Se cumplen sesenta años de la liberación de los prisioneros del campo de
exterminio de Auschwitz-Birkenau. En esta circunstancia, no se puede por menos
de volver con la memoria al drama que tuvo lugar allí, fruto trágico de un odio
programado. Durante estos días es preciso recordar a los varios millones de
personas que sin ninguna culpa soportaron sufrimientos inhumanos y fueron
aniquiladas en las cámaras de gas y en los crematorios. Me inclino ante todos
los que experimentaron aquella manifestación del mysterium iniquitatis.
Cuando, ya siendo Papa, visité como peregrino el campo de Auschwitz-Birkenau en
el año 1979, me detuve ante las lápidas dedicadas a las víctimas. Había
inscripciones en varias lenguas: polaca, inglesa, búlgara, gitana, checa,
danesa, francesa, griega, hebrea, yiddish, española, flamenca, serbo-croata,
alemana, noruega, rusa, rumana, húngara e italiana. En todas estas lenguas
estaba escrito el recuerdo de las víctimas de Auschwitz, de personas concretas,
aunque a menudo totalmente desconocidas: hombres, mujeres y niños. Me detuve
entonces un buen rato junto a la lápida con la inscripción en hebreo. Dije:
"Esta inscripción suscita el recuerdo del pueblo, cuyos hijos e hijas estaban
destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su origen en Abraham, que es
también padre de nuestra fe (cf. Rm 4, 11-12), como dijo Pablo de Tarso.
Precisamente este pueblo, que recibió de Dios el mandamiento de "no matar", ha
experimentado en sí mismo, en medida particular, lo que significa matar. A nadie
le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia" (Homilía del
7 de junio de 1979, n. 2: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 17 de junio de 1979, p. 13).
Hoy repito esas palabras. Ante la tragedia de la Shoah a nadie le es lícito
pasar de largo. Aquel intento de destruir de modo programado a todo un pueblo se
extiende como una sombra sobre Europa y sobre el mundo entero; es un crimen que
mancha para siempre la historia de la humanidad. Que esto sirva, al menos hoy y
en el futuro, como una advertencia: no se debe ceder ante las ideologías que
justifican la posibilidad de pisotear la dignidad humana a causa de la
diversidad de raza, de color de la piel, de lengua o de religión. Dirijo este
llamamiento a todos y, particularmente, a los que en nombre de la religión
recurren al atropello y al terrorismo.
Estas reflexiones me acompañaron especialmente cuando, durante el gran jubileo
del año 2000, la Iglesia celebró la solemne liturgia penitencial en la basílica
de San Pedro, y también cuando fui como peregrino a los Santos Lugares y subí a
Jerusalén. En el Yad Vashem, el memorial de la Shoah, y al pie del muro
occidental del Templo, oré en silencio, pidiendo perdón y la conversión de los
corazones.
Recuerdo que en 1979 reflexioné intensamente también delante de otras dos
lápidas, escritas en ruso y en la lengua gitana. La historia de la participación
de la Unión Soviética en aquella guerra fue compleja, pero no se puede por menos
de recordar que durante la misma ningún pueblo sufrió tantas pérdidas humanas
como el ruso. También los gitanos, en la intención de Hitler, estaban destinados
al exterminio total. No se puede subestimar el sacrificio de la vida impuesto a
estos hermanos nuestros en el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Por
eso, exhorto de nuevo a no pasar con indiferencia ante esas lápidas.
Por último, me detuve ante la lápida escrita en lengua polaca. Dije entonces que
la experiencia de Auschwitz constituía una "etapa más de las luchas seculares de
esta nación, de mi nación, en defensa de sus derechos fundamentales entre los
pueblos de Europa. Un nuevo fuerte grito por el derecho a un puesto propio en el
mapa de Europa. Una dolorosa cuenta con la conciencia de la humanidad" (ib.).
La afirmación de esta verdad era sólo una invocación de la justicia histórica
para esta nación, que había afrontado tantos sacrificios en la liberación del
continente europeo de la nefasta ideología nazi, y que había sido vendida como
esclava a otra ideología destructiva: el comunismo soviético.
Hoy repito aquellas palabras, sin renegarlas, para dar gracias a Dios, porque,
con el esfuerzo perseverante de mis compatriotas, Polonia ha encontrado el lugar
que le corresponde en el mapa de Europa. Deseo que este dato histórico dé frutos
de enriquecimiento espiritual recíproco para todos los europeos.
Durante la visita a Auschwitz-Birkenau dije también que sería necesario
detenerse ante todas las lápidas. Yo mismo lo hice, pasando en meditación orante
de una lápida a otra y encomendando a la Misericordia divina a todas las
víctimas pertenecientes a las naciones afectadas por las atrocidades de la
guerra. Oré también para obtener, a través de su intercesión, el don de la paz
para el mundo.
Sigo orando sin cesar, con la confianza de que, en toda circunstancia, al final
vencerá el respeto a la dignidad de la persona humana, a los derechos de todo
hombre a una búsqueda libre de la verdad, a la observancia de las normas de la
moral y al cumplimiento de la justicia y del derecho de cada uno a condiciones
de vida dignas del hombre (cf. Juan XXIII,
Pacem in terris: AAS 55
[1963] 295-296).
Hablando de las víctimas de Auschwitz, no puedo por menos de recordar que, en
medio de ese indescriptible cúmulo de mal, hubo también expresiones heroicas de
adhesión al bien. Ciertamente, numerosas personas aceptaron con libertad de
espíritu someterse al sufrimiento y demostraron amor no sólo a sus compañeros
prisioneros, sino también a sus verdugos. Muchos lo hicieron por amor a Dios y
al hombre; otros, en nombre de los valores espirituales más elevados. Gracias a
su actitud se ha hecho patente una verdad que a menudo aparece en la Biblia:
aunque el hombre es capaz de hacer el mal, a veces un mal enorme, el mal no
tendrá la última palabra. Incluso en el abismo del sufrimiento puede triunfar el
amor. El testimonio de este amor, dado en Auschwitz, no puede caer en el olvido.
Debe despertar incesantemente las conciencias, extinguir los conflictos y
exhortar a la paz.
Este es sin duda el sentido más profundo de la celebración de este aniversario.
En efecto, si estamos recordando el drama de las víctimas, no lo hacemos para
volver a abrir heridas dolorosas, ni para suscitar sentimientos de odio y deseos
de venganza, sino para rendir homenaje a aquellas personas, para mostrar la
verdad histórica y, sobre todo, para que todos se den cuenta de que aquellos
hechos tenebrosos deben ser para los hombres de hoy una llamada a la
responsabilidad en la construcción de nuestra historia. ¡Que jamás se repita, en
ningún rincón de la tierra, lo que sufrieron hombres y mujeres a quienes
lloramos desde hace sesenta años!
Envío mi saludo a cuantos participan en las celebraciones del aniversario y pido
a Dios para todos el don de su bendición.
Vaticano, 15 de enero de 2005
IOANNES PAULUS PP. II
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