocimientos y con unos métodos indispensables para saberos orientar vosotros mismos y para ser capaces de guiar a otros. A la luz del misterio de Cristo descubriréis la importancia de todo el saber filosófico y científico, y apreciaréis el servicio del Magisterio de la Iglesia, descubriendo su significado y adhiriéndoos a él con fidelidad (Cfr. Optatam Totius, 13-18). 

Como ministros de la Palabra, en vuestra futura vida sacerdotal, deberéis saber transmitir el Evangelio de forma que penetre a fondo en la inteligencia y en el corazón de vuestros creyentes, y que se encarne en toda cultura y situación humana, personal y social. 

La fidelidad a la Iglesia entrena para una apertura a toda la verdad. Para ello hay que poner la Palabra de Dios, que la Iglesia “escucha religiosamente” (Cfr. Dei Verbum, 1), en la base misma del estudio. De este modo os abrís armoniosamente a las nuevas luces y gracias que Dios concede a su Iglesia en cada época histórica, para responder a situaciones humanas nuevas (Cfr. Gaudium et Spes, exp. prael.). 

Cuando recibáis la ordenación sacerdotal, seréis llamados a ministerios muy diversos, que vosotros ahora no podéis prever detalladamente. Dedicaos, por eso, con empeño a la tarea de adquirir una preparación doctrinal sólida. Los estudios realizados con profundidad exigen, claro está, sacrificios y dedicación; no se podría profundizar en el misterio de Cristo, especialmente durante los cursos teológicos, si ese estudio fuera simplemente complementario de otros trabajos o de otros estudios que requieren tiempo y atención.

El arriesgarlo todo para seguir a Cristo incluye también esta dedicación plena a la formación sacerdotal, especialmente en los años inmediatamente anteriores a la ordenación. Hay que prepararse para poder iluminar cristianamente las situaciones humanas de hoy, sobre todo en el campo de los derechos humanos fundamentales, de la familia, de la juventud, de los sectores sociológicos y culturales, etcétera, hasta llegar a impregnar con el Evangelio los centros neurálgicos de nuestra sociedad.

Es indispensable procurar que vuestra vida intelectual, vuestra vida litúrgica y espiritual, vayan unidas también con cierta práctica de vida pastoral (Cfr. Optatam Totius, 4 et 19-21). Por esto, junto a los buenos y seguros tratados de teología, habéis de estudiar también los autores clásicos de espiritualidad. Y se hace imprescindible un asesoramiento en las lecturas, para garantizar simultáneamente a la información y formación adecuadas una coherencia con la fe y con la piedad

Estas y otras facetas de la fidelidad a la Iglesia os llevará a haceros disponibles para una evangelización que no tiene fronteras. Vuestra fidelidad misionera se demostrará en el servicio incondicional y generoso, ya desde ahora, en la vida comunitaria del seminario y, más tarde, en cualquier cargo que la Iglesia os confíe dentro de la diócesis o al servicio de la misión universal.

5. Fidelidad, en tercer lugar, al carisma de la vocación y misión. Habéis recibido una gracia o carisma (el de vocación) que os conduce hacia la participación, por el sacramento del orden, en el ser, en el obrar y estilo de vida de Cristo Sacerdote Buen Pastor, para prolongarlo en la Iglesia y en el mundo. Es una participación de su unción y misión sacerdotal y pastoral.

La coherencia vivencial con las exigencias de la propia vocación es faceta imprescindible de la fidelidad. Se trata de ajustar la propia vida al objeto de la opción fundamental asumida. Esto implica llevar un estilo de vida coherente y concorde, que tiene en cuenta las necesidades de nuestros hermanos y de nuestra sociedad, según la misión que cada uno está llamado a desempeñar.

De hecho, toda la educación del seminario “debe tender a la formación de verdaderos Pastores de almas” (Optatam Totius, 4). Es, pues, una formación que tiene dimensión litúrgica, espiritual, intelectual, comunitaria, disciplinar y de servicios pastorales en la comunidad eclesial. La fidelidad a la propia vocación es fidelidad a la misión, que debe desempeñarse como participación de la misión de Cristo, recibida por medio de la Iglesia. Por ello, esta fidelidad se funda en la fidelidad a Cristo y a su Iglesia, llevando al candidato al sacerdocio a emprender su itinerario espiritual con un espíritu de gozosa entrega de sí, hecha de optimismo y amor.

