MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA JORNADA
MUNDIAL DE LA JUVENTUD DE 1998
«El Espíritu Santo os lo enseñará todo»
(cf. Jn 14, 26).
Queridos jóvenes amigos:
1. «Doy gracias a mi Dios cada vez que me acuerdo de vosotros, rogando
siempre y en todas mis oraciones con alegría por todos vosotros a causa
de la colaboración que habéis prestado al Evangelio, desde el
primer día hasta hoy; firmemente convencido de que, quien inició
en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el día de
Cristo Jesús» (Flp 1, 3-6),
Os saludo con las palabras del apóstol Pablo, «pues os llevo en
mi corazón» (Flp 1, 7). Sí; como os aseguré en
la reciente e inolvidable Jornada mundial de la juventud, celebrada en París,
el Papa piensa en vosotros y os quiere mucho, os tiene en su mente cada día
con gran afecto y os acompaña con su oración, se fía y
cuenta con vosotros, con vuestro compromiso cristiano y con vuestra colaboración
en la causa del Evangelio.
2. Como sabéis, el segundo año de la fase preparatoria para el
gran jubileo comienza con el primer domingo de Adviento, y «se dedicará
de modo particular al Espíritu Santo y a su presencia santificadora
dentro de la comunidad de los discípulos de Cristo» (Tertio
millennio adveniente, 44). Con vistas a la celebración de la próxima
Jornada mundial de la juventud, os invito a mirar, en comunión con toda
la Iglesia, al Espíritu del Señor, que renueva la faz de la tierra
(cf. Sal 104, 30).
En efecto, «la Iglesia no puede prepararse al cumplimiento bimilenario "de
otro modo, si no es por el Espíritu Santo. Lo que en la plenitud de los
tiempos se realizó por obra del Espíritu Santo, solamente por obra
suya puede ahora surgir de la memoria de la Iglesia". El Espíritu,
de hecho, actualiza en la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares la
única Revelación traída por Cristo a los hombres, haciéndola
viva y eficaz en el ánimo de cada uno» (Tertio millennio
adveniente, 44).
Para la próxima Jornada mundial creo oportuno proponer a vuestra
reflexión y a vuestra oración estas palabras de Jesús: «El
Espíritu Santo os lo enseñará todo» (cf. Jn
14, 26). Nuestro tiempo está desorientado y confundido; a veces, incluso,
parece que no conoce la frontera entre el bien y el mal; aparentemente, rechaza
a Dios, porque lo desconoce o porque no lo quiere conocer.
En esta situación, es importante que nos dirijamos idealmente al cenáculo
para revivir el misterio de Pentecostés (cf. Hch 2, 1-11) y para
permitir que el Espíritu de Dios nos lo enseñe todo, poniéndonos
en una actitud de docilidad y humildad a su escucha, a fin de aprender la «sabiduría
del corazón» (Sal 90, 12) que sostiene y alimenta nuestra
vida.
Creer es ver las cosas como las ve Dios, participar de la visión que
Dios tiene del mundo y del hombre, de acuerdo con las palabras del Salmo: «Tu
luz nos hace ver la luz» (Sal 36, 10). Esta «luz de la fe»
en nosotros es un rayo de la luz del Espíritu Santo. En la secuencia de
Pentecostés, oramos así: «Oh luz dichosísima, penetra
hasta el fondo en el corazón de tus fieles».
Jesús quiso subrayar fuertemente el carácter misterioso del
Espíritu Santo: «El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero
no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que
nace del Espíritu» (Jn 3, 8). Entonces, ¿es necesario
renunciar a entender? Jesús pensaba exactamente lo contrario, pues
asegura que el Espíritu Santo mismo es capaz de guiarnos «hasta la
verdad completa» (Jn 16, 13).
3. Una luz extraordinaria sobre la tercera Persona de la santísima
Trinidad ilumina a los que quieren meditar en la Iglesia y con la Iglesia el
misterio de Pascua y de Pentecostés.
Jesús fue «constituido Hijo de Dios con poder, según el
Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos»
(Rm 1, 4).
Después de la resurrección, la presencia del Maestro inflama
el corazón de los discípulos. «¿No estaba ardiendo
nuestro corazón dentro de nosotros?» (Lc 24, 32), dicen los
peregrinos que iban camino de Emaús. Su palabra los ilumina: nunca habían
dicho con tanta fuerza y plenitud: «¡Señor mío y Dios mío!»
