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 MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
PARA LA XXXIV JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN
POR LAS VOCACIONES
- 1997

 

 

Venerables hermanos en el episcopado;
amadísimos hermanos y hermanas de todo el mundo:

1. La próxima Jornada mundial de oración por las vocaciones se enmarca en el contexto de la preparación inmediata al gran jubileo del año 2000. Como es sabido, el año 1997 estará dedicado a la reflexión sobre el misterio de Cristo, Verbo del Padre, hecho hombre por nosotros. La reflexión deberá hacerse mediante una mayor familiaridad con la palabra de Dios (cf. Tertio millennio adveniente, 40). ¿Cómo no señalar también la conveniencia de un estudio más atento del dato bíblico sobre el tema de la llamada a la entrega total al servicio del Reino? Es, por tanto, mi vivo deseo que, con ocasión de la próxima Jornada mundial de oración por las vocaciones, se reflexione con renovado empeño sobre cómo plantear una adecuada catequesis bíblica con miras a una pastoral vocacional más incisiva.

La palabra de Dios revela el sentido profundo de las cosas y da al hombre seguridad de discernimiento y de orientación en las opciones diarias de la vida. En el campo de la pastoral vocacional, la Revelación bíblica, al dar a conocer las vicisitudes de los diversos personajes a los que Dios confió una peculiar misión para su pueblo, puede ayudar a comprender mejor el estilo y los rasgos de la llamada que él dirige al hombre y a la mujer de cada época.

La Jornada mundial de oración por las vocaciones del próximo 20 de abril adquiere, además, un relieve eclesial particular, porque casi coincide con el "Congreso sobre las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en Europa". A los organizadores de dicha asamblea, que tendrá lugar en Roma y que espera desarrollar un trabajo profundo de examen y de animación vocacional, manifiesto desde ahora mi cercanía espiritual y mis fervientes deseos de éxito. Os invito a todos a sostener con la oración tan importante acontecimiento, cuyos frutos no sólo redundarán en beneficio de las comunidades eclesiales de Europa, sino también del pueblo cristiano de todos los continentes.

2. En la realización del plan de la Redención, Dios ha querido contar con la colaboración del hombre: la sagrada Escritura narra la historia de la salvación como una historia de vocaciones, en la que se entrecruzan la iniciativa del Señor y la respuesta de los hombres. En efecto, toda vocación nace del encuentro de dos libertades: la divina y la humana. Interpelado personalmente por la palabra de Dios, el llamado se pone a su servicio. Comienza, de esta manera un seguimiento, no exento de dificultades y de pruebas, que conduce a una progresiva intimidad con Dios y a una disponibilidad cada vez mayor a las exigencias de su voluntad.

En toda llamada vocacional Dios revela el sentido profundo de la Palabra, que es descubrimiento progresivo de su Persona hasta la manifestación de Cristo, sentido último de la vida: "El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12). Cristo, pues, Palabra del Padre, es el modelo para comprender la vocación de todo hombre para descubrir su camino de vida y dar fecundidad espiritual a su misión.

Tanto en la lectura personal de la Biblia como en la catequesis es preciso ponerse siempre en actitud de escucha del Espirito que ilumina el sentido de los textos (cf. 2 Co 3, 6): es él quien hace viva y actual la Palabra, ayudando a comprender su valor y sus exigencias. "La sagrada Escritura debe leerse e interpretarse con el mismo Espíritu con que fue escrita" (Dei Verbum, 12)

La catequesis bíblica en perspectiva vocacional se realiza, por tanto, poniéndose en actitud de obediencia dócil al Espíritu: sólo quien se deje penetrar por su luz podrá favorecer el desarrollo de los gérmenes vocacionales presentes en la Iglesia, como atestigua la experiencia de los fundadores y de las fundadoras de las congregaciones religiosas y de los institutos de vida consagrada, que han ayudado a tantos hombres y mujeres a descubrir y a acoger la llamada del Señor.