Vuestra fidelidad a Cristo y a la Iglesia, según el propio carisma y la propia misión, se convierte en Ia mayor fidelidad al hombre y a la sociedad de nuestros tiempos. Es fidelidad de amistad profunda con Cristo, que se manifiesta por una total disponibilidad pastoral. Signo permanente y estímulo de esta entrega incondicional a Cristo y a la misión pastoral es el celibato asumido libremente antes de la ordenación. La “sequela Christi” para la “vida apostólica” supone dejarlo todo para seguirle a El y participar, de este modo, en su misión que no tiene fronteras ni en el corazón ni en la acción apostólica. El Buen Pastor fue obediente, casto y pobre (Cfr. Presbyterorum Ordinis, 15-17). 

Con el Concilio, os recuerdo que habéis de aprender a poner los medios sobrenaturales y naturales para vivir esta entrega, cuidando especialmente la normas espirituales y ascéticas, que están aprobadas por la experiencia de la Iglesia y que no son menos necesarias en el mundo actual (Cfr. Optatam Totius, 8-11; Presbyterorum Ordinis, 18). Así seréis capaces, entre otras cosas, de aceptar cualquier ministerio que se os encomiende, sin subordinar vuestra aceptación a la conformidad con las conveniencias o proyectos personales. En efecto, hay que llegar a hacerse disponible para “colaborar en el trabajo pastoral de toda la diócesis e incluso de toda la Iglesia” (Lumen Gentium, 28).  

Esta fidelidad, que es coherencia personal, se entiende también como sinceridad y autenticidad. En la propia vida no faltan las oscuridades e incluso debilidades. Es el momento de la dirección espiritual personal. Si se habla confiadamente, si se exponen con sencillez las propias luchas interiores, se sale siempre adelante, y no habrá obstáculo ni tentación que logre apartaros de Cristo.

Puesto que tampoco faltarán pequeñas sombras que enturbien esa imagen de Cristo, que habéis de ofrecer con vuestras vidas, sed amantes de la confesión sacramental frecuente, donde se purifican vuestras almas y recibís la gracia necesaria para seguir siendo fieles a Cristo, a la Iglesia y a la vocación sacerdotal.

Una sana amistad y vida comunitaria, ya desde el seminario, os preparará para la “íntima fraternidad” o “fraternidad sacramental” que debe reinar en todo presbiterio diocesano (Cfr. Lumen Gentium, 28; Presbyterorum Ordinis, 8), como garantía de perseverancia en la entrega y de fecundidad apostólica.

También vuestros hermanos seglares han de hacer presente a Cristo en el mundo. Pero de un modo diverso al de vuestro futuro e insustituible ministerio sacerdotal. Lo que Dios ha puesto en vuestros corazones con su llamada, corresponde a una vocación específica, que es la de “obrar como en persona de Cristo Cabeza” (Presbyterorum Ordinis, 2) y la de ser, en la Iglesia particular o diócesis, el lazo de unión entre todos los carismas y vocaciones (Cfr. ibid. 9). 

Tratad de dar testimonio de vuestra fe y de vuestra alegría. Vosotros, con vuestro “gozo pascual” (Presbyterorum Ordinis, 10), sois los testigos y promotores de las vocaciones sacerdotales entre los adolescentes y los jóvenes de vuestra edad. Os animo con todas mis fuerzas a que seáis los primeros apóstoles de las vocaciones sacerdotales. Rezad y ayudad a otros para que vengan a vuestro lado. Que vuestro seminario ofrezca el ejemplo atrayente de una comunidad familiar que vive con gozo la presencia, la palabra y el amor de Cristo resucitado.

Elevemos juntos nuestra confiada oración al “Señor de la mies” para que, en esta querida tierra de España, siempre tan fecunda en sacerdotes, muchos jóvenes tengan el alma abierta para percibir la llamada amiga de Cristo; y para que tengan la disponibilidad de saber decir “sí” con entusiasmo.

Que esta petición y estos deseos lleguen al cielo por la mediación de Nuestra Señora, cuya tierna devoción estoy seguro alimentáis cada día. Que la Madre de Jesús, Madre sacerdotal y Reina de los Apóstoles, esté siempre con vosotros, ya desde ahora, en vuestros años de preparación para el ministerio; y os ayude a convertiros en testigos de Cristo para todas las gentes, “como aquellos que salieron del Cenáculo de Jerusalén el día de Pentecostés” (Redemptor hominis, 22). No temáis, Ella os acompañará en vuestro futuro ministerio, como acompañó a los primeros Apóstoles con su afecto materno y con su intercesión.

Que la Virgen fiel os ayude a confirmar vuestros compromisos y a cumplirlos hasta el final, en esta “nueva etapa de la vida de la Iglesia” que “exige de nosotros una fe particularmente consciente, profunda y responsable” (Ibid. 6).  

En prenda de la constante ayuda divina imparto con profundo afecto a vosotros, los seminaristas de España, a vuestros superiores, profesores y familiares, mi cordial Bendición Apostólica. 

Valencia, 8 de noviembre de 1982. 

IOANNES PAULUS PP. II

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