(Jn 20, 28). Los cura de la duda, de la tristeza, del desaliento, del
miedo, del pecado; les da una nueva fraternidad; una comunión
sorprendente con el Señor y con sus hermanos sustituye al aislamiento y
la soledad: «Ve a mis hermanos» (Jn 20, 17).
Durante la vida pública, las palabras y los gestos de Jesús no
habían podido llegar más que a unos pocos millares de personas, en
un espacio y lugar definidos. Ahora esas palabras y esos gestos no conocen límites
de espacio o de cultura. «Este es mi cuerpo, que será entregado por
vosotros. Esta es mi sangre, derramada por vosotros» (cf. Lc 22,
19-20): basta que sus Apóstoles lo hagan «en conmemoración
suya», según su petición explícita, para que él
esté realmente presente en la Eucaristía, con su cuerpo y su
sangre, en cualquier parte del mundo. Es suficiente que repitan el gesto del
perdón y de la curación, para que él perdone: «A
quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn
20, 23).
Cuando estaba con los suyos, Jesús tenía prisa; le preocupaba
el tiempo: «Todavía no ha llegado mi tiempo» (Jn 7, 6);
«todavía por un poco de tiempo está la luz entre vosotros»
(Jn 12, 35). Después de la resurrección, su relación
con el tiempo ya no es la misma; su presencia continúa: «estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).
Esta transformación en profundidad, extensión y duración,
de la presencia de nuestro Señor y Salvador es obra del Espíritu
Santo.
4. Y, cuando Cristo resucitado se hace presente en la vida de las personas y
les da su Espíritu (cf. Jn 20, 22), cambian completamente, aun
permaneciendo, más aún, llegando a ser plenamente ellas mismas. El
ejemplo de san Pablo es particularmente significativo: la luz que lo deslumbró
en el camino de Damasco hizo de él un hombre más libre de lo que
había sido; libre con la libertad verdadera, la del Resucitado ante el
que había caído por tierra (cf. Hch 9, 1-30). La
experiencia que vivió le permitió escribir a los cristianos de
Roma: «Libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para la
santidad; y el fin, la vida eterna» (Rm 6, 22).
Lo que Jesús comenzó a hacer con los suyos en tres años
de vida común, es llevado a plenitud por el don del Espíritu
Santo. Antes la fe de los Apóstoles era imperfecta y titubeante, pero
después es firme y fecunda: hace caminar a los paralíticos (cf.
Hch 3, 1-10), ahuyenta a los espíritu inmundos (cf. Hch
5, 16). Los que, en otro tiempo, temblaban a causa del miedo al pueblo y a las
autoridades, afrontan a la muchedumbre reunida en el templo y desafían al
Sanedrín (cf. Hch 4, 1-14). Pedro, a quien el miedo a las
acusaciones de una mujer había llevado a la triple negación (cf.
Mc 14, 66-72), ahora se comporta como la «roca» que Jesús
quería (cf. Mt 16, 18). Y también los demás, que
hasta ese momento se dedicaban a discusiones motivadas por la ambición
(cf. Mc 9, 33), ahora son capaces de ser «un solo corazón y
una sola alma» y de ponerlo todo en común (cf. Hch 4, 32).
Los mismos que, tan imperfectamente y con tanta dificultad, habían
aprendido de Jesús a orar, a amar y a ir a la misión, ahora oran
de verdad, aman de verdad y son verdaderos misioneros, verdaderos apóstoles.
Esa es la obra realizada por el Espíritu de Jesús en sus Apóstoles.
5. Lo que sucedió entonces sigue aconteciendo en la comunidad
cristiana de hoy. Gracias a la acción de Aquel que es, en el corazón
de la Iglesia, la «memoria viva» de Cristo (cf. Jn 14, 26), el
misterio pascual de Jesús nos llega y nos transforma. El Espíritu
Santo es quien, a través de los signos visibles, audibles y tangibles de
los sacramentos, nos permite ver, escuchar y tocar la humanidad glorificada del
Resucitado.
El misterio de Pentecostés, como don del Espíritu a cada uno,
se actualiza de modo privilegiado con la confirmación, que es el
sacramento del crecimiento cristiano y de la madurez espiritual. En ella, cada
fiel recibe una profundización de la gracia bautismal y es insertado
plenamente en la comunidad mesiánica y apostólica, mientras es «confirmado»
en la familiaridad con el Padre y con Cristo, que lo quiere testigo y
protagonista de la obra de la salvación.
