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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
PARA LA XVI JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN
POR LAS VOCACIONES



Amadísimos hermanos en el Episcopado.
Amadísimos hijos e hijas de todo el mundo:

Es la primera vez que el nuevo Papa se dirige a vosotros, con motivo de la celebración de la Jornada mundial de Oración por las Vocaciones.

Ante todo vaya un recuerdo afectuoso mío y vuestro, pleno de reconocimiento, al llorado Papa Pablo VI. Reconocimiento porque fue él quien, durante el Concilio, instituyó esta Jornada de Oración por todas las vocaciones de especial consagración a Dios y a la Iglesia. Reconocimiento porque anualmente, en quince años, iluminó esta Jornada con su palabra de maestro y nos animó con su corazón de Pastor.

Siguiendo su ejemplo, me dirijo ahora a vosotros en esta XVI Jornada mundial para confiaros algunas cosas que siento muy dentro del corazón: como tres palabras de orden: orar - llamar - responder.

1. En primer lugar, orar. Es ciertamente grande la finalidad por la cual debemos orar, ya que Cristo nos ha mandado hacerlo: "Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 38). Sea esta Jornada un público testimonio de fe y de obediencia al mandato del Señor. Celebradla por tanto en vuestras catedrales: el obispo en unión con el clero, los religiosos, las religiosas, los misioneros, los aspirantes al sacerdocio y a la vida consagrada, el pueblo, los jóvenes, muchos jóvenes. Celebradla en las parroquias, en las comunidades, en los santuarios, en los colegios y en los lugares donde hay personas que sufren. Surja en todas las partes del mundo este asalto al cielo, para pedir al Padre lo que Cristo ha querido que pidiésemos.

Sea una jornada llena de esperanza. Nos encuentre unidos, como en un cenáculo universal, "perseverando unánimes en la oración... con María, la Madre de Jesús" (Act 1, 14), en la espera confiada de los dones del Espíritu Santo. En efecto, sobre el altar del sacrificio eucarístico, en torno al cual nos unimos estrechamente en oración, está el mismo Cristo que ora con nosotros y por nosotros, y nos asegura que obtendremos lo que pidamos: "Si dos de vosotros convinierais sobre la tierra en pedir cualquier cosa, os lo otorgará mi Padre, que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi; nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 19, ss.). Estamos muchos reunidos en su nombre y pedimos únicamente lo que Él quiere. Frente a su promesa solemne, ¿cómo es posible que no pidamos con ánimo lleno de esperanza?

Sea esta Jornada un foco de irradiación espiritual. Nuestra oración se difunda y continúe en las iglesias, en las comunidades, en las familias, en los corazones creyentes, como en un monasterio invisible desde el cual suba al Señor una invocación perenne.

2. Llamar. Quisiera dirigirme ahora a vosotros, hermanos en el Episcopado, a vuestros colaboradores en el sacerdocio, para confortaros y animaros en el ministerio que ya estáis llevando a cabo laudablemente. Seamos fieles al Concilio que ha exhortado a los obispos a "fomentar con el mayor empeño posible las vocaciones sacerdotales y religiosas, prestando especial atención a las vocaciones misioneras" (Christus Dominus, 15).

Cristo, que ha mandado orar por los obreros de la mies, les ha llamado también personalmente. Sus palabras de llamada se conservan en el tesoro del Evangelio: "Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres" (Mt 4, 19). "Ven y sígueme" (Mt 19, 21). "Si alguno me sirve, que me siga" (Jn 12, 26). Estas palabras de llamada están confiadas a nuestro ministerio apostólico y nosotros debemos hacer que sean escuchadas, como las otras del Evangelio, "hasta el extremo de la tierra" (Act 1, 8). Es voluntad de Cristo que nosotros hagamos que se escuchen. El Pueblo de Dios tiene el derecho de escucharlas de nosotros.

Los admirables programas pastorales de cada una de las Iglesias, las Obras de las vocaciones que, según el Concilio, deben disponer y promover toda la actividad pastoral para las vocaciones (cf. Optatam totius, 2), abren el camino, preparan el buen terreno a la gracia del Señor. Dios es siempre libre de llamar a quien quiere y cuando quiere según la "excelsa riqueza de su gracia por su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús" (Ef 2, 7). Pero habitualmente Él llama a través de nosotros y de nuestra palabra. Por consiguiente, no tengáis miedo a llamar. Introducíos en medio de los jóvenes. Id personalmente al encuentro de ellos y llamad. Los corazones de muchos jóvenes, y menos jóvenes, están dispuestos a escucharnos. Muchos de ellos buscan una finalidad para vivir; están en espera de descubrir una misión a la cual valga la pena consagrar la vida. Cristo los ha puesto en sintonía con la llamada suya y vuestra. Nosotros debemos llamar. El resto lo hará el Señor, que da a cada uno su don particular, según la gracia que le ha sido dada (cf. 1 Cor 7, 7; Rom 12, 6).

