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  MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
PARA LA XXV JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN
POR LAS VOCACIONES - 1988



Venerados hermanos en el Episcopado,
muy queridos hermanos y hermanas del mundo entero:

1. Con ánimo lleno de alegría y esperanza, en el clima del gozo pascual, el domingo 24 de abril próximo, celebraremos la Jornada mundial de Oración por las Vocaciones.

Han pasado 25 años desde que el inolvidable Papa Pablo VI, de venerada memoria, invitó a toda la Iglesia a orar, en una Jornada especial, por las vocaciones consagradas, lo cual se fundamenta en la enseñanza (Mt 9, 38; Lc 10, 2) y en el ejemplo de Cristo (Lc 6, 12); en la naturaleza misma de la vocación, realidad misteriosa y trascendente, cuyo origen es Dios mismo; y además, en la función de la oración como colaboración eficaz en el plan salvífico del Padre.

Es consolador comprobar, en estos últimos años, en diversas partes del mundo, un notable aumento de los candidatos al sacerdocio o de los que expresan el deseo de seguir a Cristo por el camino de los "consejos evangélicos". Ello es una prueba más de que el empeño y la constancia en la tarea vocacional ofrecen preciosos frutos a los que trabajan en la viña del Señor con corazón confiado, sincero y constante. En efecto, la crisis se va superando progresivamente allí donde se vive con intensidad la fe, se realiza la nueva evangelización y se encarna el misterio pascual de Jesús en la vida de la persona.

2. Hoy día se siente vivamente en la Iglesia la necesidad y la urgencia de tener continuadores en el orden sagrado, en las misiones, en las diversas congregaciones religiosas y en los institutos seculares.

Resuenan como apremiante invitación las palabras del Señor: "Alzad vuestros ojos y contemplad los campos que ya están blanquecinos para la siega" (Jn 4, 35). "Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 38). Es esencial acoger esta invitación con fe llena de esperanza. Sin una oración específica, frecuente, perseverante y confiada, no puede existir verdadera pastoral vocacional. Esta oración debe reflejar la propia disposición interior a colaborar activamente en la promoción de las vocaciones; debe hacerse todo lo posible, no sólo para despertar vocaciones, sino también para la perseverancia de los "llamados", para su santificación y para la eficacia de su misión.

3. La Jornada de las Vocaciones adquiere un relieve especial en el marco del Año Mariano que reúne a todos, Pastores y fieles, en torno a María, Madre del Redentor, modelo de todos "los llamados" y mediadora de las vocaciones.

Cada uno de los llamados, al elevar su mirada a María, encuentra en Ella un modelo perfecto para el conocimiento del designio de Dios; para seguir con decisión al Señor según su voluntad; para aceptar con humildad y gozo los sacrificios que conlleva esta elección de servicio y amor (cf. Lc 1, 28-38; Jn 19, 25).

La comunidad creyente, al mismo tiempo que cumple su deber en lo que se refiere al cuidado de las vocaciones, ve en María Santísima a Aquella que "con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna" (Lumen gentium, 62) —y por tanto también los dones de las vocaciones— y la invoca como Madre de todas las vocaciones. En efecto, con amor de madre, Ella coopera en la regeneración y formación de los hijos e hijas de la Iglesia. Las palabras que le dilo Jesús desde la cruz: "Mujer, he ahí a tu hijo", y al discípulo: "He ahí a tu Madre" (Jn 19, 26-27), son las palabras que determinan el lugar de María en la vida de los discípulos de Cristo y expresan su nueva maternidad espiritual, en el orden de la gracia, porque Ella implora el don del Espíritu Santo, que suscita nuevos hijos de Dios (cf. Redemptoris Mater, 44).

4. Dirijamos, pues, nuestra mirada a María para ver y admirar no sólo a la que, escogida, preanunciada, preparada y llamada, respondió mejor que nadie a la especial vocación de la que Dios la hizo objeto, sino a Aquella que, más que nadie, vela para que el designio de salvación alcance a todos y a cada uno, según la admirable disposición de Dios que a todos llama a colaborar con Él (cf. 1 Tim 2, 4).

Exhorto a mis hermanos en el Episcopado, a los sacerdotes y sus colaboradores, a las órdenes y congregaciones religiosas, particularmente a las que, por un carisma especial, se dedican al servicio de las vocaciones, a los catequistas, a los maestros y a cuantos de alguna forma están comprometidos en el apostolado vocacional, a que, el domingo del Buen Pastor, y a lo largo de todo este Año Mariano, pongan de relieve en sus catequesis esta presencia materna de María en el despertar y guiar las vocaciones.

Los santuarios marianos, esparcidos por todo el mundo, se conviertan en lugares privilegiados de animación vocacional y en centros de oración fervorosa por las vocaciones, para que, bajo el patrocinio de María, nuestras plegarias al Dueño de la mies sean acogidas favorablemente.

Exhorto, una vez más, a las familias cristianas, definidas como el primer seminario y reserva insustituible de vocaciones (cf. Optatam totius, 2), a que creen un clima de oración cristiana y mariana que favorezca entre sus hijos la acogida de la llamada del Señor, su generosa respuesta y su perseverancia gozosa.

Para los jóvenes sobre todo, mi mensaje se hace invitación y exhortación. Quisiera que la juventud del mundo entero se acercase más a María. Ella es portadora de un signo indeleble de juventud y belleza que no pasan jamás. Que los jóvenes tengan cada vez más su confianza en Ella y que confíen a Ella la vida que se abre ante ellos.

A María, Madre de la divina gracia, confío las vocaciones. La nueva primavera de vocaciones, su aumento en toda la Iglesia, sea en nuestro tiempo, y en el mundo entero, una prueba especial de su presencia materna en el misterio de Cristo y en el misterio de su Iglesia.

Oremos:

«A Ti nos dirigimos, Madre de la Iglesia, A Ti, que con tu "fiat" has abierto la puerta a la presencia de Cristo en el mundo, en la historia y en las almas, acogiendo con humilde silencio y total disponibilidad la llamada del Altísimo.

Haz que muchos hombres y mujeres escuchen, también hoy, la voz apremiante de tu Hijo: "Sígueme". Haz que tengan el valor de dejar sus familias, sus ocupaciones, sus esperanzas terrenas y sigan a Cristo por el camino que Él les señale.

Extiende tu maternal solicitud sobre los misioneros esparcidos por el mundo entero; sobre los religiosos y religiosas que asisten a los ancianos, enfermos, impedidos y huérfanos; sobre los que trabajan en el campo de la enseñanza; sobre los miembros de los institutos seculares, fermento silencioso de buenas obras; sobre quienes, en la clausura, viven de fe y amor y oran por la salvación del mundo. Amén».

Con estos deseos, imparto de corazón la bendición apostólica a vosotros, venerables hermanos en el Episcopado, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, a todo el Pueblo de Dios y, en especial, a los jóvenes y a las jóvenes que con generoso entusiasmo acogen la invitación de Jesús a seguirle.

Vaticano, 16 de octubre de 1987.


JOANNES PAULUS PP. II

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana


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