El Espíritu Santo da al cristiano -cuya vida, de otro modo, correría
el riesgo de quedar sujeta únicamente al esfuerzo, a la regla e incluso
al conformismo exterior- la docilidad, la libertad y la fidelidad. En efecto, él
es «Espíritu de sabiduría e inteligencia, Espíritu de
consejo y fortaleza, Espíritu de ciencia y temor del Señor» (Is
11, 2). Sin él, ¿cómo se podría comprender que el yugo
de Cristo es suave y su carga ligera? (cf. Mt 11, 30).
El Espíritu Santo infunde audacia; impulsa a contemplar la gloria de
Dios en la existencia y en el trabajo de cada día. Estimula a hacer la
experiencia del misterio de Cristo en la liturgia, a hacer que la Palabra
resuene en toda la vida, con la seguridad de que siempre tendrá algo
nuevo que decir; ayuda a comprometerse de por vida, a pesar del miedo al
fracaso, a afrontar los peligros y superar las barreras que separan las culturas
para anunciar el Evangelio, a trabajar incansablemente por la continua renovación
de la Iglesia, sin constituirse en jueces de los hermanos.
6. San Pablo, escribiendo a los cristianos de Corinto, insiste en la unidad
fundamental de la Iglesia de Dios, comparable a la unidad orgánica del
cuerpo humano en la diversidad de sus miembros.
Queridos jóvenes, una valiosa experiencia de la unidad de la Iglesia,
en la riqueza de su diversidad, la vivís siempre que os reunís
entre vosotros, especialmente para la celebración eucarística. Es
el Espíritu quien lleva a los hombres a comprenderse y acogerse recíprocamente,
a reconocerse hijos de Dios y hermanos en camino hacia la misma meta, la vida
eterna, a hablar la misma lengua, por encima de las diferencias culturales y
raciales.
Participando activamente y con generosidad en la vida de las parroquias, de
los movimientos y de las asociaciones, experimentaréis cómo los
carismas del Espíritu os ayudan a encontraros con Cristo, a ahondar la
familiaridad con él, a realizar y gustar la comunión eclesial.
Hablar de la unidad lleva a evocar con dolor la situación actual de
separación entre los cristianos. Precisamente por ello, el ecumenismo
constituye una de las tareas prioritarias y más urgentes de la comunidad
cristiana: «En esta última etapa del milenio, la Iglesia debe
dirigirse con una súplica más sentida al Espíritu Santo,
implorando de él la gracia de la unidad de los cristianos. (...) Sin
embargo, somos todos conscientes de que el logro de esta meta no puede ser sólo
fruto de esfuerzos humanos, aun siendo éstos indispensables. La unidad,
en definitiva, es un don del Espíritu Santo. (...) La cercanía del
final del segundo milenio anima a todos a un examen de conciencia y a oportunas
iniciativas ecuménicas» (Tertio millennio adveniente, 34).
También a vosotros, queridos jóvenes, encomiendo esta preocupación
y esta esperanza, como compromiso y como tarea.
El Espíritu Santo es, asimismo, quien estimula la misión
evangelizadora de la Iglesia. Antes de la Ascensión, Jesús había
dicho a los Apóstoles: «Recibiréis la fuerza del Espíritu
Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén,
en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch
1, 8). Desde entonces, bajo el impulso del Espíritu, los discípulos
de Jesús siguen estando presentes en los caminos del mundo para anunciar
a todos los hombres la palabra que salva. Entre éxitos y fracasos, entre
grandeza y miseria, con el poder del Espíritu que actúa en la
debilidad humana, la Iglesia descubre toda la amplitud y la responsabilidad de
su misión universal.
Para poderla cumplir, apela también a vosotros, a vuestra generosidad
y a vuestra docilidad al Espíritu de Dios.
7. El don del Espíritu hace actual y posible para todos el antiguo
mandato de Dios a su pueblo: «Sed santos, porque yo, el Señor,
vuestro Dios, soy santo» (Lv 19, 2). Llegar a ser santos parece una
meta ardua, reservada a personas totalmente excepcionales, o destinada a quien
quiera permanecer ajeno a la vida y a la cultura de su tiempo. Sin embargo,
llegar a ser santos es don y tarea arraigados en el bautismo y en la confirmación,
encomendados a todos en la Iglesia, en todo tiempo. Es don y tarea de los
laicos, de los religiosos y de los ministros sagrados, en el ámbito
privado y en el público, en la vida de cada uno y en la de las familias y
comunidades.
Pero, dentro de esta vocación común, que a todos llama no a
acomodarse al mundo sino a la voluntad de Dios (cf. Rm 12, 2), son
diversos los estados de vida y múltiples las vocaciones y las misiones.
