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  MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
PARA LA XXVI JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN
POR LAS VOCACIONES

 

Venerables hermanos en el Episcopado,
muy queridos hermanos y hermanas del mundo entero:

Con fervor cristiano, el 16 del próximo abril celebraremos la XXVI Jornada mundial de Oración por las Vocaciones. En la liturgia, el Evangelio nos presenta a Jesús, Buen Pastor, en el gesto supremo de su amor: el de dar la propia vida (Jn 10, 15) por la salvación del mundo. En el contexto de este misterio de amor, los discípulos de Jesús piden a Dios con insistencia los obreros necesarios para la mies (Mt 9, 38; Lc 10, 2) para que todos los hombres, según el designio del Padre, tengan vida en abundancia (Jn 10, 10) y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 4).

1. Este año quiero dedicar la reflexión a las vocaciones que pueden y deben florecer en el clima educativo de la escuela, en particular de la católica. Esta, en efecto, tiene el mandato, de parte de la Iglesia, de contribuir a la formación integral del hombre y del cristiano y, por eso mismo, es llamada a favorecer los gérmenes de vocación que el Espíritu Santo deposita en el alma de los jóvenes; y por su naturaleza debe, de igual modo, cooperar en la preparación de personas capaces de anunciar el Evangelio en términos accesibles a la cultura de hoy, caracterizada por una preocupante lejanía o desatención a los valores evangélicos.

Al dirigirme a las instituciones educativas de inspiración católica, deseo confirmar la alta estima que tengo por su responsabilidad formativa en el seno de toda la comunidad eclesial y el aprecio y confianza que siento por ellas. Pero mis reflexiones se dirigen también a todos los educadores cristianos que trabajan en instituciones educativas no católicas, donde, además de las dotes de competencia y profesionalidad, aportan su testimonio personal de fe.

2. La escuela católica tiene un deber que cumplir también en nuestros días, como señalaron el Concilio Vaticano II (cf. Gravissimum educationis, 8) y posteriores documentos del Magisterio. La multiplicidad y la contradicción de los mensajes culturales y de los modelos de vida que impregnan el ambiente en el que vive hoy la juventud, amenazan con alejarla de los valores de la fe, incluso cuando crece en familias cristianas. La escuela católica que no se limita a dar una formación puramente doctrinal, sino que se propone aquel ambiente educativo en el que es posible vivir la experiencia comunitaria de fe, de oración y de servicio, puede tener un papel importante y decisivo en asegurar a los jóvenes una orientación de vida inspirada en la sabiduría del Evangelio. El testimonio solidario de una comunidad educativa y el clima de fe que en ella se respira, constituyen el servicio peculiar que la escuela católica debe prestar a la formación cristiana de la juventud. Su acción será eficaz especialmente si va coordinada con la de la familia, estableciendo con ella un vínculo directo.

3. Pero la educación impartida en la escuela católica, debiendo formar en el sentido cristiano de la vida, no podrá eludir el problema de la opción vocacional. ¿Qué significa preparar para la vida sino ayudar a tomar conciencia del proyecto divino que cada uno lleva grabado dentro de sí? Educar, significa ayudar a descubrir la propia vocación en la Iglesia y en la sociedad humana. Una escuela que educa debe hablar de la vocación no sólo en forma genérica sino indicando las diversas modalidades en las que se concreta la llamada fundamental al don de sí mismo, comprendida la de una entrega total a la causa del reino de Dios. Todos los educadores de la escuela católica, religiosos y seglares, gradualmente y con discernimiento de fe, sepan hacer resonar, en forma también personalizada, la llamada de Cristo y de su Iglesia. Este hacerse eco de la llamada divina será tanto más positivo, cuanto más sea valorado por el ejemplo de su vida misma y sostenido por la oración.

4. Ayudar a tomar conciencia de la propia vocación es necesario, pero no es suficiente. No basta conocer para tener la fuerza de actuar. Hoy los jóvenes encuentran, a menudo, en torno a sí no sólo falsas imágenes de vida, sino incitaciones y condicionamientos que pueden obstaculizar una elección libre y generosa. La escuela católica prestará una ayuda valiosa a la elección vocacional, aportando motivaciones, favoreciendo experiencias y creando un ambiente de fe, de generosidad y de servicio que puedan librar a los jóvenes de aquellas condiciones que hacen aparecer "no apetecible" o imposible la respuesta a la llamada de Cristo.

5. Obrando de esta manera la escuela católica se pone al servicio del verdadero crecimiento de los jóvenes y responde a sus legitimas expectativas para una orientación de su vida inspirada cristianamente. Al propio tiempo cumple las propias responsabilidades con respecto a la comunidad eclesial. Es preciso subrayar también con claridad la naturaleza eclesial de la escuela católica: es la Iglesia quien le reconoce la capacidad de educar cristianamente a la juventud. Es la Iglesia quien por su medio, se hace madre de vida y maestra de fe para tantas generaciones de jóvenes. Por esto, la escuela católica, respetando la libre elección de los jóvenes y la autonomía de las materias escolares, en el conjunto de su proyecto educativo, debe tener siempre presente las necesidades y esperanzas de la comunidad eclesial, entre las que, en primer lugar, se encuentran las vocaciones religiosas y sacerdotales.

