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  MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
PARA LA XXVII JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN
POR LAS VOCACIONES
- 1990



Venerados hermanos en el episcopado,
amadísimos fieles de todo el mundo:

1. Aproximándose la celebración anual de la Jornada mundial de Oración por las Vocaciones, que tendrá lugar en la Iglesia universal, como de costumbre, el IV Domingo de Pascua, me complace recurrir, junto con vosotros, a aquella reconfortante promesa de Jesús: "Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 19-20).

El próximo domingo 6 de mayo se encontrará toda la Iglesia reunida en el nombre del Señor para implorar al "Dueño de la mies" el don de las vocaciones de especial consagración; sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, laicos, comunidades parroquiales, grupos, asociaciones y movimientos, todos juntos, elevarán súplicas al Padre celestial para que enriquezca a la Iglesia con nuevas vocaciones.

Confío en que esta coral imploración será ampliamente escuchada. No puedo, sin embargo, dejar de recordar que a la oración debe acompañar el compromiso personal y comunitario de hacerse promotores de vocaciones. En efecto, no debe olvidarse que ordinariamente la llamada del Señor se hace sentir a través del ejemplo y la acción de los hombres, especialmente de cuantos en la Iglesia viven ya la gozosa experiencia del seguimiento de Cristo.

Precisamente en virtud de este compromiso y también en vista del próximo Sínodo de los Obispos, que tendrá como tema "La formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales", deseo llamar la atención de todo el pueblo de Dios, especialmente de los que en medio de él tienen responsabilidades educativas y formativas, sobre la importancia que adquiere el cuidado de la vida espiritual en el nacimiento y consolidación de las vocaciones.

En efecto, no puede haber ningún género de maduración vocacional si no es dentro de un camino espiritual decidido y vigoroso, pues sólo una vida espiritual auténtica constituye el "terreno bueno" (Mt 13, 23) que permite a la "semilla" de la vocación ser acogida y crecer hasta su plena expansión.

2. La vocación fundamental del hombre consiste en alcanzar la plena comunión con Dios. El hombre ha sido creado "a imagen y semejanza de Dios" (Gn 1, 26-27; Sb 2, 23; Si 17, 3; 1 Co 11, 7) y está llamado, en Cristo, a realizar progresivamente una relación de íntima unión y de amor filial con su Creador.

Para realizar dicha vocación, se ha dado al hombre participación en la vida divina, la cual, también gracias a su empeño personal, crece en él, operando aquel proceso de santificación que lo transforma en "creatura nueva" (2 Co 5, 17; Ga 6, 15), haciéndolo cada vez más capaz de acoger y conocer los secretos de Dios (cf. 1 Co 2, 9-14; 6, 17; Rm 8, 14-16; Ga 4, 6) y de adherir plenamente a su proyecto de amor.

El lugar donde esta vida germina y, bajo la acción del Espíritu Santo, gradualmente crece y madura, es la Iglesia, de la cual el cristiano pasa a ser miembro por el bautismo.

3. Las vocaciones de especial consagración son una explicitación de la vocación bautismal: ellas se alimentan, crecen y se robustecen mediante un serio y constante cuidado de la vida divina recibida en el bautismo y, usando de todos los medios que favorecen el pleno desarrollo de la vida interior, conducen a opciones de vida enteramente dedicadas a la gloria de Dios y al servicio de los hermanos. Dichos medios son:

— la audición de la Palabra de Dios, que ilumina también las opciones que hay que adoptar para un seguimiento de Cristo cada vez más radical;

— la participación activa en los sacramentos, sobre todo, en la Eucaristía, que es el centro insustituible de la vida espiritual, fuente y alimento de todas las vocaciones;

— el sacramento de la penitencia, que, favoreciendo la continua conversión del corazón, purifica el camino de adhesión personal al proyecto de Dios y refuerza el vínculo de unión con Cristo;

— la oración personal, que concede el vivir constantemente en la presencia de Dios, y la oración litúrgica, que incorpora a todo bautizado en la oración pública de la Iglesia;

— la dirección espiritual, como medio eficaz para discernir la voluntad de Dios, cuyo cumplimiento es fuente de maduración espiritual;

— el amor filial a la Virgen Santa, que se integra como un aspecto particularmente significativo en el crecimiento espiritual y vocacional de todo cristiano;

— por último, el empeño ascético, pues las opciones vocacionales a menudo exigen renuncias y sacrificios que sólo una sana y equilibrada pedagogía ascética puede favorecer.

