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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
La ya próxima celebración del V Centenario de la Evangelización del querido
Continente de la esperanza me mueve a confiaros a vosotras, amadas Religiosas
Contemplativas de América Latina, las alegrías y las tristezas, los deseos y la
solicitud que, desde el primer instante de mi ministerio universal, he sentido
por las nobles gentes de esas tierras.
Esta feliz circunstancia ve ya comprometidos pastoralmente a todos los
estamentos eclesiales, deseosos de acrecentar con el anuncio de la Palabra de
Dios la vitalidad apostólica de toda la Iglesia que ahí vive y actúa. Los religiosos y las religiosas ocupan un lugar primordial en esta acción
evangélica, pues sienten vivamente en su corazón el anhelo espiritual de un
testimonio propio que ayude a los Pastores de las diversas Comunidades, a los
sacerdotes y a los laicos, a dar al rostro de la Iglesia aquella luz de Cristo
que la convierta en instrumento de salvación para todos los pueblos. (Cf.
Lumen gentium,
1) Pero sin la oración nuestro esfuerzo seria vano y nuestra esperanza de una nueva
evangelización, que sea eficaz, podría quedar sin fundamento. Esta es la razón
por la que recurro a vosotras, queridas Religiosas Contemplativas, porque sé que
estáis abiertas y atentas a todas las necesidades de la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en el decreto
Perfectae caritatis, os ha señalado un objetivo singular al decir que «toda la vida... debe estar
imbuida de espíritu apostólico, y toda la acción apostólica, informada de
espíritu religioso» (Decr.
Perfectae caritatis, 8).Y dirigiéndose de manera específica a las
Contemplativas os recuerda que a través de
vuestra vida escondida sois evangelizadoras « con misteriosa
fecundidad apostólica ».(Ibíd..,
7) Conscientes de esta verdad miramos a vuestros
monasterios como lugares privilegiados del amor divino y como centros de oración
y de dones celestiales para toda América
Latina. No se puede pensar en esta nueva evangelización
sin recordar aquella primera que fue iniciada, recién
descubierto el Nuevo Mundo, y que vio entre las primeras misioneras,
llamadas a apoyar y completar la obra de cristianización,
a las Monjas de la Concepción de la Madre de
Dios, dedicadas únicamente a la oración,
a la contemplación y al sacrificio, en el
silencio del claustro. En México, y bajo la
dirección y el apoyo del Arzobispo Fray Juan
de Zumárraga, estas religiosas de clausura
surgieron a la sombra de Nuestra Señora de
Guadalupe, cuya imagen representa a María en
su Inmaculada Concepción. De este modo, la
vida contemplativa, iluminada por este misterio, acompañó
los primeros pasos y siguió el crecimiento
de la Iglesia en las tierras del Nuevo Mundo, Las múltiples
experiencias y formas de vida claustral surgidas admirablemente y desarrolladas
en Europa, fueron fielmente acogidas y generosamente cultivadas en vuestro
Continente. Y así, muy pronto llegaron las
Clarisas, las Monjas de la Inmaculada Concepción,
las Dominicas, las Agustinas, las Carmelitas A.O., las Carmelitas Descalzas, las
Benedictinas, las Cistercienses, las Trapenses, las Monjas del Santísimo
Salvador y de Santa Brígida, las
Adoratrices, las Salesas, las Capuchinas chinas, las Pasionistas. Formáis
pues una amplia familia de contemplativas y de orantes, sólidamente
enraizadas en un pasado fecundo en frutos de santidad, que estáis
estrechamente unidas a la gran familia rica en carismas que es la Santa Madre
Iglesia. En nuestros días, queridas Hermanas, estáis
igualmente llamadas a colaborar en la misión de la Iglesia. Por eso, en esta
circunstancia, deseo exhortaros a hacer de vuestras vidas un mensaje de paz,
simbolizado en aquella paloma enviada por Noé que, como escribe Santa Teresa de
Jesús, la gran reformadora del Carmelo, « ha hallado tierra firme dentro en las
aguas y tempestades de este mundo » (Castillo interior morada séptima, III,
13), y anuncia un tiempo de serenidad, de
justicia y de paz. Una multitud de personas llama a vuestro corazón,
y se une espiritualmente a vosotras en los cantos y en las plegarias, que ya no
serán sólo vuestros sino de toda la humanidad. Es el clamor de tantos hermanos y
hermanas sumergidos en el sufrimiento, en la pobreza y en la marginación. Son
muchos los desplazados y refugiados, los que sufren por falta de amor y
esperanza; los que han sucumbido al mal y se cierran a toda luz espiritual; los
que tienen el corazón lleno de amargura, víctimas de la injusticia y del poder
de los más fuertes. Vosotras, en cambio
Vuestras fervientes plegarias, bien en comunidad o en íntimo coloquio con el Señor, tendrán una fuerza propiciatoria y reparadora capaz de atraer las bendiciones de Dios sobre esta humanidad sufriente. La liturgia de las Horas con que la Iglesia expresa y lleva a cabo el culto divino, a cuyo cumplimiento perfecto estáis llamadas, (Cf. Sacrosanctum Concilium 99; Lumen gentium, 44) va marcando vuestra vida y os permite colaborar de una manera específica y activa en la edificación de la Iglesia. Abarcando toda la jornada y centrándola en la Eucaristía, el Oficio divino inserta en el misterio de Cristo toda vuestra existencia, que transcurre en el tiempo y hace del tiempo de la Iglesia un tiempo de salvación. Teresa de Jesús, la Santa de Ávila, sentía muy vivo el amor a la Iglesia, nacido precisamente de su experiencia íntima. Por ello escribe: « Paréceme que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma... ¡Oh hermanas mías en Cristo!, ayudádmele a suplicar esto; para esto os junto aquí en el Señor; éste es vuestro llamamiento; éstos han de ser vuestros negocios; éstos han de ser vuestros deseos; aquí vuestras lágrimas; éstas vuestras peticiones ». (Camino de perfección, 1, 2. 