6. Mi pensamiento se dirige también a los padres que confían la educación de sus hijos a la escuela católica. Les invito a fundamentar sobre razones de fe su elección. Esta es plenamente coherente cuando se inspira, ciertamente, en fines culturales y formativos, pero sobre todo en las exigencias de la vida cristiana. Les exhorto a ser una parte cada vez más responsable y activa dentro de la comunidad educativa de la escuela católica. Presten un apoyo eficaz para que esta escuela consiga siempre mejor los propios fines de educación integral, humana y cristiana; y cooperen en el crecimiento de sus hijos en la fe respetando y apoyando su elección, también cuando se orienta a la generosidad radical del Evangelio. No olviden que la felicidad de sus hijos como personas está ligada a la respuesta coherente a la llamada íntima del Señor. Y recuerden que un hijo o una hija entregado al Señor nunca se debe considerar como perdido sino más bien como ganado tanto para la Iglesia como para la familia misma.

7. Dirijo todavía un pensamiento especial a los jóvenes que frecuentan las escuelas católicas, teniendo presente también a toda la juventud cristiana, llamada a la elección valiente de fe, sea cual sea el tipo de escuela que frecuenta.

A vosotros que tenéis la posibilidad y la suerte de crecer en una escuela inspirada cristianamente os digo que la vuestra es una situación privilegiada. La Iglesia empeña fuerzas pastorales preciosas en vuestra escuela y precisamente por esto necesita vuestra colaboración. Enriqueced vuestra inteligencia con el estudio crítico y profundo de las diversas materias. Esto robustecerá vuestra fe y os facultará para dar un testimonio cristiano más eficaz frente al mundo. Aprended de vuestra escuela aquella integración entre fe y cultura tan difícil de conseguir en un ambiente social no siempre penetrado de valores cristianos. Aprended, sobre todo, a realizar una síntesis constructiva entre fe y vida.

Encontraréis muchas propuestas de vida cristiana en el ambiente de vuestra escuela, ciertamente más que en otra parte. Está en vuestras manos no dejar que se pierdan, antes bien acogerlas en un terreno bien dispuesto para que den frutos saludables. Abríos a la oración y a la Palabra que alimenta la fe; ejercitaos en el ejercicio de la caridad; colaborad en las iniciativas de servicio, especialmente en favor de los "últimos". Sed testigos de Cristo frente a vuestros coetáneos. De este modo fortaleceréis vuestra vida de creyentes, seguros de comprometeros en una causa grande y podréis sentir mejor la voz del Espíritu Santo. Y si esta voz os llama a un amor más elevado y generoso, no tengáis miedo.

¡Animo, jóvenes! ¡Cristo os llama y el mundo os espera! Recordad que el reino de Dios necesita vuestra entrega generosa y total. No seáis como el joven rico que, invitado por Cristo, no supo decidirse y permaneció con sus bienes y con su tristeza (Mt 19, 22), él, que había sido interpelado por una mirada de amor (Mc 19, 21). Sed como aquellos pescadores que, llamados por Jesús, dejaron todo inmediatamente y llegaron a ser pescadores de hombres (Mt 14, 18-22).

¡Señor Jesús!,
Pastor de nuestras almas,
que continúas llamando con tu mirada de amor
a tantos y a tantas jóvenes
que viven en las dificultades del mundo de hoy,
abre su mente para oír
entre tantas voces que resuenan a su alrededor,
 tu voz inconfundible, suave y potente,
que también repite hoy: "Ven y sígueme".

Mueve el corazón
de nuestra juventud a la generosidad
y hazla sensible a las esperanzas
de los hermanos que piden solidaridad
y paz, verdad y amor.
Orienta el corazón de los jóvenes
hacia la radicalidad evangélica
capaz de revelar al hombre moderno l
as inmensas riquezas de tu caridad.

¡Llámalos con tu bondad, para atraerlos a Ti!

¡Préndelos con tu dulzura, para acogerlos en Ti!

¡ Envíalos en tu verdad, para conservarlos en Ti! Amén.

Mientras confío que el Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, acoja las oraciones de su Iglesia, invoco la abundancia de las gracias divinas sobre todos vosotros, venerables hermanos en el Episcopado, sobre los sacerdotes, religiosos y religiosas, y sobre todo el pueblo cristiano, en especial sobre todos los que se preparan a las órdenes sagradas y a la vida consagrada, y de corazón imparto la bendición apostólica, pensando especialmente en cuantos promueven el incremento de las vocaciones sagradas.

Vaticano, 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, del año 1989, XI de mi pontificado.

 

JOANNES PAULUS PP. II

 

© Copyright 1989- Libreria Editrice Vaticana


 

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