3. En nuestra cultura actual, especialmente en las sociedades de antigua tradición cristiana el servicio a la Palabra asume un papel de urgencia y actualidad todavía mayor. Como a menudo he tenido ocasión de recordar, este es el tiempo de la nueva evangelización, que compromete a todos. En un mundo cada vez más secularizado es preciso promover con valor una nueva implantatio Ecclesiae, condición normalmente necesaria para que se pueda llevar a cabo la experiencia vocacional.

La catequesis, impartida adecuadamente a la vez que ayuda a madurar la fe y la hace consciente y activa, impulsa a leer los signos de la llamada divina en la experiencia diaria. Resulta también de gran utilidad la lectio divina, ocasión privilegiada de encuentro con Dios en la escucha de su Palabra. Practicada en muchas comunidades religiosas, se puede proponer oportunamente a todos los que desean sintonizar la propia vida con el proyecto de Dios. La escucha de la Revelación divina, la meditación silenciosa, la oración de contemplación y su traducción en experiencia de vida constituyen el terreno en el que florece y se desarrolla una auténtica cultura vocacional.

A esta luz se comprende mejor el nexo entre la sagrada Escritura y la comunidad cristiana. La escucha de la Palabra abre el corazón del hombre al Verbo de Dios y contribuye a la edificación de la comunidad, cuyos miembros descubren así, desde el interior, su vocación y se preparan para dar una respuesta generosa de fe y de amor. Sólo el creyente, convertido en "discípulo", puede saborear "las buenas nuevas de Dios" (Hb 6, 5) y responder a la llamada a una vida de especial seguimiento evangélico.

4. Cada vocación es un acontecimiento personal y original, pero también un hecho comunitario y eclesial. Nadie está llamado a caminar solo. Toda vocación es suscitada por el Señor como un don para la comunidad cristiana, que debe poder enriquecerse con ella. Es necesario, por tanto, un serio discernimiento, realizado por el propio interesado junto con los responsables de la comunidad que lo acompañan en el itinerario vocacional.

Mi pensamiento se dirige a vosotros, venerables hermanos en el episcopado, que, como pastores de la Iglesia, sois los primeros responsables de la animación vocacional. Poned todas vuestras energías al servicio de las vocaciones. Sabed estimular con la fuerza del Espíritu a vuestras comunidades diocesanas para que sientan como propio el problema vocacional y para que cobren conciencia de la dimensión eclesial de toda llamada divina.

La catequesis juvenil debe ser explícitamente vocacional y ha de guiar a los jóvenes a comprobar, a la luz de la palabra de Dios, la posibilidad de una llamada personal y la belleza de la entrega total a la causa del Reino. Con valentía promoved la pastoral de las vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada masculina y femenina, a la vida misionera y a la contemplativa, para que cuantos son efectivamente llamados descubran el gran don que el Señor les hace con un trato de especial predilección (cf. Mc 10, 21).

5. A vosotros, sacerdotes diocesanos y religiosos os pido que hagáis todo lo posible para favorecer entre los fieles el conocimiento y el amor a la Escritura, y que cuidéis siempre con esmero la dimensión vocacional de la catequesis. Haced que en el corazón de los jóvenes crezca la estima por la escucha de la palabra de Dios, con la convicción de que la fe, fundada en las divinas Escrituras, es "memoria vital" del creyente.

Dirijo un apremiante llamamiento a las personas consagradas para que testimonien con gozo su consagración radical a Cristo: dejaos interpelar continuamente por la palabra de Dios, compartida en comunidad y vivida con generosidad al servicio de los hermanos, especialmente de los jóvenes. En un clima de amor y de hermandad, iluminado por la palabra de Dios, es más fácil responder "sí" a la llamada.

Exhorto, también, a las parroquias, a los catequistas, a las asociaciones, a los movimientos y a los laicos comprometidos en el apostolado a que cultiven una verdadera familiaridad con la Biblia, teniendo presente que la escucha de la Palabra es camino privilegiado para el florecimiento de las vocaciones. En la catequesis parroquial es preciso reservar un espacio conveniente a la dimensión vocacional, incluso mediante la creación de grupos vocacionales, y promover, en el decurso del año litúrgico, iniciativas de oración y de catequesis bíblicas orientadas a tal fin valorando también los centros educativos y los cursos de ejercicios espirituales. Es necesario alimentar la fe de cada cristiana con el conocimiento amoroso de la palabra de Dios, en actitud de generosa apertura a la acción permanente del Espíritu.