5) Todo sufrimiento, por pequeño que sea, ofrecido a Dios será capaz de multiplicarse infinitamente, gracias a su misericordia, y se transformará en fecunda lluvia de gracias para el crecimiento de toda la comunidad eclesial. Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, buscando su lugar en el Cuerpo Místico de la Iglesia, encontró dónde situarse: « En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor » (Historia de un alma, 254, Roma, OCD,1980). En este Cuerpo Místico que es la Iglesia —cada uno en el lugar que le corresponde— vosotras también habéis elegido ser « el corazón ». Vosotras sois « el amor », que pone en movimiento todos los miembros de este Cuerpo Místico. Procurad ser, pues, el corazón de la Iglesia para ser una sola cosa con el Corazón de Cristo en favor de cada comunidad de ese Continente (Cf. Venite seorsum, 111).Contra toda tendencia secularizadora y contra toda tentación que antepone la acción en detrimento de la vida interior, la Iglesia declara que vuestra soledad vivida en la contemplación no puede considerarse ociosa, sino más bien « una fuente de gracias celestiales ».(Cf. Perfectae caritatis, 7) Por tanto, todos los trabajos y ministerios en que podáis ejercitaros deben estar ordenados y dispuestos —en lo referente al lugar, tiempo y modalidad— de manera que no sólo se preserve, sino que se alimente y refuerce, una vida verdadera y sólidamente contemplativa, tanto para toda la comunidad como para cada una de las religiosas (cf. Pío XII, Sponsa Christi; AAS, XXXXIII, 1, p. 5).¡Cuántos anhelos apostólicos en vuestra vida! ¡Cuánto dinamismo misionero en cada una de vuestras jornadas! ¡Cuánta actividad pastoral encierra vuestra vocación en la clausura! « En la vida es necesario sacrificarse, como los mártires se sacrificaron hasta la muerte » (Santa Juana Francisca Frémiot de Chantal). La religiosa de clausura sabe descubrir en las cosas sencillas y en las actividades habituales que le son familiares, una fuente ele vida dispuesta a confluir en ella para que, enriqueciéndose continuamente, pueda vivir en la paz sus días, pero también hacerlos fecundos para el bien de las almas. Esto le hace olvidar la fatiga y el cansancio, y la llena de ardor apostólico que la convierte en misionera mediante el sacrificio escondido de la propia vida; unida espiritualmente a los misioneros, ella se hace cooperadora de toda actividad evangelizadora. El mismo discurrir del tiempo os estimula a la determinación de vuestra entrega. Las tribulaciones del mundo agobiado por tensiones y conflictos, encuentran un eco en vuestra oración para que los hombres, a través de los acontecimientos, lleguen a percibir la cercanía de lo que les transciende y permanece para siempre. Y mientras en vosotras todo confluye en una trayectoria recta y luminosa, orientada hacia Dios y los hermanos, del vaso del recogimiento rebosa también la riqueza interior que colma vuestra alma. De esta manera sembráis por todas partes la semilla de la fe, alimentáis la esperanza y la caridad de todos los agentes pastorales de vuestras diócesis. Queridas Religiosas de Clausura de América Latina, sentís cada vez más vivamente vuestra responsabilidad en la edificación de la Iglesia. Con vuestra plegaria y vuestros sacrificios Llegáis al corazón de cada diócesis y de cada comunidad eclesial del Continente, para que sobre ellas se derramen las bendiciones del Señor. Esto será de gran consuelo para la acción pastoral de los Obispos y sacerdotes; alentará el apostolado de los religiosos y las religiosas de vida activa; favorecerá la práctica religiosa y el compromiso evangélico de todos los fieles laicos. Con la oración, con los sacrificios escondidos, con la penitencia y con vuestro afecto, seguid ayudando al pueblo de Dios peregrino. Seguid cultivando el espíritu misionero, conscientes de que entre una contemplativa que reza y sufre y un misionero que predica hay una profunda afinidad en el orden de la gracia. Que a través de vuestro modo de vivir, la Iglesia en América Latina « muestre mejor cada día ante fieles e infieles a Cristo » (Lumen gentium, 6). Vuestro apoyo por medio de la plegaria, desde el silencio del claustro, ayudará también a preservar la fidelidad al Magisterio contra toda desviación doctrinal o tendencia secularizadora. Que en vuestra vida de abnegación y entrega os conforte la Madre del Señor, tan venerada en esas tierras y tan amada por los pueblos latinoamericanos. Seguid rogando para que Ella sea siempre la primera « evangelizadora » de ese querido Continente. Al invocar sobre todas y cada una de vosotras, Religiosas Contemplativas de América Latina, la constante protección divina, junto con mi cordial felicitación para las festividades de la Navidad ya tan cercana, os imparto mi Bendición Apostólica. Vaticano, 12 de diciembre, fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, del año 1989.
IOANNES PAULUS PP. II
© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana
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