4. Invito, por tanto, a los educadores cristianos —padres de familia, maestros, catequistas, animadores de grupos eclesiales, guías de asociaciones y movimientos— a poner todo cuidado para que los adolescentes y jóvenes sean constante y diligentemente ayudados a desarrollar la semilla de la vida divina que han recibido como un don en el bautismo. Que en todo proyecto educativo la vida espiritual tenga siempre el primer puesto; que sean indicados y explicados los medios que favorecen su pleno desarrollo.

Exhorto, además, a los responsables de las comunidades cristianas, en primer lugar, a los pastores, a apacentar el rebaño de Dios nutriéndolo en las fuentes genuinas de la vida de la gracia.

En modo del todo particular, me dirijo a los responsables de la formación de las vocaciones de especial consagración —rectores de seminarios, padres espirituales, maestros y cuantos comparten esta delicada tarea— y les pido que pongan todo cuidado para que la vida espiritual de los llamados tenga un lugar privilegiado en la formación.

5. Finalmente, deseo dirigirme personalmente a vosotros, queridos muchachos y muchachas, adolescentes y jóvenes.

Abrid vuestro corazón a Cristo, salidle al encuentro, saciad vuestra sed en sus fuentes. El os ofrece un agua que apaga vuestra sed de verdad, de gozo, de felicidad y de amor; un agua que sacia vuestra sed de infinito y de eternidad, pues el agua que Él os da se transforma en vosotros "en fuente que brota para la vida eterna" (Jn 4, 14).

Escuchad a Cristo: Él abre vuestros corazones a la esperanza. Seguid a Cristo: Él es la "luz del mundo" y "quien lo sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12).

Descubrid la belleza de la vocación cristiana y confirmad vuestros compromisos bautismales; renovad el propósito de caminar en "novedad de vida" (Rm 6, 4), permaneciendo unidos a Cristo como los sarmientos a la vid (cf. Jn 15), para producir mucho fruto. Haceos personalmente sensibles a las necesidades de la Iglesia, dóciles a los impulsos de la gracia divina, generosos y solícitos en responder a la eventual llamada del Señor que os invita a seguirlo más de cerca en una vida de total consagración al amor de Dios y al servicio del prójimo.

6. Y ahora, oremos juntos:

¡Oh Espíritu de verdad,
que has venido a nosotros en Pentecostés
para formarnos en la escuela del Verbo Divino,
cumple en nosotros la misión a la cual el Hijo te ha mandado!

Llena de ti mismo todo corazón
y suscita en muchos jóvenes
el anhelo de lo que es auténticamente grande y hermoso en la vida,
el deseo de la perfección evangélica,
la pasión por la salvación de las almas.

Sostén a los "obreros de la mies"
y dona fecundidad espiritual a sus esfuerzos
en el camino del bien.

Haz nuestros corazones completamente libres y puros,
y ayúdanos a vivir con plenitud el seguimiento de Cristo,
para gustar como tu último don el gozo que no tendrá jamás fin. Amén.

Con estos votos imparto de corazón la bendición apostólica a vosotros, venerados hermanos en el episcopado, a los sacerdotes, a los diáconos, a los religiosos y a las religiosas y a todos los fieles laicos, en especial, a los jóvenes y a las jóvenes que, con generosidad, acogen la voz de Jesús que los invita a su seguimiento.

Vaticano, 4 de octubre 1989, undécimo de Pontificado.

 

JOANNES PAULUS PP. II

 

© Copyright 1990- Libreria Editrice Vaticana

 

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