El don del Espíritu está en la base de la vocación de
cada uno. Está en la raíz de los ministerios consagrados del
obispo, del presbítero y del diácono, que están al servicio
de la vida eclesial. También él es quien forma y modela el alma de
los llamados a una vida de especial consagración, configurándolos
a Cristo casto, pobre y obediente. El mismo Espíritu, que por el
sacramento del matrimonio envuelve y consagra la unión de los esposos,
infunde fuerza y sostiene la misión de los padres, llamados a hacer de la
familia la primera y fundamental realización de la Iglesia. Por último,
con el don del Espíritu se alimentan todos los demás servicios -la
educación cristiana y la catequesis, la asistencia a los enfermos y a los
pobres, la promoción humana y el ejercicio de la caridad- orientados a la
edificación y animación de la comunidad. En efecto, «a cada
cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común»
(1 Co 12, 7).
8. Así pues, es deber irrenunciable de cada uno buscar y reconocer, día
tras día, el camino por el que el Señor le sale personalmente al
encuentro. Queridos amigos, planteaos seriamente la pregunta sobre vuestra
vocación, y estad dispuestos a responder al Señor que os llama a
ocupar el lugar que tiene preparado para vosotros desde siempre.
La experiencia enseña que, en esta obra de discernimiento, ayuda
mucho un director espiritual: elegid una persona competente y recomendada por la
Iglesia, que os escuche y acompañe a lo largo del camino de la vida, que
esté a vuestro lado tanto en las opciones difíciles como en los
momentos de alegría. El director espiritual os ayudará a discernir
las inspiraciones del Espíritu Santo y a progresar por una senda de
libertad: libertad que se ha de conquistar mediante una lucha espiritual (cf.
Ef 6, 13-17), y que se ha de vivir con constancia y perseverancia.
La educación en la vida cristiana no se limita a favorecer el
desarrollo espiritual de la persona, aunque la iniciación en una vida de
oración sólida y regular sigue siendo el principio y el fundamento
del edificio. La familiaridad con el Señor, cuando es auténtica,
lleva necesariamente a pensar, a elegir y a actuar como Cristo pensó,
eligió y actuó, poniéndoos a su disposición para
proseguir la obra salvífica.
Una «vida espiritual», que pone en contacto con el amor de Dios y
reproduce en el cristiano la imagen de Jesús, puede curar una enfermedad
de nuestro siglo, superdesarrollado en la racionalidad técnica y
subdesarrollado en la atención al hombre, a sus expectativas y a su
misterio. Urge reconstituir un universo interior, inspirado y sostenido por el
Espíritu, alimentado de oración y orientado a la acción, de
manera que sea bastante fuerte como para resistir a las múltiples
situaciones en las que conviene conservar la fidelidad a un proyecto, en vez de
seguir o acomodarse a la mentalidad corriente.
9. María, a diferencia de los discípulos, no esperó la
Resurrección para vivir, orar y actuar en la plenitud del Espíritu.
El Magníficat expresa toda la oración, todo el celo
misionero, toda la alegría de la Iglesia de Pascua y de Pentecostés
(cf. Lc 1, 46-55).
Cuando, llevando hasta el extremo la lógica de su amor, Dios elevó
a la gloria del cielo a María en cuerpo y alma, se realizó el último
misterio: ella, que Jesús crucificado había dado como madre al
discípulo a quien amaba (cf. Jn 19, 26-27), vive ya su presencia
materna en el corazón de la Iglesia, al lado de cada uno de los discípulos
de su Hijo, y participa de una manera única en la eterna intercesión
de Cristo para la salvación del mundo.
A ella, Esposa del Espíritu, encomiendo la preparación y la
celebración de la XIII Jornada mundial de la juventud, que viviréis
este año en vuestras Iglesias particulares, en torno a vuestros pastores.
A ella, Madre de la Iglesia, juntamente con vosotros, me dirijo con las
palabras de san Ildefonso de Toledo:
«Te suplico encarecidamente, oh Virgen santa, que yo reciba a
Jesús por aquel Espíritu por obra del cual tú misma
engendraste a Jesús. Que mi alma reciba a Jesús por aquel Espíritu,
por obra del cual tu carne concibió al mismo Jesús. Que
yo ame a Jesús en aquel mismo Espíritu, en el que tú
lo adoras como Señor y lo contemplas como Hijo».
(De virginitate perpetua sanctae Mariae, XII: PL 96,106).
Os bendigo a todos de corazón.
Vaticano, 30 de noviembre de 1997, primer domingo de Adviento
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