Cumplamos este ministerio con amplitud de corazón. Abramos nuestro espíritu, como quiere el Concilio, "más allá de las fronteras de cada diócesis, nación, familia religiosa y rito, y, puesta la mirada en las necesidades de la Iglesia universal, ayudemos principalmente a aquellas regiones que con más urgencia reclaman operarios para la viña del Señor" (Optatam totius, 2).

Lo que acabo de decir a los obispos y a sus colaboradores en el orden sacerdotal, quisiera decirlo también a las superioras y superiores religiosos, a los dirigentes de los institutos seculares, a los responsables de la vida misionera, para que cada uno desempeñe su parte, según sus propias responsabilidades, en función del bien general de la Iglesia.

3. Responder. Os hablo particularmente a vosotros, jóvenes. Más bien quisiera hablar con vosotros, con cada uno de vosotros. Me sois muy queridos y tengo gran confianza en vosotros. Os he llamado esperanza de la Iglesia y mi esperanza.

Recordemos algunas cosas juntos.

En el tesoro del Evangelio se conservan las hermosas respuestas dadas al Señor que llamaba. La de Pedro y la de Andrés su hermano: "Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron" (Mt 4, 20). La del publicano Leví: "Él, dejándolo todo, se levantó y le siguió" (Lc 5, 28). La de los Apóstoles: "Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). La de Saulo: "¿Qué he de hacer, Señor?" (Act 22, 10). Desde los tiempos de la primera proclamación del Evangelio hasta nuestros días, un grandísimo número de hombres y mujeres han dado su respuesta personal, su libre y consciente respuesta a Cristo que llama. Han elegido el sacerdocio, la vida religiosa, la vida misionera, como objetivo ideal de su existencia. Han servido al Pueblo de Dios y a la humanidad con fe, con inteligencia, con valentía, con amor. Ha llegado vuestra hora. Os toca a vosotros responder. ¿Acaso tenéis miedo?

Reflexionemos, pues, juntos a la luz de la fe. Nuestra vida es un don de Dios. Debemos hacer algo bueno. Hay muchas maneras de gastar bien la vida, poniéndola al servicio de ideales humanos y cristianos. Si hoy os hablo de consagración total a Dios en el sacerdocio, en la vida religiosa y en la vida misionera, es porque Cristo llama a muchos de entre vosotros a esta extraordinaria aventura. Él necesita, quiere tener necesidad de vuestras personas, de vuestra inteligencia, de vuestras energías, de vuestra fe, de vuestro amor y de vuestra santidad. Si Cristo os llama al sacerdocio, es porque Él quiere ejercer su sacerdocio por medio de vuestra consagración y misión sacerdotal. Quiere hablar a los hombres de hoy con vuestra voz. Consagrar la Eucaristía y perdonar los pecados a través de vosotros. Amar con vuestro corazón. Ayudar con vuestras manos. Salvar con vuestra fatiga. Pensadlo bien. La respuesta que muchos de vosotros pueden dar está dirigida personalmente a Cristo, que os llama a estas grandes cosas.

Encontraréis dificultades. ¿Creéis quizás que yo no las conozco? Os digo que el amor vence cualquier dificultad. La verdadera respuesta a cada vocación es obra de amor. La respuesta a la vocación sacerdotal, religiosa, misionera, puede surgir solamente de un profundo amor a Cristo. Esta fuerza de amor os la ofrece Él mismo, como don que se añade al don de su llamada y hace posible vuestra respuesta. Tened confianza en "Aquel que es poderoso para hacer que copiosamente abundemos más de lo que pedimos o pensamos" (Ef 3, 20). Y, si podéis, dad vuestra vida con alegría, sin miedo, a Él, que antes dio la suya por vosotros.

Por eso os exhorto a orar así:

«Señor Jesús, que has llamado a quien has querido,
llama a muchos de nosotros a trabajar por ti, a trabajar contigo.

Tú, que has iluminado con tu palabra a los que has llamado,
ilumínanos con el don de la fe en ti.

Tú, que los has sostenido en las dificultades,
ayúdanos a vencer nuestras dificultades de jóvenes de hoy.

Y si llamas a algunos de nosotros,
para consagrarlo todo a ti,
que tu amor aliente esta vocación desde el comienzo
y la haga crecer y perseverar hasta el fin. Así sea ».

Mientras pongo estos deseos y esta oración ante la poderosa intercesión de María Santísima, Reina de los Apóstoles, con la esperanza de que los llamados sepan discernir y seguir generosamente la voz del divino Maestro, invoco sobre vosotros, queridísimos hermanos en el Episcopado, y sobre vosotros, amadísimos hijos e hijas de la Iglesia entera, dones de paz y serenidad del Redentor, y os imparto de corazón la propiciadora bendición apostólica.

Vaticano, 6 de enero, solemnidad de la Epifanía del Señor del año 1979, I de nuestro pontificado.

JOANNES PAULUS PP. II

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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