6. Pero es sobre todo a vosotros, jóvenes, a quienes quisiera dirigirme ahora: ¡Cristo os necesita para realizar su proyecto de salvación! ¡Cristo necesita vuestra juventud y vuestro generoso entusiasmo para anunciar el Evangelio! Responded a esta llamada entregándole vuestra vida a él y a vuestros hermanos. Confiad en Cristo. No defraudará ni vuestras esperanzas ni vuestros proyectos; antes bien, los llenará de sentido y de gozo. Él dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6).

Abrid con confianza vuestro corazón a Cristo. Dejad que se refuerce en vosotros su presencia mediante la escucha diaria, impregnada de adoración, de las sagradas Escrituras, que constituyen el libro de la vida y de las vocaciones realizadas.

7. Amadísimos hermanos y hermanas, al final de este mensaje, deseo invitar a todos los creyentes a que se unan a mí y juntos elevemos continuas oraciones en el nombre de Aquel que todo lo puede ante Dios (cf. Jn 3, 35). Él, que es la Palabra viva del Padre y nuestro Abogado, interceda por nosotros, a fin de que la Iglesia obtenga muchas y santas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

Oración:

Padre santo y providente,
tú eres el Dueño de la vid y de la mies
y a cada uno das el trabajo y la justa recompensa.
En tu designio de amor
llamas a los hombres a colaborar contigo
en la salvación del mundo.
Te damos gracias por Jesucristo, tu Palabra viva,
que nos ha redimido de nuestros pecados
y está entre nosotros para socorrernos
en nuestra pobreza.

Guía la grey a la que has prometido el Reino.
Manda nuevos obreros a tu mies
e infunde en los corazones de los pastores
fidelidad a tu proyecto de salvación,
perseverancia en la vocación y santidad de vida.

Cristo Jesús,
que en las riberas del mar de Galilea
llamaste a los Apóstoles
y los constituiste fundamento de la Iglesia
y portadores de tu Evangelio,
sostén en este momento de la historia
a tu pueblo en camino.

Infunde valor a aquellos que has llamado a seguirte
en la senda del sacerdocio y de la vida consagrada,
para que puedan fecundar el campo de Dios
con la sabiduría de tu palabra.

Hazlos instrumentos dóciles de tu amor
en el servicio diario a los hermanos.

Espíritu de santidad,
que infundes tus dones en todos los creyentes
y, particularmente, en los llamados
a ser ministros de Cristo,
ayuda a los jóvenes a descubrir
el atractivo de la llamada divina.

Enséñales el verdadero camino de la oración,
que se nutre con la palabra de Dios.

Ayúdales a escrutar los signos de los tiempos,
para ser intérpretes fieles del Evangelio
y portadores de salvación.

María, Virgen de la escucha
y del Verbo hecho carne en tu seno,
ayúdanos a estar disponibles a la palabra del Señor,
para que, acogida y meditada,
crezca en nuestro corazón.

Ayúdanos a vivir como tú
la bienaventuranza de los creyentes
y a dedicarnos con incansable caridad
a la evangelización de los que buscan a tu Hijo.

Ayúdanos a servir a cada hombre,
haciéndonos agentes de la Palabra escuchada,
para que permaneciéndole fieles
encontremos nuestra felicidad en practicarla.

¡Amén!

A los responsables y a los animadores de la pastoral vocacional, a los jóvenes que tratan de descubrir lo que Dios quiere para ellos y a todos los llamados a la vida de especial consagración, imparto con afecto una bendición apostólica especial.

Vaticano, 28 de octubre de 1996.

 

JOANNES PAULUS PP. II

 

© Copyright 1997- Libreria Editrice Vaticana


 

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