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VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA
MENSAJE DE SU SANTIDAD PADRE
JUAN PABLO II A LOS JEFES DE ESTADO PRESENTES EN LA CELEBRACIÓN DEL MILENARIO
DE SAN ADALBERTO
Excelencias:
Vuestra presencia aquí, mientras
celebramos solemnemente en Gniezno el milenario del martirio de san Adalberto,
reviste un carácter muy significativo. En esta circunstancia excepcional, os
saludo con deferencia y os doy las gracias por haber venido a honrar, junto con
la Iglesia, la figura de este gran santo, ante su tumba.
Hace diez años, el
venerado cardenal Tomasek presentaba a san Adalberto como «el símbolo de la
unidad espiritual de Europa». De hecho, su recuerdo ha permanecido
particularmente vivo en la Europa central. Eso demuestra que muchos pueblos de
este continente son conscientes de ser los herederos de los evangelizadores que
hicieron que la fe cristiana arraigara fuertemente en su tierra y que
infundieron en su cultura la concepción del hombre característica del
cristianismo.
Adalberto, nacido en Bohemia, poco tiempo después de que los
santos Cirilo y Metodio iniciaran la evangelización de los eslavos, supo, a
ejemplo de esos ilustres predecesores, unir las tradiciones espirituales de
Oriente y Occidente. Después de formarse en Magdeburgo, ordenado sacerdote y
luego obispo de Praga, conoció también la Roma de los Papas y Pavía. Peregrinó a
Francia, fue a Maguncia y entabló amistad con el emperador Otón III, antes de
cumplir su última misión en las riberas del Báltico. Espiritual y misionero, en
pocos años de actividad dejó profunda huella en varios países, hasta convertirse
en uno de los patronos de la nación polaca, que se alegra de conservar sus
reliquias como uno de sus tesoros más valiosos.
La influencia duradera de
Adalberto se debe, en gran medida, a la armonía que logró entre las diversas
culturas que asimiló, a su independencia de hombre de Iglesia; así como a su
incansable defensa de la dignidad del hombre, de la calidad de la vida social y
del servicio a los pobres, y a la profundidad espiritual de su experiencia
monástica. Por todos estos motivos, sigue siendo un inspirador inigualable para
quienes hoy trabajan en la construcción de una Europa renovada, en la fidelidad
a sus raíces culturales y religiosas.
Adalberto vivió en una época agitada;
sufrió crueles desgracias en su familia y pusieron trabas a su ministerio. Acabó
padeciendo el martirio porque no pudo renunciar al anuncio del mensaje de la
salvación. A lo largo de este siglo, también agitado, los pueblos de Europa
central han sufrido pruebas terribles. Actualmente se han abierto nuevos
caminos. ¡Ojalá que los europeos se comprometan resueltamente en una
colaboración constructiva, para consolidar la paz entre ellos y en su entorno!
¡Ojalá que no dejen a ninguna nación, ni siquiera a la más débil, fuera de la
unión que están formando!
Hoy los responsables políticos tienen también inmensas
tareas que realizar. La consolidación de las instituciones democráticas, el
desarrollo de la economía, las diversas formas de cooperación internacional,
sólo pueden alcanzar su verdadera finalidad si garantizan una suficiente
prosperidad para que el hombre pueda desarrollar todas las dimensiones de su
personalidad. La grandeza de la función de los responsables políticos consiste
en actuar respetando siempre la dignidad de todo ser humano, crear las
condiciones de una generosa solidaridad que no deja a ningún ciudadano al borde
del camino, permitir que cada uno acceda a la cultura, reconocer y poner en
práctica los más altos valores humanos y espirituales, profesar y compartir las
propias convicciones religiosas. Si se avanza por este camino, el continente
europeo fortalecerá su cohesión, se mostrará fiel a cuantos han puesto las bases
de su cultura y responderá a su vocación secular en el mundo.
Excelencias, ojalá
que, ante la amplitud y las dificultades de vuestros deberes, el mensaje de san
Adalberto sea para vosotros fuente de inspiración fecunda. Agradeciéndoos de
nuevo vuestra presencia aquí, en este día, os expreso mis mejores deseos para el
cumplimiento de vuestras nobles tareas, para vuestras personas y para todos los
pueblos que representáis. Pido a Dios que os conceda los beneficios de su
bendición.
Gniezno, 3 de junio de 1997
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
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